Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La señora distinta (homenaje a una actriz)

Mis queridos:

Ayer murió Norma Pons, una vedette argentina de las de antes, talentosa, que demostró al final de su vida que también tenía genio para actriz (Exitosas mujeres de América Latina), y fue esplendorosamente la Bernarda de La casa de Bernarda Alba, de Federico García Lorca (Concepción de la tragedia).

Frecuentó la televisión, pero no los programas-basura.

Y fue reconocida, premiada y alabada en sus últimos días. Su caso no es precisamente el de “cinco segundos de fama”.

Mientras lloraba la esplendidez de esta señora (Duelo, muerte y desaparición), yo, ayer, encontré uno de mis cuentos viejos; lo debo haber escrito hace unos treinta años. La protagonista es también una señora antigua, pero la antítesis perfecta de Norma Pons, de humanidad tan cálida (El espectáculo de la vejez).

En homenaje a ella lo copio –reconozco que como homenaje es bien extraño, pero “me nace” así.

La señora distinta

A Inés, la señora que era nueva en el barrio, los vecinos no la conocían, sólo la saludaban a través de la reja.

Estaba en el jardín, entre las fresias y las margaritas. Tenía las tijeras y la azada, un sombrero de paja y, en su saco de antílope, treinta o cincuenta inviernos. (Los inviernos de ella misma eran 65, exactamente.) Nunca traspuso el portón y, aun arropada así, no parecía un espantapájaros; era bella envuelta en el sol.

¿Y la conservación de su belleza? Los vecinos se la atribuían a ciertos rasgos de virginidad que creían percibir.

Desde lejos, es claro.

Pero, ¿cómo dudar de que hubiese llegado a casarse?

No lo dudaban, le asignaban un pasado matrimonial algo complejo. Decían que era la esposa de un ministro, de un escultor, de un general, de un actor mexicano o de un marqués, y que había enviudado unos minutos luego de su boda. Que había venido de Viena, de Transilvania, de Estambul.

Inés nada sabía de estas conjeturas, ¿de qué modo saberlas? Comprendía, sin embargo, que desprendía algo misterioso cuando se hallaba en el jardín. Y le parecía que, de alguna forma, la espiaban.

Lo cierto es que vivía otra vez en soledad, pero esta soledad era colmada aquí a voluntad de su dueña y sin necesitar del mundo.

Mientras hacía el café, ya cambiada –un vestido de pálida seda, algunas perlas-, Inés desplegaba su fantástico mapa. Pasaba revista por ese diseño más exquisito que ninguno, su pasado.

Allí estaban los personajes de la niñez, de la adolescencia, los primeros y últimos deslumbramientos, y sus amigas. Su amiga Elisa con la estola de armiño, como la vez que se encontraron en Torre Edén, en una fiesta; y Martha, con sus párpados pesados; y Josefina. Y Silvia.

¿Qué Silvia, aquella Silvia, la amiga de las principales confidencias? La ondulación venía de tan lejos, tan lejos, tan remoto. ¿Había existido Silvia? Sí, sin vacilación. La onda venía cálida, flotante, suave. Los guantes grises que Silvia dejó sobre la mesa, el reflejo del pelo. La veía ir y venir, aunque no recordaba qué estaban conversando, qué habían conversado entre ellas. ¿En un anochecer, en una tarde, en muchas?

De pronto recordó que Silvia le traía mensajes de Mariano y que Mariano era su primer amor, el que nunca se había concretado. Le pareció que, en una antigua charla con Silvia, algo había quedado en suspenso y no la había visto más, ni siquiera en estas reuniones de la tarde en las que surgían casi todas las escenas pasadas.

