Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Terapia intensiva

Acaban de perforar la arteria femoral (Introducción a los vasos sanguíneos) y entrar por ella hasta el corazón (Corazón de Sur Infinito).

La Dueña de la arteria está despierta y observa todo en una gran pantalla (La observación conductual).

No sólo observa la manipulación de su cuerpo sino el lugar más íntimo de su ser, el corazón y las pequeñas joyas de luz que lo rodean (Derecho a la intimidad).

Sin embargo, de ese corazón los cirujanos no están hablando de la mejor manera, más bien lo ofenden con cierta actitud crítica (Restaurando el dolor).

La Dueña está en reposo y de pronto se le ocurre mirar hacia atrás con gesto de tanguera; ella misma le pone título a su huida, título tanguero: los fantasmas de su pasado (Una cultura de la (des)memoria).

Son esqueletos de cosas abandonadas, se ven como en penumbra de radiografía.

Pero el sol entra en la sala de cirugía: la operación terminó.

Abandonan el cuerpo de la Dueña sobre una camilla en una habitación contigua. Habitación fría y desmesuradamente triste, el cuerpo es el mío pero no me hago cargo, mejor lo dejo estar como si fuera el de cualquier otro.

En realidad ni siquiera es el de cualquier otro, es sólo una mancha borrosa en una sábana, una mancha que se diluye más y más, como si le aplicaran lejía.

Me diluyo más y más, ya ni siquiera pienso, ya ni siquiera sé que no soy yo ese cuerpo perdido en un naufragio de sangre y vendas y de rayos láser.

No pienso pero, aun con los ojos cerrados, veo (Asomar la cabeza para ver qué pasa afuera).

Entra una mucama con instrumentos para limpiar, refriega el piso con intensidad, termina su tarea y, ya a punto de irse, me observa, observa mi extraordinaria quietud y con la sábana me tapa la cara y la cabeza.

Con horror me he sacado la sábana de la cara, ya dada por muerta. Sigo sola y temblando en la salita hasta que viene un camillero y me pasa con una mano a otra camilla y con la otra empuja la camilla rápidamente hacia terapia intensiva, donde espero pasar una jornada de paz.

En el camino hacia allí, por los pasillos, he visto rostros de familiares que pretendieron tomarme las manos y el camillero apresurado se los impidió. Parece que es urgente que entre en terapia intensiva y entro radiante, los sonidos de las ruedas de la camilla parecen cascabeles.

El lugar es un pintoresco campamento donde ocho personas -de las cuales no todas sobrevivirán hasta mañana- están mostrando, a su modo, su esencia y su miseria.

Yo ahora paso a llamarme Número Cuatro. Me hubiera gustado más Número Tres, pero no pudo ser. Me gusta la forma del tres y su sonido om, ommmmmm.

Número Tres es una señora de incontables años que descansa a mi lado en su camilla.

Mejor dicho, no descansa ni deja descansar la señora, pero bien tiene sus disculpas: ella se siente desnuda y, a la vez, atada -en realidad, es como estamos todos los pacientes bajo una delgadísima manta.

Desnudos y atados porque estamos atados a los sueros o a las transfusiones, no podemos movernos ni un centímetro.

Pero la señora grita; está demasiado vieja para saber adónde está y, en especial, para saber por qué está en este infierno.

Hay una médica y varias enfermeras que juegan a las cartas, y la señora las confunde con sus hijas, o con sus nietas, no lo sé.

“¡Betty!”, llama con voz autoritaria.

Algunos de los otros pacientes empiezan a reírse con la doctora y con las enfermeras. El monitor del paciente más grave, el Número Ocho, anda a los tumbos haciendo olas de risa; yo lo veo y no lo puedo creer, porque la doctora me contó que ese señor está agonizando y no obstante veo que la risa le produce alteraciones en el electroencefalograma.

Por la noche la Número Tres, la señora atada y desnuda, comienza a llorar y a pedir que la desaten. Del fondo de un lugar de biombos donde ya no distingo a nadie, sale una antigua voz femenina que grita: “¡Desaten a esa mujer, represores h. de p.!”.

Estoy segura de que esta voz femenina y antigua viene de una antigua historia…

¡Ay, Señor, que pase el tiempo!

