Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El diario íntimo de mi tatarabuelo

Dicen que se escribe (La escritura y cómo escribir)  para recordar (Mapas mentales). Que tenemos sólo una vaga idea de los pueblos anteriores a la escritura. Que la invención de ésta permitió la gigantesca aproximación de la historia (La Historia Compleja).

Pero ya antes de este invento los hombres primitivos, y recientes, dibujaron escenas de sus vidas (Culturas del Perú).

En las cavernas oscuras fueron urdidas representaciones sin que se sepa bien cómo se pudo, previas al fuego y sus antorchas (El origen del fuego).

Y el tiempo las dejó permanecer allí (¿Qué es el tiempo?).

El estilo del arte rupestre nunca se repitió en el curso de los siglos, excepto algún recuerdo que acogió el hinduismo, alguna jirafa de Dalí (Distancias Mentales Surrealistas de Salvador Dalí) u otro animal que integró los inocentes paisajes de Rousseau, el Aduanero.

Bellos y expresivos, hay en el arte de nuestros ancestros plantas, leones, humanos vivos y muertos que nos legaron sin palabras.

También, antes de la escritura, existió un tipo de magia que hacía hablar a las cosas y que los magos descifraban: leían las huellas de las aves; en el caparazón de las tortugas, mensajes de los dioses; en las constelaciones, el destino.

Es decir, leían palabras y transmitían palabras que, estilizadas, ayudaron a inventar un alfabeto y una historia. El libro de las tortugas, el libro de las estrellas y otros más contribuyeron a dar forma a las letras.

El diario íntimo de mi tatarabuelo

Viví sola con mi abuelo de los quince a los veinte años.

Era un señor sonriente que se acomodaba durante horas en un sillón de hamaca, concentrado en su beatífica meditación, y no hacía mucho más que eso durante todo el día -estoy hablando de sus últimos tiempos, cuando ya era nonagenario.

Yo sabía arrancarle un brillo de alegría en sus ojos de viejo color claro.

Veía bien, veía mejor que yo, aunque pareciese que su mirada se diluía en un celeste casi blanco.

Por lo general contemplaba un cuadro de su abuelo desde el sillón de hamaca.

Apenas yo intentaba decir algo sobre el cuadro, él recomenzaba una historia larga y hermosa que le iluminaba con otra luz la cara. Ya reía, ya me contaba del sabor del vino azul que se bebía en Como, Italia, el lugar de nacimiento de su abuelo.

Pero había mucho más que vino azul.

Según decía, mi tatarabuelo había llegado a la Argentina después de haber sido proclamado “héroe de guerra”.

-¿De qué guerra, abuelo?

-De la Guerra de las Óperas, que se libró entre italianos y franceses -contestaba con voz muy nostalgiosa, no nostalgiosa de un hecho que él hubiera vivido, sino de algo que le habían contado en su infancia y se le había encarnado, y se quedaba en solemne silencio.

-¿Eran los bufonistas y los antibufonistas de los que me hablaste?

-Así es, querida. Los bufonistas eran mi abuelo y otros italianos que preferían para una ópera a personas comunes, algo cómicas, y por eso los llamaban bufones. Los franceses, siempre con sus héroes serios y sus medallas, cantaban la antigüedad en sus óperas, y eran los antibufonistas. Pero… ¿para qué sirven las antigüedades?

Yo cambiaba de tema y le decía:

-Pero tu abuelo no era músico sino pintor…

-Es cierto, un gran pintor -aseguraba-. Aunque en la lucha se adhirió a los músicos bufonistas y también combatió.

-¿Con armas?

-¡Por supuesto! Muchos de ellos murieron gritando ¡viva Verdi!, o Pergolessi, o Puccini.

Ya tenía noticias del relato de mi abuelo, pero no lo creía del todo. Algunas cosas sí, otras no.

Mi tatarabuelo había llegado a la Argentina, a la ciudad nuestra, se había casado, había tenido muchos hijos y terminó convirtiéndose en un pintor reconocido.

El cuadro que miraba mi abuelo desde su sillón no era el mejor que pintó; tenía cúmulos, amontonamientos de óleo, gránulos, pero se notaba el oficio.

Ahora mi antepasado salía de la boca de mi abuelo transformado en un héroe de la música.

Le pregunté:

-¿Y la historia de la Guerra de las Óperas, ¿dónde está escrita?

-En las enciclopedias, pero además mi abuelo llevaba varios diarios, algunos más íntimos -se sonrió-. Yo supongo que en alguno de ellos la contó.

-¿Dónde están esos diarios? -pregunté con codicia infinita.

El abuelo señaló el cuadro que miraba.

-¿Cómo? -pregunté.

-Este cuadro contiene varias capas de obras terminadas. Seguro que una de ellas cuenta la Guerra. También debe de haber retratos de amantes… -dejó inconclusa la frase y se rió.

Le acerqué el cuadro:

-¿Qué es esto? -pregunté. Me refería a lo que estaba pintado en la primera capa, en la superficie, se supone. Eran hombres antiguos, con galera de copa, navegando en canoa sobre el agua. Atrás se veían casas antiguas como ellos.

-Es la inundación de 1905 sobre el actual bulevar Pellegrini -me contestó y se sumió en una modorra que le duró hasta el otro día.

