Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

José Pedroni: “mi corazón venido del desierto”

A pesar de lo dicho en el post anterior, los niños tienen la capacidad de formar el paraíso con cuatro muros blancos y una luz, y de encontrar el arco iris en las gotas de agua (El genio y el olvido).

Por eso pienso que casi ninguna infancia es infeliz; ninguna infancia (La Segunda Infancia) ni ninguna tercera o cuarta infancia como lo es la vejez, esa “segunda inocencia” que menciona Antonio Machado (Antonio Machado, el poeta del pueblo…)

Pero ahora hablo de la infancia biológica, casi llegando a la adolescencia, ese tiempo exagerado de abismos y de brumas y soles y esperpentos (Adolescencia).

En esa época fue que conocí casualmente a un gran poeta -yo tenía quince años, él unos setenta; amigo de mis padres por una circunstancia de oficinas y funcionarios y luego por deberes del corazón.

Veo la fotografía de José Pedroni en sus últimos días y lo veo, y escucho su voz recordando poesías o hablando de trovadores y otras diversas hierbas parecidas (Inmigración a la Argentina: los gringos).

Creo que -desde lejos, porque tampoco era que yo me pasaba todo el día a su lado- sus limpios ojos azules sostuvieron la parte más simpática de mi destino; su sed llamó a mi sed de simplicidad y de poesía, su vida que se acercaba al final se encontró con la mía que comenzaba y fue vivificante para mí.

Yo llevaba varios años de leerlo; mi padre me había iniciado en sus poemas y repetíamos a menudo este verso suyo:

Y entre los dos, como Melchor el mago,

mi corazón venido del desierto.

Verso que es el final de uno de los más hermosos poemas escritos en idioma español.

Era pequeña y sin entenderlo mucho, entendía que la sencillez y al mismo tiempo la profundidad de Pedroni eran geniales. Como leí después en un prólogo de sus obras completas, firmado por Carlos Mastronardi (Por una radio pública modelo): “Sentimos más intensamente la poesía cuando aparenta no serlo, cuando no se revela y exhibe de antemano como tal. Cierto agudo escritor dijo que la prefería mezclada con elementos ajenos al reino poético, como perdida en páginas que no aspiran a ser poemas, es decir, comparable a un subproducto o un bien cualquiera que se diese por añadidura (…) En los años de su mocedad enamorada, se dirige así a quien lo espera:

Este no es el camino de mi pueblo:

Nadie canta tu nombre.

Entre los versos del romancero crecí cantando los poemas de Pedroni, como éste, por ejemplo:

Llegué hasta el último barco

que al atardecer salía

y el mar, fresco como tú,

me llevaba y me traía.

Mirando un punto lejano

la luna roja me halló.

Volví a tu lado; en tus ojos

el mar me reconoció.

-este es uno de los versos que, según Carlos Mastronardi, merecen guardarse en la memoria colectiva.

Cómo redescubrí a Pedroni, ayer

Era la hora que en un cuadro de Millet se llama Hora del Angelus, cuando los campesinos dejan sus herramientas sobre la tierra y escuchan las campanas.

Elsa, mi compañera, había estado trabajando en el jardín. Tenía puestos sus “botines con lazos” iguales a los del cuadro de Van Gogh, una bombacha de gaucho matrero y un poncho, por el frío. Salí de la casa, a buscarla, llevándole una taza de café.

Ella había dejado la pica y la pala sobre el suelo y estaba conversando con el vecino, Luis -de su casa a la nuestra hay más de cien metros de tierra, pero es el vecino más cercano.

Me acerqué y empecé a conversar con Luis. Me dijo dónde nació: “Bastante lejos de aquí, en la provincia de Santa Fe, en la ciudad de Gálvez”, dijo.

Lo miré sobresaltada y dije: “Allí nació Pedroni”.

Luis recitó, guardando el ritmo exacto que usaba Pedroni para decirlo, “El caballero del camino”. La nuestra era una charla bastante común, aunque habláramos de poesía y fuera “la hora del Angelus” y no sonaran las campanas.

Entré a casa, subí a la biblioteca, encontré las Obras Completas y leí casi llorando algunos de sus versos, como si la adolescente descarriada volviera a los brazos de un viejo poeta.

