Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Junio, 2014

En memoria de Laura

Que nuestro espacio sea un lugar de encuentro (El encuentro), de alegría algunas veces (La risa como terapia) y de poesía muchas (Historia de la Poesía) -en especial por las respuestas de mis increíbles amigos lectores y escritores- no significa que afuera no pasen cosas tristes. No significa que afuera no hayan pasado cosas tristes. Tampoco significa que debamos olvidar (La Vida).

En cada lugar de América latina, alguna vez, suceden, sucedieron (La Sociedad Posible en Discurso Político Latinoamericano). Y hubo ogros y princesas y príncipes, o mejor dicho, asesinos y jóvenes o viejos idealistas, llenos de amor y con el brazo armado o desarmado, pero siempre elevado y amado hasta lo alto del mundo (La deriva humana construye un paisaje a cada momento vivido).

Laura eternamente tenía en los labios esta frase: “Siempre confié en la benevolencia de los extraños”. Adoraba a Blanche Dubois, la protagonista de Un tranvía llamado deseo, que la decía al final de la película (El cine y la literatura, una relación de intertextualidad).

Otros habían elevado los brazos también, y blandían una bandera de odio (Resentimiento vs. Estupidez).

En memoria de Laura

De haber sido un poco menos flaca, no hubiera entrado allí. Cuando se dio cuenta de que entre la última “comida” que le llevaron y la que tenía ante sus ojos no sabía cuánto tiempo había pasado, si uno o dos días, tomó el tenedor e hizo su primera marca en la pared negra y diminuta, dejando una señal blanca que ella sola entendía o sabía que estaba. La tercera y la cuarta marcas las hizo juntas, porque calculó dos días entre plato y plato. Así, como se acordaba perfectamente de la fecha en que la llevaron, calculó cada día de cada mes. La cuenta sólo podía fallar por unas pocas horas, estaba al tanto de su presente. Pero sólo en eso se parecía a un humano, en la idea del tiempo. Todo lo demás se había alejado de su vida, y de la vida en todo sentido, con sus espacios y sus amaneceres y crepúsculos.

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Teofanías: la dicha de ser Yo

Para decirlo muy sencillamente, una teofanía (El hombre, animal religioso) es un momento en que se ve clarísimo lo del alma (Alma platónica), lo del tiempo, lo del paisaje (El espacio-tiempo se curva en torno al observador).

Los humanos, casi sin darnos cuenta, tenemos a menudo alguna teofanía, por más solemne o sagrada que suene la palabra (El Razonamiento en los Humanos).

Hay teofanías muy poéticas, como cuando alguien que está meditando oye el caer de la ceniza del sahumerio (La conciencia) y otras que no parecen más que razonadas e inteligentes reflexiones, como el siguiente fragmento de una nota periodística de Chesterton (La novela policial), en la que además de genio sospecho la iluminación -en este y en muchísimos escritos del glorioso escritor inglés:

“Si no tenemos más remedio que presumir, mejor será que sea de talentos o méritos que no tengamos. Porque entonces nuestra vanidad será superficial, un simple error, como el de quien cree tener sangre real o un sistema infalible para ganar en Montecarlo. Como no son méritos reales, no corromperán ni desvirtuarán nuestros méritos reales. Y aunque presumamos de virtudes que no tenemos, siempre podremos ser humildes con las que sí tenemos. Las cualidades que de verdad nos honran conservarán su inocencia original, porque no podremos verlas ni viciarlas..(…) Hay, sin embargo, otro género de satifacción que no es ni orgullo por virtudes que tenemos ni orgullo por virtudes que no tenemos… Y es la satisfacción que se siente por poseer o no poseer ciertas cualidades sin preguntarnos si eso constituye una virtud. Podemos felicitarnos por no ser malos en un determinado sentido, cuando la verdad es que no lo somos en ese sentido porque no somos lo bastante buenos. Dirá algún cleriguillo: ‘Tengo razones para congratularme de ser una persona civilizada y no tan sanguinaria como el Mad Mullah’. Y alguien tendría que decirle: ‘Un hombre realmente bueno sería menos sanguinario que el Mullah. Pero si es usted menos sanguinario que él, no es porque sea mejor hombre, sino porque es mucho menos que un hombre. No es sanguinario porque perdone a su enemigo, sino porque huiría de él’. Por lo mismo dirá algún puritano: ‘Tengo razones para jactarme de no adorar ídolos como los infieles griegos antiguos’. Y alguien tendría que decirle: ‘…si usted no adora ídolos, es solo por ser moral y mentalmente incapaz de esculpirlos. Quizá la religión esté por encima de la idolatría, pero usted está por debajo de la idolatría’”.

