Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2015

Recuerdo de una procesión de Corpus Christi

Yo no sé cocinar (Llevando la Química a la Cocina), pero sí inventar el silencio en el centro mismo de mi casa (Los laberintos de Borges).

Se convierte en palacio bajo el lujo del tácito sol (Mitos mexicanos).

Ordeno los almohadones, los libros, los pequeños adornos, cambio un cuadro y lo cuelgo a diez centímetros de su lugar original. Me parece que hay más sosiego (La ley de Dios y la ley ceremonial).

La distancia entre las ventanas y los sillones tiene que ver con el reposo (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Los jarrones con flores hablan ininterrumpidamente, así que los desecho (Flores familiares de nombres femeninos).

Adhiero con mi corazón al orden y a la luz.

Enciendo la TV y observo marchar sobre Buenos Aires, bajo miles de paraguas y en total concentración, a gente que pide justicia.

De pronto gritan Argentina, o Justicia (La Justicia), o Nunca Más, y sólo eso.

Un recuerdo muy infantil me trabaja, o ni siquiera es un recuerdo mío. Es el recuerdo de la voz de mi madre contándome un inolvidable día de 1955.

En Argentina era el momento en que estaba terminando el gobierno de Perón -gobierno al que mis padres llamaban “tiranía”, y yo, nacida de ellos, criada y bendecida por ellos, no sé cómo llamar.

El 11 de junio de 1955 se celebró en Buenos Aires la procesión de Corpus Christi.

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“Sumergiré mi libro bajo las aguas”

Shakespeare quiso decir adiós en 1613, al escribir La tempestad (Calibán, la raza como oficio y el pensamiento del afuera)

Se retiró a terminar su obra en su pueblo natal, Stratford, pero los dioses no le permitieron desertar tan pronto (El concepto de deidad en las antiguas cosmogonías).

Debió escribir todavía su última obra, nada menos que Enrique VIII, para que las musas lo dejaran tranquilo (La Distopía de Enrique VIII).

Entonces sí comenzó a redactar el testamento, en el que generosamente le deja a Ana, su paciente mujer, una cama (William Shakespeare), la segunda mejor cama que posee. Y la guarnición de la misma, seguramente bellas telas bordadas.

Ya había dejado algunos bienes a sus hijas, y unos cuantos chelines a sus amigos más íntimos, que eran actores, para que compraran chucherías para el teatro, chucherías tales como sortijas.

Es en La tempestad sin embargo donde la mayoría de los lectores escuchan una despedida de la vida y el arte (La Tempestad de Shakespeare y una visión en la literatura latinoamericana).

Y aunque su muerte se produjo en 1616, unos días después de la de Cervantes (Shakespeare y Cervantes: vida, obra y comparaciones), los tres años de anticipación no son una considerable distancia, más aún teniendo en cuenta que Shakespeare trataba más bien de divertirse en los últimos días de su vida que de ahondar en las almas, a las que, por lo demás, ya las había dado vuelta del derecho y del revés por mucho tiempo (William Shakespeare).

Tanto es así lo de su jovial retiro, que un ignoto caballero llamado John Ward, vicario de Stratford, escribió en su diario que Ben Jonson y Shakespeare se habían reunido de jarana, en alegre convite, pero que el dramaturgo bebió tanto que llegó a morir de la fiebre que contrajo en el convite.

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“Códice sobre el vuelo de los pájaros”

De todos los sueños del mundo, el de volar es el más sorprendente (Sueños, visiones y presentimientos).

Supongo que es por eso que los ángeles, los dragones y otros seres fantásticos tienen alas, como compensación entre lo que se aspira a ser y lo que se crea (El Hombre que se Hizo Ángel).

No es difícil envidiar a los pájaros (Asambleas de pájaros).

Sólo verlos pasar a través de los vidrios por el cielo hacia las sierras y los árboles reverdecidos trae ráfagas de libertad (Ensayo sobre la libertad).

Hay personas que poseen la agenda de todas las cosas “imposibles” (Tal vez cuando ya me haya ido) y pasan por la vida tratando de realizarlas:

“Sabrá con qué se hace una sonrisa; puede ponerla en la fachada de una casa, en los repliegues de un jardín; desmelena y ondula los filamentos de las aguas, las lenguas del fuego -dice Paul Valéry en Introducción al método de Leonardo-, y cuando sueñe en construir un hombre volador, lo verá remontarse a buscar nieve en la cima de los montes y volver para esparcirla sobre las piedras de la ciudad, vibrantes de calor, en verano”.

En Leonardo da Vinci, intelectual del Renacimiento, prevalecían los instintos de los pájaros: volar y construir (Leonardo Da Vinci).

Y es Leonardo quien dice: “El aire está lleno de infinitas líneas rectas y radiantes entrecruzadas y tejidas sin que ninguna usurpe nunca el recorrido de otra, y representan para cada objeto la verdadera forma de su razón (de su explicación)”.

¿Por qué entonces no hendir nuestro cuerpo y nuestra alma en el aire, dejar la forma y perdernos más allá, donde las cosas empiezan o terminan? (Más allá de las palabras).

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La herida en el mármol

Una vertiginosa meditación sobre religión (Filósofos de la naturaleza) -mejor dicho, sobre las religiones (Religiones del mundo)- durante la que intenté en lo posible dejar de lado todo punto de vista personal (Aproximación al concepto de objetividad en Karl Popper)-, me llevó a comprender, o creer que comprendía (Inducción teórica a la comprensión de la historia).

A comprender la guerra, la escritura y el avance del mundo llamado progreso (El secreto del progreso).

A comprender el deseo de poder, la codicia y el odio, que descienden de los dioses (Universo o dioses, religión y moral)

Y aunque tantas “comprensiones” de mi parte podrían ser objeto de burla del lector, estos entendimientos que describo son intuiciones, y esas intuiciones pueden estar perfectamente equivocadas (La Intuínica: como desarrollar su sexto sentido). Por lo tanto dejaré casi todo de lado y me centraré  en una tarde de hace algunos años, que me trajo una escena a la memoria (Técnicas para olvidadizos o para no olvidar).

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