Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Mis amigos

Olga Orozco (Los Ismos y otras vanguardias luminosas) había nacido y vivido algunos años en Toay, una ciudad de la provincia de La Pampa, en Argentina (El rol de la mujer dentro de los contenidos curriculares); hablaba fluidamente de y de vosotros, cantaba tangos cuando se entonaba (Borges y el Tango) y era famosa por su poesía y por sus ojos (Sin niebla en los ojos). Su poesía, constaba en todas las solapas de sus libros, “constituía una de las cumbres más altas del idioma español”. Olga no creía esto último, sí lo de los ojos y la voz. La voz de la poeta era otro respetado tópico porteño y ella misma le había escrito un poema en el que la mencionaba junto a tambores y timbales, creía recordar mi amigo  Enrique, pero para mí era mucho más aún. Raspaba, besaba, raspaba besando, acariciando, esa voz. Miraba rompiendo suavemente. No, destrozaban esos ojos, no eran suaves sino grandes ojos de gigantes serpientes verdes, gigantes, verdes. Todo en ella parecía un poco navegar por mares salvajes, por el corazón de las tinieblas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena). Pasé sin querer a palabras audibles estos últimos comentarios de mi pensamiento.

-Me parece que Mora  me ve demasiado inocente -dijo con ironía Olga dirigiéndose a Enrique y pensando en El corazón de las tinieblas (Historia del Cine).

Por los ojos de Enrique  -“mojarras” según Olga Orozco- desfilaron todas esas luces que, junto con los reflejos de los vidrios de los anteojos, conformaban su insular picardía -la familia de Enrique provenía de del norte de Italia (Los Borgia).

-¿Te molesta que Mora  piense así?

-No -contestó Olga, ahora distraída en sus recuerdos.

-¿No me echarás entonces con una de tus escobas embrujadas? -alcancé a decir en el momento en que hizo su aparición la nueva mucama de Olga, una señora con acento correntino que preguntaba qué queríamos tomar.

-Café -dijimos juntos Enrique y yo.

-Sencillito, nomás -acotó Olga, y Enrique, lo noté, fotografió el instante y lo guardó en su cajita de resentimientos. El enojo lo impulsó a tratar a Olga sin tanto respeto. “¿Por qué ‘sencillito’?”, pensaba.

-Mora  y yo fantaseamos con vos… -dijo. Yo me sentí muy mal y para disimular le quité el sombrero a Enrique; me lo puse. Era un sombrero mexicano que siempre se ponía para hacer visitas, y que nunca se sacaba cuando lo tenía puesto, hasta irse a dormir.

-¿Qué fantasean? -preguntó Olga bastante interesada.

-Que te obligamos a… -interrumpió prudentemente la frase, mirándome azorado por las posibles consecuencias de su arrojo.

Me mareé, sentía que iba a desmayarme; giraba la casa de Olga, sus ojos, las paredes con máscaras africanas y chinas. Enrique estaba a punto de contarle todas las fantasías que él mismo se forjaba, de las que yo participaba sólo por no negarme al juego, por cariño hacia él. En medio del mareo le encasqueté el sombrero loco a Olga.

-Yo usaba uno de alas más amplias todavía -dijo la poeta.

Yo había hecho amistad con Olga Orozco de un modo muy particular hacía diez años, cuando  Enrique Butti vino de Santa Fe y me dijo que lo habían puesto a cargo de la página cultural del diario. -No sé cómo hacer méritos –se quejó-. El sueldo es bueno.

-Te mando un cuento mío cada semana -le propuse con real desinterés.

-Hablo en serio  -me colocó en mi lugar Enrique-. Necesito publicar algo importante, por ejemplo un reportaje a un escritor conocido.

-Se habla mucho de una poeta, Olga Orozco, ¿la oíste nombrar? - le pregunté.

-Claro que la oí nombrar, pero eso es demasiado para El Litoral. Ojalá consiguiera algo así.

-Hay periodistas que aseguran que no concede reportajes, los detesta, pero vos, con tu encanto, podrías romper esa abstinencia.

-No tengo ni el teléfono y seguro que no figura en guía -me contestó Enrique, deprimido y soberbio.

