Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

“Dante”, un cuento para vos…

Escribí otro cuento para vos, seas quien fueres, aunque preferiría que fueras alguno de mis amigos lectores y colaboradores del blog de Monografías, amigo viejo o nuevo (Las relaciones humanas: la triangulación del saber).

En primera persona habla alguien que no soy (El mundo contemporáneo de los tipos de narraciones y sus técnicas narrativas).

Lo escribí para vos, pero me inspiré realmente porque uno de esos tests que andan por la pantalla de mi computadora atrapando naúfragos (Manual Simplificado de los Tests Psicológicos), me dio un extraño resultado: soy hombre y tengo 73 años. Y traté de sentirme el personaje (Sobrevivir. Un reto psicológico).

Cuando volví a leer el cuento, vi mis rasgos apenas desdibujados (La Personalidad). Aunque mi historia y mi familia no tengan nada que ver con este cuento, algo en mí es él (La sociedad).

Dante

Soy Dante Ferrari, vivo solo y estoy bastante viejo, ya en los setenta años.

Mi vida no fue un canto de alegría pero me las compuse como pude leyendo a Dante, ya que nací bajo su advocación, y aprendiendo su idioma.

Desde que me quedé solo en el mundo pasó la mitad de un siglo. Cuando enterré a mis padres y a mi hermana cerré la puerta de mi casa y, prácticamente, me acosté a dormir. Algunos murmuraron, lo supe, que me acosté a morir para estar con los míos, aunque pasado tanto tiempo del terrible accidente que se llevó sus vidas, puedo pensar con objetividad.

Visto desde acá, desde mi edad, ninguna muerte que quede en el pasado tan remoto es terrible. Papá y mamá y mi hermana son recuerdos amables, y con sus muertes yo encontré mi verdad.

Cuando ellos se fueron de viaje aquel verano yo me quedé estudiando una materia de la Facultad que debía rendir en algunas semanas, Derecho Romano. Era de las primeras materias de la carrera de abogado y yo estaba absolutamente absorto en un solo pensamiento. Estudiaba, pero estaba desconcertado: ¿qué sentido tenía que estudiara derecho?

Mientras mi familia viajaba yo, desde las cinco de la tarde hasta la medianoche, estudiaba; desde la medianoche hasta las cinco de la tarde, con algún intervalo para dormir y comer, pensaba en la existencia de la nada y en la muerte. ¿Cómo armonizarlas con el Derecho Romano?

Una muchacha de ojos negros, que se llamaba Beatriz, venía todos los días a hacerme la comida, lavar mi ropa y sacarles el polvo a los muebles.

Recuerdo a Beatriz  de modo parecido a mirar una fotografía fuera de foco: veladamente, apenas, y que sus ojos eran grandes y negros, pero a sus ojos no los recuerdo como si estuvieran dentro de la fotografía sino aparte, vívidos, como si se hubieran soltado del cuerpo y tuvieran vida propia.

No conocí mucho a Beatriz pero conocí inmensamente sus ojos. No recuerdo su voz, pero sí que ella me hablaba de fantasmas mientras yo comía.

Decía:

-En el cuarto de sus padres hay un baúl que está embrujado. Se oyen voces adentro.

-¿Qué dicen? -le preguntaba yo.

-No sé, hablan en un idioma que no conozco, o parece que retorcieran o se burlaran del idioma español.

Me hacía reír. Ella tendría mi edad, pero estaba por empezar el secundario. Creía con tanta fe en la maestra que la ayudaba para rendir castellano como mi mamá en Jesucristo; usaba muy a menudo las palabras que le oía decir, como retorcido, fantástico y hasta profético.

Después no la vi más. Cuando ocurrió el Accidente, tuve la sensatez de tomar “una señora cama adentro”, como se decía antes. La encontré en los avisos del diario donde salió la necrológica de mi familia.

Y después me acosté.

Esas muertes me facilitaron hacer lo único que quería: pensar y dormir. El dinero para vivir venía de sobra, producto de los variados inmuebles que papá había dado en alquiler, así que nunca tuve problemas económicos. Cuando cumplí cincuenta años se me ocurrió vender un petit hotel que quedaba en Palermo. De puro codicioso lo vendí, nunca gasté ese dinero.