Inés llevó el mantel azul, la taza blanca con su azucarera y con su plato de delicias: una masa perfecta, llena de crema pastelera y una guinda barnizada de almíbar. Y el café. Siempre andaba buscando alguna cosa nueva en el café, su olor le prometía tanto. Preparar el café pensando en que iba a beberlo era una fiesta, lo hacía como un regalo que se hacía a sí misma, con cuidado, con ritos. Pero al probarlo, cada vez, la decepción era mayor. No parecía posible beberse el olor, y el olor se diluía en el líquido. Nada la hacía apetecerlo más que sentir su perfume, cuando abría un paquete de nueva marca y se decía “aquí está el café que yo andaba buscando”. Y siempre resultaba más o menos lo mismo; un líquido marrón donde flotaba una vaga estela, un rastro, un recuerdo, un rasguño de aquel increíble aroma.

¿A quién convocaría esta tarde? Para la hora del café, siempre solía convocar un antiguo recuerdo desde que se había mudado a esa maravillosa casa con jardín. Le bastaba muy poco para hacerlo… Ponía una taza más sobre la mesa, corría una silla, y ya la imagen se formaba. Después, ella y la imagen empezaban a hablar.

Recordó a Silvia, y Silvia, la que le traía mensajes de su primer amor, ya estaba sentada preguntando:

-¿Qué harás con Mariano?

Inés contestó que no sabía, que lo tenía que pensar, que no estaba preparada.

-Tendrás que verlo en siete días, no se puede esperar –sentenció Silvia y se esfumó echando al aire la taza de café.

A la noche, Inés decidió mirarse en el espejo de la sala.

La cara era un milagro, a pesar de los cabellos grises, pero no un milagro comparable al de la aparecida Silvia, que debía tener no más de veinte años, lo mismo que Mariano cuando ella lo quería. Se quitó su vestido y la ropa interior: la carne estaba floja, la piel le iba muy grande, como un traje de dos o tres medidas mayores que la suya.

Se fue a dormir con pena. Decidió dormir muchísimo, cosa de que pasara la semana anunciada por Silvia. De todos modos, en cuanto a las plantas, la dracaena marginata tricolor estaba condenada, y las otras apenas si se pondrían un poco mustias si ella no las atendía por un tiempo.

Se levantó de dormir al séptimo día más radiante que nunca -y tendría que haberse despertado al octavo, para no correr el riesgo de encontrarse con el fantasma de Mariano.

Estaba tan cargada de energía que hizo brillar hasta el rincón más escondido de la casa y luego se dedicó a las plantas de interior. Regó discretamente su tradescantia alternantera, dejó caer unas pocas gotas en su ficus y menos aún en esa dracaena marginata, que se estaba muriendo. Era importante no ahogar las plantas y, además, empezar a alimentarlas lentamente luego de la abstinencia, y debía tener mayor cuidado con la que estaba enferma, aunque no viviría, era seguro.

Afuera cuidó las fresias, las marimoneas, los narcisos, y tomó tulipanes para un ramo; la lluvia los había puesto espléndidos.

Ya era de tarde y tenía muy presente que no debía recordar a Silvia, pero ¿cómo?.. si era lo que más recordaba que no debía recordar.

Apenas se sirvió el café, ya estaba Silvia frente a ella:

-Esta noche vendrá –dijo, y se fue sin probar una masa.

Inés se apuró; debía esconderse en cualquier pasatiempo para no evocar a Mariano y convocarlo, aunque con insistencia ella evocara su amor de antes, que se había vuelto nuevo de repente.

Oscureció y se llevó a la cama una revista de decoración, para nada relacionada con el pasado o las pasiones, y se acostó sin desvestirse. Cuando terminó de leer algo que trataba de las nefrólepsis sanguíneas se le cruzó aquel nombre, ya que la nota de jardinería estaba firmada por alguien que casualmente lo llevaba.

(Mariano saltó por la ventana y se acostó con ella, le quitó la camisa, la falda y los collares y todo lo demás, incluida la piel que le sobraba, hasta que acarició la carne firme y tierna resultado de tanto quitar cosas.)

A la mañana Inés comprobó con asombro que su planta, la dracaena marginata enferma, había sangrado mucho y ya no se moría. Le pareció que tenía que ver con su pecado, con Mariano, y supo entonces sí lo que debía hacer. La arrancó de cuajo, con la pala, y la tiró en la hojarasca que iba a quemar en el jardín.