-Te lo consigo -dije, y llamé a uno de los que habían sido expulsados con violencia de lo de Olga por intentar robarle un reportaje.

Sabía que el encanto de Enrique vencía hasta telefónicamente, y así fue.

-Podríamos ir juntos y vos le llevás tus narraciones -intentó sobornarme él.

-Estás loco -dije-. No la vamos a agobiar con eso… y además yo no tengo por qué ir con vos, no me interesa conocer estrellas.

-No es exactamente una estrella, lo sabés mejor que yo. Es una poeta para grupos muy limitados. Una exquisita  -Enrique saboreó la palabra-. Pero me gustaría que la leyeran en Santa Fe, hacérselas leer.

Era verdad, a mí no me interesaba conocer a Olga Orozco. El único de sus poemas que había leído me fascinó, pero tenía la teoría, bastante común la teoría según Enrique, de que no se debía conocer en persona a los poetas.

-Sólo falta que agregues que nadie es gran hombre para su valet -dijo Enrique al salir, con el pequeño grabador oculto en el bolsillo del gabán y la cámara de fotografías bien visible.

-Conseguí todo, la nota y que grabara algunos poemas, eso ya para mi propia colección -exclamó Enrique al volver de lo de Olga.

-¿Cómo hiciste? -me entusiasmé.

-Primero le dije que lo único que me importaba era tener una foto de ella, que yo admiraba profundamente su poesía pero que en realidad sólo había ido a conseguir su foto, porque en Santa Fe una de mis amigas (Mora  Torres, le dije) había fundado un club de fans.

-¿Un club de fans de Olga Orozco y fundado por mí?

-Sí, enseguida me di cuenta de que ella tiene mucho sentido del humor, pero además se lo creyó un poco.

-Y posó inmediatamente.

-No, antes pretendió entregarme un retrato viejísimo que le sacó una gran fotógrafa, dice, donde se ve una especie de planta carnívora a su lado.

-Pongamos la grabación de sus poemas -dije-. Quiero escuchar su voz.

-Tiene los ojos verdes más grandes del mundo -aseguró Enrique, incitante, mientras acomodaba el casete en el minúsculo grabador.

-Eso lo dicen… -“todos”, iba a terminar mi frase, pero me interrumpí porque ya empezaba la voz de Olga con un poema en el que desde el principio se entremezclaban cielos, tatuajes, una luz pequeña en una casa enorme y lejanías de nieve que quemaba.

-Así como la describe, así es su boca –prosiguió Enrique con su panegírico en el momento en que advertía que yo me había tirado sobre el piso y pellizcaba la alfombra llorando sin consuelo-. ¿Qué te pasa, Lilita, qué te pasa?

-La amo -parecía decir la alfombra con énfasis dramático.

Después de haberme hecho escuchar cien o doscientas veces los dos poemas que había grabado Olga Orozco, Enrique consideró que debía hacer algo por mí, su amiga enamorada.

-Escribile una carta diciéndole todo lo que te pasó al oír sus poemas y su voz -dijo tentativamente, como para empezar.

-Sus poemas, su voz, sus ojos que se transparentan en las palabras y en la voz… -exageré yo que, sin embargo, había conseguido en unas horas un envidiable estado de calma, o de depresión-. Es absurdo que le escriba una carta desde acá si le dijiste que yo era la presidenta de su club de fans en Santa Fe.

-¿Creés que puede acordarse de un nombre dicho tan al pasar?

-¿Y si se acuerda?

-Le decís la verdad, que yo le mentí respecto al club de fans, que di tu nombre porque fue el primero que se me ocurrió. Ya te dije que tiene un sentido del humor bastante parecido al nuestro.

-¿Y si le escribo con seudónimo?

-No -dijo Enrique, y recuerdo ese “no” como una admirable respuesta (de alguien que ve más lejos o de un clarividente)-. ¿Mirá si después se conocen y no podés sostener lo del seudónimo? Es peor que decirle que yo le mentí para halagarla.

-Es que mi intención es conocerla, estar con ella, pero ¿qué importaría que me llamara Mora  o Lala o Lola?

-Si ella, con inflexiones amorosas, dice para vos un nombre que no es el tuyo te importará -sugirió Enrique, ya embalado en otra perspectiva.

