Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Jardines adornados con ermitaños

Los novelistas, los narradores, buscan desesperadamente un lugar ideal donde todas sus ficciones puedan desenvolverse (Modernización, ciudad y literatura).

Yo no sé si soy tanto como novelista o narradora, pero sí sé que al escudriñar en mi lugar perfecto no he encontrado el espacio sino el tiempo, o en todo caso algo que los reúne como los reunió Einstein, digamos (La cultura artístico-literaria y la ciencia).

Mis cuentos de fantasmas deberían, en ese caso, transcurrir en el siglo 19, para dar un ejemplo (El Fantasma Victoriano).

Pero hay un sitio que es a la vez mágico, metafísico, racional, surrealista, demencial, superlógico, lleno de locos sueltos y de genios en la cárcel, de revolucionarios, de devotos, de blasfemias y de oraciones. Este sitio es el siglo 18; y su perfume llega hasta acá, hasta aquí mismo, hasta el siglo 21 (La punta del hilo).

El lugar huele a sangre, a vainilla y cacao, a aves cazadas y embalsamadas para horribles gualichos y complejas brujerías, a discusiones filosóficas de enorme dificultad en las que habría que ser un erudito para intervenir y en las que intervinieron las fabulosas mujeres cultas del siglo 18, que no eran todas y cada una de las féminas, pero que eran muchas, y de cualquier nivel social (Movimiento femenino).

Estas mujeres, junto con sus hombres o en soledad, mezclaban la profundidad de los saberes de Kant (Kant): “La ilustración es el abandono por parte del humano de su minoría de edad imputable a sí mismo”, con el amor y fanatismo que profesaban al Conde de Saint-Germain (Literatura y Alquimia), que circulaba por sus salones literarios diciendo: “Tengo la naturaleza en mis manos, y de la misma forma en que Dios creó el mundo así puedo yo también invocar del vacío cualquier cosa que desee” -lo que recuerda a Sai Baba.

El siglo 18 también tuvo su gracia, también tuvo su humor.

Lo poblaron damas y señores tan extravagantes que la historia los recuerda con estruendosas carcajadas.

Tengo un precioso libro de la poeta inglesa Edith Sitwell -unos ensayos majestuosos a los que tituló modestamente Ingleses excéntricos- que recopila algunas prácticas y personajes del siglo 18.

Menciona las rarezas de los longevos, entre mil cosas más. Cuenta que la condesa de Desmond murió a la edad de 140 años, pero no por su avanzada edad sino por trepar un árbol casi a ciegas, o a la luz de la luna, del que cayó desde lo alto entre manzanas que se desprendían jubilosas.

A los viajeros de su libro, la Sitwell los presenta con un fragmento de lo que escribió “aquel gran viajero de la mente y el espíritu, Walter de la Mare, en Islas Desiertas”:

Aunque la fraseología y el encanto legendario del comercio sean un cliché en nuestro tiempo, los mapas de un atlas comercial, bien trazados, coloreados, analizados y diagramados, son un rico festín para la fantasía. Ver no sólo de dónde proceden el castor, el alcanfor, la coloquíntida y la cocaína, sino también la esmeralda, la crisoprasa, el topacio y la turmalina; dónde meditan los bosques impenetrables, acecha la fiebre amarilla y abunda el budismo; dónde esas tempestades llamadas ciclones, huracanes, tifones, se levantan, viajan y se desvanecen; qué pueden ser los abogados de Penang, las guaranás, el bedelio y la carambola; y exactamente qué exquisiteces tienen su origen en Jipi-japa, Rosario y Trepisonda

En Ingleses Excéntricos los enamorados de la elegancia y la belleza del siglo 18 , como el Bello Brummell, podrían competir con las especies femeninas y masculinas de modelos y metrosexuales del 21 -pero estos últimos deberán recoger el guante de la moraleja y no olvidar jamás la miseria en la que murió el Bello.

Hay un rubro que menciona Edith Sitwell, el de coleccionistas de rarezas, con el que me parece que el siglo 18 hace sombra a cualquier otro siglo.