De pronto recordé que el libro que tenía ahora sobre mi mesa de noche, junto al vaso con agua, era Antología de Spoon River, de Edgar Lee Master, y que, después de recorrerlo, yo había estado elucubrando sobre esas poesías: su simplicidad, su profundidad, hasta el suspenso que proveían las voces de toda la gente que había vivido y muerto en “Spoon River”; voces de muertos que formaban un pueblo, que estaban enterrados en la colina:

“¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley,

el abúlico, el forzudo, el bufón, el borracho, el peleador?

Todos, todos están durmiendo en la colina”.

Ese libro de versos en inglés -leí la traducción de Alberto Girri- me impresionó: estaban la lápida del juez, la del traficante, la del hombre rechazado por el amor, la del herrero, la recién parida, la mujer señalada con el dedo, el funebrero, el sacerdote, la maestra…

Me había emocionado noches atrás y lamentaba no tener en mi idioma a un poeta tan humilde, tan hondo, tan franco, y que formara un pueblo con un coro de voces desaparecidas que habían sido de verdad humanas… tal como hizo Pedroni, tan cerca de mí, en Esperanza. Edificó con su palabra cada rostro, expresión y manos de los inmigrantes que llegaron a Esperanza, y de los días, amores, trabajos, hijos y muertes de su vida. Pero yo lo había olvidado. Como solía decirse, quizás extraído de la misma Biblia de Pedroni, nadie es profeta en su tierra, es decir, a nadie que esté muy cerca le descubrimos brillo, o bien lo descubrimos y olvidamos.

Que José Pedroni sepa perdonarme y me sonría desde el cielo. Y me ayude en estos años que él supo transitar tan elegantemente, a pesar de sus camisas leñadoras, rojas, verdes y azules, que aún recuerdo.

Envío

Sexta luna

El mismo día que lo supe todo

con esta Biblia regresé del pueblo

y la empezamos a leer felices

a la rojiza claridad del fuego.

(Lía la frágil y Raquel la hermosa,

la paloma y el cuervo;

cautivos pálidos, guerreros hoscos

y faraones negros.

Abisag y David. Jefthe llorando.

El Jordán y el Mar Muerto.

La voz de Dios en las llanuras calvas,

y un pueblo, y otro pueblo.)

Y he aquí que al entrar, como una luna,

en su sexta figura tu misterio,

leo el último salmo del profeta

te contemplo ante el primer proverbio.

Ah, tú que tienes la suprema dicha

de llevarlo en el cuerpo:

aprende la palabra de los santos

y háblale luego con el pensamiento.

Cuéntale siempre este remoto drama;

háblale a solas de este antiguo ejemplo,

y deja que la arena de las horas

caiga sin ruido en el reloj del tiempo.

Así, sin esperarlo, ante tus ojos

blancos de fe, se detendrá el momento,

y en el alma tendrás recién oída

la voz del Evangelio.

Después, rama quebrada, con alivio

descansará tu cuerpo,

y al lado de la rama el fruto hermoso

caído a tierra por la ley del viento.

Y ante los dos, como Melchor el mago,

mi corazón venido del desierto.”

Este poema de José Pedroni fue escrito alrededor de 1930.

Mora

Monografias

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Comentarios

8 respuestas a “José Pedroni: “mi corazón venido del desierto””
  1. fabi risso dice:

    Mora, este post a mi me transmite inspiracion…
    Sexta luna, exelemte, un grosso inspirado!
    Gracias, por tu Poesía
    Abraccio

  2. Adriana Monzalvo Sánchez dice:

    Mora, constantemente leo tus publicaciones, ésta precisamente me avivó el corazón que ya parecia estar padeciendo en el desierto!!
    GRACIAS!!

  3. Joise Morillo dice:

    ¡Hola querida!

    Hermosa poesia, tiene una estética, un espiritu muy sublime, por su sesgo universalista y cosmológico.

    Os ama
    Joise

  4. alejandro melgar dice:

    hola Mora mucho gusto te cuento que conoci a Jose Pedroni a traves de su hija Ana Maria Pedroni Chutemps, ella fue mi maestra de ingles hace muchos años, por cuestioness de la vida conoci a su hijo Segio y fui a su casa que era la casa de todos y todas y ahi se inicio una amistad muy grande con Ana Maria, quien me regalo un libro del poeta. aprovecho para saludarte y enviarte un fraterno abrazo desde Guatemala que estes bien

    el ale.