Sin embargo, a medida que estoy incorporándome más fuertemente al paisaje de este lugar, creo menos en el Señor, no sé por qué.

Como si, si hubiera otra vida, sería demasiado para mí y para ellos.

Como si la sábana con que taparon mi cabeza y mi cara esta mañana fuera un dulce consuelo.

Trato de mirar hacia la señora ahora que me han liberado de uno de los sueros para que pueda tomar una taza de té y unas tostadas, y la veo.

A la señora, a la Número Tres, le han colocado una especie de bacinilla chata para que evacue junto con sus intestinos todos sus humores, y yo, que estoy casi pegada a ella, me estoy llevando a la boca una tostada -ahora comprendo una duda que tuve de jovencita, sobre la palabra escatología aplicada a la religión y también a la vida más simple.

La Número Tres ha terminado de evacuar, el Número Ocho ha muerto, yo no he tomado mi merienda. Son tres sucesos casi iguales en este sitio.

Envío

¡Gracias Joise, Fabi, José María y todos mis amigos!

¡Gracias con todo mi corazón -y lo que eso significa- a José Itriago!

Mora

Monografias

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Comentarios

14 respuestas a “Terapia intensiva”
  1. Jose Itriago dice:

    ¿Cuál será el fin del mundo, el tuyo o el mío?. Mientras me lo pregunto tomo los pensamientos, los recuerdos y con una tijera de la mejor calidad, hecha en Suiza, que es mucho decir, empiezo a cortar sus contornos. Quiero cada recuerdo aislado de todos los demás para darles algo de sustancia. Los recuerdos casi siempre son etéreos y yo los quiero sólidos, porque a la hora de preguntarme por el fin del mundo, necesito esa muleta. La realidad está llena de mentiras, de presunciones, de aspiraciones; de la sombra de los árboles: algo tan querido, tan deseado y tan efímero. Uno en la sombra, oyendo pájaros quizás felices, ¿quién lo sabe?, cantando a todos, sin importarles si alguien quiere oírlos, siempre chirriando, a la espera de que le traigan el sustento, el mismo que se recibe enchufado a la mascarilla y los catéteres.

    Sigo cortando los recuerdos: serán de mucha ayuda. Me voy quedando con algunos, mientras desecho la mayoría. Así evito encontrarme de frente con aquéllos quizás importantes, pero demasiados comprometedores, demasiado difíciles. Prefiero mantener el corazón atento a las cosas bellas, mientras sigo recortando los recuerdos, podándolos, embelleciéndolos. Como un álbum de mi nieta, quizás. Puede ser. Recuerdos de barajitas. Asépticos, brillantes y hermosos.

    Mientras tanto, al fondo, muy al fondo, Giya Kancheli suena con Ex Contrario y trato de seguirlo asociándolo a los mismos pensamientos y recuerdos de mi nuevo álbum, otro yo, otra versión más acabada, mejorada. Impresionantemente mejor, mientras me pregunto si el fin del mundo será el mío o el tuyo. Un solo fin del mundo por dos caminos diferentes. Hay que aspirar el sutil aroma de los recuerdos. Discernirlos e individualizarlos porque tratan de mezclarse. Se enredan como si fueran un mecate. A veces un recuerdo empieza de una forma y termina en otra muy diferente a la que le toca. No sé. Kancheli se impone y trata de ordenar todo, pero estoy seguro que quienes me rodean, en medio de tanta blancura, nunca lo han oído, ni desean hacerlo. Y sin Kancheli no se entiende bien como deseo hilvanar mis nuevos y acicalados recuerdos, que paso a paso se van haciendo realidad. Esa es la verdadera realidad. La que uno arma con las artimañas de la subsistencia.

