Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Primer capítulo de una novela que perdí

El mundo siempre cree que está por llegar el Apocalipsis (En qué creen los que no creen). Siempre los jóvenes conmocionan y casi maravillan a sus padres y abuelos por la magnitud de sus transgresiones (Jóvenes), los volcanes entran en ebullición en todas las épocas anunciando algo misterioso (Volcanes y Sismos), las pestes aparecen de vez en cuando semejantes a las multitudes de langostas y alimañas que Dios mandó al pueblo pagano de los egipcios (Ébola: La realidad y los hechos). El sol multitudes de veces está por estallar y el fin del mundo se aproxima, ineluctable (Efectos de una tormenta solar para la humanidad).

La cuestión moral se añade a los horrores. Cada día somos más indiferentes hacia los que sufren y cada día invertimos un poco más en nuestros propio beneficio (Enseñamos a amar).

Lo raro es que esto es eterno: si miramos para el pasado está, si miramos para el futuro estará. Creemos que “ahora sí”, ahora la tierra se secó. Dentro de muchos años vamos a seguir creyendo lo mismo.

Primer capítulo de una novela que perdí

Anabella -y esto ocurría en los últimos años del siglo diecinueve- empezó correteando con Corina por las calles más negras de Buenos Aires. El barrio se llamaba Las Quintas y había burdeles, claveles en un rectangulito de jardín, patios clandestinos donde empezaba a insinuarse la locura del tango.

La casa donde vivía Anabella era la misma que la de Corina, un prostíbulo en el cual ambas nacieron sencillamente porque tenían un serio destino de nacer, inclusive entre abortos sietemesinos de las mujeres del lugar y muertes de las mismas provocadas por malos hábitos higiénicos.

Aunque Anabella y Corina no se llamaban así desde el principio, ya a los doce años les otorgaron esos nombres los primeros, generalmente decrépitos, amantes.

La madre de Anabella murió un día de la primera juventud de ésta, y la velaron en la sala de espera del burdel. A Corina le impresionó que, en el ataúd, la mujer muerta pareciera más joven y desamparada que su propia hija: un pajarito congelado, una mujer con azares de pájaro debajo del sombrero de plumas rojas con que habían decidido completar la mortaja, roja también, de su vestido de fiesta.

Anabella lloraba desconsoladamente, más que por su madre, por su propia suerte futura. Corina trataba de calmarla con un tratamiento de abrazos secretos y de besos que habían inventado las dos, pero sin conseguirlo. Se acercó la madama y acarició el enrulado pelo de Anabella, penetrando con las manos en un territorio de sensualidad inexplorada. La revisó de arriba abajo, pesó sus pechos incipientes, siguió con los dedos la curva del vientre demasiado joven, tanteó los muslos y finalmente dictaminó que podía ocupar en la casa el sitio de la muerta, con lo que seguiría teniendo comida, alojamiento y algún dinero extra todavía. Anabella no se horrorizó, siguió llorando, pero decidió al mismo tiempo comenzar su trabajo lo antes posible. A Corina la conmovió la desgracia de su amiga y sintió que no debía dejarla sola; la única solidaridad posible consistía en compartir el oficio. Lo consultó con la encargada, quien inmediatamente asintió; a ella no necesitaba revisarla, su encanto era visible.

Esa misma noche, mientras el velorio seguía entre copitas de licor de naranja y de menta y tazas de café, Anabela y Corina sufrieron la embestida del primer hombre gordo, viejo y voluptuoso que las tuvo a las dos, una detrás de otra, y las dejó abrazadas entre sí, temblorosas, diciéndose palabras de ternura después de la brutalidad del macho, reconociendo que el amor entre mujeres era quizá lo único que podía componerles el alma.

Aun en sus doce años, la voz de Anabela era grave, madura, con la suave ronquera de penumbra que las niñas quieren a menudo imitar de algunas mujeres mayores. Esa voz le proponía a Corina, entre las sábanas, delicias que las llevaban lejos de la sala de velatorio, de la muerte y la vida, de las gotas de sangre que certificaban sus recientes bautismos.

Se acariciaron hasta que el dolor por la reciente penetración del viejo dio paso al deseo más inesperado, hasta que finalmente encontraron la forma, la forma-eterna, del sexo entre amigas.

Corina se asombró de sentir pero Anabela sintió, más que nada, la emoción de tener a su lado una mujer. Ya los papeles habían sido otorgados por el insólito dios a cuyo cargo están las extravagantes ramificaciones del placer. Anabela había despertado al amor -a la pasión- en brazos de Corina mientras velaban a su madre, y la mujer fue su elección para toda la vida; lo demás sólo fueron cuestiones comerciales.