Los vecinos vieron la planta ensangrentada y comenzaron a murmurar que la señora no venía de Viena ni de Estambul ni Transilvania sino del mismo infierno.

Mora

Monografias

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Comentarios

9 respuestas a “La señora distinta (homenaje a una actriz)”
  1. Luis Alfredo Passalacqua Aguirre dice:

    Excelentísima Sra. Mora Torres:
    Sublime Monografia; es muy real, sera que vivimos con una carga emocional en base a recuerdos platónicos que no fueron reales y nos persiguen hasta el final de nuestra existencia física.
    Gran homenaje a la Sra. Pons, recién he podido acercarme por CNNE ha conocer lo connotada que ha sido la Sra. en sus expresiones artísticas, gran perdida.

  2. Ketty Martinez dice:

    Mora…..vengo leyendo sus textos desde hace bastante tiempo…..me encanta su estilo…..en este de la señora…..que me parece fantastico…..ud….me va a disculpar….no alcanzo a interpretar el porque lo de la planta…..que la saca y la tira…..sera que la asemeja a su vida?…..le cuento desde joven soñe con escribir……va escribo…..pero sin ninguna tecnica…..solo lo que me dicta el corazon y el momento……tambien a veces no comprendo como puedo sacar ciertas definiciones que no son pensadas….y que sin embargo son desde una fantasia…..reales….admiro su capacidad y su estilo…..pero si a ud…no le resulta demasiado atrevimiento…..le pediria si me puede explicar ese final….favor que le agradezco……le cuento….en pocos meses cumplo mis primeros ochenta años….luego de cincuenta años trabajados para jubilados…..desde el Estado y por mi cuenta…..sin poder cumplir mi sueño de ir a vivir a España….estoy en la facultad cursando mi segundo año en Derecho….le cuento…es la etapa mas feliz de mi vida….es una hermosa forma de esperar el final…..
    cuando Dios lo decida……espero su respuesta y se la agradezco infinitamente……un abrazo de alma….

  3. Nancy Hidalgo dice:

    Como siempre excelente. Me encanta su manera de escribir. Felicitaciones

  4. bernardo castro dice:

    Srta Mra; qué sería del Mundo sin seres como UD.; que nos hace recordar que somos seres que sentimos , vivmos y no debemos obsesionarnos por la loca vida actual,. de ratingas, KPI’s en los trabajos etc , etc. Lo que hemos inventadfio para NO preocuparnos por el AMOR.,. Esta tarde he decidido llevar a pasear a mi esposa
    Un Abrazxo muy fraterno
    Desde Lima- Perú Bernardo Castro

  5. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, saludos
    La omisión de información, no solo afecta al individuo mismo, sino, a todo aquel que conforma u colectivo, vecindad, urbanismo, sin embargo, a veces no hay momentos adecuados y disponibles para ejercer propaganda, para ello podría pasar largo rato he ahí el problema, podría, inclusive, ser fatal.
    Clásico para esto es El Malentendido, Albert Camus.

    “La vida es un sueño, del cual se despierta o se termina, cuando el que sueña muere! Por tanto, tratad de prolongar vuestro sueño lo mas cordialmente posible con vos mismo y los que más cerca a vuestro alcance sean”.

    Diógenes de Samos, el perro, por su propia voluntad decidió vivir como los canes , hijo de un funcionario público, decidió imprimir dinero por su cuenta, consideraba que la investidura de su padre era suficiente para ejercer este derecho. Por tal ejercicio le privaron de libertad.

    Considerando las acepciones anteriores podemos definir que el secreto de vivir, además de compartir, es avocarse a una realidad tacita, cumplir con sus deberes y derechos, tomando en cuenta los propios y los de los otros, no es solamente, comer y dormir, es producir para vos y para los demás en función del progreso y no el detrimento -económico, social y cultural- peculiar y colectivo.