  5. Mora Torres dice:

    Qué sorpresa agradable, Alejandro. Cuando conocí a Pedroni, como dije en la nota, yo tenía quince años, y su hija Ana María estaba casada ¡y vivía en Guatemala!
    La primera vez que lo vi, Pedroni me regaló una de sus obras, y escribió: “Para Morita Torres, a quien dedico el poema ‘Ana María me trae el café’, de este libro en que se canta al amor y al hombre”. Ana María aparecía a menudo en su conversación, pero para mí era algo así como una leyenda esa hija que nunca le conocí. Me enteré por internet que ella murió en 2010 y que tenía la edad de mi madre, que murió en el mismo año.
    Pedroni era tan joven hasta el fin, que yo lo creía más bien uno de mis amigos adolescentes cuando lo escuchaba recitar y hablar de poesía. Gracias Alejandro por tu recuerdo.

  6. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    José Pedroni llegó a mi corazón con un poema que me obsequió una amiga cuando esperaba mi primer hijo.
    Dice en un principio: “Esperar…es tan dulce la espera acompañada
    para quien, siempre solo, nunca ha esperado nada.”
    …y, finalmente, el amor y el embeleso se convierten en un homenaje, en una ofrenda a la mujer, al hijo, a la vida, a la tierra.
    ” Mujer: en un silencio que me sabrá a ternura,
    durante nueve lunas crecerá tu cintura;
    y en el mes de la siega tendrás color de espiga,
    vestirás simplemente y andarás con fatiga.
    _El hueco de tu almohada tendrá un olor a nido,
    y a vino derramado nuestro mantel tendido_,
    Si mi mano te toca,
    tu voz, con la vergüenza, se romperá en tu boca
    lo mismo que una copa.
    El cielo de tus ojos será un cielo nublado.
    Tu cuerpo todo entero, como un vaso rajado
    que pierde un agua limpia. Tu mirada un rocío.
    Tu sonrisa la sombra de un pájaro en el río…
    Y un día, un dulce día, quizá un día de fiesta
    para el hombre de pala y la mujer de cesta;
    el día que las madres y las recién casadas
    vienen por los caminos a las misas cantadas;
    el día que la moza luce su cara fresca,
    y el cargador no carga, y el pescador no pesca…
    _tal vez el sol deslumbre;quizá la luna grata
    tenga catorce noches y espolvoree plata
    sobre la paz del monte; tal vez en el villaje
    llueva calladamente; quizá
    yo esté de viaje…_
    Un día, un dulce día, con manso sufrimiento,
    te romperás cargada como una rama al viento,
    y será el regocijo
    de besarte las manos, y de hallar en el hijo
    tu misma frente simple, tu boca, tu mirada,
    y un poco de mis ojos, un poco, casi nada…”

    ¿Qué más sencillo y profundo que esperar un nacimiento con amor y esperanza?
    Mis cariños.
    Perla

  7. JAIME HERNÁN GONZÁLEZ GÓMEZ dice:

    Mora:

    Me has devuelto, con vértigo 52, 54 años de un pasado lleno de verbos y adjetivos contradictorios.

    Cuando tenía, que sé yo, 14, 12 años, mi mamá estaba embarazada de gemelos, y para un día de la madre, una maestra bienintencionada me obligó a que me aprendiera completo, “Maternidad”, de José Pedroni.

    En los años siguientes de mi futuro imperfecto, recité los versos de Pedroni a un sinnúmero de damas embarazadas, perseguido por una inocente leyenda promovida por una de mis tías: “Jaime recita unos versos bellísimos que hacen que los bebés nazcan muy hermosos”.

    Mis tres hijos, hombre, mujer, hombre, son hermosos e inteligentes, y recuerdo haberles aplicado repetidamente a sus madres el bello conjuro, pero mientras dormían, porque nunca volví a estar lo suficientemente borracho para superar una timidez aplastante que todavía me apabulla, y por que muy profundo en mi subconsciente yace una terrible maldición: Por una pelea tonta, en aquella remota fecha me negué a recitarle a mi madre los versos divinos de José Pedroni, y jamás se ha podido despojar aquel niño de una duda fatal: Si mis hermanitos no hubieran muerto al nacer, ¿hubieran sido feos?

