Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Te doy otro cuento: “Somatoesquizofrenia”

Somatoesquizofrenia

No sé las pocas horas o días que tengo disponibles para escribir (La escritura y como escribir). Escribo cuando, por ejemplo, soy una mujer de cuarenta años como hoy, no en otro estado (Adultez intermedia).

Si soy una beba mi mamá me tiene en brazos; de adolescente, a menudo me enamoro y dejo todo para sumergirme en el amor (¿Se enamoran o se identifican los adolescentes con el otro?); a los ochenta que tengo a veces, me tiemblan estas manos (El parkinson).

Siempre soy más o menos yo por dentro aunque nunca duro mucho en una edad precisa (La neurociencia del ego).

Los médicos no descubren qué me sucede (¿Debo ir a un psiquiatra, a un psicólogo o a un psicoanalista?). En general los consulto cuando mi cuerpo tiene los años que tengo en realidad, entonces la mayoría me manda para el psiquiatra. Trato de convencerlos, les entrego un reporte que escribí hace mucho y que ya está amarillo en el que cuento mi historia, mis síntomas. Entonces me piden que los visite cuando esté en los dieciocho años, o en los ochenta, o que mi madre me lleve en brazos, de bebé (Papá, Mamá: Habla tu bebé).

Lo hice, y también fui con mamá al estar recién nacida. Fueron varios los doctores que me vieron en el transcurso de esta enfermedad y que, al comprobar que mi historia era verdadera, dejaron a un costado toda ciencia y murmuraron: “Brujería”.

“Brujería”: trato de calcular en qué momento y por qué puedo haberme embrujado, en caso de que se trate de eso. Justo a mí me pasó, a mí, que hasta los veinticinco años no creí en hechizos, ni tampoco en nada que no fuera visible, concreto y terrenal.

Era una mujer joven como cualquier mujer joven; atendía una boutique y había decidido empezar un poco tarde la facultad, precisamente Psicología. Estaba en las primeras materias, leía con fervor a Freud y  -lo aclaro para que nadie piense que me contradigo- sí creía, pensándolo bien, en algo invisible: el inconsciente.

Fue justamente al soñar por las noches, muy dormida después de jornadas agotadoras, que me di cuenta de que algo en mí estaba siendo reelaborado, que se avecinaba un suceso poco común para mi vida tan normal.

Casi puedo decir que este suceso es poco común no para una persona sencilla sino para cualquiera; que es único, que no le ocurre a nadie más que a mí. ¿Por qué soy la elegida?

Desayunábamos una mañana con mamá y le conté el sueño que acababa de tener: vi al trasluz una niñita cuyo vientre transparente dejaba ver a un niño. Estaban en la posición a punto de ver la luz el niño, de dar a luz la niñita.

-Es raro -dijo mamá y se le fue volando de la taza en la cual me servía, un poco de café hirviente que me quemó la mano.

Me ardía, me dolía y me sentí infeliz:

-No voy a ir al trabajo hoy -le dije con un leve resentimiento.

Tenía, como ya creo haber expresado, veinticinco felices años, y un novio de treinta. Lo llamé por teléfono:

-Tampoco quiero ir a la facultad hoy, no me siento bien.

Tomás me prometió que me visitaría por la tarde; mi mamá no estaría porque era su lunes de jugar canasta con amigas.

Vino Tomás y lo primero que dijo fue que me encontraba muy joven y radiante, de mejillas coloradas. Se fijó luego en mi mano quemada.

-¡Ay! -se lamentó-. ¡Tu brazo encogió!

Vi que era la mitad o menos del tamaño habitual de mi brazo.

-¡No puede ser por una tonta quemadura! -grité espantada al tiempo que miraba mi otro brazo que en ese momento se iba empequeñeciendo hasta ser como el primero.

-Te llevo al médico -dijo Tomás.

Como yo me negué y sólo quería estar tranquila tirada en la chaisse-longue, disfrutando en lo posible de mi asueto, le pedí a Tomás que se fuera, que nos veríamos mañana.

