Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La realidad y los sueños desatan una pesadilla en el sueño y en la realidad

Escribí otro cuento para ustedes (Género Narrativo). Siento que les agrada, al menos siento que me ocupo de agradarles y agradecerles (Entre Eva y Pandora…). Perdonen la extensión del título, quiero explicar con él algo que no supe explicar en el texto (El pensamiento en las distintas épocas de la filosofía).

Éste es tan loco como cualquiera de los míos, tan adaptable a lo que esperan mis amigos de mí que me parece bien editarlo (Erasmo de Rotterdam, filósofo de la locura).

Seguramente, cuando me convenza de que quizá yo sería mejor cocinera que cuentista les mandaré exquisiteces (Cocina Italiana); o cuando me convenza de la edad que tengo, recetas para prolongar la vida, qué comer, cómo cuidarse (Hacia una longevidad satisfactoria)

Por ahora, aparte de mis cuentos, le mando a todo el mundo que tenga la posibilidad de hacerlo este consejo: adopten un perro. No saben la alegría que da. Al pasar la mano por su sedoso lomo las penas emigran y los buenos recuerdos nos asaltan. Y, dejando de lado a todos nuestros amigos y familiares con los que podemos contar, lo bueno que es contar durante todas las horas del día con un mimo que nos dan sin pedir nada (Técnicas de adiestramiento canino).

Por algo grandes terapeutas diseñaron una terapia con mascotas, en especial perrunas.

¡Guau!

La realidad y los sueños desatan una pesadilla en el sueño y en la realidad

Cuando sentía -y nunca me equivocaba- que iba a empezar lo que yo llamo “El período de los sueños largos”, me internaba en la cocina. Fabricaba las comidas más apetecibles que tenía a mi alcance, y a mi disponibilidad de cocinera.

Muy elaboradas, las entradas no eran sólo huevos rellenos sino huevos rellenos en sus canastitas de hojaldre; el pavo no era pavo sino faisán, y el cerdo, cerdo glaceado. Las ensaladas contenían queso, trufas, jamón picado, berberiscos, palta, ananá. Los postres consistían en cabellos de ángel trenzados con dulce de frambuesa y enfriados en crema de chocolate y chantilly.

Entonces trasladaba la mesa del comedor al lado de mi cama, ponía vasos y copas para enormes jarras de agua y de licor, y me acostaba a dormir. Sabía que mis días de dormir habían comenzado, y que podrían extenderse por mucho tiempo. Soy una osa, o casi. Alguna vez me pasó que desperté ante manjares descompuestos, y me puse a mirar los hongos rosados y suaves que se les habían formado; me volví a dormir, y algo de esa flora putrefacta penetró en mi sueño.

Esta vez en especial, ya dormida, empecé a bajar los cincuenta gastados escalones de mármol. Gastados con pisadas antiguas, mías y de multitud de soñadores.

En el primer descanso, como siempre, me encontraba con un amigo que me leía un cuento.

El amigo podía ser Enrique o José Luis, que son eximios narradores además de que tengo con ellos una hermosa amistad.

Los cuentos de cada uno son muy diferentes entre sí. Muy pero muy diferentes, aunque no sabría decir en qué se diferencian tanto; si no recuerdo mal, tienen la misma atmósfera.

Lo bueno es que cuando José o Enrique me leían su cuento en el descanso de la escalera de mármol gastado de mis sueños, se trataba de que yo era la primera que los conocía, la primera oyente. Me leían los cuentos más nuevos, los que recién habían escrito, y al subir los cincuenta escalones de  mármol gastado y despertar frente a la mesa llena de manjares, era también la primera persona del mundo real que conocía la obra, además de sus autores.

Lo malo era que tenía poco tiempo para beber y comer si quería regodearme aparte con las narraciones.

Muy pronto ya estaba bajando otra vez los escalones, y ya no los encontraba a Enrique ni a José.

No había nadie en el descanso de la escalera, lo que me desencantaba cada vez aunque ya lo supiera de antemano, y continuaba bajando tristemente.

Al final de la escalera, sobre un pasillo de piso ajedrezado, me encontraba con dos abogados. Uno era el abogado de Enrique, otro el de José.

Ambos me acusaban de plagio, y yo me moría de espanto porque siempre le temí a la justicia y más aún a la palabra plagio.

Luchaba con palabras que no salían de mi boca para explicarles que si al despertar yo había empezado a escribir el cuento en un papel, era para recordarlo, no para plagiarlo, y que la mayoría de las veces ni siquiera había tenido tiempo de escribir sino de tomar un vaso de licor.

Las palabras no salían de mi boca para poder explicar todo esto, pero alguna que otra salía, y ellos alcanzaban a escuchar, por ejemplo, “un vaso de licor”.

-No quiera justificarse con la ebriedad -me decían-. Por el contrario, tomar alcohol es otro delito en estas circunstancias.