Me decidí a escribirle a Olga tal como lo había planeado con Enrique cuando recibí por correo el ejemplar de El Litoral que contenía el suplemento literario con el reportaje a la poeta. Fue un avivador de ese pequeño fuego adormecido durante dos semanas. Los ojos, ya sin voz. Los párrafos que recordaban su poesía, escritos, ya no en su voz tampoco. Pero yo tenía el registro de la voz en mi memoria, y además Enrique me iba a hacer una copia de la cinta grabada.

En realidad el plan era sólo de Enrique, y bien armado

-Le escribís, me mandás la carta a mí y yo se la envío desde Santa Fe. Le decís lo del club de fans y todo eso, como si vivieras allí, y ella te escribe -si te escribe- a una dirección que ya te doy, que es la de Rosa. Mejor la ponés en un sobre y me la mandás a casa, y adentro va el sobre con la carta para Olga. Rosa Gronda, que trabaja en el diario, me lleva la respuesta -si hay alguna respuesta-. Yo te la mando acá, a Buenos Aires.

-¿Rosa Grosa? -intenté bromear.

-Es muy delgada -dijo con seriedad Enrique.

-¿Rosa Honda? -continué.

-No sé, sí, no es nada frívola. Pero se llama Rosa Gronda -Enrique no quería perderse el juego de las cartas con Olga por uno de mis jueguitos de palabra.

Le escribí a Olga en un papel que había guardado de mi infancia, y que ahora usaba Mane, mi hijita de ocho años, con un dibujo de precioso contorno, como de cuentos de hadas. Encerré la carta en uno de los sobres que me había regalado Enrique, forrados en papeles de muchas volutas, como si fuera el interior de un fumadero de opio; puse el nombre -Olga Orozco- y los otros datos necesarios, y en el dorso mi propio nombre y la dirección de Rosa Honda -lo pensé involuntariamente así al nombre de la amiga de Enrique, no es que quisiera continuar el chiste pero me había quedado fijada al equívoco- y encerré a su vez el envío en un sobre dirigido a Enrique Butti, de Santa Fe.

No podía creerlo, fue justo cuando me habían regalado una azalea llena de flores rojas que llegó la carta. A la plantita le puse inmediatamente Olga, de nombre, pero para leer la carta necesité retirarme a un rincón alejado de los ruidos y de todo, alejado de Mane, que estaba aprendiéndose de memoria un poema de José Martí para la escuela. A un rincón alejado de los ruidos de mi propio pensamiento, también. La leí y podía creerlo menos, Olga aceptaba mi amor sin condiciones; mejor dicho, no lo mencionaba, que era lo mismo que aceptarlo. Me escribía como sólo podría escribir ella con esos ojos y esa voz salidos de sus propios poemas y, entre otras cosas, elogiaba bastante el relato que yo le había enviado.

Lo llamé por teléfono a Enrique, a Santa Fe, al diario. “Escribile inmediatamente la respuesta, un poquito agresiva, tal vez”, fue el celestino consejo que me dio Enrique.

Me puse a escribir una carta apenas agresiva, agresiva de amor, juraría.

Por eso, cuando el cartero me dejó algo con la letra de Enrique a la semana siguiente, creí que era efectivamente de Enrique: algún consuelo, algunas ironías, un “ya voy”. Y cuando lo abrí me encontré el sobre de Olga. Leí la carta, que terminaba con aquel  “Te mando piedrecitas de todos colores, una para cada hora del día, y una transparente para los sábados”.

Eso determinó que me embarcara inmediatamente en el proyecto de visitar a la poeta.

Al otro día de mi primera visita, Olga me llamó por teléfono - yo le había dicho que “paraba” en la casa de una amiga de Buenos Aires.

Lo primero que dijo Olga por teléfono fue:

-Le gustaste a Valerio.

Lo segundo:

-También a mí.

Lo tercero:

-¿Tomamos un café en un lugar que quiero mostrarte?

Después de haber estado en El Quijote con Olga, me puse a considerar que me había comportado mal en varias situaciones y, además, que no había dicho las cosas debidas como para encantarla.