    Nietzsche dice:

    Las mujeres, hasta el presente, han sido tratadas por los hombres como pájaros que, habiendo descendido de una altura cualquiera, se han perdido entre ellos: como una cosa delicada, frágil, salvaje, extraña, dulce, encantadora, pero también como algo que es preciso poner en una jaula para que no se vuele.

    Lo primero que debe hacer un buen ciudadano al mudarse de vecindario es presentarse ante los nuevos, Lo otro es Ficción en potencia.

    Os ama
    Joise

  6. Jose Itriago dice:

    Cuando el miedo a la muerte se hace rutina, la angustia de creerla cerca se va desvaneciendo. Pero entonces surgen y dominan los recuerdos. Tratas de evadirlos, de corregirlos, de hacerlos amables. De obtener de ellos lo que no pudiste lograr en tu otra vida real, porque al cabo, ambas son reales, una dura, como rocas escarpadas y la otra, mejorable con el tiempo, como el caudal del agua que oyes y buscas. Y encuentras. Lo encuentras, como te toque: puede ser un manantial manso cuyo transcurrir es apenas audibles o puede que hoy enfrentes un torrente estruendoso.

    Pero sabes que si llegas al manantial amigable, quizás de aguas tibias, los recuerdos que lo hacen, que le dan caudal, perfilados por los años, apenas suplirán tu realidad. Serán una compresa, ni más ni menos. Pero aun así, su dulzura te permitirá ir a los recuerdos de juventud (el ímpetu de la juventud disuelto en las aguas de ese tú manantial de hoy) donde la crudeza de la vida estaba igualmente difuminada por tantas esperanzas, por tanto futuro. Hay un calor humano en las aguas mansas que se enrarece por tantas reglas, admoniciones, doctrinas que prohíben pero que se hicieron necesarias para la existencia del calor humano, el calor de la aceptación. No hay calores que estén desvinculados de rituales asfixiantes, pero que hoy los percibes como cobijantes, compañeros quizás de esas andadas. Freno, es cierto, pero que te detenía allí, donde querías permanecer, ignorante como eras de los otros niveles que tenías. Y no los veías con claridad porque los artificios de lo pecaminoso, de la ignorancia tuya y de quienes te rodeaban, lo cubrían o escondían, como si fuera el final del camino que te llevaba a un barranco definitivo: o seguías y te despeñabas o te devolvías.

    Si te lanzas hacia el torrente de los olvidos, de los presentes, de los recuerdos sin maquillar que siempre tratas de evadir y te sumerges sin que siquiera puedas oír tu propia voz, juguete de un impulso que no es tuyo, pero que empezó el mismo día que naciste y lo fuiste haciendo y lo dejaste crecer hasta que tomó vida propia y entonces sí, te dejó de pertenecer y, como lo estás viviendo, ahora más bien te empuja y no sabes a dónde te conducirá, te digo, si te lanzas a ese torrente podrás gritar con libertad. Podrás estar desnudo sin pudor, fundiéndote con tu propia espuma, mientras permanezcas en él, mientras tengas la fuerza para seguir esa corriente. En la medida que te canses, sentirás, misteriosamente, que la espuma se va haciendo niebla espesa, el fragor se va haciendo silencio atormentador y quedará de ti un ser difuso. Eso, lo que realmente ya quedó de ti, una vez que espulgaste las ilusiones, los sueños, la esperanza. Cuando suprimiste el futuro. Y entonces tu desnudez te avergonzará otra vez y te cubrirás con las manos, y verás a los lados, y por fin terminarás detrás de un árbol, acuclillado a la espera de una nueva fuerza que quizás no llegue más.

    Por eso cada día eludes las noches y las soledades. Temes esa dualidad porque no sabes, no puedes prevenir qué parte te tocará. Y estás cansado. Hoy quisieras solo remansos hasta el día que te lances por el barranco, obstinado de tanto convencionalismo, tanto acceder.