No sé si los que soñamos andamos desnudos o en camisón, pero sí sé que el abogado representante del último al que yo supuestamente había plagiado me ponía un traje azul a rayas, de preso; me llevaba por el pasillo a un bañito maloliente de color gris, y me dejaba allí por muchas horas.

Por muchas horas no, en realidad: me dejaba allí para siempre. Yo tenía que tomarme el trabajo de despertar, y me llevaba mucho tiempo encerrada en ese baño indecoroso.

Trataba de forzar la cerradura con una lapicera que había quedado en mi mano cuando estaba escribiendo, antes de bajar a los sueños.

Siempre se me rompía la lapicera y la dejaba hecha pedazos allí, mientras trataba de emprender otra fuga por un pequeño ventilete. Nunca lo conseguía, soy un poco robusta.

Que siempre se me rompiera la lapicera cuando trataba de forzar la puerta era el motivo por el que ese bañito estaba lleno de capuchones, y puntas de cobre y manchas de tinta.

En medio de mi desesperación, yo me indignaba. “Nadie limpia el lugar de los sueños”, me decía.

En ocasiones, la indignación me despertaba. Subía corriendo los escalones antes de que la indignación se me pasara y se cerrara la puerta o se derrumbara la escalera.

Esta vez, cuando llegué, en lugar de sentarme a comer o a beber tomé el teléfono y llamé a mis amigos narradores:

“-No puedo hacer nada -me decía cada uno-. Vino un abogado a verme y me mostró un papel:

“-¿Este cuento es suyo? -me preguntó.

“-Sí -le contesté-, lo acabo de escribir, no lo conoce nadie. ¿Cómo lo tiene usted?

“-Porque se lo plagiaron -me contestó el abogado y se fue.

“-¡Pero cómo me lo plagiaron! -aullaba yo viéndolo que se iba.

“-Iniciaré acciones -me contestaba a los gritos y se perdía por la calle.”

-¡Pero tenés que parar las acciones de inmediato! -rogaba yo misma con desesperación a Enrique o a José.

-¿Cómo pararlas -contestaban- si yo no tengo abogado y no sé quién es el que se me aparece?

Ahí ya me volvía a dormir, ya volvía a encontrar a uno de mis dos amigos en el descanso de la escalera, ya me volvía a leer un cuento nuevo.

Con el tiempo la resignación me ganó. Al terminar “el período de los sueños largos” empecé a tomar decisiones. Una decisión fue no prepararme más comida apetitosa para cuando volviera a comenzar la hivernación, sino dejar galletas secas y varias jarras de agua para paliar el hambre de cada despertar sorpresivo.

También decidí ponerme a escribir mis propios cuentos mientras duraba el tiempo de estar despierta.

Escribí una copiosa colección de relatos y los llevé a una editorial. Mis escritos gustaron, y fueron publicados con alguna pompa -es decir, hasta con avisos comerciales en los diarios.

Ahora me están haciendo juicio Enrique y José, representados por dos abogados exactamente iguales a los de mis sueños y con el mismo traje. ¿Quién me traicionó? ¿Me pondrán en el mismo asfixiante bañito, sola?

Envío

Perdón por lo personal de este envío. Es para Manuel, mi nieto de un año y medio largo. Ayer, hablando por teléfono, me dijo “Abu”, y después siguió con un discurso en un muy fluido chino.

¡Babas de abuela!

Besos a jóvenes y abuelos, pero especialmente a estos últimos, por hoy

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “La realidad y los sueños desatan una pesadilla en el sueño y en la realidad”
  1. Rosy Dominguez dice:

    Recuerdo estar despierta durante un largo rato, eran como las 4 de la madrugada, estaba oscuro, y con ganas de dormir de una vez me puse a cantar con Enrique, una estrofa yo y otra él, y así concilie un sueño en el que estaba en un hotel y había un pasillo muy largo lleno de agua que se movía como olas y nos iba a atrapar!!! a mi nieto de dos años y a mi!!! de pronto vamos en un coche por un puente elevado que tenía una gran curva, cantaba nuevamente y reía.
    Igualmente perdón por lo personal de este envío, en el cual figura mi nieto, ayer hablando por teléfono con el, me dijo Abuela ven!!! Igual !Babas de abuela!!
    Perdón por las palabras de plagio, me declaro culpable!!
    Besos Rosy

  2. Mora Torres dice:

    Gracias Rosy! Tu “plagio” es exactamente la respuesta que buscaba. La creación es un plagio de la Creación, pero seremos condenadas…

  3. Joise Morillo dice:

    ¡Hola!

    ¡No es adulación!

    Estoy de acuerdo con ambas, sin ambages, pero muy generalizado

    ¡No es un plagio!

    En verdad os digo: son Babas de abuelos también. Sencillo

    ¡No es artificioso!

    Os ama
    Joise



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