Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Experimentos

Supe de un crimen cometido en los años ‘30 (El cine argentino en la década del 30), en Buenos Aires o en Madrid, no recuerdo muy bien (Historia de Madrid) -leo sobre tantos crímenes que se me confunden los lugares (Investigación criminal)

Una mujer mató a su hija de 18 años, con la que había hecho un experimento (El experimento de Milgram: El mal que hacen los hombres).

La había parido, en aquella época, sin padre visible; la había educado en latín, en inglés, en alemán (Simón Bolívar y la educación).

La muchacha era famosa en el mundo entero, era La Virgen Roja -también marxista y feminista (La historia que cambió la Historia).

Cuando el experimento se enamoró, la experimentadora no pudo soportarlo (El perfume del amor).

Aparte, el experimento era poeta y escribió, antes de morir tan joven:

¿Somos o no? Mis manos parecieran acariciar la luz, y las olas arrojan objetos hacia mí, los espejos devuelven el misterio de un rostro y estamos juntos tú, yo y otros que no somos.–

En el morir se encienden los ojos como si hubieran enlazado otra mirada. ¿Cómo saber quién pliega el alma como un vestido nuevo, para otra fiesta, o junta las cenizas del alma?

Yo también hago experimentos, aunque sólo sea con palabras:

Novela titulada: No Vela

Debí esperar un poco para abrir el libro.

Sin costumbre de lectura más que de la Biblia, aunque sí ganas, desde lejos, esa tarde había entrado en una librería por primera vez.

Venía una música suave, las personas no hablaban, no parecía haber dueños ni vendedores.

Los libros estaban apilados sobre las mesas, con carteles: “Ofertas: dos pesos, tres pesos, cinco pesos”. Yo había pensado que los libros eran inalcanzables por ninguna fortuna.

El solo ruido de abrir el libro, con ser tan mínimo en la noche, me sonó fuerte, capaz de despertarlo a él, que no debía saber que yo tenía la luz encendida. Pero me dije que eran cosas mías, por el gran silencio de la noche. Él dormía bastante lejos, porque yo me acababa de trasladar al cuartito que estaba junto a la cocina. Minúsculo, con un baño pequeñísimo, me alegraba tener pieza y baño propios… Convinimos dormir en habitaciones separadas un tiempo; yo deseaba que fuera para siempre.

A mí que me dijeran que esto era blanco o negro no me conformaba; quería tocar lo blanco, si se pudiera, llegar a oler lo blanco, si también se pudiera, usar instrumentos propios que certificaran que era blanco, o negro,  pero no porque me lo enseñaran creerlo así; por eso estaba de acuerdo sólo con algunas cosas que él decía, y a lo demás no le decía que sí, le discutía aunque él me prohibiera discutir.

Pensé que la pasaría mejor todavía, ya que estaba a partir de un confite por la alegría de no dormir con él, con esa novela entre las manos por las noches, por eso la compré, y además el título me pareció sabroso, como de un drama, pero que él no se enterara por la luz. Se enteraría sólo si venía a ver, porque entre mi cuartito y el dormitorio estaban la cocina y el living, no podía ver ninguna raya de luz.

No sabía si me gustaría leer esas cosas aunque me gustara el título. Él no me permitía leer el diario ni libros más allá de mi Biblia, y yo podría haber perdido la costumbre; en mi pueblo leía algunas revistas y hasta libros de lectura que le habían quedado de la escuela a mi tía.

Nunca más había leído otra cosa que la Biblia, que me parecía un poco mi pueblo, la gente de mi pueblo, desde que llegué aquí; él tampoco tenía televisor. Yo me sabía de memoria las carpas y las arenas y el cantar del rey.

Escuché un ruido. Apagué la luz.

No era nadie, me pareció después, o los vecinos, o gente que andaba, lejos, por la calle. Distantes, sí se escuchaban sonidos sedosos que formaban parte del gran silencio que ya dije.

Menos le gustaría que yo leyera una novela que el gasto de la luz, eso era lo primero, que no leyera, más que el gasto. Pero, ¿quién llevó mis manos a elegir la novela que me revelaría tantas cosas, especialmente los destinos de la gente.

Prendí otra vez la luz y miré la rosa en el vaso que puse en el cuartito y le preguntaba, como si la rosa fuera la médica del pueblo que siempre contestaba sobre amores, o sobre las cosas del cuerpo. No me contestaba la rosa pero me parecía que las palabras venían de ahí como consejos. Y escuchaba.

Decía “No”. Lo decía como una madre, una curandera, alguien mayor. Al lado estaba el reloj despertador que era el que decía “No” verdaderamente.

La rosa estaba allí en el vaso, y yo en el cuartito me vi presa en un vaso de agua. Si me encogía me ahogaba, si trataba de salir me marchitaba. Él era el carcelero dándome agua, porque si no me moría como se iba a morir la rosa.