Para el entierro de la madre de Anabela se tomó en préstamo, por orden de la regente, Beatriz, casi todo el dinero de la casa; las mujeres fueron poniéndolo en un antiguo sombrero hongo que alguien había olvidado al visitarlas y que a veces servía de complemento de un disfraz. Beatriz era la dueña, la autoridad de aquella residencia. Bastante vieja y todo lo elegante que puede ser una mujer rodeada de mujeres más jóvenes y bajo la influencia de los gustos baratos. Como ella era consciente de esta influencia, trataba de ser sobria y a veces su sobriedad era distinción y otras falta de afeites y de cuidados, al punto que sus pupilas comentaban su rareza atribuyéndole matices lésbicos. Los tenía, pero no estaban en relación con el atuendo. De joven, de alhajada, de preciosa, había elegido la profesión de prostituta porque, como los hombres le producían náuseas, no le comprometían el corazón. Con mentalidad de varón había conseguido una pequeña fortuna; las mujeres, para ella, significaban lo que las hembras para el macho; había que sacarles el mejor partido posible, aun cuando esto significara cerrarse a sus amores.

La madre de Corina, Bibi, era entre todas las mujeres del prostíbulo su única amiga personal. Le gustaba secretamente, y oficialmente la distinguía porque la consideraba más inteligente, más astuta y más ruin que las demás. La ponía de ejemplo entre las otras chicas; era la requerida por viejos y por jóvenes, trabajaba muy bien, con vocación, ofrecía a precio de oro exquisiteces amatorias de las que sólo ella disponía, cuidaba perfectamente su salud, se conservaba casi adolescente, apenas si después del parto de Corina había ganado dos kilos que, por otra parte, le sentaban extraordinariamente. Beatriz le retenía a Bibi un porcentaje menor del que les retenía a las otras; entre las dos habían establecido una sociedad aparte y eran socias comerciales también en la distribución de la morfina a pequeña escala, ya que Bibi además era la preferida de uno de los clientes del lugar, Belisario, un médico nada ortodoxo que curaba con métodos orientales, psicología refinada y morfina todos los malestares de este mundo.

El grupo que se reunió en el cementerio era patético y original. Las compañeras de la madre de Anabela habían improvisado un coro de lloronas, pero tomaban cada treinta segundos un recreo que les permitía regocijarse de su propia suerte. La muerte de otro, hipócritamente, parece dar más chance a los que quedan. Las chicas del burdel, secretamente cada una, respiraban la dicha de no haber sido elegidas para la ocasión, y de un modo oscuro se prometían algún pequeño cambio para mañana. La muerte les recordaba sus pecados, pero ellas tenían todo el futuro para reconstruirse. Los planes de Corina y Anabela eran exactamente opuestos, pero igualmente peligrosos, y la más eufórica de las dos jóvenes era la que se había quedado huérfana.

Anabela gritó junto con las demás cuando echaron la primera palada de tierra sobre el ataúd; Corina no, pero observó con detalle la dramatización de su amiga. En alguna revista de las que navegaban ajadas y sin tapa por la casa había leído que el terciopelo negro no era luto; menos aún, pensó, con lentejuelas cosidas en forma de dragones. Pero Anabela estaba espléndida en su papel, y hasta parecía más una viuda muy joven que una huérfana.

Pocas veces, pensó Corina, tendría ella la oportunidad de ser tan importante como Anabela esa mañana. Y desde esa mañana su admiración actuó como el amor y se propuso enamorarse cambiando lo que hubiera que cambiar en Anabela para su propio deleite.

Parada frente a la fosa abierta, Anabela era alta, magra, un poco impresionante; la cabeza pequeña equilibrada por una gran masa de cabello ondulado; la cara diminuta, con rastros de vampiro, pero los ojos eran de seda o raso oscuro, grises y negros.

Envío

Hay otros capítulos, por si hay interés, pero discontinuos. Decídanlo ustedes. Les mando mis más tiernos amores…

Mora

Monografias

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Comentarios

13 respuestas a “Primer capítulo de una novela que perdí”
  1. Román Sánchez Morata dice:

    Mora: Creo que deberías continuar con la novela. Este primer capítulo lo he leído de un tirón con mucho placer y, francamente, me he quedado con ganas de seguir leyendo. Felicidades. Un saludo. Román

  2. CARLOS TASAMÁ dice:

    Este

    Primer capitulo annuncia lo extraordinario de lo que viene a continuaciòn

  3. nohely villegas dice:

    Mora me encanta,quiero leer mas sobre esta historia!

  4. claudia guzman dice:

    Espectacular …. me encanto…

  5. liliana Martinez dice:

    Estoy intrigada. Ya quiero leer la continuación. Felicidades. Saludos.

  6. Ricado CHAVARRO POLANCO dice:

    Mora, buen inicio, quizas hay algo que no te haya gustado, pero eso es normal, animate y publica lo que tengas

  7. Joise Morillo dice:

    Mora saludos he aqui mi capitulo.

