Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La suspensión momentánea de la incredulidad

Anoche mismo recibí un comentario para el cuento que les había enviado con el post del miércoles pasado (Cuento para Manuel, la no discapacidad).

No tiene una palabra de elogio -lo que me parece muy bien, no era una maravilla el tal cuento (Estrategias de relación con el personal).

Sin embargo, tal vez se trate del comentario más halagador que he recibido en tantos años de escribirles los miércoles (Consíguelo con una actitud positiva).

Escribe Rubén Darío Vega Sayago, desde Caracas:

“Ese fenómeno del anacronismo, donde los cuadros tapados son más recientes que los superiores, y ese último cuadro donde apareces tú misma, tiene una explicación: Es que tú eres como tu abuelo, mezclas hechos reales con fantasías. Debe ser cierto que viviste con tu abuelo desde tus quince hasta los veinte, y que tu abuelo echaba cuentos de guerra de su abuelo (tu tatarabuelo) pero la narración del desconche de cuadros es fantasía. ¿Estoy en lo cierto?”

Además, toma como verdaderas historias que inventé: mis abuelos, los dos, murieron antes de que yo tuviera quince años.

¿Recuerdan a Borges -alguno lo recordará (Algunos Borges de Jorge Luis Borges)- cuando escribía ficciones en las que aparecían todos sus amigos de carne y hueso, como Bioy Casares (Tlön, Uqbar, Orbis Tertius)? ¿Recuerdan que él decía que para que un cuento sea un cuento debe existir la suspensión momentánea de la incredulidad?

¿No les parece que Rubén Darío, aun con su duda, deja abierta la posibilidad de que esté yo realmente en el fondo del cuadro de mi tatarabuelo? (Las dudas).

Gracias, encantador Rubén.

Ahora les mando un escrito que ¡vaya uno a saber si es un cuento!

Dobles

Nuestro padre era un adinerado señor de modales exquisitos; nuestra madre una hermosísima mujer. Pero su belleza se convirtió sólo en un apéndice de los modales exquisitos de papá.

Él viajaba constantemente, era presidente de un banco extranjero.

Un día regresó de su viaje, miró a mi madre que era su cocinera, y decidió casarse. Ella lo aceptó, y muchas veces nos confesó que había dicho sí sólo para pasar de la cocina a estar sentada en el salón más grande de la casa.

Mamá quedó embarazada.

Y nacimos nosotras.

Clara, que toca el cello, y yo, que escribo con la mano izquierda.

Inmediatamente comenzaron a rediseñar el enorme sótano; lo transformaron en tan confortable y lujoso como la propia mansión.

Era para que viviéramos nosotras.

Allí nos trasladaron, y allí nos criaron, sin ver el sol.

Sin embargo había máquinas de sol artificial y jardines de invierno, hasta parquecitos con árboles altos y una fuente.

Nosotras, las siamesas, estábamos unidas por el costado de nuestro cuerpo. Teníamos libres las piernas y los pies, y yo el brazo izquierdo y Clara el derecho. Caminábamos bastante bien por los falsos patios del sótano, hasta corríamos.

Nuestra vida no dejó de ser agitada desde que empezamos a estudiar.

Venían profesores de todas las materias escolares menos una, ya les diré cuál era.

Conocíamos de pies a cabeza las constelaciones y el planeta, sus ríos, mares, montañas, volcanes muertos y en erupción, animales salvajes.

Ahí también se descubrieron nuestras vocaciones: la musical para Clara, la literaria para mí.

Nunca nos hacían subir a la casa, pero nuestro universo era muy alegre y variado, con pájaros exóticos que cantaban en sus jaulas de oro puro.

La materia que papá había prohibido que se nos enseñara era anatomía humana; mucho tiempo después tuvimos noticias de ella.

En lugar de anatomía nos puso un profesor de filosofía que nos leía a Platón acomodando la doctrina de las almas dobles a la de los cuerpos dobles. Algunas personas -nos decía, eran así, por dos, como nosotras, y otras individuales. Lo que es verdad, pero el amplificaba hasta el infinito el número de personas dobles, por lo que no lo sentíamos como un trágico destino.

Papá no bajaba mucho a visitarnos; mamá nos cuidaba y nos alimentaba con los platos más sabrosos. Se ausentaba cuando llegaban los profesores: odiaba la música y el latín.

Por las noches nos quedábamos solas; hablábamos interminablemente de cuestiones felices extraídas de cuentos infantiles y novelas de amor, hasta que empezamos a hacernos preguntas.

Creo que lo primero que intuimos fue no que era anormal nuestra anatomía sino nuestro encierro, aunque no conocíamos otra cosa que este encierro, con sol y hasta con lluvia artificial sobre el jardín artificial; no conocíamos a nadie más que a mamá y a papá y a los profesores, todos individuos no-dobles.

Con cálculos matemáticos y filosofía comprendimos que debía haber otro mundo. No en el cielo sino en esta tierra.

Se lo planteamos a papá en uno de esos días que bajó a visitarnos.

Terminó confesándonos que éramos fenómenos.

Mi hermana, que quería triunfar como cellista, se alborotó -ella leía revistas especializadas en música y conciertos. Le dijo:

-¿Y cómo haremos para salir de aquí?

Mi padre se puso muy serio y nos informó que ya no tomaríamos clases. Que estaba preocupado porque temía cualquier contacto nuestro con la gente de afuera. Que la vida sería muy triste para él y para nosotras si abandonábamos nuestro encierro, si conseguíamos la libertad.

Y aquí estamos. Escribo. Mi hermana toca su instrumento. Mamá murió; vemos que papá se está acercando a ella.

Nosotras sabemos bien lo que es la muerte por las novelas y los tratados de filosofía.

¿Qué haremos cuando muera papá?

Un gran abrazo, y, por favor, si alguien sabe dónde está José Itriago, y cómo está, que nos informe.

Mora

Monografias

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Comentarios

Una respuesta a “La suspensión momentánea de la incredulidad”
  1. Joise Morillo dice:

    Si es bueno el cuento, que vos lo asumáis poco importante es otra cosa, pero el ingenio no se pierde por bueno o malo que sea el tópico sino cuando se deja de crear para entretener, para impresionar para dejar la mente de los demás parir ideas i criterios propios de vuestra creación y del mundo que le atañe.

    Las siamesas, que triste realidad, ocurre tal actitud del padre, por complejos y discriminaciones, un egocentrismo, narcisismo patéticos, pero muy propios de la naturaleza humana, humanos demasiado humanos diría Nietzsche, para las niñas es como la vida en sueños de Calderón de la Barca. La educación va más allá de lo que se concibe como verdad, la verdad es relativa o sujeta a lo que se siente o se ve y o lo que se cree. La alegoría de la Caverna de Platón, lo intelectual y lo sensorial.

    La única forma de mantener una relación tan profunda entre dos personas es siendo siameses, sin embargo hay dos cerebros dos individuos pensantes acerca de un mundo complicado, patético.

    ¡La verdad es patética, tan patética que a veces no la creemos (incredulidad) al padecerle dejamos momentáneamente de ser incrédulos!

    Os ama
    Joise



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