Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Los asesinos de los días de fiesta

Marco Denevi –que ahora está en el cielo soñando cuentos maravillosos- me prestó el título, Los asesinos de los días de fiesta.

Además de gustarme mucho ese nombre para mi post, el préstamo me sirve para que ustedes puedan leer dos palabras, o tres, sobre ese gran escritor que me parece un poco, algo, olvidado. Y si son verdad mis pareceres, sería muy injusto.

Marco Denevi es reconocido en Monografías.com por los siguientes trabajos:

Ceremonia Secreta;

Rosaura a las Diez;

La novela policial;

Romanticismo, Literatura Romance;

Literatura argentina: notas y entrevistas;

Un constructo: el narratario;

Los muchachos de antes no planchaban camisas.

Los asesinos de los días de fiesta

Los cuentos de hadas con sus ogros, árboles retorcidos llenos de ojos que miran con maldad, duendes perversos y brujas que envenenan, son el antecedente de los relatos de exquisitos crímenes, que hipnotizan a la gente mayor. Nietzsche asegura que el hombre es un niño y que ese niño necesita seguir jugando, y lo dice como si dijera que el hombre es un niño y ese niño necesita seguir horrorizándose.

Creo que Poe puso de moda –o inventó, para ser más respetuosa del genio- estas narraciones “para grandes”; crímenes que exigen racionalidad y astucia para ser resueltos pero dentro de los cuales también se acaricia lo sobrenatural del terror o el terror de lo sobrenatural, según sea el relato; esos temores que nos gusta desde siempre temer.

Poe fue durante toda su vida un niñito que jugaba con el desamparo y el miedo, pero además, como no podía ser de otro modo, algunos biógrafos dejan deslizar que él sabía tanto de determinado crimen que narró, extraído de la vida real, que era sospechoso de haberlo cometido.

Con un poco más de pruebas, pero no tantas, se dijo lo mismo de Arthur Conan Doyle, el padre de Sherlock Holmes. Según estos “testigos”, Conan Doyle asesinó a quien le había relatado la trama de El perro de los Baskerville, para que no quedaran señales de su plagio. Este motivo para matar es verdaderamente de una sofisticación que subyuga. Era época de caballeros en serio, nadie podía tomar un texto o un relato oral de otro sin ofenderlo; actualmente se habla de intertextualidad en algunos casos, y en otros, los autores agradecen en el prólogo a quien les regaló el argumento. Eran épocas serias, de armas tomar.

Pero en la antigüedad, ¡sin ir más lejos!, había varios poetas y pintores ladrones o asesinos, aunque esto no significa mucho, porque también había varios médicos, abogados, tintoreros, campesinos y sobre todo príncipes, reyes y papas ladrones o asesinos.

Entre los poetas criminales recuerdo con amor a Villon, ese que “muere de sed cerca de la fuente”; sus versos son dignos de amarlo. Y lo mismo puede decirse de los cuadros de Caravaggio, matón irredento y provocador que dibujó sus torturas interiores.

Y ahora acabo de descubrir un ensayo de Oscar Wilde, Tinta, papel y veneno -claro, de Oscar Wilde leo más bien sus narraciones y no sus ensayos, con lo que por lo visto he perdido bastante (Fidelidad y Coherencia).

El ensayo analiza a un asesino de alta cuna, tan real como las diferencias sociales, que tuvo nombre, que nació en el siglo XVIII y fue poeta, gentilhombre, anticuario, exquisito lector y asesino de la más fría sangre en el siglo XIX. Mejor que hablar de este ensayo es pedirles que lo lean y lo comenten conmigo, si es posible…

Envío

Les estoy escribiendo un cuento que pronto, quizá el próximo miércoles, estará listo. Es nuevo, novísimo, y lo hago por ustedes y para ustedes, que me impulsan. Les agradezco que estén allí, porque me están salvando del infierno -del infierno de mis pensamientos, diría.

Les regalo la música de este día.

Mora

Monografias

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Comentarios

3 respuestas a “Los asesinos de los días de fiesta”
  1. William Hermel Batallas Cueva dice:

    Un cuento interesante, salpicado de referencias, denota mucha lectura y mayor inspiración. Me hubiese gustado leerlo completamente. Me agradó el inicio. Felicidades, espero la continuación.