    Ya en el antro, luego de los funerales, Anabela con el rostro pálido y evidente fatiga por la escena demostrada en el sepelio, compungida y casi que anonadada, parecía un ángel de aura celestial y demás, esa imagen y la ternura de su garbo, excitó aún más a la despampanante Corina, rauda, le cogió de la mano y, se dirigió hacia el cuchitril que le servía de dormitorio con la doncella, de un tirón la despojó del terciopelo negro y lentejuela que cubría como atuendo a su deseada amiga y compañera. Igual se deshizo de sus trapos. Como ninfa poseída del espíritu de Safo, se abalanzó frenética sobre la tierna carne de su presa para comerla a besos; desenfrenada y libidinosa, palpaba con su lengua cada milímetro de su cuerpo. Anabela, excitada hasta el éxtasis, desbordó de orgasmos con quejidos y espasmos de placer insostenibles, todo el ambiente, mientras Corina se penetraba con sus dedos profundamente, palmeándose su pubis y clítoris simultáneamente con un intercambio de manos de un prodigio exquisito e inimaginable. Al final, exhaustas ambas durmieron hasta que; La Madama con nuevos clientes truncaron lo sutil y placido de sendos sueños. ¡Otra función debía seguir!

  8. Jose Itriago dice:


    Creo que hace mucho hablamos de esa historia. Seguramente no tendrá un final. Aún más, me parece que no debe tenerlo. Que cada quien haga el cuento a su manera o lo deje hasta allí, como algo inconcluso que ya dijo todo con las primeras palabras.

    Estoy oyendo el concierto para Cello del grupo Carpantiano de Myroslav Skoryk. Como siempre, lamento no poder compartirlo. Me parece sombrío –ni remotamente significa que lo califico de sombrío, sino que hoy, por alguna circunstancia, así me parece- y trato de discernir si hay algo alegre entre tan extraños colores. El cello parece un azul de Prusia sobre un manto de tierra de siena tostada. A veces alguna luz choca contra un algo que impide que llegue a tierra, que descubra el sentimiento que transcurre debajo de todo, reptando entre montículos fofos, que se hunden a su peso. Otras veces ni siquiera hay un rayo de luz. Pero es imposible asegurar qué es ese todo, aún más alto que los tonos altos del cello y que le hace de parasol. Quizás sea la sordidez con la que convivimos, presente en cada instante para cumplir su papel de contraste necesario para hacer luz. Si no existiera, estaríamos encandilados y la ignoraríamos.

    Pero el cello es constante, siempre presente. Parece que no hay respiro. Es humano. Quiere decirnos algo que ya no podemos entender o que no queremos creer. Una masa siempre en movimiento, pero que no es ágil, sino lenta y pesarosa. Cuando se debe vibrar con la expresión del artista, inmediatamente le delega el trabajo a la orquesta y él se queda expectante, oyendo cómo lo dice, cómo dice que lo siente infinitamente y lo que siente y lamenta es que todo se haya hecho tan sórdido.

    Después de todo, las obras de arte están para decir lo que no puede hablarse ni escribirse. El cello lo sabe y no trata de explicarse, sino que transcurre, aunque yo lo acuse de reptar, como una lombriz en una mente con tantos vericuetos que no le da como para oírlo alegre, sino sombrío.

    Igual el cuento de Mora. Mejor que no tenga final, que se quede como el cello de Skorky, insinuando, pero no explicitando lo que podemos intuir. Nuestra intuición puede ser más feliz que el final real. Porque es un final sombrío, todos lo sabemos. No cabe la alegría.

    El concierto acaba de pronto con un golpe de timbal, parecido a un tiro. Después silencio. Un silencio para tratar de olvidar.

  9. Sophy Jean dice:

    Este blog y su trabajo en general es muy bienvenidos y la inspiración
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  10. Jose Contreras dice:

    Excelente, felicitaciones, y ahora que sigue…

  11. JULIAN PEREGRINO dice:

    Leí de un solo envión lo escrito por Mora, su novela inconclusa,…el encanto de su estilo, sugerente, vital, insinuante y sutil como el aroma de los licores finos o el halo de los perfumes caros. Esperamos descubrir mas, escudriñar esa alma vertiginosa y abundante, plagada de caos y alucinaciones, de rituales y experiencias, de vida, de emociones y sentimientos, de inteligencia y amor. Me encantó.
    También los comentarios de ilustres participantes, sin embargo injertar un estilo dentro de otro, es como cruzar un colibrí con un cuervo…sencillamente no se dá. Abrazos amigos.

  12. fabi risso dice:

    Mora
    Con respeto y respecto a tu texto
    Imagino atmóferas, a lo Tim Burton, como por ejemplo sin encasillar géneros
    Abrazos

  13. Francisco Munguia dice:

    Genial, doña Mora: no nos podrá dejar así, cierto? Buena historia! Los ribetes innegables de la sórdida realidad de ese mundo nos hacen necesitar la continuación de la historia…



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