Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Noviembre, 2015

Una carta de Paul Valéry a los franceses

Entre mis libros hay un libro precioso, viejo, pequeñito, de tapas duras anaranjadas, de una editorial que hace muchos años dejó de funcionar y cuyo nombre me suena con nostalgia: La Pajarita de Papel (Saber Leer). Es una obra de Paul Valéry, y merece tan bello formato (La incertidumbre del poeta). La colección estaba dirigida por Guillermo de Torre, y, lo más importante, la traducción es de Ángel J. Battistesa, una garantía en estas lides.

Aunque suene pretencioso -no tengo otra manera de decirlo- Paul Valéry fue un aventurero de la inteligencia (Filosofía de la conciencia). Anduvo por ella como por un país, o por muchos países, descubriendo la forma de su pensamiento, y se atrevió a ser racional cuando todos eran surrealistas, o dadaístas tal vez (Dadá y el surrealismo: Orígenes y Fundamentos); a pensar largamente un verso, como se piensa un teorema.

Nació en Séte, Francia, en 1872. Allí escribió su largo poema El cementerio marino, que lo consagró en su momento como el mejor poeta francés (Jorge Guillén o El paraíso, no su sombra).

No creo que lo haya sido. Poetas de esa nacionalidad hay demasiados, y demasiado buenos (Rimbaud y Breton, influencias del simbolismo sobre el surrealismo).

Pero su vida no se limitó a versos y lirismos -por otra parte, nadie menos lírico que Valéry para la poesía y nadie más exquisito que él para la prosa, específicamente sus ensayos.

Discurrió sobre política, entre otras cosas; sobre su amigo el enorme poeta Mallarmé y sobre el también enorme Leonardo da Vinci, que no me dan las fechas para considerarlo de su círculo íntimo, pero a quien aprendió a conocer más que nadie -recomiendo Introducción al método de Leonardo como lectura reveladora.

Aunque es en su inigualable Política del espíritu donde puede advertirse su clarividencia (Aura, de Carlos Fuentes: ¿Una obra a la cual le es inmanente una teoría literaria?).

Por ejemplo, esta carta que estoy a punto de copiar, dedicada en especial a sus franceses, da que pensar sobre lo que ocurriría un siglo después en Francia y en el mundo -me gustaría enviarles las dos cartas que integran el apartado “La crisis del espíritu”, pero no es mucho gasto de tinta y de papel, mejor dicho de espacio…

Escrita en 1919, apenas terminó la primera gran guerra, produce algunos estremecimientos de temor mezclados con estremecimientos estéticos: la belleza de la prosa asombra; la exactitud del pensamiento asusta.

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Historia de la prehistoria

Iba a llamar “El resplandor” a esta entrada, pero después pensé que ese era el nombre de una película de terror, y que no le iba, y después leí otra vez lo escrito y me pareció que sí, que era adecuado (El mundo de las letras).

En una última leída le di otra vuelta al asunto: el relato trata sencillamente de invenciones y de descubrimientos, de la tecnología de la prehistoria y otras viejas sorpresas. Nada de miedo, y mucho menos lo inconcreto del miedo (La ignorancia y el miedo).

Decidí titularlo “Invenciones” (Nivel de Invención).

En un arrepentimiento final y apresurado, se llamó “Historia de la prehistoria” (Historia, edades de la prehistoria). ¿Ven como cambia uno en pocos minutos? (Cambios. Aprende a manejarlos).

Este cuento es exacto, es un reloj (El Nieto del Relojero y la Física); es verdadero, es una revelación; es ejemplar, es una moraleja, y hasta es zoológico como un animal, si se me permite un poco más de ironía (El animal simbólico).

Y lo encontré debajo de una piedra.

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La premonición

Yo andaba por la casa, jubilada, sin saber qué hacer (Los viejos y la discriminación en nuestra sociedad). De vez en cuando iba a tomar un café al bar de la esquina y jugaba a la lotería o a la quiniela, muy de vez en cuando (El fin del mundo).

Me entretenía con revistas viejas, solitarios viejos y programas de la televisión no viejos pero sí rancios (La televisión y su rol psicosocial), y me cortaba blusas y vestidos de las viejas cortinas y de las viejas sábanas (Trazos de sastrería). Arreglaba los ojos caídos de las muñecas de porcelana que había coleccionado en una época (El arte del Netsuke…), y hacía poco más que esto y el ritual de tomar las pastillas para la presión, para el colesterol, para los nervios, en distintos horarios.

También me asaltaban en ocasiones pesadillas (Sueño, dolor y pesadilla). Soñaba con amigos muertos sobre todo, y estos sueños eran paraísos o pesadillas, según se presentara el amigo (El viejo en la historia).

No consideraba que ningún sueño fuera una premonición; esas creencias las reservaba para las viejas (La neuropsicología de los prejuicios).

Hasta que un día me pregunté si yo no era una de esas viejas. Fue cuando, efectivamente, tuve una premonición, pero no con los sueños.

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¿Quién les cuenta este cuento?

Cuando terminé de escribir lo que guardaba para ustedes (El secreto de las siete semillas), me hice la pregunta que da título al cuento (Cuento Corto)

Si alguien me la contesta, agradecida. Si no, sirve de título y a lo mejor hasta es efectiva (Antropología: Preguntar por quién pregunta).

Al menos, ¡que alguien quiera saber de qué se trata! (Saber Leer).

De cualquier modo, me parece que esta vez el contenido es un poco más interesante que el título (El trabajo como concepto-valor-contenido).

Hay perros, elefantes, monos, y aspiraciones a tigre o domador. (El Circo de la Triste Figura). Hay Borges y hay Kafka, y ajedrez y novia, tal vez infiel (Franz Kafka y la Praga de fines de siglo).

Que esté bien escrito ya es otra cosa (Producción de textos).

Y ahora yo misma desaparezco… (Imperio Bizantino).

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