  2. Jose Itriago dice:

    Es poco lo que nos dice Wilde en Pluma, lápiz y veneno sobre el envenenador Thomas Criffiths Wainewright, salvo que mantuvo la apariencia de un caballero. Las salidas extrañas (dijo que mató a su cuñada porque tenía los tobillos muy gruesos) no son más que un disimulo de la más común y vulgar causa de asesinatos: el dinero. Claro que Wilde todo lo dice con elegancia y hasta trata de establecer que pudo realmente ser artista y en consecuencia, al margen de la moral. Así establece que “Ninguna persona con verdadero sentido histórico soñaría nunca con reprobar a Nerón, regañar a Tiberio, o censurar a César Borgia”. Nada más falso. Censuramos a todos los Borgia, a Nerón y a Tiberio y a todos cuantos hayan actuado como ellos.

    Pero lo que expresa es consistente con su quizás mejor ensayo (es muy arrogante tratar de calificar a Wilde) que se llama “La decadencia de la mentira” donde ataca los conceptos del arte en general. Dice, en un muy apretado resumen: “…aburrida por la tediosa y edificante conversación de quienes no tienen ni ingenio para la exageración ni para el romance, cansada de la persona inteligente cuyas reminiscencias se asientan siempre en la memoria, cuyas afirmaciones se ciñen siempre a la verosimilitud, y que en cualquier momento corre el riesgo de que la corrobore el primer filisteo que pase, la Sociedad ha de volver antes o después a su líder perdido, el mentiroso cultivado y fascinador….El Arte, escapando de la cárcel del realismo, correrá a su encuentro … sabiendo que él solo está en posesión del secreto de todas sus manifestaciones, el secreto de que la Verdad es entera y absolutamente cuestión de estilo; mientras que la Vida -la pobre vida humana, verosímil y carente de interés-, cansada de repetirse en beneficio de …. los historiadores científicos y los compiladores de estadísticas en general, le seguirá dócilmente, y tratará de reproducir, a su manera simple y mostrenca, algunas de las maravillas de las que él habla. El Arte halla su perfección dentro y no fuera de sí mismo. No ha de ser juzgado por patrones externos de semejanza. Es un velo más que un espejo. Tiene flores que ningún bosque conoce, pájaros que no posee ninguna arboleda. Hace y deshace muchos mundos y puede bajar la luna del cielo con un hilo escarlata… A sus ojos la Naturaleza no tiene ni leyes ni uniformidad. El Arte obra milagros a su antojo, y a su llamado acuden los monstruos de la sima. Manda al almendro a florecer en invierno, y envía la nieva sobre la mies granada. A su conjuro la escarcha posa su dedo de plata sobre la boca ardiente de junio, y los leones dorados salen reptando de los montes de Lidia…Un artista inventa un tipo y la Vida trata de imitarlo…la Mentira es la más alta modalidad y el fin propio de todo Arte que se precie y conozca su más íntima naturaleza…”

    Profética su visión. El arte realista estaba condenado a pasar a un segundo plano y con él, toda explicación o consideración que censurara las expresiones y acciones de quienes podían ser considerados artistas. Pero la taladrante lengua de Wilde la plantea desde el punto de vista de La Mentira (así, con mayúsculas), expresión hiriente en un mundo de mentirosos que jugaban a ser puritanos.

    Hoy la ficción, la acción cosmética de Wilde, le rinde homenaje a quien logró el poder a través de la más pura y simple de las maldades. Envenenó a su tío porque le gustaba su casa, nunca tuvo claro por qué envenenó a su suegra. Pero cada muerto era un tesoro para su caja de caudales.

    Pluma, lápiz y veneno fue otro reto que salió del alma de Wilde. Contra todo y todos, anticipando su feroz crítica a una sociedad que lo condenó, a pesar de que era el artista de las letras y el teatro más genial de su tiempo. La condena, como todos saben, fue por razones de sexo, seguramente comunes a muchos de los que lo enjuiciaron. La Edad Media se está terminando ahora, en pleno siglo XXI y no del todo. Quizás hemos avanzado en cuanto a la tolerancia de género y en la manera de interpretar algunas doctrinas.