Mi corazón se había vuelto una calabaza hechizada que acogía como primero al amor de Olga (o a lo que soberbiamente llamaba de este modo, pero jamás pude estar segura), y en segundo lugar a todos los demás amores de mi vida; nadie era rechazado, pero tampoco, era verdad, sentía nada por nadie, más que agradecimiento por el amor hacia mí. “Narcisismo -decía un amigo, lector de Sigmund Freud-, no es nada más que narcisismo.”

A mí el nombre que me daba este amigo, “Narcisa”, me sonaba muy dulce. A plantas, a una flor real. No era como el de la rosa, que, dijeran lo que dijeran los poetas, no escribía su belleza en la palabra de su nombre. Rosa era un nombre pobre, y además muy común, como el de Rosa Honda. Narcisa, o Narciso, como fuera, era un nombre carnal, con olor fresco, y al pronunciarlo la boca se llenaba, no como el seco Rosa. Ni, lo reconocía, el excesivo Mora .

Pero tenía que hacer algo por transformar la decepción que, suponía, había sufrido Olga con el encuentro en el café.

La llamé, y hacía media hora que nos habíamos separado:

-Me quedo muda, no sé decirte lo que siento cuando estoy con vos, y es porque me parece que mi amor te molesta.

-Al contrario -fue la respuesta de Olga Orozco-, me refrescas las vísceras. ¿Vienes mañana a comer con Valerio y conmigo?

“Vísceras tiene un solo significado”, me repetía caminando a lo ancho y lo largo de la casa.

Yo no era de buscar las palabras que conocía en el diccionario para ver si éste me revelaba alguna otra cosa. Pero esa vez busqué. Por supuesto, no decía que el corazón fuera la única víscera; decía de víscera: “cada uno de los órganos encerrados en las cavidades del cuerpo, como el cerebro, el corazón, etc.”, pero seguramente yo no le refrescaría el cerebro a Olga, eso no. Olga se había referido al corazón; ¿qué querría decir ese etcétera del diccionario? Olga había dicho vísceras, no en singular, pero yo debía tener en cuenta -y ahora me había vuelto experta en la poesía de Olga Orozco- el uso casi abusivo que hacía de los plurales. Casi, pero no llegaba al abuso; no sería su poesía sin aquellos plurales.

Envío

En este homenaje a dos amigos conspicuos, uno vivo, otra que ya duerme en el sol, como le gustaría a ella, quiero incluir a todos, en especial a mis amistades de esta página, a los que leen con admirable paciencia cada uno de mis dislates aunque nunca me escriban tanto como a los generosos que me escriben siempre.

Los quiero y los extraño, amigos

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

5 respuestas a “Mis amigos”
  1. Joise Morillo dice:

    Penía ama a Mora

    Ven… ¡Penía ama a Mora!
    Bésala,
    Profunda y sutilmente
    Con carencia de todo
    Y abundancia de nada
    No, no huele a flor de muerto
    Es su alma pulcra
    Que vale, de tanto ser amada.
    Has de amarle hasta saciar
    Inyectándole almíbares de miradas
    Como el campo al cielo
    Como flor silvestre en la explanada.
    Amadle odalisca impoluta
    Corrompiendo su ternura
    Seguidle al centro la ruta
    Conspicua de vos procura.
    No lo hagáis por ella
    Hacedlo por todos
    Que amarse quiere y ruega
    Como quiere sus tesoros.

    Os ama
    Joise

  2. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Querida Mora: casi podría decirte que me has sorprendido con un libro en las manos. En él hay un poema de Olga Orozco que he leído repetidamente en los últimos días.
    El lunes la muerte nos recordó su realidad ineludible. La hermana mayor de mis hijos perdió a su madre. Enseguida pensé en O.O.: “Si me puedes mirar”. Más allá de las vivencias íntimas y las consideraciones personales con respecto a la muerte y salvando las distancias y comparaciones de relaciones maternales es, en sí, el profundo y desgarrado dolor de una hija en el momento inmediato a la partida de la madre.
    Recuerdo la primera vez que lo leí , hace mucho tiempo, lo sentí como un cachetazo, muy fuerte. Luego volví, lo tomé con paciencia y vi toda la humanidad de esta mujer que me revela un pesar, una congoja común por la que pasaremos la mayoría de los humanos.
    Y aunque esta pena, su pena, es única, como lo diría Olga, porque debe serlo, sé que de algún modo… “a la desamparada criatura que hoy te llama”…” tratarás de de coser con un hilo infinito la gran lastimadura de su corazón”.
    Mis cariños.
    Perla