Pero mi vida en la cama y entre libros en distintos idiomas y cuadernos que borroneo me dieron casi la felicidad, aunque haya dicho al comienzo que mi vida no fue un canto de alegría; sí lo fue, y si no digo felicidad completa, es por respeto a los que sufren.

Yo paso algunos días, cuando me canso de pensar, mirando en las paredes y en el techo el dibujo de la inmensa nada que aprendí a amar después de largas reflexiones. También la amo porque me acerco a ser como ella de tanta falta de afán y de fatiga.

Los escasos momento en que empiezo a aburrirme busco algo para hacer, por eso creo que una vez me levanté, fui a una inmobiliaria y vendí, como ya conté, aquella casa hermosa de Palermo.

Y aparte creo que fue en uno de esos momentos de aburrimiento que empecé a recordar, hace poco, los ojos negros de Beatriz y el baúl que ella decía que hablaba.

Ese día visité lo que fue el cuarto de mis padres, adonde estaba todavía el baúl.

Sorprendido de mí mismo, acerqué la oreja a la tapa.

Escuche en un suave italiano e caddi come corpo morto cade, y recordé que me llamo Dante por el Alighieri, que papá y mamá adoraban como yo. E caddi come corpo morto cade es como termina el canto V del Infierno.

Creo que enloquecí, porque tuve la sospecha de que un fantasma estaba allí. Si no hubiera sido porque Beatriz escuchó esa voz poco antes del Accidente, pero sí antes, de verdad antes, hubiera creído que allí estaba el fantasma de papá.

Traté de abrir la tapa; el tiempo la había sellado y aparte se necesitaba alguna llave que nunca tuve y en la que nunca pensé.

“Y caí como un cuerpo muerto cae”, diría, traducido, Dante.

Por más feliz que uno sea, sí que se puede morir de un susto. Hace dos días que estoy acá tirado y ya no escucho nada.

Envío

Si me leíste, te mando un beso y un abrazo

Mora

Monografias

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Comentarios

2 respuestas a ““Dante”, un cuento para vos…”
  1. victor manuel illarramendi dice:

    Narración fresca y envolvente. Me había perdido de la oportunidad de poder estar cerca y disfrutar de la compañía de buenas letras que dicen todo. Un saludo

  2. Joise Morillo dice:

    Hola querida y, vos Dante,

    Digamoslo así:

    ¡Caer como muerto cae! Dante… ¡Morir dormir, dormir morir! ¿Cuál es la diferencia? Shakespeare… ¡El cuerpo es un lastre para el espíritu! Platón.

    La muerte, un baúl con candado sin llave…

    Vivir intensamente el presente, significa vivir en armonía tanto peculiar como colectivamente, ser benigno consigo mismo. De eso se trata, alimentar el intelecto. En este sentido, la frugalidad de la concupiscencia es mejor que la esterilidad intelectual.

    Sed vosotros mismos, pues, nadie va a morir por vos cuando la muerte se os ofrezca, digo, ¡naturalmente!

    Consideradle, la última esperanza, pensadle evitando desconcierto. Temor a ella, sentir tristeza por su inminencia es ¡un verdadero dolor de cabeza!

    Querido Dante, lo inevitable fortalece el espíritu en la medida de considerarle basado en una fehaciente prosperidad, llámese en el más allá, en el otro mundo o, más platónico, en la inmortalidad del alma.

    En la medida de esa voluntad de recrearse en lo inexplorado, solo existente en la mente del creyente ¡solo en esa medida! El alma, el espíritu, esa cosa que la especie humana llama mente; la inefabilidad de expirar será un acicate para concentrarse, abstraerse en disfrutar de lo que la providencia o como le queráis llamar, os ha dotado.

    El pasado esta “muerto” tomémosle como cosas de la historia, unas que evitaremos para siempre y otras como ejemplo de provecho. El futuro, jactarse de perspicaz, de visionario, sin sacarle el mejor del provecho, revela inseguridad, una tremenda falta de organización no cónsona con la virtud que supuestamente posee. De todos modos, lo venidero está por verse. El muerto estará incapacitado para presenciar su funeral y, además, nadie muere en la víspera.

    Seguid disfrutando de vuestro sueño, descansad, hasta que vuestro baúl encuentre por si solo la llave de su candado (encarnación)

    Os ama,
    Joise



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