    Quizás sea hora de tener un jardín que cuidar, tener matas que alimentar con medidas exactas de agua y de fertilizantes. Hacerte dueño de vidas que tienen que aceptarte así como eres y esperarte ansiosas porque de tu voluntad dependerá la de ellas.

  7. Mónica Dusset dice:

    Sra. Mora Torres, casi nunca leo sus publicaciones,hace tiempo lo hacía, pero luego como el suyo no es el estilo que me atrae, dejé de hacerlo. Pero esta vez me llamó la atención por la temática elegida.

    En realidad es un relato inquietante el que escribió, más cercano al formato de una leyenda urbana ampliada (por eso me interesó, estoy dando Leyendas urbanas en un curso de secundario). El terror psicológico se ve muy bien ahí, lo siniestro ( Unheimlich, para Freud) .

    Me alegro de haberlo leído, sobre todo por los comentarios tan ricos y diversos que despertaron su escritura. Los comentarios vertidos por sus lectores superaron con creces mis expectativas.

    Le cuento que soy profesora en Letras y sé algo de escritura, no porque haya escrito, escribí muy poco, sino porque parafraseando a Borges: (creo ser) mejor lectora que escritora y tuve la suerte de leer de todo, desde los escritos de mis alumnos hasta a eximios escritores de casi todo el orbe.

    Me interesó sobre todo el enfoque del tema de la vejez , tan vapuleada en esta “era de los jóvenes”, la falta de respeto a los ancianos, la soledad en que viven, a veces con la compañía de la Tele o de la Radio,porque ellos quieren o porque no son acompañados, los asaltos de los que son objeto en la calle o en sus casas, los manoseos mediáticos (mediante chistes obscenos), etc. son el pan de cada día en sus últimos años de vida. Le cuento esto porque además de Literatura y de Lengua y Literatura doy Comunicación en un curso de secundario y todos los años vemos el tema de los medios, de los jóvenes y este año agregué el de la opinión pública y la manipulación discursiva.

    Pero su cuento es brutal.Es brutal, por el enfoque que le da. A primera vista o en un a primera lectura sentí repulsión, lo sentí como una invasión en la vida íntima de esa esa tierna y soñadora anciana , pensé qué poca compasión hacia los ancianos, hacia los sueños,los recuerdos, hacia un modo de vivir que merece el respeto de cualquiera (y menos, menos relacionarlo con el morbo que despierta este relato) .

    Hoy en día (y hace muchos años ya, o tal vez desde siempre) parecería ser que el modo de vida que llevamos permite y alienta el “canibalismo social”, una vez que les sacaron el jugo de la existencia a los seres “útiles”,se los descarta no sirven para nada, no merecen siquiera que se los considere o se los escuche.

    Ud. parece que se hubiera apropiado o compenetrado de las voces de varias marujas de barrio, prejuiciosas y obtusas. Las miro con el ojo de la imaginación y las veo como a un grupo de arpías en aquelarre revolviendo la olla o buscando el único ojo que se disputan entre sí. Unas Yiyas Muranos, que envenenan más con la lengua que con los famosos bomboncitos, con las que no tomaría el té, ni el café por precaución, jajaja. Si ese fue su propósito la felicito. Y de ese modo me parecía excelente ese final en que Inés arranca la planta ensangrentada como a una alimaña del jardín ,florido y querido, como a esas lenguas sanguinarias que no dan nada bueno a sus propias vidas y envenenan las ajenas.

    Esperaré con ansia su próximo relato.

  8. fabi risso dice:

    Mora
    Una vez caminando por Corrientes, se encontramos nuestras miradas, era Norma Pons, ella salía del teatro envuelta en una ruana oscura con sus cabellos rojizos y anguloso rostro, nos sonreímos, fue el segundo de cuando te cruzás con el otro en el camino, ella, era especial, Artista que muchos adorábamos.

  9. Sophy Jean dice:

    Todo está bien diseñado su sitio y muy agradable, con mucha variedad, es una maravilla ! Felicitaciones . amistoso

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