  3. Jose Itriago dice:

    Muy bella historia. Me alegra haber podido disfrutar algo tan íntimo, conocer de esas dudas que siempre acompañan a los encuentros definitivos, los que marcan la vida. Debió ser maravilloso conocerla, no solo por su valor literario, sino por el vínculo casi instantáneo que lograron crear, vínculo que, de cierta manera, extendemos a nosotros. Ya podré decir que tengo una amiga que fue realmente cercana a Olga Orozco. Cualquier otro comentario rompe la magia de tu narración. Quizás tan solo una estrofa de un poema de Olga:

    Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
    humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
    así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.
    Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
    fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
    Entonces ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar,
    nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos?
    Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación
    o que fundaba mundos de visiones sin fondo

  4. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Mora, amigos: me quedé pensando.
    Sin duda Olga Orozco es un puente que nos comunica: ustedes amigas- amigos escritores y otros que como yo somos simples lectores. Algunas veces escribo desde la poquedad alguna nadería, como diría uno de mis favoritos, lo cual me hace sentir bien; sino satisfecha por lo menos aliviada, alivianada o algo así.
    El hecho de que lea más que lo escribo no significa que mis sentires sean menores, como me ocurrió esta semana cuando recurrí a los poemas de Olga que, si bien no me pertenecen tampoco me resultan ajenos porque en ellos vibran sentimientos comunes inmejorablemente expresados en palabras.
    También desde hace un tiempo hay otros escritores que me acompañan durante gran parte de la jornada: mientras junto leña, mientras corto y quemo maleza, mientras tejo o cocino o simplemente mientras mis pies pisan la nieve. Están muy lejos. Del otro lado del mundo. Y algunos ya no están en este mundo. Como Muin Basisu que no alcanzó a ser protagonista o testigo de los últimos dolorosos acontecimientos.

    En su vocabulario no había árboles
    ni flores…
    En su vocabulario no había pájaros.
    Sólo sabía lo que le habían enseñado:
    matar a los pájaros,
    y mató a los pájaros,
    odiar a la luna,
    y odió a la luna,
    tener un corazón de piedra,
    y tuvo un corazón de piedra,
    a gritar:¡ viva lo que sea!”
    “¡Abajo lo que sea”!
    “¡Muera lo que sea!”
    ……
    En su vocabulario no había árboles,
    en su vocabulario no había
    tú ni yo
    porque él debía matarnos
    a ti y a mí.
    Sólo sabía lo que
    le habían enseñado:
    matarnos a ti y a mí.
    ……………
    Por suerte, la moneda tiene otra cara más esperanzadora, que me dice con Octavio Paz que hay otros seres humanos que piensan que
    “….soy otro cuando soy,los actos míos
    son más míos si son también de todos,
    para que pueda ser he de ser otro,
    salir de mí, buscarme entre los otros,
    los otros que no son si yo no existo,
    los otros que me dan plena existencia….”

    Por todo ésto y tantas cosas más siento a muchos escritores como a mis constantes amigos.
    Mis cariños.
    Perla

  5. Joise Morillo dice:

    Hola querida,

    ¡aprender con dolor algunas veces surte efecto!

    ¡Caridad!

    Abrazadle soledad
    como la briza a la quietud
    y el lumen a la oscuridad
    dejad sus labios besar
    a lucifer los ojos,
    y concebir en su oquedad
    la miseria y los despojos.
    que reconozca la piedad
    que renuncie a sus mentiras
    no reniegue la bondad.
    que sufra con desprecio
    su adolescencia
    su impiedad
    que conciba de sufrir
    lo sublime de la bondad.
    Hazle credo lo impoluto
    de sentir la humildad
    lo prolijo y lo perverso
    que genera la crueldad
    y que sienta en propia carne
    que es amar de verdad.
    ¡Cuando sienta hambre de otros!
    También de sus carceleros
    y de otras gentes
    ¡Caridad!

    Os ama
    Joise



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom