Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La guitarra mágica

Si algo va en crudo (El tremendismo de Camilo José Cela), son estos cuentos que quiero regalarles todos los miércoles (La magia de la palabra en Egipto). Es que… sólo con el apuro puedo escribirlos (Pensamiento inventivo sistemático).

Me digo: “Hoy es miércoles y tengo que darles otro cuento” (Algunas miradas al calendario de Le Goff).

Espero un rato y las ideas empiezan a surgir (Prosas para la vida. Reflexiones para las buenas ideas).

No pretendo que sean ideas brillantes, pero sí que los conmuevan o los “muevan” (Versares y Pensares).

Tal vez si me diera tiempo para corregir repiticiones y un poco de estilo… Pero puedo escribir sólo a último momento (¿Cómo producir un Libro?).

¿Ustedes saben qué me pasa, qué patología es?

Por otra parte a mí misma me sorprenden los disfraces que adoptan mis protagonistas. A veces jóvenes, a veces maduros, a veces hombres, a veces mujeres. ¿Raro, no? (Viaje al Reino de los Deseos).

La guitarra mágica

Cuando era chico, acá, en el pueblo donde nací, mamá encendía la radio y escuchaba valsecitos mientras planchaba.

Es un lugar de clima muy frío, y ella la emprendía con un montón de ropa. La mayoría no era nuestra ropa, era de los vecinos. Le gustaba planchar, escuchar radio y ganarse unos pesos para ayudar a la economía de la casa.

Yo me quedaba a su lado, mirándola y escuchando la radio.

Me intrigaba la música.

Sentado en un rincón, observaba lo que la música y la concentración hacían con su cara: la transformaban en un ángel.

Papá llegaba cuando ya oscurecía y encendía su propia radio: le gustaban los tangos.

Entonces yo me mudaba a su sofá, y en el mayor de los silencios nos invadía todo el malevaje, los cuchillos y las minas abandonadas.

Me intrigaba, ya lo dije, la música, tangos, valsecitos y también cuando en algunas ocasiones cortaban el programa para poner cadena nacional, iba acompañada de una melodía inicial que, después supe, era música clásica.

Donde había música estaba yo escuchando.

En la escuela, hasta el Himno Nacional me arrancaba lágrimas. No sé por qué.

Sólo sé que un día encontré una guitarra entre los trastos viejos de mi casa, y la tomé.

Ya era un adolescente, estaba por terminar el secundario y estaba tan alto y robusto como papá, así que la tomé sin problemas.

Inmediatamente la guitarra se acomodó en mi cuerpo, no fui yo quien la acomodó. Mis dedos fueron llevados a deletrear algunas notas desafinadas. Al sentir esa carencia de sentido, una de mis manos se colocó de modo de ajustar o desajustar las clavijas. Al fin la guitarra terminó afinada, y yo ni siquiera sabía decir lo que era afinar una guitarra, ni mucho menos que las guitarras necesitaran afinación.

Así fue, milagrosamente.

Y después mis dedos se sintieron atraídos por imanes que salían de las cuerdas.

La guitarra tocó toda la música que yo había oído a lo largo de mis pocos años: valses, tangos, el Himno Nacional y alguna que otra cancioncita que me llegó al pasar, alguna vez, y villancicos.

Me es difícil contar lo que sucedió en casa. Papá y mamá dejaron lo que estaban haciendo y en un silencio en el que se sentía cómo les latía el corazón, se sentaron durante horas a escucharme. Y digo “a escucharme” porque fue justo allí que yo empecé a mentir. No le dije a nadie, ni a mis padres, que la guitarra se las arreglaba sola, que no era yo el que tocaba.

Mamá y papá comenzaron a invitar a la gente del pueblo a veladas musicales en casa.

Nunca vi muchedumbre en un pueblo tan pequeño, pero eso era lo que parecía mi casa en los días de esas fiestas. La gente se apretaba tanto para oírme que yo tenía la sensación de que fragmentos de personas escapaban por las ventanas y las cerraduras y todo orificio que estuviera abierto hacia fuera.

Tal vez mi imaginación exageraba, aunque eso no importaba, lo que importaba era mi triunfo indudable.

-Tiene que ir a Buenos Aires, a triunfar -acordaron mamá y papá sobre mí.

En la escuela yo no sobresalía en ninguna materia, así que hasta los profesores estuvieron de acuerdo con mis padres.

Ellos ahorraron hasta que consideraron que el dinero era suficiente para el pasaje, una estadía por algunos meses en una pensión y la comida.

Lo demás vendría con mi éxito asegurado. Esperaban que en mi regreso al pueblo, o en mi próxima visita, fuera en un auto de alta gama y tal vez con chofer.

Ya era grande cuando terminaron de ahorrar -de 21 años-, pero mientras tanto me había preparado bien yo solo. Sabía que mi guitarra tocaba sólo lo que yo ya había oído alguna vez, así que escuché durante ese tiempo de espera toda la variedad de música que existía en el mundo.