  3. Joise Morillo dice:

    Hola querida, No todas las mentes son sanas, ni perversas, el problema radica en el ocio y el trauma.

    I

    Sartre en el MURO (Eróstrato). Fragmento de días de holgazanería o ¿asueto?

    Desde este punto de vista todo fue mucho mejor a partir del día en que me compré un revolver. Uno se siente fuerte cuando lleva asiduamente una de esas cosas que pueden estallar y hacer ruido. Lo sacaba el domingo, lo ponía sencillamente en el bolsillo de mi pantalón y luego iba a pasearme -en general por los bulevares. Sentía que tiraba de mi pantalón como un cangrejo, lo sentía completamente frío contra mi muslo. Pero se calentaba poco a poco, al contacto de mi cuerpo. Yo andaba con cierta rigidez, tenía el aspecto de un tipo que está engallado, pero al que su verga frena a cada paso. Deslizaba la mano en el bolsillo y tocaba el objeto. De cuando en cuando entraba en un mingitorio -aún allí adentro ponía mucha atención porque a menudo hay vecinos- sacaba mi revólver, lo sopesaba, miraba su culata de cuadros negros y su gatillo negro que parece un párpado semiderruido. Los otros, los que veían desde afuera mis píes separados y la parte de abajo de mis pantalones, creían que orinaba. Pero nunca orino en los mingitorios.

    Una tarde se me ocurrió la idea de tirar a los hombres. Era un sábado por la noche, había salido en busca de Lea, una rubia que callejea ante un hotel de la calle Montparnasse. Nunca he tenido comercio íntimo con una mujer: me hubiera sentido robado. Uno se les sube encima, por supuesto, pero ellas nos devoran el bajo vientre con sus grandes bocas peludas y, por lo que he oído decir, son las que salen ganando -y con mucho- en este cambio. Yo no le pido nada a nadie, pero tampoco quiero dar nada. A lo más hubiera necesitado una mujer fría y piadosa que me soportara con disgusto. El primer sábado de cada mes yo subía con Lea a una habitación del Hotel Duquesne. Se desvestía y yo la miraba sin tocarla. A veces, eso salía sólo en mi pantalón, otras veces tenía tiempo de volver a casa para terminar allí.

    (…) En el Hotel Estela no quedaba más que una habitación libre en el cuarto piso. Subimos. La mujer era bastante pesada y se detenía en cada escalón para respirar. Yo subía con facilidad; tengo un cuerpo seco, pese a mi vientre, y son necesarios más de cuatro pisos para hacerme perder el aliento. En el descansillo del cuarto piso se detuvo y se puso la mano derecha sobre el corazón respirando con fuerza. En la mano izquierda tenía la llave de la habitación.

    - Es alto-, dijo tratando de sonreírme.

    Le tomé la llave sin contestarle, y abrí la puerta. Tenía el revólver en la mano izquierda, apuntado derecho ante mí, a través del bolsillo y no lo dejé hasta después de haber girado la perilla de la puerta. La pieza estaba vacía. Sobre el lavabo había puesto una pequeña pastilla de jabón verde, para lavarse después de eso. Sonreí: conmigo no son necesarios ni los lavabos ni las pastillitas de jabón. La mujer seguía resoplando detrás de mí; eso me excitaba. Me volví, me tendió los labios, la rechacé.

    - ¡Desvístete! -le dije.

    Había un sillón de tapicería; me senté confortablemente. Es en estos casos cuando lamento no fumar. La mujer se quitó el vestido y luego se detuvo arrojándome una mirada de desconfianza.

    (…)Dime -preguntó con súbita indignación- ¿tienes intención de hacerme caminar así mucho tiempo?

    - ¡Siéntate! -le ordené.

    Se sentó sobre la cama y nos miramos en silencio. Tenía la carne de gallina. Se oía el tic-tac de un despertador al otro lado de la pared. De pronto le dije:

    - ¡Abre las piernas!
    Dudó un cuarto de seg
    undo, luego obedeció. Miré y olí entre sus piernas. Luego me puse a reír tan fuerte que se llenaron los ojos de lágrimas. Le dije sencillamente:

    - ¿Te das cuenta? Y me volví a reír.

    Me miró con estupor, después enrojeció violentamente y cerró las piernas.

    - ¡Cochino! -dijo entre dientes.