A mi modo de ver, los coleccionistas más notables eran aquellos personajes de indudable fortuna y casi siempre de la nobleza que se enorgullecían de sus ermitaños del jardín.

Leamos a Sitwell:

…ciertos nobles y hacendados solicitaban ermitaños decorativos por medio de anuncios. Creían que nada podía proporcionar tanto placer a la vista como el espectáculo de un anciano de luenga barba gris y áspera túnica caprina, chocheando entre las incomodidades y las delicias de la naturaleza.

El honorable Charles Hamilton fue uno de esos admiradores de la singularidad y el silencio, y tras poner un anuncio solicitando un ermitaño, hizo construir un retiro para tan decorativa pero retraída persona en un escarpado montículo que se alzaba en sus tierras.

…Hamilton no tuvo, al parecer, dificultades para conseguir un ermitaño… Según las condiciones del contrato, debería “permanecer siete años en la ermita, donde dispondría de una Biblia, cristales ópticos, una esterilla para los pies, un cojín por almohada, un reloj de arena para contar las horas, agua para beber y alimentos de la casa. Llevará una túnica de camelote y jamás, bajo ninguna circunstancia, se cortará el cabello, la barba y las uñas ni cambiará una sola palabra con los criados”.

Asegura nuestra autora que “las personas de edad no eran las únicas que respondían a estos anuncios o insertaban los suyos propios, pues en el Courier del 11 de enero de 1790 apareció el siguiente aviso:

Un joven que desea retirarse del mundo y vivir como un ermitaño en algún lugar conveniente de Inglaterra, desea entrar en contacto con cualquier noble o caballero deseoso de tener uno. Toda carta dirigida a S. Laurence -envío pagado- que se entregue al señor Otton’s, Coleman Lane n° 6, Plymouth, mencionando la dotación que se le asignará y todos los demás detalles será debidamente atendida.

Eso de mencionar la dotación parece un tanto mercenario y no sabemos qué respuesta recibió el señor Laurence. También desconocemos cuál era la posición social de un ermitaño decorativo, pero me consta que en el Blackwood’s Magazine se informaba que el director de otra revista había sido “durante catorce años ermitaño del padre de Lord Hill, y permanecía en una cueva en los terrenos de aquel respetable baronet con un reloj de arena en una mano, desde la salida hasta la puesta del sol, con órdenes de no recibir ninguna moneda de los visitantes sino comportarse como Giordano Bruno”.

Envío

Todo lo que escribí y copié con tanto esfuerzo -todavía no me recuperé completamente y encima tengo gripe- se lo dedico con amor y alegría a Celestino, el Resucitado, gracias a Dios.

Besos a todos

Mora

Monografias

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Comentarios

7 respuestas a “Jardines adornados con ermitaños”
  1. Jose Itriago dice:

    El tiempo es como las olas. Se alzan, revientan estrepitosamente y se convierten en agua. Otra agua, quizá, pero mezclada con la que antes estuvo. Cada instante, mientras lo vivimos, tiene esplendor, angustia, orgullo, alegría o tristeza. Todas las emociones. Pero el instante pasa, queda un sabor extraño que puede ser melancólico, triste, satisfactorio, cualquiera. A los meses puede que entre en el discutido apartado de las experiencias que al paso del tiempo tienen menor validez. Poco a poco todos esos instantes que tuvieron brillo, se van mezclando, como el agua de la terrible ola, ya mansa, conviviendo con tras aguas y destinadas a no ser diferenciadas. Son ríos de luz que se alejan, mientras permanecemos a la orilla, tratando de contemplarlas, de señalarlas a los demás para que vean sus reflejos, cada vez más tenues. Después, a la hora del gran viaje, también seremos parte de la corriente y otros quizá señalen uno que otro brillo diciendo que nuestro, tan adormecido como una candela en la oscuridad del llano.