    Todavía creo que los versos de “Maternidad”, además de constituir una de las más hermosas piezas de la lengua española, tienen el poder magnífico de hacer que los bebés nazcan bellos, y de hacer sonreír
    a mi anciana madre que a sus noventa y seis años, no tiene ya por qué preocuparle lo que hubiera sido de mi hermano y yo, si alguien se los hubiera recitado.

  8. Joise Morillo dice:

    Tercer canto del purgatorio. (Fragmento)

    En busca de llegar al paraíso, Virgilio y Dante, ascendiendo por una empinada montaña, empero de alcanzable cima, en el camino encontrasen los afortunados difuntos que purgarían sus pecados ligeros y salvar eternas condenas en el infierno (La divina comedia)

    de Aristóteles hablo y de Platón
    y aun de otros más»; y aquí inclinó la frente,
    y más no dijo y quedóse turbado.

    Llegamos entretanto al pie del monte;
    tan escarpadas estaban las rocas,
    que en vano habría piernas bien dispuestas.

    Entre Rurbia y Lerice el más desierto,
    el más roto barranco, es escalera,
    comparado con éste, abierta y fácil.

    «¿Ahora quién sabe en donde la pendiente
    -deteniéndose, dijo mi maestro-
    pueda subir aquel que va sin alas?»

    Y mientras meditaba con la vista
    baja, sobre la suerte del camino,
    y yo miraba arriba del peñasco,

    a mano izquierda apareció una turba
    de almas que venía hacia nosotros,
    mas tan lentos que no lo parecía

    «Alza -dije- maestro, la mirada:
    hay aquí quien podrá darnos consejo,
    si no puedes tenerlo por ti mismo.»

    Entonces miró, y con el rostro sereno
    me dijo: «Vamos pues, que vienen lentos;
    y afirma la esperanza, dulce hijo.»

    (…)Volví la vista a él muy fijamente
    rubio era y bello y de gentil aspecto,
    mas un tajo una ceja le partía.

    Cuando con humildad hube negado
    haberle visto nunca, él dijo: «Mira»
    y mostróme una llaga sobre el pecho.

    Luego sonriendo dijo: «Soy Manfredo:
    la emperatriz Constanza fue mi abuela;
    y te suplico que, cuando regreses,

    le digas a mi hermosa hija, madre
    del honor de Aragón y de Sicilia,
    la verdad, si es que cuentan de otro modo.

    (…) Nos sentamos los dos vueltos a oriente,
    donde estaba el camino que subimos,
    que siempre de mirar es agradable.

    La vista dirigí primero abajo;
    luego arriba, hacia el sol, y me admiraba
    que nos hería por el lado izquierdo.

    Bien comprendió el poeta que yo estaba
    por el carro solar estupefacto,
    que entre nosotros y Aquilón nacía.

    Por lo cual me explicó: «Si los Gemelos
    fuesen en compañía de ese espejo
    que lleva la luz arriba y abajo,

    verías al Zodiaco enrojecido
    girar aún más cercano de las Osas,
    si no saliera del camino usado.

    Cómo pueda ocurrir, pensarlo puedes
    si atentamente observas que Sión
    en la tierra se opone a esta montaña;

    un horizonte mismo tienen ambas
    y hemisferios diversos; y el camino
    que mal supiera recorrer Faetonte,

    podrás ver cómo en ésta va por uno,
    y por aquella por el otro lado,
    si lo ves claro con la inteligencia.»

    «Cierto maestro -dije- que hasta ahora
    no i claro, como lo discierno,
    allí donde mi ingenio me faltaba,

    que la mitad del cielo que alto gira,
    que se llama Ecuador en algún arte,
    y entre sol y entre invierno se halla siempre,

    por la causa que dices, dista tanto
    respecto al Septentrión, cuanto en Judea
    lo contemplaban en la parte cálida.

    Mas sabría gustoso, si quisieras,
    cuánto habremos de andar; pues sube el monte
    más de lo que subir pueden mis ojos.»

    Y él me dijo: «Este monte es de tal modo,
    que siempre pesa al comenzar abajo;
    y cuando más se sube, menos daña.

    Os ama
    Joise



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