    Pero yo reía más fuerte; entonces se levantó de un salto y tomó su corpiño de la silla.

    - ¡Eh! ¡Alto! -le dije- esto no ha terminado. Te daré en seguida cincuenta francos, pero quiero algo por mi dinero.
    Ella tomó nerviosamente sus calzones.

    - No entiendo. ¿Comprendes? No sé lo que quieres. Y si me has hecho subir para burlarte de mí.
    Entonces saqué mi revólver y se lo mostré. Me miró con aire serio y dejó caer sus calzones sin decir nada.

    - ¡Camina! -le ordene- ¡Paséate!

    Se paseó durante cinco minutos, luego le di mi bastón y la obligué a hacer ejercicio. Cuando sentí mi calzoncillo húmedo me levanté y le tendí un billete de cincuenta francos. Lo tomó.

    - Hasta luego -agregué-, no te he fatigado mucho por ese precio.

    Me fui. La dejé totalmente desnuda en medio de la habitación.

    ¡Ahora el instinto de maldad y su cruel reflexión de arrepentimiento!

    (…) ¿Qué estúpido fui?, me dije. Y sentí un amargo remordimiento. ¡Hubiera disparado en aquél momento! ¡Debí agujerear ese gordo vientre dejándolo como una espumadera!
    Esa noche y las tres que siguieron, soñé con seis agujeritos rojos agrupados en círculo alrededor de un ombligo.

    Desde entonces no volví a salir sin mi revólver. Miraba la espalda de la gente y me imaginaba, según caminaban, el modo como caerían si les disparara. Los domingos tomé la costumbre de ir a apostarme delante del Chátelet, a la salida de los conciertos clásicos. A eso de las seis escuchaba un timbre y las obreras venían a sujetar las puertas vidrieras con los ganchos. Así empezaba la cosa: la multitud salía lentamente; la gente marchaba con paso flotante, los ojos llenos todavía de ensueño, el corazón todavía lleno de bellos sentimientos. Había muchos que miraban a su alrededor con aire asombrado; la calle debía parecerles totalmente azul. Entonces sonreían con misterio: pasaban de un mundo a otro, y era en ese otro donde yo les esperaba. Había deslizado mi mano derecha en el bolsillo y apretaba con todas mis fuerzas la culata del arma. Al cabo de un momento me veía disparándoles el arma. Los derribaba como a muñecos en un juego de feria, caían unos sobre otros y los sobrevivientes, presos de pánico, refluían en el teatro rompiendo los vidrios de las puertas. Era un juego muy enervante; mis manos temblaban; por último me veía obligado en ir a beber un cognac en Dreber para reconfortarme.

    A las mujeres no las hubiera matado. Les hubiera tirado a los riñones o quizá a las pantorrillas para hacerlas bailar.

    Todavía no tenía nada decidido.

    II

    - Fracción del Undécimo canto del infierno de Dante

    »Hijo mío, este círculo doliente,
    tres circuitos comprende bien graduados,
    cual los que antes bajamos en pendiente.

    »Están llenos de espíritus malvados:
    y que te baste, al verlos en su duelo,
    saber cómo y por qué son castigados.

    »Toda maldad es repugnante al cielo,
    y, sobre todo, el fraude y la violencia,
    que a otros causa desgracia o desconsuelo.

    »Y como vuestra humana fraudulencia
    más desagrada a Dios, los fraudulentos
    sufren en proporción mayor dolencia.

    »En el primero, yacen los violentos
    y purgan tres delitos diferentes,
    divididos en tres compartimentos,

    »A Dios, a sí y al prójimo, inclementes,
    los hombres atropellan y las cosas,
    cual te dirán razones evidentes.

    »Muerte violenta, heridas dolorosas,
    en sí y en los demás, y en heredajes,
    ruinas, incendio, expoliación dañosas;

    »el homicidio, el que comete ultrajes,
    hiriendo o depredando, es tormentado
    en el primer jirón, según linajes.

    »Al hombre que a sí mismo se ha matado,
    no le vale el estar arrepentido,
    y en el jirón segundo está enclavado.

    »Quien se priva del mundo en que ha vivido,
    y el que juega o disipa patrimonio,
    llora la dulce dicha que ha perdido.

    Os ama

    Joise



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