    Siendo la corriente tan fuerte y atractiva, ser ermitaño es un escapismo valedero. El único recuerdo nuevo es uno mismo. Los demás son fugaces estelas de pájaros donde apreciar el color puede ser la labor de un día. Ver amanecer y anochecer, después de un año, es lo esencial. No vivir para no recordar. Una eutanasia mental. A veces me extraño que, históricamente cierto, hayan existido ermitaños. Más aun extraña la asombrosa revelación de nuestra amada Mora de que algunos eran alquilados, como en Japón se alquilan amigos para poder hablar y árboles que se plantan y trasplantan en un día, solo para decorar una fiesta. Me imagino que la idea era delegar algún sacrificio que se creía necesario, una especie de autoflagelación, lo cual no es nada del otro mundo, porque se hizo a través de los siglos y aun hoy se hace. Es un oficio. Per la imagen de un cementerio, todos ermitaños de alguna vida que aún no entendemos, me hace sentir este aparentemente estéril oficio un poco más humano.

  2. fabi risso dice:

    Esto de los herméticos y hermitaños añosos ingleses, por acá no conozco…
    Me gustó
    Cuidate, besooss

  3. Valeria Ramírez dice:

    Sumamente interesante, ensoñador.
    Gracias por permitirnos aprender cada día algo nuevo.
    Val

  4. Wilfredo Bohórquez dice:

    Dulce momento el de desandar en el tiempo. Agradable aroma de recuerdos que aun flotan en nuestra mente: Deliciosa, siempre amable, tu manera de escribir. Gracias por mantenerte en equilibrio con tus letras tan enervantes… Saludos respetuosos para tí y los habituales de tu columna. WB

  5. aldo baena dice:

    Buen texto, ameno, interesante, aunque me dejaste un poco a la expectativa. Que bueno es vivir en medio de las letras, que privilegio.
    Te agradezco y felicito por compartir tu producción.

  6. Joise Morillo dice:

    Saludos querida Mora, si los ermitaños…

    La gran mayoría de los Ermitaños son ascetas, muchos autores les apologizan y otros detractan, unos que se podrían señalar como ermitaños, emblemáticos, son los colectivos lamas, quienes moran en monasterios apartados de mundano ruido de las ciudades. Estos pseudo mecenas de Edith son la clase pintoresca de la literatura excéntrica.

    Otros son ermitaños en su propio mundo encerrados sin ningún motivo aparente, viviéndose, y la comunicación apenas le acompaña en las más extremas necesidades.

    El hombre “G” de Víctor Hugo le convierte miserable el ser Justo, e inhibirse en un juicio casi que sumario, donde la razia gobernante de Napoleón quería condenar un inocente. Por eso se retira al bosque, podría ser un ermitaño pero no tenía ermita.

    La cualidad de ermitaño se la otorga el hecho de vivir en recintos llamados ermitas, que sean ascetas mendigos, eruditos, mescenados o, esclavos, depende de la voluntad del “interfecto”, como también de la desidia, la pereza el capricho, la doctrina teológica o filosófica.

    El caso de esta escritora es –dicho anteriormente- lo “excéntrico” Empero, dado los casos particulares a que se refiere, la cualidad es: el existencialismo de la forma más burda y, mucha falta de autoestima.

    Lo que les caracteriza –su espíritu- es la extrema independencia de recursos materiales. León Tolstoi no fue ermitaño pero como los mencionados: Tras ver la contradicción de su vivir cotidiano con su ideología, Tolstói decidió dejar los lujos y mezclarse con los campesinos de Yásnaia Poliana.

    Poniendo ameno el asunto os dejo mi himno, erótico.

    Ziqui chiqui, Ziqui chiqui.

    Con Ziqui chiqui tumbas camas
    Con la misma fe que amas
    Ziqui chiqui por las tardes,
    Por las noches, las mañanas.

    Con Ziqui chiqui, la emoción,
    De Manila a Copacabana
    Diseminas como granas
    Si le pones corazón.

    Ziqui chiqui hace gente
    Quita el hambre, el dolor
    Agradable, elocuente
    Por supuesto, es ¡amor!

    Os ama

    Joise

  7. linda verlliui dice:

    Amo! Un sitio donde no podemos ver el tiempo que pasa !!
    Gracias!

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