Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2015

Ahora

Todas las épocas están presentes en el ahora, en esta ráfaga de minuto (La Articulación entre Vacío, Materia y Tiempo en el De Rerum Natura)

Se enciman como poemas surrealistas (El surrealismo) recuerdos que contados uno a uno son simples y pertenecen a todo el mundo, a la especie humana: los psicólogos son historiadores (Universo consciente).

De mí puedo decir que una mujer entra corriendo en mí, que es artificial pero de raza angelical, vieja de muchas notas, regadora de árboles con trinos, y que tiene una orquesta en el pecho (Crecimiento personal).

Esa mujer también tiene una orquesta de aguas superficiales que son casi sus lágrimas, que es una telépata de la gente que pasa por la calle y oye sus pensamientos como si fueran música y los baila (¿Cómo crear un pensamiento artificial?).

Que brota del paisaje, busca un espacio de niebla que es donde se esconden los fantasmas, pasa por su propia voz y quiere ser no sólo sus recuerdos sino los recuerdos del cosmos o acaso sólo del planeta: los milagros de Fátima, la cabeza de Juan Bautista, el desayuno de Cristo en Emaús, sus golosinas frías.

Ahora que se mezcla con las horas antiguas la hora de esta Pascua (La Neurociencia en las Pascuas).

Ahora que estas palabras que están en mi cara, en mi mirar, traslado como alguien que se muda y siento el corazón acelerarse con un latir pesado de llevar muchos bultos (Carta a una señorita en París).

Quiero mudar, mudarme, mutar yo (La variación biológica).

Quiero irme, tal vez, después del rayo del ahora, al rayo del ayer, como si siempre hubiera estado en esa casa que es un barco sin ojo de buey, donde ellos, mis abuelos, mi tía, no me ven haber entrado, ellos ni nadie ve pero yo entro, corro por el vapor de humo de la estufa, me detiene el reloj de la sala para mirar su péndulo, su flor de oro trabajado y la piña esbelta que cae por su hilo mientras viene. ¡Qué compás –yo diría, aun siendo redundante- que es el tiempo!

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Monólogo anterior al matar más, donde se habla del menor matar, que es el arte

Ya que es un tiempo de asesinos, y nadie puede negar que es un tiempo de asesinos, propongo este ejercicio que yo misma comienzo (Asesinos por naturaleza).

Espero que haya al menos uno, o una, que me siga (Niveles de la amistad).

Nada más delicioso que dejarse ser en el mundo que las letras crean (Los significados de la literatura).

Lo que escribí en mi ejercicio, sin embargo, deja dudas sobre si yo no maté efectivamente, si no utilicé el matar más y si las reflexiones no fueron literarias sino reales (La ambigüedad de la escritura).

¿Pero hay alguna diferencia? (Diferencias y características entre un cocodrilo y un caimán).

Nos encantaría recibir un escrito donde esa duda quede más abierta todavía, como una flor que sangra (Camino de la sangre hacia la luz).

Los buenos escritores crean flores con sangre. Los malos matan… (El terror tiene nombre propio: Stephen King).

Monólogo…

¿Pero otra vez le falló la escritura al pensar? ¿Ella no puede pensar correctamente, en un estilo armonioso? ¿No se da cuenta de que los últimos párrafos que pensó tienen estilo periodístico policial?

¿Qué escribiría con este material?  Nunca le interesó esta historia literariamente, es cierto, la literatura es sólo un daño colateral de su historia, hay que escribirla antes de actuar.

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Los dos espejos

1.

Una de las muertas más recientes mantuvo este diálogo con uno de los muertos más remotos (Diálogo con José Martí):

-Yo era una muñeca más importante que cualquiera, mis ojos ocultaban enigmas sorprendentes (La verdad que surge entre enigmas y paradojas).

-Vanas reiteraciones en realidad -se molestó el Antiguo-, pero que nunca se movieron del espejo desde los siglos de los siglos (Mis sentimientos al espejo).

La Nueva tuvo una rápida respuesta (El ingenio de Teut):

-Preparé mi vejez como un canasto de flores, con un curso de ikebana que comenzó en mi infancia, y no la completé (Ikebana: El camino de las flores).

Antiguo preguntó irónicamente (El flagelo del Pecado):

-¿Envejecer es acomodar los crisantemos de la manera más amable posible, controlar el brillo de la mirada, la curva de la sonrisa, como si fueras un Einstein propio del universo donde el espacio-tiempo es menos aún que esta pregunta?

-No era tan Antiguo usted, Contemporáneo de Einstein. Pero el espacio-tiempo me resulta insoportable -dijo la Bella, tan frívola.

-Pero qué sobrecarga del destino ha sido para ti ser una joya imperturbable -el Viejo se recostó en una tabla dura- cuando se sabe que más allá del corazón nada es piedra sino carne y sangre sin controles destruidas en un segundo por el huracán de un día.

Ella no respondió a esta reflexión. Contestó de este modo:

-El huracán de un día… Sí, fue entonces cuando decidí envejecer sin ciencia, sin reglas, como cualquier antigüedad expuesta al fuego, al agua. Me dije que lo más difícil sería el aprendizaje de nuevos signos entre los que aparecerían los del amor, o sea el perfume de una marca desconocida, químicamente vulgar, poco adecuado para el vestido que yo llevaba puesto, y otros signos como los de la verdad, que todo lo marchita con su luz (Ocaso. Capítulo 1).

El Antiguo pareció resucitar de golpe; se notaba que había sido juerguista y mujeriego.

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Nuestra muerte

Me sumergí en el interior de la muerte (Percepción de la muerte a lo largo de la vida).

A menudo me había sumergido en el misterio de los libros, ahora leía en las estrellas y me daba cuenta de que la pompa de la muerte consiste sólo en juguetes, adornos, letras partidas en el abecedario de los cuadernos (El mundo que solo dios conoce. La oración, la maldición y el milagro).

Muertos parecidos a los niños (La historia de Juan: Nopales y Magueyes).

Niños prisioneros de tablas de madera, fueran cunas o féretros.

Muertos que quedaban temporalmente  en exposición en manos de los vivos, bebés de nuevo, menos que bebés.

Lápidas parlanchinas relataban. Los muertos mejoraban al instante su estatura moral, su estatura intelectual y su belleza física (Sexo en dos mundos).

Para ellos, para ustedes y para mí, que moriremos algún día, escribí este cuento:

Nuestra muerte

Sabía quién llamaba sin siquiera mirar la pantalla del teléfono, así que no contesté.

No era nada difícil, por lo demás, adivinar de lo que se trataba, porque por más que yo fuera inteligente, delicada y pícara, ya tenía 89 años y ninguna otra relación más que la de Efraín, con sus noventa, tan alto y elegante, más que cualquier joven de por aquí o por allá (Sexualidad en la Tercera Edad).

No atendí el teléfono porque había una historia previa de temor, de no querer ver el espanto, de sentirme entre los vivos y los muertos (De la barbarie a la compasión).

Lo conocí a Efraín cuando me preguntó cómo me llamaba, se lo dije y él me contestó:

-Tu nombre es del color de tus ojos (El viajero del romanticismo…).

Me derretí. Puede sonar un poco cursi, pero es un verdadero piropo para alguien cuyo nombre es Esmeralda.

Esa vez empezamos a salir y no hubo tarde, hasta antes de ayer digo, que no nos encontráramos.

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