    Después viene los recuerdos de lo que aún no se han vivido y probablemente ya jamás se vivirán, pero que son tan válidos como los otros. Basta que estén allí, en la memoria cómplice, salpicando de luces la oscuridad interior, todos bellos, naturalmente. Y uno encaja entre ellos los desesperos disfrazados de esperanzas, de futuros avizorados solo por la incontenible capacidad de querer. Los clasifica y ordena y, muy preventivamente, los mezcla con los antiguos, para restarle significación a esa pálida realidad que se va perdiendo en la somnolencia de los remedios. Hasta que logramos desaparecerla del todo. La realidad es una utopía cotidiana

    —————–

    Hoy nuestra amada Mora nos describió algo que vivió realmente. Siempre magistralmente, pero real. Es así. Así son las UCI (Unidad de Cuidados Intensivos, así la llamamos por aquí). Así son y tienen que ser quienes se encargan de ellas. Ciertamente los vecinos se mueren y es una suerte salir con bien de esas celdas de aislamiento. A eso es a lo que más le temo. Al aislamiento, a no poder oír a Kancheli o a quien desee oír en el momento, a saber que estoy rodeado de otra gente que me ve a mi como el vecino problemático. A los silencios que hay entre tanta bulla.

  2. fabi risso dice:

    MOra, Sí es un muy buen guion para un film corto, contado en primera persona, desde el punto de vista del ángulo y el campo visual del que relata, en éste caso Mora.
    Stai Bene é Benníssimo

  3. Rubiela Carmona dice:

    Su relato genera una sensación de impotencia y, malestar y no por el espacio donde se desarrolla(que también es deprimente)sino por que muestra la miseria que llevamos los humanos, el dolor y el abandono que sentimos en ciertos momentos de nuestra existencia.

  4. ´Miriam Leticia albanez Casasola dice:

    El relato es muy bueno, mantuvo mi interés de principio a fin, es una forma muy clara de ver lo que en oportunidades no podemos o no queremos ver. Me hizo vivir una experiencia pasada y el horror que eso llega a ser para quienes lo vivimos y genera conciencia para quienes sirven en esos difíciles momentos.

  5. Angel Alberto Sanchez Montero dice:

    Muy bueno. Un ser humano sensible sumido en una maquinaria impersonal. El personaje sabe defenderse, se extraña (mira desde otra dimensión) y vence. Las dos lineas finales son perfectas.

  6. Carlos Badani dice:

    La sensación de vivir o no…momentos de ansiedad que penetran en tu mente esperando talvez un desenlace fatal. Hermoso relato.

  7. Hernan Eusebio Lechuga Farias dice:

    Que buena historia… una de la vida como es, no como queremos que sea. Que “las UCI son lo que son porque así tienen que ser” me parece un comentario atinado, porque estás viva gracias a eso… y los doctores no tienen que andar llorando ni con cara de funeral, tienen derecho a reir si están haciendo bien su trabajo y quieren llegar a viejos sin depresión existencial, que se pasan la vida entre gente sufriendo y asustada y dependiente y enojada y… así es la vida compleja, rara, pero llegamos a vivir cuando el mundo estaba lleno… qué hacerle… ahhh… y lo que olías era escatol e indol, los gases pestilentes de la digestión, el proceso final de ella, como la religión quiere ser también el final de nosotros, digeridos por algo superior… las palabras más feas son hermosas, independientes de nosotros, que las usamos sin conocer su historia, sus etimologías tan esclarecedoras.

  8. Carlos Araujo dice:

    Estimada Mora: Leí su editorial varias veces, porque me impactó desde varios puntos de vista: por la profundidad de su concepción, diciendo tantas cosas en tan poco espacio. (Será la capacidad de saber resumir.) El humor negro que envuelve a este relato es impecable. Creo que es una visión tan acertada de lo que significa estar en una sala de terapia intensiva con todas sus penurias y dolores físicos y de los otros.”Terapia Intensiva” resume perfectamente todo lo que puede vivirse en un sitio tan crítico y duro, donde la impiedad parece ser el lei motiv.

  9. Oswaldo R Ordonez dice:

    Hola querida Mora: por aca se te quiere mucho, porque te conozco, ya que escribes con tu corazon, Los embates de la vida. Solo aspiro y espero que salgas sana y salva de tus dolencias. Estoy contigo y a la expectation de tu salud. Un abrazo fraterno

  10. Cristina Palomo dice:

    Me encanto su forma de relatar, es tan real, que claro ,da risa, seria lindo agonizar y morir riendo,
    La Felicito.-