Busqué en algunas enciclopedias durante toda la noche; encontré información sobre la inundación de 1905, pero nada sobre la Guerra de las Óperas en Italia.

Cuando mi abuelo despertó se lo anuncié, y él me contestó con un gruñido. Estaba triste.

Al rato me llamó:

-Debemos ir desprendiendo capa por capa de óleo de este cuadro y ver lo que nos ha contado mi abuelo… -dijo.

A la tarde fui a una librería de arte y consulté cómo debía hacer el trabajo. Me dieron indicaciones cuidadosas y compré algunos instrumentos útiles.

Cuando llegué a casa mi abuelo se levantó ágilmente del sillón y fuimos a una especie de taller que estaba al fondo de la casa y que tenía una gran mesa de carpintero.

Apoyamos el cuadro sobre la mesa.

Yo había comprado thiner entre otras cosas.

Primero miramos la pintura de la superficie como si quisiéramos fotografiar con los ojos la inundación de 1905. Era la última vez que la veríamos.

Describí sintéticamente el primer cuadro en un cuaderno de hojas amarillas, antes de que desapareciera. Le leí a mi abuelo, que aprobó.

-Está bien, continuemos -estaba entusiasmado-. Debe haber como diez obras -exageró.

Pasaba el tiempo. Después de un delicado trabajo de borrado con apenas un poco de thiner y alcohol, miga de pan que es mejor que el algodón y un hisopo para los detalles, apareció el segundo cuadro.

Anoté en mi cuaderno: “Retrato de una joven mujer de principios del siglo XX. Debe ser mi abuela”.

Se lo leí. Él miró con mucho detenimiento, y me miró:

-No, es mi mujer -suspiró-, tu abuela. Recuerdo su cara y su medalla. Acá ya estaba por morirse.

No redundé con la pregunta “¿murió tan joven?” que se me ocurrió primero. Él estaba casi de duelo en ese momento, pero corregí lo que había escrito en el cuaderno.

Algo me inquietaba: esa joven parecía, por su vestimenta y su edad, posterior a la inundación de 1905. ¿Cómo, entonces, aparecía en el cuadro después?

Seguimos después de unos minutos de descanso y varias horas de trabajo.

No pensé que aparecería lo que apareció, jamás me hubiera imaginado a mi sagrado ancestro dedicándose a pintar una mujer desnuda trepándose a un peral, de espaldas.

-¡A este cuadro yo lo vi pintar, ya era viejo mi abuelo! -exclamó el nieto de noventa años.

Adentro de mí la confusión se transformó en batalla, pero anoté en el cuaderno y seguí adelante. Tenía en la punta de la lengua la palabra que después expulsé: anacronismo.

Ya estaba exhausta cuando llegué al último cuadro. No tenía percepciones frescas.

-No hay cuadro -dije con alivio-. Es un espejo que está en el fondo.

-¿Cómo un espejo? -refunfuñó mi abuelo.

Miré bien. No era un espejo, había sido pintada yo tal como era en ese mismo momento en que extraía el pentimento, con la misma blusa azul que tenía puesta manchada por cascaritas de pintura seca, sosteniendo el hisopo y la botella de thiner y muriéndome de espanto en la vida real, en los brazos del abuelo, quien no consiguió darme explicación alguna.

Cuando me sobrepuse dije:

-¿Y la Guerra de las Óperas, abuelo?

-Debe estar en el otro cuadro, en el de mi dormitorio -contestó.

Aunque jamás se comprobó semejante teoría.

Abrazos a todos mis queridísimos amigos!

Mora

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Comentarios

4 respuestas a “El diario íntimo de mi tatarabuelo”
  1. LUIS BENITO HERNANDEZ MARTORELL dice:

    Buena nota, estuve yo con el abuelo que vino de mayorca y me contó algunas historias que sonaban a isla mágica o no se que y me hizo acordar mucho tu relato. felicitaciones. Un saludo desde,las pampas de Argentina.

  2. Beto Rueda dice:

    Los relatos de nuestros viejos poseen una fascinación indescriptible. No importa cuántas veces nos narren sus historias, siempre hay algo nuevo que encontrar en ellas… como en las capas del cuadro del tatarabuelo.
    Gracias por llenar de bellas imágenes el cofre de mis recuerdos.
    Un saludo, desde Santiago de Cali, la tierra que huele a caña, tabaco y brea.

  3. Joise Morillo dice:

    Hola querida, la idea de aventura como parte del historicismo es vital, principalmente en épocas románticas de la historia, actualmente la cybernetica ha dilapidado la importancia del cuento verbal, en menor grado el escrito en papel para dar paso al Chat electrónico, de hecho lo hacemos nosotros, simplemente cambia el método, lo que no cambia es el genio que tienen unos y otros pero diferentes en grados de importancia y belleza.

    Os ama
    Joise

  4. Ruben Dario Vega Sayago dice:

    Hola Morita,
    ese fenómeno del anacronismo, donde los cuadros tapados son mas recientes que los superiores, y ese último cuadro donde apareces tu misma, tiene una explicación: Es que tu eres como tu abuelo, mezclas hechos reales con fantasía. Debe ser cierto que viviste con tu abuelo desde tus quince hasta los veinte, y que tu abuelo echaba cuentos de guerra de su abuelo (tu tatarabuelo) pero la narración del desconche de cuadros es fantasía ¿Estoy en lo cierto? Un saludo desde Caracas.



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