Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Mayo, 2014

Los asesinos de los días de fiesta

Marco Denevi –que ahora está en el cielo soñando cuentos maravillosos- me prestó el título, Los asesinos de los días de fiesta.

Además de gustarme mucho ese nombre para mi post, el préstamo me sirve para que ustedes puedan leer dos palabras, o tres, sobre ese gran escritor que me parece un poco, algo, olvidado. Y si son verdad mis pareceres, sería muy injusto.

Marco Denevi es reconocido en Monografías.com por los siguientes trabajos:

Ceremonia Secreta;

Rosaura a las Diez;

La novela policial;

Romanticismo, Literatura Romance;

Literatura argentina: notas y entrevistas;

Un constructo: el narratario;

Los muchachos de antes no planchaban camisas.

Los asesinos de los días de fiesta

Los cuentos de hadas con sus ogros, árboles retorcidos llenos de ojos que miran con maldad, duendes perversos y brujas que envenenan, son el antecedente de los relatos de exquisitos crímenes, que hipnotizan a la gente mayor. Nietzsche asegura que el hombre es un niño y que ese niño necesita seguir jugando, y lo dice como si dijera que el hombre es un niño y ese niño necesita seguir horrorizándose.

Creo que Poe puso de moda –o inventó, para ser más respetuosa del genio- estas narraciones “para grandes”; crímenes que exigen racionalidad y astucia para ser resueltos pero dentro de los cuales también se acaricia lo sobrenatural del terror o el terror de lo sobrenatural, según sea el relato; esos temores que nos gusta desde siempre temer.

Poe fue durante toda su vida un niñito que jugaba con el desamparo y el miedo, pero además, como no podía ser de otro modo, algunos biógrafos dejan deslizar que él sabía tanto de determinado crimen que narró, extraído de la vida real, que era sospechoso de haberlo cometido.

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Una mujer desesperada

Me alegró encontrar entre las sombras (El valor alegría), entre los residuos de mi vieja poesía, el retrato de dos o tres personas que quiero, el retrato de mí cuando era niña, y el de mi más que amada niñera -o nana, como la llaméis (La descripción: huérfana literaria).

Me dije: -En este tiempo de desencanto, cuando mi mano ya no escribe y mi alma ya está desentonada -¿o será pasajero el desencanto y la inmovilidad de las letras? (Posmodernidad y desencanto)- sería bueno pasarles a ustedes, mis amigos, esos fragmentos de esperanzas tristes.

Cuando tenía unos treinta años me preguntaron si había leído a Olga Orozco (Romanticismo, Literatura Romance). Y no; pero fue entonces cuando la leí. Y esa lectura hizo que me fuera volando en una escoba a vivir en Buenos Aires, donde ella vivía (Historia de la Recoleta-Buenos Aires-Argentina) . Sin ningún deseo de dar a conocer lo que yo escribía ni nada (Entre escritura pedagógica y literatura pedagógica): sólo el deseo de hablar y ser respondida por los ojos de Olga y por su voz increíble (Conversaciones con el ermitaño).

Pero de esto hace mucho tiempo, tanto que ahora ya ni siquiera vivo en Buenos Aires, pero tampoco volví a mis pagos nativos; estoy en las montañas de Agua de Oro, esperando que nieve, por el momento. Y lo cuento porque son mis antecedentes, o “los” antecedentes, de los humildes poemas que paso a transcribir:

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Otra de fantasmas

Extiendo sobre el mantel las cosas que fueron mías, un viento de objetos que me persigue como mi preciosa cabellera, mi calma (Inteligencia Emocional), mi corazón desde donde yo nacía (Los problemas al nacimiento), mi vientre joven, mis hijos niños, la cuchara de plata con que removía el té y los días hermosos.

Comprendo que son remos para conducir mi barca en otro tiempo. Que ahora, tal vez, no necesito remos, sino bastones.

Vuelvo, entonces, a recordar al fantasma que ha matado a tantos… (El Fantasma del Teatro Municipal, de Enrique Butti).

El fantasma

Jamás pensó que alguna vez se encontraría con él, con el monstruo que había cazado a cazadores de letras manuscritas (Monstruos y animales desconocidos. El universo onírico de la criptozoología).

Tampoco pensó que, de encontrarse, descubriría en él una forma tan blanda y feroz a la vez, y que su beso dejaría un sabor tan amargo (El libro de la fuente de vida, de Salomón Ibn Gabirol).

Era pálido, era el silencio y el vacío (Del elogio de la nada a la ontología del lenguaje). Era la nada más allá de cualquier definición: la nada que no se encuentra en ningún libro de filosofía.

Que se mira cara a cara, como luchando con ella en un ring hasta la muerte (¿Qué es la muerte?).

Era no poder salir de algún lugar, sólo que ella no sabía el lugar de donde debía salir, escapar; era la falta de libertad de nombrar la cárcel y el enemigo, cuando sus palabras se iban borrando poco a poco de los cuadernos que había escrito.

La nada: había que mencionarla otra vez para decir que estaba atrapada allí, en ese ataúd sin bordes.

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Lecturas multicolores

En mis lecturas por placer (La Lectura no puede “pasar de moda”), he encontrado un tesoro de perlas negras, blancas y rosadas (El encuentro).

Quiero agradecer especialmente hoy a una de mis lectoras-escritoras; Ketty Martínez:

Su técnica, es decir escribir “solo lo que me dicta el corazón y el momento”, es la mía (Literatura). No puedo decirle más que eso, que siga en esta hermosa etapa de su vida haciendo lo que hace de ese modo admirable. La saludo por sus “primeros ochenta años” que cumplirá en breve, y le deseo una larga vida, hasta sus segundos, que serán tan felices como estos. Otro abrazo del alma.

La monja científica del siglo de la histeria

Sor María de Jesús de Agreda llamaba a aquel momento en que le había tocado vivir “el siglo miserable”. Era el XVII (Análisis metodológico de Coyunturas opuestas). Ella se había transformado en la consejera de un rey, nada menos que de Felipe IV de España, y había nacido en ese país, en Agreda, en 1602 (El Barroco español).

Se decía de ella, y ella misma lo sostenía con sus escritos y lo creía con sus fundamentos, que poseía la “ciencia infusa”. Escribió, por ejemplo, un libro llamado Mapa de los orbes celestiales y elementales, desde el cielo empíreo hasta el centro de la Tierra, y lo principal que en ella se contiene.

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