Mi madre seguía planchando y pareciéndose más y más a un ángel cuando me escuchaba.

Ella me preparó la valija; le di un beso, otro beso a papá, y partí.

Lo raro era estar parado con una guitarra bastante vieja y una valija que se desfondaba en la Terminal de Retiro de Buenos Aires y no saber qué hacer.

Me costó reaccionar, pero, sin fuerzas, decidí buscar una cafetería en la Estación.

Me senté, pedí un sándwich y una gaseosa.

Traté de calmarme y empecé a dibujar en mi cabeza el trabajoso mapa de mis triunfos.

Tomaría un taxi que me llevaría a una pensión barata que el taxista conociera, o sobre la que él mismo averiguaría.

Una vez en la pensión, dormiría hasta el día siguiente, cuando saldría con mi guitarra.

Empezaría tocando modestamente en alguna calle del centro. Estaba seguro de que alguien poderoso me iba a escuchar y proponer funciones, grabar un disco o algo así.

Estaba completamente convencido de lo que parecía mi talento, porque todo la gente había calificado de admirable mi don musical, mi supuesto don musical, que en realidad correspondía a mi guitarra mágica.

No triunfé. Ni siquiera tomé un taxi, ni siquiera llegué a la pensión. Cuando el mozo me trajo el pedido, me di vuelta para buscar entre mis cosas la billetera.

Y mis cosas no estaban, me las habían robado en menos de lo que canta un gallo.

Mis cosas incluían la guitarra, con lo que todo se perdió.

Pedí entre la gente, en la Estación, y reuní el dinero para pagarme el pasaje de vuelta a mi Pueblo Sin Nombre.

Por un tiempo mis padres me consolaron de la derrota de todos mis sueños y sus sueños, y unos años después, un día que no puedo olvidar, papá apareció con una guitarra nuevita, toda envuelta en papeles de colores.

Papá dijo:

-Quiero oírte otra vez.

Mamá dijo lo mismo, como si no les importara nada el fracaso que yo había sufrido; sólo: “Queremos oírte otra vez”.

Yo no tenía idea de cómo se ejecuta una guitarra.

Ellos estaban paraditos ahí, mirándome, esperándome. Noté que ya eran casi viejos y que les iba a dar un gran disgusto.

Agarré la guitarra con furia.

Ahí me di cuenta que la vieja guitarra no era la que tenía magia, sino que mis propios dedos estaban encantados. Estaban como separados de mí, tocando solos.

Ya era un poco tarde para que mis padres volvieran a ahorrar, para que yo triunfara, para viajar tan lejos, pero les estoy alegrando los últimos años con una música celestial, la que me pidan, en cualquier momento.

Fin

Abrazos, mis queridos

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

5 respuestas a “La guitarra mágica”
  1. Domingo Salvador Ozuna dice:

    La guitarra es indudablemente el instrumento de música más importante de la creación del hombre; la historia sublime por lo que considero al atrapante.

    Gracias por regalarnos tan linda historia.

    Domingo Salvador.

  2. Joise Morillo dice:

    Saludos

    Linda Historia.

    Cultivo una Rosa Blanca

    Cultivo una rosa blanca
    en junio como en enero
    para el amigo sincero
    que me da su mano franca.

    Y para el cruel que me arranca
    el corazón con que vivo,
    cardo ni ortiga cultivo;
    cultivo la rosa blanca.

    José Martí http://www.poemas-del-alma.com/jose-marti-cultivo-una-rosa-blanca.htm#ixzz3pcevnuVC

    Os ama
    Joise

  3. rudy marin dice:

    Excelente historia.
    Nos hace reflexionar sobre nuestros habilidades internas que solo necesitan que nosotros podemos hacerlo realidad. Solo nos falta creer en nosotros mismos… Que la magia esta en nosotros mismos…solo falta despertarla.
    Gracias y felicitaciones por tan sublime historia.

  4. José María Gil dice:

    En nuestro inesperado reencuentro,
    tras tu larga y obligada ausencia,
    te vi más bella
    y pensé si te quería
    tanto como antes…
    Hoy se disiparon mis dudas
    al comprobar que tus ojos verdes
    me cubren de tintes amorosos,
    y mientras tanto,
    soñando junto a ti nuevas historias,
    mis dedos entrenados
    van lentamente desgranando
    sonidos cálidos y evocadores,
    que surgen, cual notas nuevas
    de melodías ya olvidadas,
    del interior de una guitarra vieja.

    Valencia, 22-03-66

    Saludos Mora…!

  5. victor villca rodas dice:

    muy lindo y simple pa leerlo y entenderlo sin duda algo parecido pero ami me paso con el charango aquí en Bolivia es muy tradicional tocarlo y así parecido también me lo robaron pero ya a hora toco guitarra y ya vivo en la ciudad y no en mi pueblo como antes ya todo es distinto pero muy hermoso el cuento te lleva a imaginar y vivir ese tiempo e instantes y gracias por tan lindo trabajo



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom