Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2014

Tempestades y honores

Desde muy joven y tal vez por azar (La pasión de escribir), amé a San Juan de la Cruz como poeta (La poesía, oasis para la paz). Me crucé con él en una antología que nos obligaron a leer en la escuela secundaria, y no nos separamos nunca más (Joaquín Marta Sosa: Memoria del arraigo). Escribí infinitos, íntimos e insoportables versos dedicados a él.

Un gran amigo mío llamado Ernesto Costa viajó por España (Amor y patria) y llegó al convento donde había vivido muchos años San Juan; se sentó en un banco del jardín, y a partir de entonces, y de sus meditaciones, sus poemas –los de Ernesto, digo- crecieron hasta la maravilla (El Hombre que se Hizo Ángel).

Sé que el cadáver del santo fue acosado por los creyentes cuando murió, para extraer de él reliquias (Falsificaciones y engaños en la iglesia católica). Casi lo desmembraron cuando asaltaron el carro fúnebre por los caminos que lo llevaban, pero era sólo el cuerpo sin vida de San Juan –y esto en cierto modo está relatado en El Quijote (La literatura renacentista española).

Hubo otros caminos y otras almas para la poesía de Juan de la Cruz. Uno de los receptores fue el papa Juan Pablo II, cuya tesis de doctorado en teología se refiere a este poeta (El Papa: Juan Pablo II. Que la paz sea con Juan Pablo II…).

Por eso más allá de cualquier diferencia en cuestiones políticas, amé profundamente a Juan Pablo, ahora beatificado. Estábamos en sintonía de almas aunque él no supiera quién o qué era yo. Era algo misterioso.

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Mis amigos

Olga Orozco (Los Ismos y otras vanguardias luminosas) había nacido y vivido algunos años en Toay, una ciudad de la provincia de La Pampa, en Argentina (El rol de la mujer dentro de los contenidos curriculares); hablaba fluidamente de y de vosotros, cantaba tangos cuando se entonaba (Borges y el Tango) y era famosa por su poesía y por sus ojos (Sin niebla en los ojos). Su poesía, constaba en todas las solapas de sus libros, “constituía una de las cumbres más altas del idioma español”. Olga no creía esto último, sí lo de los ojos y la voz. La voz de la poeta era otro respetado tópico porteño y ella misma le había escrito un poema en el que la mencionaba junto a tambores y timbales, creía recordar mi amigo  Enrique, pero para mí era mucho más aún. Raspaba, besaba, raspaba besando, acariciando, esa voz. Miraba rompiendo suavemente. No, destrozaban esos ojos, no eran suaves sino grandes ojos de gigantes serpientes verdes, gigantes, verdes. Todo en ella parecía un poco navegar por mares salvajes, por el corazón de las tinieblas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena). Pasé sin querer a palabras audibles estos últimos comentarios de mi pensamiento.

-Me parece que Mora  me ve demasiado inocente -dijo con ironía Olga dirigiéndose a Enrique y pensando en El corazón de las tinieblas (Historia del Cine).

Por los ojos de Enrique  -“mojarras” según Olga Orozco- desfilaron todas esas luces que, junto con los reflejos de los vidrios de los anteojos, conformaban su insular picardía -la familia de Enrique provenía de del norte de Italia (Los Borgia).

-¿Te molesta que Mora  piense así?

-No -contestó Olga, ahora distraída en sus recuerdos.

-¿No me echarás entonces con una de tus escobas embrujadas? -alcancé a decir en el momento en que hizo su aparición la nueva mucama de Olga, una señora con acento correntino que preguntaba qué queríamos tomar.

-Café -dijimos juntos Enrique y yo.

-Sencillito, nomás -acotó Olga, y Enrique, lo noté, fotografió el instante y lo guardó en su cajita de resentimientos. El enojo lo impulsó a tratar a Olga sin tanto respeto. “¿Por qué ‘sencillito’?”, pensaba.

-Mora  y yo fantaseamos con vos… -dijo. Yo me sentí muy mal y para disimular le quité el sombrero a Enrique; me lo puse. Era un sombrero mexicano que siempre se ponía para hacer visitas, y que nunca se sacaba cuando lo tenía puesto, hasta irse a dormir.

-¿Qué fantasean? -preguntó Olga bastante interesada.

-Que te obligamos a… -interrumpió prudentemente la frase, mirándome azorado por las posibles consecuencias de su arrojo.

Me mareé, sentía que iba a desmayarme; giraba la casa de Olga, sus ojos, las paredes con máscaras africanas y chinas. Enrique estaba a punto de contarle todas las fantasías que él mismo se forjaba, de las que yo participaba sólo por no negarme al juego, por cariño hacia él. En medio del mareo le encasqueté el sombrero loco a Olga.

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Esas raras feministas viejas…

…y la señora Lepes que hablaba de sus abuelas (Psicoanálisis y vejez):

Esta que digo es la palabra felicidad, que voy a trabajar largamente (Encuentro con la felicidad) -dijo la señora Lepes en la fiesta de disfraces de Las Lunas (Carnaval Psicodrama y Terapia), apenas puso la bandeja con las copas de plata sobre la estufa apagada y comenzó con lo plateado que eran los cabellos de su abuela materna, cuando, con un ramito de violetas agrisadas cruzaba hasta su casa, le tomaba la mano y la llevaba a depositar sobre el abuelo muerto el óbolo de los vivos, torturadas florecitas de invierno (Hamlet - Ofelia, ¿El duelo como una erótica?).

Por eso digo que es un vocablo de tantos matices; no sólo el amor sino las tristezas del amor; no sólo el sol sino los opacos días de humedad y plomo en los que se acrecienta la hierba de la muerte forman el cuadro de esta palabra para ser explicada -dijo, con un modo que la hacía parecer una avispada lingüista (La Pragmática y sus generalidades).

Mi abuela, la otra, la materna, tenía lágrimas como un collar sobre sus labores de crochet, tenía crochet también sobre sus labores de lágrimas (El Mal y el hombre moderno) porque era una hacendosa del dolor: todos los días lo barría y perfumaba, nos decía que no lo ahuyentáramos riéndonos como cascabeles sobre la larga cabellera de su vida que se iba, que había dejado atrás su cometa (Amor cósmico).

Vi el Halley, decía (Apuntes de la Historia Universal Moderna), y no lo volveré a ver pasar, y eso me marca, es una mordedura de la serpiente de Dios saber que hay una fecha fija para algo y que uno tendrá las persianas cerradas, quiero decir …, y enmudecía sobre el color de la larga manta que compuso, allí donde se reflejaba el día de su muerte con la forma de la cabeza de una muchacha.

Yo lo vi, créanme; era un 31 de diciembre, y sonaban todas las campanas de las iglesias alegremente sobre su velorio; la felicidad de ella había sido muy triste, era por eso que se brindaba alrededor, en las casas vecinas, mientras mirábamos su cuerpo.

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El pelotazo fantasmal

Desde el fondo del pasado (Relación entre el pasado y el presente) me llegó un pelotazo fantasmal mientras miraba por televisión el partido de fútbol Argentina-Holanda (La mujer en el deporte: Un acercamiento al fútbol). Por suerte era fantasmal y se disolvió en el aire, porque la pelota estaba hecha de huesos; mejor dicho, era un cráneo humano (Las Religiones primitivas).

Esperé a que terminara el partido, festejáramos, etcétera, y me arrimé a los diccionarios y los libros de historia (Historia, espejo del pasado y brújula del futuro): esa pelota venía de los juegos ceremoniales de los aztecas (Historia de México 1). Parece ser que este pueblo, maravilloso en todos los sentidos y violento sin perder un ápice de su admirabilidad, ya que tenía una cosmovisión en la que el individuo era un poco menos que la especie, pateaba cráneos de verdad, y que el juego estaba reglamentado con precisión: dos jugadores, el que ganaba era ofrecido en sacrificio (El rostro oculto del hombre americano).

Lo primero que se me ocurrió era obvio: de haber jugado yo, y aun de saber jugar, hubiera perdido. Ningún dios me deleita más que la vida (La Vida). Pero, según leí, estos muchachos estaban ansiosos por ganar, tanto como cualquier Messi, tanto como cualquier calvo Robben, el holandés (Autoestima -Alas y Raíces-).

Pero seguí leyendo el libro de los mexicas y encontré para regalarles a ustedes esta magnífica oración -en realidad, se me ocurre que puede rezarla cualquiera de nosotros, aun hoy, porque la poesía salva las distancias entre las religiones:

“Madre de los dioses, padre de los dioses, el dios viejo, tendido en el ombligo de la tierra, metido en un encierro de turquesas. El que está en las aguas color de pájaro azul, el que está encerrado en nubes, el dios viejo, el que habita en las sombras de la región de la muerte, el señor del fuego y de los años”.

Ya en anteriores incursiones frente al televisor fanático de los partidos del Mundial, se me habían ocurrido algunas cosas ciertamente truculentas.

En lo que más pensaba -y justo ahora, cuando un peligro real nos acecha- era en la guerra.

¿Por qué se ama o se odia tanto un color, una camiseta, una nacionalidad? Este amor o este odio parece, en efecto, el origen de la guerra, de toda guerra, quiero decir.

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Para contribuir a la confusión un poco más

Me pareció deliciosa la discusión hermenéutica (Hermenéutica)  entre mi amado caballero andante, Joise, y Gabino Francisco Ramírez Sánchez, de quien espero tanto como de Joise (Amistad civil en Aristóteles).

Hoy, por ejemplo, quizá yo no le resulte tan sencilla a Gabino (Dulce María Loynaz: lengua y poesía). Y es que, tal como le refirió mi otro caballero de estos caminos virtuales y tal vez mentirosos, José Itriago, el lugar al que llegó está erigido para escribir lo que uno verdaderamente tenga ganas de escribir; sin compostura, sin exigida ortografía ni sintaxis (Producción de textos). Uno, en definitiva, es como puede, y poder hablar aunque sea con interjecciones o monosílabos ya es algo (Los roles en nuestra vida). Pienso en esto hasta como una ayuda solidaria que nos podemos dar unos a otros (El concepto “solidaridad”); escucharnos tratando de descifrarnos (Herencia y Ambiente).

Este es un espacio donde todo el mundo puede decir lo que piensa aunque no piense nada, señor Gabino! Y la primera que lo hace… soy yo.

Por ejemplo, ¿no le parece absurda mi siguiente reflexión, o tal vez no absurda, sino Vacía? (Albert Camus).

Se trata de un dolor infinito  y desconocido que me atravesó hace tiempo, cuando fui con Elsa, Mane, Ignacio y Guillermo a un muelle de pescadores en el mar, una tarde.

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