Las cosas de mi cuartito eran mis únicos compañeros, y me veía aparecer entre ellas, podía verme bien allí como si mirara a otra persona o estuviera soñando conmigo misma.

Envío

Amados amigos míos, Amado Celestino… les dedico este experimento. Voy por otros. Abrazos

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

5 respuestas a “Experimentos”
  1. Iván Uriona dice:

    Interesante relato, expresa muchas cosas que quizá ahora ya no se vivan en las experiencias novedosas de una cultura adveniente, sin embargo son narraciones que salen del corazón para explicar lo inexplicable y sentir lo inenarrable.

    Felicidades Mora, debo masticar mucho mas para digerir lo que expresas

    Iván

  2. Joise Morillo dice:

    Saludos querida.

    De uno de los autores caprichosos y rebeldes, no obstante famoso y ambiguo, incluso ganador de un Nobel.

    J. P. Sartre

    Un fragmento de su “Erostato”

    Es en el balcón de un sexto piso donde debería haber pasado toda mi vida. Es necesario apuntalar las superioridades morales con símbolos materiales, sin lo cual se desplomarían. Pero, precisamente, ¿cuál es mi superioridad sobre los hombres? Una superioridad de posición; ninguna otra; me he colocado por encima de la humanidad que está en mí y la contemplo. He aquí porque me gustaban las torres de Notre Dame, las plataformas de la Torre Eiffel, el Sacré-Coeur, mi sexto piso de la Calle Delambre. Son excelentes símbolos.
    Algunas veces era necesario volver a bajar a las calles. Para ir a la oficina, por ejemplo. Yo me ahogaba. Cuando uno está al mismo nivel de los hombres es mucho más difícil considerarlos como hormigas: tocan. Una vez vi a un tipo muerto en la calle. Había caído de narices. Le volvieron, sangraba. Vi sus ojos abiertos, su aire opaco y toda esa sangre. Me dije: «No es nada, no es más impresionante que la pintura fresca. Le han pintado la nariz de rojo, eso es todo». Pero sentí una sucia dulzura que me invadía desde las piernas hasta la nuca; me desvanecí. Me llevaron a una farmacia, me golpearon en la espalda y me hicieron beber alcohol. Los hubiera matado.
    Yo sabía que eran mis enemigos, pero ellos no lo sabían. Se amaban entre sí, se ponían hombro con hombro, y a mí me hubieran dado una mano por aquí o por allá, porque me creían su semejante. Pero si hubieran podido adivinar la más ínfima parte de la verdad, me hubieran golpeado. Por lo demás, más tarde lo hicieron. Cuando me detuvieron y supieron quién era en realidad, me torturaron, me golpearon durante dos horas, en la comisaría me dieron de bofetadas y de trompadas, me retorcieron los brazos, me arrancaron el pantalón y luego, para terminar, arrojaron mis anteojos al suelo, y mientras los buscaba a tientas y materialmente en cuatro patas, me dieron, riéndose, algunos puntapiés en el culo. Preví siempre que terminarían por golpearme: no soy fuerte y no puedo defenderme. Los había que me acechaban desde hacía mucho tiempo: los grandes. Me atropellaban en la calle, para reírse, para ver lo que hacía. Yo no decía nada. Hacía como si nada hubiera notado. Y no obstante, ellos me vejaron. Yo les tenía miedo, era un presentimiento. Pero ustedes se imaginarán que tenía razones más serias para odiarlos.
    Desde este punto de vista todo fue mucho mejor a partir del día en que me compré un revolver. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Lo sacaba el domingo, lo ponía sencillamente en el bolsillo de mi pantalón y luego iba a pasearme -en general por los bulevares. Sentía que tiraba de mi pantalón como un cangrejo, lo sentía completamente frío contra mi muslo. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo. Yo andaba con cierta rigidez, tenía el aspecto de un tipo que está engallado, pero al que su verga frena a cada paso. Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto. De cuando en cuando entraba en un mingitorio -aún allí adentro ponía mucha atención porque a menudo hay vecinos- sacaba mi revólver, lo sopesaba, miraba su culata de cuadros negros y su gatillo negro que parece un párpado semiderruido. Los otros, los que veían desde afuera mis píes separados y la parte de abajo de mis pantalones, creían que orinaba. Pero nunca orino en los mingitorios.
    Una tarde se me ocurrió la idea de tirar a los hombres. Era un sábado por la noche, había salido en busca de Lea, una rubia que callejea ante un hotel de la calle Montparnasse. Nunca he tenido comercio íntimo con una mujer: me hubiera sentido robado. Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oído decir, son las que salen ganando -y con mucho- en este cambio. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. A lo más hubiera necesitado una mujer fría y piadosa que me soportara con disgusto. El primer sábado de cada mes yo subía con Lea a una habitación del Hotel Duquesne. Se desvestía y yo la miraba sin tocarla. A veces, eso salía sólo en mi pantalón, otras veces tenía tiempo de volver a casa para terminar allí. Esa noche no la encontré en su sitio de costumbre. Esperé un momento y como no la vi venir supuse que estaría enferma. Era principio de enero y hacía mucho frío. Quede desolado: soy un imaginativo y me había representado vivamente el placer que esperaba obtener de esa velada. Había en la calle Odesa una morena que yo había visto a menudo, un poco madura, pero firme y regordeta; yo no detesto las mujeres maduras; cuando están desvestidas parecen más desnudas que las otras. Pero ella no estaba al corriente de lo que me convenía y me intimidaba un poco exponerle aquello de cabo a rabo. Y además, yo desconfío de las recién conocidas; esas mujeres pueden muy bien ocultar un granuja detrás de la puerta, y después el individuo aparece de pronto y le quita a uno el dinero. Puede uno considerarse afortunado si no le da unos puñetazos. Sin embargo, esa noche sentía no sé qué audacia; decidí pasar por casa para tomar mi revolver y tentar la aventura.
