Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Otro comienzo de novela

Amigos (Los inciertos frutos), les agradezco a todos, uno por uno, una por una, los comentarios sobre el capítulo pasado -¿recuerdan esa novela que perdí? (La novela).

Como tanteando en la sombra he escrito tantos comienzos y finales, y páginas del centro, de novelas, en ocasiones convertidos en cuentitos aislados (Las dudas).

Algunas terminé, otras a punto de finalizar se traspapelaron en cajones, se mezclaron con documentos de identidad, con partidas de nacimiento, con versos malos, con flores que me regalaron y puse a secar (La pedagogía de la Mosca).

Mi intención es concluir la del miércoles pasado (El experimento de la Intención). Para eso tengo que documentarme. Ya un amigo, Mario Alasino, me pasó diferentes textos sobre “la mala vida” en la Buenos Aires de principios del siglo XX , los inicios del tango, los conventillos de la Boca, etc. Espero poder, y si no puedo, inventaré otra cosa. La cuestión es entretener los días.

Otro comienzo de novela

Pone, sobre la mesa, el pan que falta. Se da cuenta que, aunque escuche esas voces, de ella misma, porque no le cumple a Dios, ella es más buena, es más buena de grande que de chica, cuando quería ser monja. Se acostaba en la cama cuando llovía y hacía frío, por las noches, y se sentía reconfortada por tener abrigo y cama, sentía una felicidad especial. Y eso era compararse con los que no lo tenían, se da cuenta. Hasta con los chicos pobres que no tenían abrigo ni comida… y ella se sentía reconfortada. Ya no. Cuando hace frío no puede disfrutar de lo que tiene, de lo poco que tiene, aunque hoy su marido trabaja mucho mejor en el taller, porque piensa en los chicos, y en los grandes, y en los viejos, que pasan fríos y hambres. Y también, cuando no le cae bien una persona, tiene preparada una trampita para sí misma, para hacerse querer a ese que no le cae bien. Ella lo ve como si fuera un chico, trata de imaginarlo como cuando era un niño, y ya lo quiere, ya lo empieza a querer porque ¿quién no ama a un niño?

…ya llegaron los chicos y alborotan, lo cargan a Pedrito, le hacen bromas, y Pedrito se altera, es tan sensible. Carina no la ayuda para nada, pero ella la comprende porque también, como tuvo ella, tiene quince, y está en su mundo de sueños. Aunque ella estaba a su edad en otro mundo, de sueños, sí, claro, pero otro. ¿De sueños está diciéndose que era ese mundo, el de Dios? A veces piensa que sí, que era de sueños, aunque sea pecado pensarlo así, se está diciendo que no es negar la existencia de Dios decir que pensar en Él todo el tiempo como ella pensaba cuando era más joven es soñar. No es pecado hasta que la voz de sí misma la pone en su lugar. Y después, además, tener que poner orden entre los chicos (¿prohibirles algo, educarlos, no es hacerles mal, llevarlos por un camino que a lo mejor no es el de ellos?). Porque si parece que ella eligió el bien, o sea eligió a Dios en cierto modo, ¿por qué los otros no pueden elegir otra cosa?

¿Otra cosa, qué es otra cosa? Otra cosa que el bien sólo es el mal.

¿Ella se está diciendo que sus propios hijos deberían poder elegir, hasta el mal? ¿Y eso se llamaba en el colegio libre albedrío?