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José Pedroni: “mi corazón venido del desierto”

A pesar de lo dicho en el post anterior, los niños tienen la capacidad de formar el paraíso con cuatro muros blancos y una luz, y de encontrar el arco iris en las gotas de agua (El genio y el olvido).

Por eso pienso que casi ninguna infancia es infeliz; ninguna infancia (La Segunda Infancia) ni ninguna tercera o cuarta infancia como lo es la vejez, esa “segunda inocencia” que menciona Antonio Machado (Antonio Machado, el poeta del pueblo…)

Pero ahora hablo de la infancia biológica, casi llegando a la adolescencia, ese tiempo exagerado de abismos y de brumas y soles y esperpentos (Adolescencia).

En esa época fue que conocí casualmente a un gran poeta -yo tenía quince años, él unos setenta; amigo de mis padres por una circunstancia de oficinas y funcionarios y luego por deberes del corazón.

Veo la fotografía de José Pedroni en sus últimos días y lo veo, y escucho su voz recordando poesías o hablando de trovadores y otras diversas hierbas parecidas (Inmigración a la Argentina: los gringos).

Creo que -desde lejos, porque tampoco era que yo me pasaba todo el día a su lado- sus limpios ojos azules sostuvieron la parte más simpática de mi destino; su sed llamó a mi sed de simplicidad y de poesía, su vida que se acercaba al final se encontró con la mía que comenzaba y fue vivificante para mí.

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Poesía salvadora

Claro que yo leí Crimen y Castigo (Crimen y castigo) y a De Quincey con cierta ligereza (Los caminos de -hacia- Parménides), pero fue mucho antes de eso, fue casi desde el día en que en el sanatorio donde nacía mi hermano -y por lo tanto yo no podía tener más de un año y medio- me di cuenta de que era una persona, que sentía mi ser, pequeño y definido, como un punto, como una estrella o una mesa: era (Contra el chip filosófico).

Y fue desde entonces quizá que sentí esas oscuridades peligrosas de mi ser, esos deseos como de cometer un acto irremediable, matar, zozobrar, flotar en esas tinieblas que eran el infierno y que colgaban iguales a cortinas negras de todos los lugares de mi casa de infancia (La escena en Foucault); el negro aburrimiento era una bruja que iba a buscarme y me llevaba de la mano hacia todos los juegos, porque en el fondo de cada diversión había un hueco con un cartel que yo aprendí a leer perfectamente que decía “la alegría no es verdadera”, o “la alegría no está”, o “la alegría no existe” (Universo consciente).

Tenía siete años cuando hice la comunión y ya desde entonces casi no dormía (Religiones). Era el fantasma del -voy a nombrarlo otra vez- infierno verdadero, con fuego y con demonios, al que yo había empezado a temer en las clases de catecismo el que ocupaba todo el espacio de mis sueños. Había una oración de la cual ya no recuerdo más que la palabra pompas unida a demonio y a mundo con la que yo quería desterrar del corazón todo ese sufrimiento, pero a qué precio…

Era, o así lo entendía, al precio de no ser jamás feliz en este mundo como se conseguía el cielo. Y el cielo era una parcela de azul anodino donde se contemplaba eternamente el rostro barbado de Dios, donde una también se aburría infinitamente pero estaba salvada, al menos un lugar donde una no se quemaba para siempre.

La oración que había aprendido a rezar con más unción la había inventado yo misma: -Dios, que no haya otra vida; Dios, que no existas… -al rezarla imaginaba un sencillo paisaje de hierbas y de flores y allá abajo yo estaba sola, solo mi cuerpo. Y mi alma había muerto.

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