Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El experimento, con pedido de auxilio

Empecé a escribir nomás El experimento, esa novela (La novela) que me inspiraron sucesos muy viejos de los cuales hablé en el post pasado (Ana Karenina).

Tenía un cuento redondo y cincelado para poner en lugar de estos apuntes de futura novela (El cuento literario o la concentrada intensidad narrativa), pero quiero consultarles a ustedes la validez de una historia tan antigua (Pepina y sus Antiguas Historias). Los años en que ocurre –lo comprobé- no pueden modificarse (Los frágiles cimientos del presente). Ellos tienen toda la fuerza de aquella edad de feministas (La nueva polarización), anarquistas (Antología Libertaria) y científicos locos (Saint-Simon).

Este es el comienzo -con entrecomillado y todo pretendería que se imprimiera

La primera noticia que tuvo de su propia rareza era esa música que se posaba en el fondo de sí misma, que estaba siempre allí.

La segunda, su dentadura. Dientes y muelas de blanco y agudo vidrio, para los que ningún odontólogo tuvo explicación –ahora quizá la ciencia la tendría, pero esto ocurría a fines del siglo diecinueve.

La tercera, su letra.

De modo natural, escribía con un dibujo de nudos celtas que nadie le enseñó, pero que más tarde observó en los Libros de Horas guardados en los monasterios medievales que visitó.

Después compró las réplicas de esos incunables en librerías modernas, y vio que los monjes dibujaban las letras como ella: primero dos puntos, luego tres, de nuevo dos, de nuevo tres, y así hasta unirlos y decir alguna palabra en tela o en papiro.

Pero ella desde que aprendió a escribir hacía nudos celtas con las letras. La maestra se intrigó demasiado y se le acercó: ¿en su casa le habían enseñado esa caligrafía?

Ella dijo que no, asombrada. Que todo a ella le salía así, un poco raro. La maestra la miró y no le creyó. Rosalía se dio cuenta de su incredulidad y, ruborizada y confundida, le sonrió; fue casi una mueca. La maestra tenía la cara muy cerca de Rosalía y vio el destello de los dientes de vidrio. Inmediatamente se alejó.

Habló con el padre:

-¿Es la segunda dentadura? –preguntó.

-Es una dentadura definitiva, para siempre –dijo el padre con una voz masculina y cascada-; hay que cuidarla mucho y nada más.

(Es una historia verdadera, aunque ligeramente disfrazada. Por ejemplo la experimentadora no se llamaba Rosalía, pero la hija que todavía no apareció se llamaba Hildegarda en cuerpo y alma, cuerpo que duró tan poco. Debimos contar al comenzar que Rosalía, la Rosalía de mi relato, es una mujer que llora la muerte de su hija, una hija a la que ella misma de diversas maneras creó. Creó en hueso y carne, creó espiritualmente, alimentó de la mitad de sí misma y de la otra mitad que nada tenía que ver con ella. Rosalía la tuvo en su vientre, pero Hildegarda fue un experimento científico).

Rosalía de niña soñaba grandes cosas. No las cosas que todos los grandes niños sueñan, ni tampoco las que sueñan los niños mediocres.

Rosalía soñaba con crear vida, carne, sueños de otros a su gusto, es decir con crear vida pero no como si fuera una posible madre sino un posible dios.

Se preparaba para crear una niña, eso sí. De haber sido niño, no sabemos.

No era Dios Padre era Dios Madre, Hija, y los espíritus femeninos se arremolinaban para hacerle de Espíritu Santa.

La preparación exigió muchos días y años. Rosalía nació diciéndose este secreto de lo que iba a hacer de grande.

Los padres de Rosalía no eran extremadamente anormales. Podría decirse que eran aceptablemente comunes, pero tampoco.

El padre tenía casi 80 años cuando ella nació; la madre la mitad, que es 40 y sigue siendo vieja para ser primeriza.

Matrimonio de uno que tocaba el piano y otra que cantaba, los ojos claros del padre se prendían en los ojos oscuros de la madre cuando hacían juntos actuaciones. Se quedaban viviendo dentro de los ojos oscuros y aleteando hasta que alguna tos o pequeña violencia en la sala de conciertos los regresaba a su lugar, asustados.

Rosalía tenía cuatro años cuando empezó a entender el amor de sus padres. Se hubiera dicho que ella iba a copiarlos, por la atención con que seguía ese amor, por la inteligencia de su mirada cuando los miraba, los veía y los juzgaba, a sus padres.

Cualquiera diría que estaba recolectando ejemplos, y lo que recolectaba era ideas en oposición a ese amor y ese equilibrio.

Ya a esa edad odiaba todo cuanto fuera matrimonio, y ya empezaba a resignarse a lo que esto conducía: la soledad más sola –esta era una de las frases predilectas de Rosalía para pensar, entre sus 4 y 5 años.

Pero a la vez, por muy llena de soledad que estuviera, a Rosalía le bastaba mirar una cara, una mano, para leer como si fuera un manuscrito la vida que hay detrás de la gente. Sospechaba que Dios había tallado –bueno, si acaso existiera- sílabas, palabras, en la carne, en la sangre. Que había hilado la piel de las personas con penas y alegrías…

Envío

Hasta ahí escribí, pero pretendo de ustedes no sólo crítica, tampoco sólo aceptación, sino algunas correcciones que la pongan buena. Nuestra novela, ¿no? Sí, será nuestra novela.

Besos

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “El experimento, con pedido de auxilio”
  1. jorge galvis dice:

    Buen dia, te escribo desde colombia. La novela me parece interesante tiene cierto misticismo sigue adelante me gustaria leerla terminada. Saludos.

  2. andrik montero montero dice:

    Por favor enviar el resto, gracias y bendiciones.

  3. linda verlliui dice:

    Excelente! Su blog es realmente genial!
    Gracias a existes !!!

    voyante

  4. Gloria Cospin de Hernandez dice:

    Me gusta su lenguaje, y la forma como expone lo que le pasa a sus personajes. Debe quitar odios y resentimientos. Su estilo es superior.Me gusta.Ojalá termine su novela.



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