    Cuando un cuarto de hora más tarde abordé a la mujer, el arma estaba en mi bolsillo y ya no temía nada. Al mirarla de cerca, vi que tenía más bien un aspecto miserable. Se parecía a mi vecina de enfrente, la mujer del ayudante, y quedé muy satisfecho de esto, porque hacía mucho tiempo que tenía deseos de verla encuerada. Se desvestía con la ventana abierta cuando no estaba el ayudante, y a menudo yo me quedaba detrás de la cortina para sorprenderla. Pero se arreglaba en el fondo de la pieza.
    En el Hotel Estela no quedaba más que una habitación libre en el cuarto piso. Subimos. La mujer era bastante pesada y se detenía en cada escalón para respirar. Yo subía con facilidad; tengo un cuerpo seco, pese a mi vientre, y son necesarios más de cuatro pisos para hacerme perder el aliento. En el descansillo del cuarto piso se detuvo y se puso la mano derecha sobre el corazón respirando con fuerza. En la mano izquierda tenía la llave de la habitación.
    - Es alto-, dijo tratando de sonreírme.
    Le tomé la llave sin contestarle, y abrí la puerta. Tenía el revólver en la mano izquierda, apuntado derecho ante mí, a través del bolsillo y no lo dejé hasta después de haber girado la perilla de la puerta. La pieza estaba vacía. Sobre el lavabo había puesto una pequeña pastilla de jabón verde, para lavarse después de eso. Sonreí: conmigo no son necesarios ni los lavabos ni las pastillitas de jabón. La mujer seguía resoplando detrás de mí; eso me excitaba. Me volví, me tendió los labios, la rechacé.
    - ¡Desvístete! -le dije.
    Había un sillón de tapicería; me senté confortablemente. Es en estos casos cuando lamento no fumar. La mujer se quitó el vestido y luego se detuvo arrojándome una mirada de desconfianza.
    - ¿Cómo te llamas? -le dije echándome hacia atrás.
    - Renée.
    - Pues bueno, Renée, date prisa, estoy esperando.
    - ¿No te desvistes?
    - ¡Bah, bah! -le dije-, no te ocupes de mí.
    Dejó caer los calzones a sus pies, después los recogió y los colocó cuidadosamente sobre su traje junto con el corpiño.
    - ¿Así que eres un viciosillo, querido, un perezosito? -me preguntó-, ¿quieres que sea tu mujercita la que haga todo el trabajo?
    Al mismo tiempo dio un paso hacia mí, y apoyándose con las manos sobre los brazos de mi sillón, trató pesadamente de arrodillarse ante mis piernas. Pero la levanté con rudeza:
    - ¡Nada de eso! ¡Nada de eso! -le dije.
    Me miró con sorpresa.
    - Pero, ¿qué quieres que te haga?
    - Nada, caminar, pasearte, no te pido más.
    Se puso a andar de un lado a otro, con aire torpe. Nada molesta más a las mujeres que andar cuando están desnudas. No tiene costumbre de apoyar los talones en el suelo. La mujerzuela encorvaba la espalda y dejaba colgar los brazos. En cuanto a mí, me sentía en la gloria: estaba allí tranquilamente sentado en un sillón, cubierto hasta el cuello; había conservado hasta los guantes puestos y esa señora madura se había desnudado totalmente bajo mis órdenes y daba vuelta a mi alrededor.
    Volvió la cabeza y para salvar las apariencias me sonrió coquetamente:
    - ¿Me encuentras linda? ¿Deleito tus miradas?
    - ¡No te ocupes de ello! -le dije.
    - Dime -preguntó con súbita indignación- ¿tienes intención de hacerme caminar así mucho tiempo?
    - ¡Siéntate! -le ordené.
    Se sentó sobre la cama y nos miramos en silencio. Tenía la carne de gallina. Se oía el tic-tac de un despertador al otro lado de la pared. De pronto le dije:
    - ¡Abre las piernas!
    Dudó un cuarto de segundo, luego obedeció. Miré y olí entre sus piernas. Luego me puse a reír tan fuerte que se llenaron los ojos de lágrimas. Le dije sencillamente:
    - ¿Te das cuenta?
    Y me volví a reír.
    Me miró con estupor, después enrojeció violentamente y cerró las piernas.
    - ¡Cochino! -dijo entre dientes.
    Pero yo reía más fuerte; entonces se levantó de un salto y tomó su corpiño de la silla.
    - ¡Eh! ¡Alto! -le dije- esto no ha terminado. Te daré en seguida cincuenta francos, pero quiero algo por mi dinero.
    Ella tomó nerviosamente sus calzones.
    - No entiendo. ¿Comprendes? No sé lo que quieres. Y si me has hecho subir para burlarte de mí.
    Entonces saqué mi revólver y se lo mostré. Me miró con aire serio y dejó caer sus calzones sin decir nada.
    - ¡Camina! -le ordene- ¡Paséate!
    Se paseó durante cinco minutos, luego le di mi bastón y la obligué a hacer ejercicio. Cuando sentí mi calzoncillo húmedo me levanté y le tendí un billete de cincuenta francos. Lo tomó.
    - Hasta luego -agregué-, no te he fatigado mucho por ese precio.
    Me fui. La dejé totalmente desnuda en medio de la habitación, con su corpiño en una mano, y el billete de cincuenta francos en la otra. No lamentaba mi dinero, la había aturdido y eso que no se asombra fácilmente a una ramera. Pensé bajando la escalera: «Eso es lo que quería, asombrarlos a todos». Estaba feliz como un niño. Me llevé el jabón verde y cuando volví a casa lo froté largo tiempo bajo el agua caliente, hasta que no fue más que una delgada película entre mis dedos, parecida a un bombón muy chupado de menta.
    Pero por la noche desperté sobresaltado y volví a ver su rostro, los ojos que puso cuando le mostré el arma y su gordo vientre que saltaba a cada uno de sus pasos.
    ¿Qué estúpido fui?, me dije. Y sentí un amargo remordimiento. ¡Hubiera disparado en aquél momento! ¡Debí agujerear ese gordo vientre dejándolo como una espumadera!
    Esa noche y las tres que siguieron, soñé con seis agujeritos rojos agrupados en círculo alrededor de un ombligo.

    Os ama

    Joise

  3. José Gros dice:

    Hola: esa historia, en una tienda dedicada a la comuna de Paris, cerca de la ‘place d’Italie’, vendian un libro sobre: ‘La virgen roja’, que es bueno valorar la virginidad, ‘el que pueda con esto, que lo haga’, dijo el Jefe, tuvo una pelicula: ‘Mi hija Hildegart’. La mujer, a la que le perdieron la pista durante los tumultos de la guerra civil 1936-1939, estaba en un manicomio, tuvo a Hildegart con un cura, le parecio lo mas sano y selecto. Mato a Hildegart cuando esta, tras echarse un noviete modernista, ’se empezo a ocupar de cosas de socialeros y comuneros, en vez de a mejorar la situacion de las mujeres’, que para eso la habia parido. Se leen poco las ideas de Ceferino Piriz, en ‘Rayuela’. A pasarlo bien, salut +

  4. maria elizabeth dos santos dos ramos dice:

    Muchas veces me he sentido superior a todos conocidos o por conocer y es que los sustento y les sostengo soy el suelo y el polvo que se une a los zapatos de tus pies cuando vas por la calle ,la que ensucia cada pieza y te hace laborar otra hora + al llegar a casa ,me uno a tu piel ,peleo con todos por llenarte de olores y de suciedades que terminan en la tina , en todo el área del baño o el simple tobo donde tomas el agua para retirar la suciedad del día y me rio porque he jugado a ser dios y estoy en todas partes y abres la nevera para tomar un bocado y antes de llevártelo a la boca también estuve presente pero de cualquier rincón te observo como devoras o preparas lo que termina en un plato en una mesa de tu casa….por los momentos sin imitar a Epicuro de Samos o a Sartre y el príncipe ,y colores de pasiones rosas

  5. linda verlliui dice:

    Buen ambiente, buena presentación, etc … Es un regalo en el día para ir y venir como …

    voyance amour



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom