Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Tittivillus, el pequeño demonio que soy

Todo lo que sea caos le agrada a mi oscuro Señor (El karma, Bach y la matriz), y yo, que era el más pequeño de sus acólitos debía seguirlo en cada preferencia y cumplir estrictamente sus órdenes, aunque fueran humillantes y hasta a veces ridículas (Maus: una herida que no cierra).

Soy Tittivillus, un pobre diablo, y el Demonio me daba poca tarea, y muy de siglo en siglo, lo que no es tan importante; lo malo eran las tareas que ponía a mi cargo (Alienación del Hombre)

La última vez que estuve trabajando para él fue en la Edad media. Mi empleo quedaba en un convento de monjas, y, antes que nada tengo que decir que, si bien no sé cómo ha evolucionado la vida espiritual de estas mujeres que se ofrecen a Dios, los años que yo estuve con ellas fueron un infierno. En eso me sentía como en mi casa: eran almas para llevarlas derechito junto a mi tenebroso Señor, pero claro, en eso no consistía mi oficio, era mucho más humilde y no tenía remuneración. Apenas si el Diablo me tiraba unas brasas al llegar de regreso, por todo pago.

Esas brasas no alcanzaban ni a quemarme la punta de los cuernos, cuando otros diablillos jugaban y saltaban en enormes asadores chamuscándose la cola y dando gritos de placer, mirándome burlones. Me discriminaban. Pero esa no es la historia que quería contarles, eso es una ramificación.

Soy Tittivillus, dije, y mi recuerdo más viejo para poner en el currículum es el del convento de unas monjas muy pícaras.

Ellas tenían, entre otras obligaciones que nunca cumplían -como ser castas, humildes y silenciosas-, la de levantarse muy temprano para orar y cantar en la capilla.

Como, por lo general, habían trasnochado contándose chismes, bromas, bebiéndose el vino de misa y criticando a las novicias y a los monjes vecinos, estaban muy dormidas o, quizás, apenas despiertas.

La cuestión es que se tragaban sílabas y palabras de las canciones religiosas y los rezos. Algunas también lo hacían como rebeldía, o peor, como gracia, lo que ofendía a su bondadoso Señor.

A mí el Diablo me había dado una gran bolsa, en la que debía colocar los suspiros, las sílabas, las frases, los párrafos, los bostezos y hasta las canciones enteras que las monjas se tragaban como si fueran delicadas hostias.

Al terminar mi jornada, volvía a casa a entregar a mi Señor la bolsa, él la examinaba con mucho cuidado.

Si encontraba una canción entera que alguna monja malvada se había devorado hasta las raíces, se ponía contento y me felicitaba. Decía:

-Pescaste una que está en nuestro camino… Ya vendrá para acá. ¡Eres un diablito espantoso y terrible, no se te escapa nada!

Si la bolsa estaba muy liviana, al tomarla en sus garras ya se volvía loco. Me castigaba no entregándome ni una brasita por varios días.

Si yo lloraba, me acariciaba, lo que él consideraba un castigo muy cruel, y me obligaba a comer chocolatines como un niño premiado por sus padres, lo que constituía un sarcasmo diabólico.

Yo soñaba con llevarle todos los días la bolsa llena.

Me ponía tan nervioso cuando escuchaba cantar a las monjas en la capilla, o rezar, que, al tratar de pescarlas en falta, mis oídos se cerraban, y a veces llegaba al infierno con el bolso vacío.

Caminaba despacito porque tenía pocas ganas de llegar a mi casa con la tarea sin cumplir.

Tan despacio y mirando el suelo, una vez me extravié.

Llegué hasta una puerta donde había unos pies enormes con sandalias de gigante, y vi una mano tan grande como los pies que sostenía miles de llaves, seguí subiendo la mirada y vi una barba blanquísima y una boca que me preguntaba: “¿Qué deseas?”, con mucha calidez. Era San Pedro.

Le conté mi desventura, y lo vacía que estaba mi bolsa.

-Tengo la solución -exclamó-. ¿Te parece que llenemos la bolsa con insultos y pecadillos que dejan aquí en la puerta algunos de los que entran? -y sin esperar mi respuesta tomó la bolsa y la llenó.

Me indicó el camino que se me había borrado en la memoria y yo llegué al infierno hecho unas pascuas.

El Diablo sonrió codicioso al verme:

-Examinemos lo que hay aquí -dijo arrebatándome la bolsa.

Apenas empezó a sacar las penas, los pecados, los insultos, gritó lleno de furia:

-¿Estuviste en el convento o en el cielo, diablo bendito? -yo sabía que cuando él insultaba con bendiciones, las cosas eran malas para mí. O buenas según cómo se vea.

Me echó, en síntesis.

No tenía donde ir y me acordé de San Pedro. Lo visité y le conté que estaba sin vivienda.

-Aquí hay lugar para todos, en realidad. Yo dejo entrar a cualquiera que me lo pida, aunque tu caso puede ser más comprometedor. Sea como fuere, pequeño y todo, eres un demonio. ¡Pero entra! Después de todo yo también fui un pescador pecador, como tú.

Y aquí estoy, no he cambiado de parecer respecto a lo esencial de lo bueno y lo malo, pero me divierto con las anécdotas de Pedro y él también con las mías: nos llevamos muy bien y nunca hablamos de esas cosas vanas como serían la filosofía y las buenas costumbres.

No soy feliz del todo pero tengo una casa toda celeste y no extraño jugar con el fuego.

Abrazos, amigos, y ojalá que comprendan este cuentito con una suave moraleja.

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

4 respuestas a “Tittivillus, el pequeño demonio que soy”
  1. Joise Morillo dice:

    Querida, hola…

    En la supuesta sabiduría del mito, este Tittivilus, seguro, es la moción del chauvinismo jacobino francés del S.XVIII, evitando, seguro el escarnio que pudiese el error ortográfico ocasionar, principalmente a las púdicas pero astutas -y no santas- monjas.

    Bello y jocoso, relato…

    Por otro lado y postergado elogio, sin lugar a dudas, la prosa de Valéry es una excelente parábola y, si, su estética lírica muy buena por patética…

    Os ama
    Joise

  2. Joise Morillo dice:

    Este Tittivillus, es la moción medieval -el emulo profético- del chauvinismo francés del S. XVIII, es el Mefistófeles de GOETHE en el Fausto. Es, lo adverso a la épica justiciera de Dante.

    Mientras Céfalo y Procris es el reflejo de la miseria humana, manifiesta en la mitología trágica griega.

    Os ama

    Joise

  3. José María Gil dice:

    Hermoso cuento, Mora. A pesar de ser temática de diablos, todo él respira candor.
    Los diablillos menores de los políticos suelen acabar comportándose de igual manera, ¿no os lo parece?
    Saludos y buenos sueños!!

  4. linda verlliui dice:

    Han pasado ya varias veces que visito su blog y lo digo BRAVO, eso es genial! :) continúa así !!!

    voyance gratuite serieuse



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom