Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La premonición

Yo andaba por la casa, jubilada, sin saber qué hacer (Los viejos y la discriminación en nuestra sociedad). De vez en cuando iba a tomar un café al bar de la esquina y jugaba a la lotería o a la quiniela, muy de vez en cuando (El fin del mundo).

Me entretenía con revistas viejas, solitarios viejos y programas de la televisión no viejos pero sí rancios (La televisión y su rol psicosocial), y me cortaba blusas y vestidos de las viejas cortinas y de las viejas sábanas (Trazos de sastrería). Arreglaba los ojos caídos de las muñecas de porcelana que había coleccionado en una época (El arte del Netsuke…), y hacía poco más que esto y el ritual de tomar las pastillas para la presión, para el colesterol, para los nervios, en distintos horarios.

También me asaltaban en ocasiones pesadillas (Sueño, dolor y pesadilla). Soñaba con amigos muertos sobre todo, y estos sueños eran paraísos o pesadillas, según se presentara el amigo (El viejo en la historia).

No consideraba que ningún sueño fuera una premonición; esas creencias las reservaba para las viejas (La neuropsicología de los prejuicios).

Hasta que un día me pregunté si yo no era una de esas viejas. Fue cuando, efectivamente, tuve una premonición, pero no con los sueños.

Cuando una tiene una premonición no muy precisa, un flash, un relámpago, un resplandor del futuro, piensa generalmente que lo que va a suceder es algo trágico, que el futuro siempre es ominoso como “los ojos de Dios”. Quizá porque esos ojos nos juzgan todo el tiempo.

Primero no me daba cuenta de que tenía que ver con una premonición, aunque cada vez que pasaba por la cocina veía una mancha, una sombrita, en el número tres del gran reloj colgado en la pared (El destiempo).

“Está sucio”, pensaba, y una mañana desarmé el reloj, le saqué el vidrio, quedó desnudo el grueso cartón, y también impecable.

“Estará manchado el vidrio con una gota diminuta de pegatina que se agranda por el reflejo”, me dije y limpié el vidrio furiosamente.

Armé el reloj otra vez. Ahora se había parado y tenía que llamar al relojero para que me lo arreglara, pero la mancha seguía allí funcionando.

Vino el relojero:

-Tengo que llevármelo porque le falta una pieza, el lunes se lo traigo -dijo, y asentí.

A partir de ese momento no pude hacer otra cosa que esperar el reloj.

Había otros relojes en la casa, claro, que funcionaban bien; el del celular, el de pulsera, el del horno eléctrico, el de la cafetera ultramoderna.

Pero ninguno tenía esa pequeña sombra en el número tres que significaba -ahora me daba cuenta- que yo iba a morirme un día tres.

Desesperaba de ansiedad porque sospechaba -ahora, de pronto- que, acondicionado un poco, el reloj también podría darme el mes y el año.

Lo llamé al relojero por teléfono, no sabía cómo decirle lo que quería que le hiciera al reloj.

-No entiendo -contestaba-. El lunes se lo llevo arreglado.

-¿Sale una manchita en el número tres? -la pregunta yo la hacía con un hilo de voz.

-Hasta el lunes, señora -me contestó el hombre remarcando en frase tan breve lunes y señora.

Me quedé pensando frente al teléfono. Remarcaba lunes porque era el día que me había dicho que me lo entregaría y no quería ser molestado antes, eso estaba claro. Pero señora… ¿acaso creía que yo no era una señora sino una loca?

Al poco rato me llevé una sorpresa. Sonó el teléfono y era el relojero:

-¿Usted quiere que saque la manchita que aparece sobre el número tres? -me preguntó.

-No exactamente que la saque; que la examine -le rogué.

-¿Que examine qué? -vociferó- ¿Usted me pide que le haga una biopsia o un ADN a la mancha?

Cortó sin que yo pudiera contestarle.

A las dos horas llamó con voz más amigable:

-¿Qué quiere que le haga al reloj?

Seguro había estado pensando que, si se trataba de algo complicado, podría cobrarme más. No me importaba. Yo quería tener un reloj augur.

Se lo expliqué.

Hubo un largo, muy largo silencio. Al fin me respondió con amabilidad:

-Sí, puede hacerse, pero le va a salir bastante caro -enfatizó.

-No importa, hágalo -le pedí de rodillas y con voz temblorosa.

-Perfecto -dijo-. Junte diez mil pesos y se lo llevo el lunes.

-No tengo diez mil -dije- pero voy a pedirlos prestados.

-Para una cosa así no puedo cobrar menos -se lamentó el relojero-. No sólo le arreglo el reloj, además lo embrujo. Mi mujer me dice que a este trabajo las brujas lo cobran muy caro.

-Está bien, el lunes voy a tener el dinero -aseguré.

Enloquecí, mendigué, fui casa por casa de mis amigos y conocidos.

Todo el mundo me miraba la cara largo rato, con compasión, y luego me decía:

-No tengo un centavo.

Uno de ellos me indicó un prestamista, en la calle Grito de Alcorta o algo así, en Pompeya.

“Pompeya -pensé- tiene enterrados sus tesoros.”

Fui.

Me recibió un señor que parecía tener el traje y la corbata puestos desde hacía cincuenta años.

Le conté mi necesidad y algo de mis penas. Me preguntó si cobraba jubilación:

-La mínima -dije.

-¿Son 4800 pesos? -indagó.

-Sí -susurré.

-Bien -me dijo-, lo único que podemos hacer es lo siguiente: yo le doy el dinero, usted me paga cuando cobre el próximo haber y después otras tres veces más, serían cuatro meses…

-¿Toda la jubilación? -pregunté.

-Los 4800 que le pagan por mes, por cuatro meses.

-Bueno -me resigné. Me resignaba a mucho en realidad. Me resignaba  a morir de hambre antes, seguro, del día indicado para que yo muriera.

Llegó el lunes y llegó el relojero.

Colgó el reloj en la pared él mismo:

-Acá está la manchita del tres, la única que apareció sola. Lo otro es trabajo mío.

Le entregué los diez mil.

-Hay tres manchitas más, una en celeste y dos en rosa, mírelas bien, se ven apenas pero se ven. Son discretas para no arruinar el reloj -me observaba con interés mientras me hacía estas indicaciones.

Miré. Él me guiaba, el relojero.

Ustedes adivinarán como sigue casi seguro. Aunque dentro de todo me alegré de que la fecha indicara el día siguiente. ¿Cómo iba a hacer para vivir esos cuatro meses sin comida y sin medicamentos?

Lo único que no había tenido presente era que las premoniciones no siempre son desfavorables.

Al día siguiente me saqué la lotería y me hice un viajecito. Les escribo desde Tailandia mirando el mar del color de la esmeralda y, a veces, azul como tus ojos.

¡Mis cariños, amigos!

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “La premonición”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola querida

    Si, ya se os sacaste un triple gordo y fuiste a visitar vuestro hijo en Tailandia, que macanudo chee! En buena hora, eso de las manchitas fue un Cábala, grandioso.

    El cuento esta divino…

    Os ama
    Joise

  2. SAUL ALFONSO VEJAR ALARCON dice:

    aprendi de la doctrina de la iglesia catolica ,que nadie muere en la vispera.por asociacion .el tres es un numero enigmatico,padre hijo y espiritu santo,tres en uno,y uno en tres,se alli que al cantar el gallo tres veces fue negado,los colores rosados.en el cantar de los cantares tiene que ver con la fuente el origen de la verdadera sabiduria.y color celest ,con todo el cielo que es la luz viajando alrededor del cielo,a una velocidad de 300 000 mil, kilometros por segundo.saludos existe mucha diferencia entre la suert y el azar y convertirse en esclavo del que presta el dinero……..desde venezuela el arcano del tiempo y sus enigmaticos mensajes….nada es coincidencia todo es la providencia……..

  3. fabi risso dice:

    Mora, que sutileza…
    Exelente!
    Veo mezclado fantasia con realidad.

  4. fabi risso dice:

    Besos, y que lindo si andas de viaje, como sea.



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