  11. Blanca Estela Saavedra Donoso dice:

    El fin del mundo, es para mí algo que quisiera presenciar, pero al mismo tiempo ignorar.El fin del mundo me lo recuerdan a diario las noticias, y así lo pienso debe ser para todos aquellos que perecen en calamidades naturales, en tragedias sólo visto en películas. sin embargo el alivio viene a mí, al momento de recordar el preámbulo Bíblico, que el Fin será anunciado por trompetas. y luego me imagino el sonido de las que conozco , pero mi corazón me dice que serán sublimes como las de un palacio anunciando al rey. !Oh como quisiera estar presente en aquél momento y …saben por qué. nada más y nada menos , para ver el rostro de los incrédulos ser transformado. dice su palabra que “toda rodilla se doblará”. será algo morboso de mi parte, sí., pero muy jugoso.
    Que Dios nos perdone siempre y tenga piedad de nosotros.
    los abrazo con amor fraternal.

  12. Joise Morillo dice:

    ¡Sentimientos reciprocos querida Mora, saludos!

    Excelente narración, y, además un verdadero progreso respecto a concebir el fin del mundo, derivado del momento de morir, no necesariamente deseado. Empero, siendo una inefable esperanza, lo mejor es asumirle con entereza y la más celestial de las resignaciones, calma y cordura, incluso alegría.

    Para Goethe en el Fausto, la culpa de todas las angustias, errores desaciertos e incertidumbres es del “Señor” por haberle dado al individuo humano esa cosa “insignificante” llamada razón.

    Parafraseándole:

    MEFISTÓFELES. — ¡Oh Señor! Ya que te has dignado acercarte una vez más y tratas de averiguar cómo andan las cosas en nuestra casa, heme, así como antes, entre tus familiares. Disimula; yo no sé endilgar palabras elevadas aun cuando me amenace la risa de todos los que están presentes: mi estilo enfático, de seguro despertaría tu hilaridad si no hubieses perdido ya la costumbre de reír. No sé qué contar del Sol y de las esferas. Yo sólo me ocupo de los malos ratos que se da el género humano. El diminuto dios del mundo continúa siendo el mismo; es tan original como lo era el día en que fue creado. Arrastraría una vida más soportable si Tú no le hubieses dado un reflejo de la luz celeste, reflejo al cual él ha bautizado con el nombre Razón, y que sólo emplea para mostrarse cada vez más brutal que una bestia. Le comparo, y dispense Vuestra Gracia, a una de esas cigarras de largas patas que continuamente vuelan y dan saltos al tiempo de volar y repiten sin descanso entre la yerba su vieja canción. ¡Y aun si supiese vivir únicamente entre la yerba, pase!… ¡Pero ca! No está tranquilo hasta que ha husmeado las cosas más repugnantes.

    EL SEÑOR. — ¿Te queda aún algo por decir? ¿Sólo te presentas para acusar? Según tu modo de ver, ¿nada hay en la Tierra que tenga algún valor?

    MEFISTÓFELES. — No; como siempre, soy de parecer que en el mundo, Señor, las cosas andan muy mal. Me compadezco de la miserable vida que arrastran los hombres, y hasta valor me falta para atormentar a esa pobre gente.

    EL SEÑOR. — ¿Conoces a Fausto?

    MEFISTÓFELES. — ¿El doctor?

    EL SEÑOR. — Mi servidor.

    MEFISTÓFELES. — En realidad os sirve de una muy particular. El insensato no se nutre de cosas terrestres: la inquietud le devora; conoce a medias su pide a los cielos las más hermosas estrellas y a la Tierra los más sublimes regocijos, y, tanto lo que esta cerca como lo que está lejos, no basta a satisfacer su corazón profundamente agitado.

    EL SEÑOR. — SI a pesar de su extravío se acuerda de mí, pronto le haré gozar de la luz eterna. No ignora el jardinero, cuando el arbolito echa renuevos, que más tarde se cubrirá de frondosas ramas y soberbios frutos.

    Os ama
    Joise

  13. Joise Morillo dice:

    Para Mefistófeles, Fausto, “el doctor”, es un insensato inconforme como todo ser humano común, se nutre de dogmas e imposibles: la inquietud le devora; conoce a medias su “locura”, por tanto: “pide a los cielos las más hermosas estrellas y a la Tierra los más sublimes regocijos”

    Os ama

    Joise

  14. linda verlliui dice:

    Hola!
    Tu blog es muy interesante; y esto bien lo que es bueno gracias!

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