No es muy sencillo explicar que no lo vi más, y las razones. Todos los comienzos de enfermedades o discapacidades son más demoledores que lo que sigue, aunque lo que siga sea peor.

Mamá volvió de su juego de canasta. Yo era una niña de unos cinco años dormida en la chaisse-longue, que le quedaba demasiado grande. Pero yo era yo, aun con mi vocecita y mi vocabulario nada extenso. Mamá preguntaba a los gritos quién era esa niña, cómo había entrado a casa esa niña desharrapada y con ropa tan grande, vestida tan ridícula, si acaso estaba perdida y yo la recogí y le presté mis pantalones.

Preguntaba a los gritos porque creía que yo estaba en la cocina, un poco lejos de la sala. No podría imaginarse que esa niña era yo, y se lo tuve que decir con mi vocecita. Y aunque yo permanecía en mi interior como era yo habitualmente, algo infantil se metió en mi alma, porque la acusé irracionalmente:

-Culpa del café que me tiraste.

Mamá lloró. No sabía qué hacer y me llevó a un pediatra, incapaz de jugarse a que la creyeran loca explicando lo que me había sucedido.

El pediatra la calmó, le aseguró que no era más que una moderada quemadura que se desvanecería en meses y que se aliviaría con Pankután, o algo así, una crema.

Mamá, que después del espanto empezó a considerar la situación con una mirada más positiva, y que hasta se sintió rejuvenecida por ser progenitora de una niña tan pequeña, salió del médico y me llevó a comprar ropa.

-¡Qué linda rubia! -alabó la vendedora mientras me probaba un enterito. Mamá sonrió orgullosa. Yo nunca había sido rubia.

Mamá llevó a cabo una serie de falsificaciones del DNI y otros documentos para cambiarme la edad e inscribirme en el siguiente preescolar de la escuela de enfrente de mi casa.

El verano lo pasamos en Mar del Plata, yo con mallita rosada que no tenía corpiño, y mamá oronda por mí.

Cuando regresamos faltaba una semana para empezar las clases, y yo me la pasaba filosofando por dentro algunas cuestiones que resultaban beneficiosas para mí en mi nueva edad. Primero estaba el tema de ser tan joven, con lo cual era probable que mi existencia fuera más larga que la que tenía previamente asignada. Segundo, el preescolar se trataba de colores, plastilina, cuentos de hadas y sonrisas de señoritas muy suaves.

Se trataba de verdaderas vacaciones cronológicas. Y ya con más sabiduría, podría planear mi vida desde los cinco años.

Aunque justo un día antes de que cruzáramos a la escuelita mamá descubrió que mis piernas se habían alargado y arrugado, que hablaba con una voz temblorosa no de nena sino de una viejita, y que yo, que ya no tenía pechos, tenía ahora los pechos caídos. Y surcos muy marcados en la cara. Y pelo blanco muy delgado.

Lloró otra vez mamá. Me llevó a un gerontólogo; éste le preguntó si yo era su madre. Ella dijo que sí. Y qué edad tenía.

-Ochenta y cinco -contestó.

-No encuentro nada malo sino el desgaste propio de la vejez -dijo el médico. Me hizo algunas preguntas para evaluar mi lucidez.

-¡Está espléndida! -afirmó maravillado.

Mamá seguía llorando. El doctor trataba de consolarla:

-Todos envejecemos y, aparte, su madre tiene al parecer varios años por delante.

Yo pensaba que por delante, por detrás, a los costados, hacia arriba y hacia abajo.

Cuando salimos mamá me llevó a comprar ropa de señora mayor, y un collar de perlas. Ella se compró un jean con las rodillas rotas.

Como si supiera con absoluta seguridad que alguna vez volvería a tener por unos meses mi edad cronológica, le dije a mamá:

-Cuando sea de verdad yo voy a ir sola al médico y le voy a contar toda la historia. Así fue.

A mis treinta verdaderos años y apariencia de treinta tuve la primera oportunidad, frustrada por la incredulidad del doctor que pretendía mandarme al manicomio. Y se repitió a los treinta y dos, treinta y seis y ahora a los cuarenta.

En los intervalos pasé por todas las edades.