Sí que lo recuerda y era así. Ellos deben elegir aunque sea el mal y eso es el libre albedrío. Entonces ¿qué es la educación? No, no, se está embrollando, no lo entiende. Porque si a alguna de esas monjas que le enseñaban lo que era eso, el libre albedrío, le dijera que entonces ella no va a educar a sus hijos, no va a enseñarles nada, no va a retarlos ni castigarlos si hacen algo malo, para que puedan elegir, la monja se caería muerta. Y no sabe entonces por qué le enseñaron aquello. Aunque, en cierto modo, ella deja las cosas en suspenso cuando se trata de educar. Por ejemplo, no habla con Carina de que la oyó haciendo el amor con el novio en el pasillo. No es por lo de la libertad, no lo había pensado a eso, es porque le da vergüenza. Pero a lo mejor lo había pensado sin darse cuenta, como se piensa en los sueños. ¿Otra vez con el mundo de sueños, ella que tiene ya 43? Bueno, también hay que tener en cuenta que muchas veces los sueños son premonitorios, eso lo dice mucha gente, lo dice mucha gente inteligente y hasta por la televisión. Sueños premonitorios y mundo de sueños sin embargo son dos cosas distintas. Pensar en sueños, ¿no será eso lo que hace cuando habla con Dios, que se queda dormida en realidad y sueña que le habla a Dios?

…llega el marido, todo engrasado, del taller. A ella no le importa tener que lavar todos los días los mamelucos engrasados, eso no. Y él, si puede decirse, si bien no eligió a Dios, eligió el bien. ¿Pero esto puede decirse, no elegir a Dios que es el bien y sin embargo elegir el bien? En realidad aquí está su duda.

Llega el marido y mira un ratito, antes de hablar, su hermosa cara de pensamientos fijos en historias rosadas, frágiles, en todo eso de Dios. Tal vez esa cara es tan hermosa porque tiene esa paz, esa bondad. Porque está siempre relajada aunque se preocupe por todo, porque tiene como premio el cielo, y en la tierra el cielo de su buena conciencia.

Se sientan todos a comer. Pedrito tiene todavía la figura de la modelo que ella le recortó de Para Ti, que la ha hecho bailar y saltar y andar por los aires, sobre la pared oscurecida. Carina es linda porque se parece al papá, aun sin sus ojos azules. La piel blanca y las facciones sin ninguna tensión, no como ella, que a los 43 años debe estar arruinada como una vieja de setenta. Fernandito, el mayor, es apagado, no habla, no se ríe más que de vez en cuando porque piensa en esas cosas de la computación que te llenan la cabeza de números. Gabriel es el deportista, el activo, y reluce. Parece un actor de los norteamericanos, de los que juegan ese fútbol raro, o béisbol. Es el más alto, el más grandote, y tiene los dientes enormes, blancos, con su sonrisa ganadora. Entre sus hijos, excepto Pedrito, ninguno está muy cerca, que se vea, de Dios. Pero interiormente, muy en el fondo, ella se atreve a pensar que Fernando, todo para adentro, todo números y pensamientos, debe ser el que llega, en algún momento en que descanse de pensar en la computadora, más cerca de Dios, porque ya tiene el pensamiento, la costumbre del pensamiento.

…Susana llega con un paquete bien envuelto que son facturas para tomar el té, o mate entre ellas. Ella sospecha algo pero no sabe, sospecha algo de los pensamientos de Susana, como si los leyera desde cerca y sin anteojos y pudiera leer una palabra sí y cuatro no, aunque en resumen saca la conclusión de que lo que Susana piensa es que ella está loca, o algo muy parecido, no loca pero cerca de estarlo. Y eso le da rabia sin que pueda ya hacerse la trampita de imaginar a Susana de bebé y quererla así. La rabia es diferente al odio, no le tiene odio pero no puede luchar con esta bronca de lo que intuye que Susana piensa y además con eso de que sin decírselo venga a hacerse un poco la psicóloga, como siguiéndole la corriente, no francamente mirándola a los ojos decirle “pienso que tus voces, o eso que hablás con Dios, es porque estás enferma”, sino disimulando como si pensara que ella está bien traerle facturas para compartir el mate, o el té, y sonsacarle cosas. Para después, seguro, contárselas al marido y a los chicos y que ellos se preocupen y lo llamen al doctor y el doctor la revise, le pregunte, y le diga no es nada pero tiene que distraerse con otra cosa, no con hablarle a Dios.

Y mientras toman mate Susana seguro va a decirle, se lo anticipó por teléfono, que si no quiere que vayan al cine, esta vez va a salirle con eso, a ella que nunca va al cine ni le interesan esas cosas y mucho menos caminar por Corrientes, ir a un cine del centro para después salir a caminar como si ella estuviera loca y Susana fuera encargada de distraerla con esas cosas, que aparte nunca le gustaron. Salir cuando se puede quedar en casa arreglando tantos desarreglos, haciendo más confortable la casa; en cambio si gasta unas horas en ir al cine disfruta la película, suponiendo que la película le guste -pero seguro no porque no le gusta el cine-, disfruta de un momento, y después se encuentra con que la casa, la casa donde debe vivir siempre ella con sus hijos y su marido -y no unas horas, como es salir al centro- está desordenada, está como la dejaron otra vez los chicos, porque si ella no anda detrás de ellos todo se convierte en una especie de campo de batalla, tal vez no de campo de batalla porque no hay muertos pero sí como si todo estuviera muerto, por lo sucio y lo desordenado.

¿La muerte es sucia y desordenada? La muerte es sucia, sí. Y después las flores que quedan de los velorios, que se pudren con ese olor a muerto, como si les hubiera quedado el olor. Por eso a ella poco le gustan las flores, y más desde que una vez en su manía por adornar la casa, cuando ya no encontraba qué otro adorno poner, compró un ramo de flores, y como eran tan lindas se las ponderó a la florista. Y la florista le dijo: “¡Ah, si usted viera cómo tengo la casa, tan hermosa, toda llena de flores, hasta en la cocina, hasta en el baño, en el dormitorio, arriba del televisor! ¡Parece un cementerio!”.

El pensar en la muerte la pone mal, ahora que se olvidó de lo que pensó al mediodía cuando salió a comprar el pan y llamarla a Susana, o sea, que no tenía importancia cuándo uno muriera. No se olvidó porque lo está recordando, pero olvidó cómo era sentir que no tenía importancia la muerte, y la pone muy triste.

Por supuesto que disimulará, para que Susana no encuentre el punto justo por donde empezar a indagar, no le diga “¿por qué estás triste?”, por eso pondrá los ojos brillantes y una sonrisa para disimular, aunque estas sonrisas son las que le hacen doler las comisuras de los labios y a veces sentir un dolor terrible en la parte de adentro de la boca, como si hubiera inflado globos. Pero Susana ya le está preguntando (y sí, se ve que la sonrisa no le salió airosa), le dice:

-¿Por qué tenés esa cara?

¿Y qué podría contestar ella? Si le contesta que piensa en la muerte no va a creerlo para nada.

…a lo primero que habría que renunciar es a complacerse con el dolor, a la tristeza. Es verdad que son grandes consuelos la tristeza, las lágrimas, grandes compañeros. Pero se ofende menos con la alegría, esto me lo dijiste Vos, esto lo sé; la santidad es un estado de alegría, y ¿cómo podría ser otra cosa siendo Tu visión? Pero aun en la tortura, en la tortura de la duda, es necesaria la alegría, y hasta, Te digo, la felicidad. Lo otro es resentimiento y cobardía. La alegría es un logro, un logro trabajoso, no un don. Penar es fácil, y aun en la alegría la pena no nos deja. Pero ser alegres o felices es escalar un tramo más, subir por otra escalera (me acuerdo de la escalera de ángeles de un sueño en la Biblia). Hay algo que se calienta al rojo vivo con la felicidad, que hace que uno, el que es feliz, dé calor, entibie a los demás. No digo que yo no sea una doliente, por eso Te busco. Pero admiro a los que sin nada son felices. Sin Vos, sin nada Y también sin Vos y sin otras posesiones. Admiro, por ejemplo, a mi marido. ¿Admiro a mi marido? ¿Y Vos podrías darme alguna señal de que esto no es pecado, o de que no te ofende que lo admire? Porque lo único admirable, parece que dijiste, me dijeron, sos Vos. Y yo no me meto en esto de que eso es ser demasiado orgulloso, demasiado soberbio, porque, me dijeron también, Vos podés serlo, Vos sos el único que puede serlo sin pecado. Pero si uno para lograr la felicidad que es necesaria para amarte y admirarte a lo primero que tiene que renunciar es al sufrimiento, como Te dije, quizás haya algunas cosas que uno creyó eran pecado y no lo eran. Por ejemplo, yo sé que tener un amante hace feliz, perdoname. Y en la visión del Infierno que tuvieron los pastorcitos de Fátima -no, no a los tres, sólo a Lucía-, a Lucía la Virgen le mostró, abriendo su mano como una pantalla de cine, por un instante, el lugar donde están los pecadores de la carne. Parece que allí son los más, y no lo entiendo. Por supuesto, Querido, que los pecados de la carne son atroces, pero ¿no hay que sean peores y encima que no hagan la felicidad, como matar? En el colegio las monjas conocían un poco los placeres esos, yo las veía y las escuchaba; entre ellas o solas o afuera. Para ellas, sin embargo, parecía que lo de afuera era peor pecado. La que caía y era descubierta era lapidada, espiritualmente lapidada, apedreada, mientras las otras monjas jugaban entre ellas, en hamacas altísimas. Quiero decir, casi en Tu nombre.

…Susana se queda mirándola porque está tan callada, tan callada y tan lejana que seguro anda con eso de las voces, y le da un mate frío. Frío ya, y ella no comió ni una sola factura.

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Comentarios

3 respuestas a “Otro comienzo de novela”
  1. Jose Itriago dice:


    Cuando me amarro a los recuerdos logro detener el tiempo. Tanto los recuerdos reales como los imaginarios. En realidad, todos tienen su buena parte de imaginarios; mientras más lejos, más se confunde los sueños, los deseos, con el mundo de carne y hueso. Es que desear es soñar despierto. Todo se hace una sola cosa, un solo momento: ése en el que tratas de creer que viviste un deseo. Como el mar, el cielo y el horizonte. Cuando viene la bruma del tiempo -y siempre llega- nadie puede distinguir los límites. Quizás porque no los hay. Por eso es que uno se amarra a los recuerdos, para revivir los deseos y confundirse al punto de no saber si de verdad logré tener entre mis manos el pecho adorado o no, aunque siento su tersura, su peso; no estoy seguro si mi piel se impregnó con su perfume. Me cuesta trabajo recordar el perfume, todos los perfumes. Claro que si logro olerlo lo identifico instantáneamente. Cuando camino entre los grandes árboles, hasta con los ojos cerrados, recuerdo mis tiempos de niño, sacando trozos de corteza para hacer pipas y cachas de cuchillos con las sierras de las seguetas. El perfume de los árboles es imponente. Nada que ver con el perfume seductor del amor, mezcla de cuerpo y extractos exóticos. De lo humano y lo divino, digo yo. Ese perfume no viene en frasco y ¿cómo haré para recordarlo?. Nunca he soñado un aroma. Mientras pienso en esto solo recuerdo que amaba ese perfume y al saber que existe, aunque no pueda recordarlo, lo relaciono con los más bellos deseos, o sueños. Pero en la medida que nos hagamos viejos, crecerá el temor a descubrir que se nos olvida desear. Parece imposible pero es verdad. La edad multiplica los temores y ese es uno de los que, imperceptiblemente, perfora el futuro, lo hace permeable, y entonces todas las corazas se hacen un colador por donde penetran todos los miedos: el de vivir y el de morir, el de no sentir, ni siquiera recordar, nunca más un deseo bello y los deseos son las metáforas que soportan las soledades. Mientras tanto, vemos como en las mesas las fotografías tan claras, tan firmes, se van diluyendo en amarillos tristones. Ni siquiera me atrevo a ver algún álbum: quizás no haya nada, sino cartulinas amarillas. Deseos ya contrastados, verificados por el jurado de uno mismo, que tuvo que declarar la insuficiencia de pruebas de su realidad. Fotos desleídas. Sueños olvidados donde los personajes se fueron y dejaron vacíos los cuartos, las ropas en los armarios con olor a naftalina. Tampoco recuerdo ese olor, afortunadamente.