En este preciso momento me empiezan a temblar las manos y tengo síntomas de longevidad, así que dejaré de escribir en poco rato. Con todo lo que tenía que contar, como esa vez cuando tenía veintidós años y quedé embarazada, y al otro día de recibir el resultado positivo del test, me transformé en una nena de siete años, embarazada. Pero no hay tiempo de seguir contando.

Envío

¡Que les guste mi cuento!

Abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

9 respuestas a “Te doy otro cuento: “Somatoesquizofrenia””
  1. fabi risso dice:

    Mora, me encantó, re loco el cuento.
    Gracias por regalarnosló

  2. Claudio Gonzalez dice:

    Muy bueno Mora.

  3. felipe humberto rizzo dice:

    ¡Fabuloso, atrapante y muy bien resuelto. Felicitaciones!
    .
    Uno de mis cuentos, quizás nada que ver, pero en algo coinciden.

    ESPEJOMANÍA

    Cambié y rompí muchos espejos, pero, el siempre estaba allí, como todas las mañanas, con su cara oculta por la crema de afeitar. Yo sabía que estaba ahí, y que la única forma de poder librarme de él, era dejándome crecer la barba, pero no podía, mi curiosidad por verlo envejecer era más fuerte que mi miedo, así que seguía afeintándome para ver como destruía mi juventud. Solo espero tener la suerte de verlo morir antes que yo.

  4. JUAN XOLOT dice:

    Sin duda gran trabajo que de forma tal sutil nos adentra a ese otro mundo creado por el padecimiento que la ciencia sabe como se produce, pero no sabe como curarlo. Felicidades

  5. Mora Torres dice:

    Gracias Fabi, Claudio, Felipe, Juan. Es una alegría que hayan disfrutado con Somato… Felipe: tu cuento merecería figurar en una antología de relatos breves, que son los más difíciles de hallar cuando son excelentes.

  6. isabel salcedo dice:

    Espero tus cuentos todas las semanas.Gracias Mora!

  7. Joise Morillo dice:

    Excelente querida,

    Un verdadero realismo ingenuo y ala vez surrealista, grandiosa metáfora para explicar la conducta caprichosa e inmadura del individuo…

    Os ama

    Joise

  8. fabi risso dice:

    Si, tambien me gustó el cuento que escribió Felipe, y quedó el suspenso dando vueltas nomas.

  9. José Gros dice:

    Bonito cuento, que ’si non e vero, e ben trovato’. Me evoca alguna anécdota, como la de unas mujeres, que trabajaban como administrativas en un registro, cuyos datos quemaron durante la guerra civil, los anarquistas tenían la costumbre de quemar el registro de la propiedad, y cualquier otro que encontrasen, y matar al cura más a mano, estas buenas damas solteras se encontraron con la tarea de tener que reconstruir su propia historia personal, y decidieron, coquetas ellas, ponerse diez años menos de edad, retrasando diez años la fecha de nacimiento del registro. Con 74 años, estaban anhelando que llegasen sus falsos 65 años para poder acceder al retiro y a la pensión de jubilación.
    Insinuantes, las esperas en la chaise-longue, cuadros disolventes, ‘tendida en la chaise longue, fumar y amar…’, la nota apunta, si es algo real y no una ficción, a una inmerecida falta de autoestima, que los bipos 1y2 llenan con éxitos, con logros imaginarios o deseados, que les darían el refrendo que no percibieron antes, pero su base de vos es enormemente sana, creativa, afectuosa, nada más lejos de la esquizofrenia, que tampoco tiene que ver con los trastornos somatomorfos, ya desparecidos de los catálogos descriptivos de disfunciones o molestias diversas.
    Los lectores no podemos darle los abrazos y besitos que como niña merece, ni la acompañaremos a la chaise longue, ya habrá algún afortunado allá que merezca tal honor, tal placer, pero cuente con nuestra admiración, apoyo, y estímulo en su condición de elemento valioso para cualquier grupo, para cualquier comunidad.
    Bien puede usted decir, si le preguntan por su sexo, que no por su género, como un porteño de película: ‘enorme’.



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