  2. Júdith Mora V dice:

    “La alegría es un logro, un logro trabajoso, no un don. Penar es fácil, y aun en la alegría la pena no nos deja. Pero ser alegres o felices es escalar un tramo más, subir por otra escalera “… Me encantó esto, y es cierto.

    Siempre por aquí revoloteando, aunque no siempre escriba

    Besos siderales para vos, y de Lilas para mi Jose
    <3 <3

  3. Joise Morillo dice:

    Mora, Saludos querida, hermosa parabola.

    He aqui mi aporte:

    Ella dentro de su pesimismo saludable, mantiene: Ética, de ama y señora, toda una ama de casa, su prejuicio –ausente- se diluiría entre las normas de la educación clara y exacta, un marido tosco y bonachón a lo anti-metafísico de Dilthey, se regodea en comportamientos auténticos de un padre “macho light” que no necesita un rosario en el pecho para manifestar un comportamiento genuino de fe en la bondad de la familia y el ejemplo de educación de “ella”.

    Esta siguiente afirmación comprende la síntesis de la falacia y el sofisma. Baremo de la retórica de Goebbelianos, quienes, promulgan sus discursos antagónicos al propósito de educar en paz. La maldad es ignorancia y quien lo niegue, linda en el oscurantismo del fanatismo y la doctrina perversa, claro que el bien no “es el mal” esto que sigue es una antinomia. Esto no tiene cabida en la etimología y menos en las lexías del discurso veras.

    “¿Otra cosa, qué es otra cosa? Otra cosa que el bien sólo es el mal.”

    Concederle merito o apoyo a esto que sigue:

    “¿Ella se está diciendo que sus propios hijos deberían poder elegir, hasta el mal? ¿Y eso se llamaba en el colegio libre albedrío?”

    Es fomentar el bulling escolar, La monja tiene en su haber una incapacidad –desafortunadamente- para desenvolverse, las más de las veces con la aplicación de correctivos. Principalmente audaces, pues tratándose de mantener su “castidad” oír sonidos de placer le perturba y, eso no quiere que se propague a sabiendas que ponen su devoción y etología en riesgo. Resultado, doble aflicción, pecar por omisión, y de pensamiento, ¡qué ironía! El dogma el peor de los prejuicios. Además el albedrio se refiere al consentimiento de las buenas costumbres y, degenera cuando la omisión se toma como consentimiento de alguien o algo que a propósito desea el mal antes que el bien. Es, en si Ignorar la belleza de la bondad.

    El padre mecánico

    ”No eligió a Dios, eligió el bien. ¿Pero esto puede decirse, no elegir a Dios que es el bien y sin embargo elegir el bien? En realidad aquí está su duda. Duda infundada y que ingenuamente le coloca en el patrón del benévolo innato.”

    Susana, extremadamente materialista, de sesgo morboso y deprimente, no obstante, incapaz de doblegar el espíritu de “ella” que con dos alas poderosas, La fe y la Razón se yergue impoluta ante las más tenue opacidad que perturbara su paz.

    Por algo Francisco, “Jorge Bergoglio”, le escuchó y creyó: el big-bang es producto de la magnificencia de Dios, y comprende una de las más prístinas etapas de la creación, cosa que la evolución es el resultado de su producto inicial.

    Dios, me recuerda a su santidad JPII, al pertinente Osho.

    Os ama
    Joise



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