Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Cuento erótico III

…Y reflexionó que estaba otra vez enredada en las palabras (Las palabras ocultas en la inteligencia), como en otra tela enmarañada, y que ésta era la más difícil de desenredar. La mujer la contempló un rato, deteniéndose, y dijo sí de la manera que Luna ya sabía, aunque quizás asentía a algo distinto, y continuaron caminando (Ciudades virtuales - Relaciones virtuales).

Se acercaban a un biombo que estaba en mitad de la carpa. El biombo crecía de manera sorprendente a medida que ellas se acercaban (Las diferentes percepciones), y cuando estuvieron enfrente era tan grande como la carpa, como el desierto, y llegaba hasta el cielo tal vez, pero no tanto, porque miró a la mujer y ésta dijo:

-Votre regard me trouble -y se tapó la cara con una parte de la túnica, descubriéndose de nuevo; Luna entonces quiso golpear su puño contra el biombo, tratando de romperlo (El deseo de la seducción) pero la dama, recuperada de su turbación, hizo ademán de abrir una ventana y, efectivamente, una ventana se abrió mientras decía:

-Yo soy aquí la que rasga los velos (La Mujer y el Nuevo Paradigma Femenino) -y del techo de adentro del biombo colgaban figuras que Luna pudo ver.

No colgaban del cielo sino de algunos metros hacia arriba, hasta donde los ojos le permitían distinguir, e iban descendiendo hacia el piso como visiones que se acumulaban y se tocaban, una sobre la otra y una al lado de otra.

En esta ocasión encontró hombres además de mujeres, pero hombres que estaban tan absortos, tan concentrados en lo que hacían, que parecía imposible que alguno saliera por un rato de su ensimismamiento y llegara a mirarla.

“No importa”, pensó Luna, “haré de espía o de voyeur“.

Estaban vestidos de una manera bastante anticuada, y sus parejas eran mujeres vestidas de ese mismo modo.

Cada pareja flotaba en un espacio único, particular y solitario, adentro del conjunto.

Aquí la voluptuosidad era mayor que en ninguna otra parte, porque estaba en las actitudes contenidas y en las conversaciones calmas que sostenían los amantes.

De igual modo, sus ojos se habían abierto para ver en detalle cada escena, que era un cuadro antiguo y recatado, y alcanzaba a vislumbrar el nacimiento de cada gesto. Sabía que, en tanta contención, algo decían demasiado carnal, algo que saturaba el lugar donde estaban las parejas con un líquido rojo, por momentos morado.

¡Aquel reborde rojo de las postales viejas!

En una esquina avistó a un caballero de etiqueta, con una espléndida pechera bordada y traje negro, que sostenía una botella de champán inclinándola hacia la copa de su compañera que lo miraba -y se miraban- con un sonreír lleno de esperanzas.

Estudió con cuidado la posición de la pareja y supo, como viendo al trasluz, que era la esperanza del placer lo que los inquietaba, aunque estaban inmóviles, y el champán continuaba cayendo sobre la copa sin rebasarla nunca, a pesar de que Luna podría jurar que se había detenido por siglos a mirarlos, y ellos no cambiaban de actitud, ni la joven tomaba de la copa.

-Cela commence par un verre de champagne et l’on est encore moqueuse -dijo la compañera de Luna, desde atrás.

Luna ya había comprendido gran parte de lo que estaba sucediendo, y aun de las palabras misteriosas que iba diciendo la mujer y que ella misma, a veces, había pronunciado, pero no lograba descifrar por qué su bella acompañante se expresaba de tanto en tanto en francés. “Lo estudié cuando era muy chica, apenas si lo entiendo”, pensó, y siguió examinando lo de adentro del biombo (Historia de Francia).

Otro caballero, muy similar al anterior, daba y casi no daba un beso en el cuello, sosteniéndola por la cintura, a una jovencita que aparecía de frente, que estaba más interesada en colocarse una camelia entre los pechos. Al lado de esta escena, tocándola con una nube, otra señorita se había sentado en un banco de piedra, en el aire, y en el banco había rosas de todos los colores, y atrás un árbol de cuya raíz nacían otras flores, y en lo lejano, en un volar, alguien se aproximaba con un ramo de lilas. La señorita tenía una trenza de oro, y a pesar de que miraba hacia delante, su sonrisa sabía quién se estaba acercando, y quien se acercaba sabía a su vez que ella lo sabía, y todo esto, que no terminaba nunca de pasar, el aproximarse que no se aproximaba, prometía gloriosos desenlaces.

Vio mucho más, cada imagen distinta pero en un modo de suceder muy parecido. Todo lo quieto era en realidad su propio deseo que seguía, y continuaba atenta a las parejas, como si, si sucediera que alguna de ellas realizara su unión, ella obtendría también ese goce.

Pero en un soplo vio a la mujer en el momento en que, levantando sus brazos, mostraba sus aureolas ardientes maquilladas y exponía su orden.

Luna advirtió que las figuras caían en torrentes, como una cascada, sobre el piso de la carpa -el que quedaba por detrás del biombo-, que se había convertido en pantano, y empezaban un lentísimo ahogarse, y miró asombrada a la mujer, que sonreía con su mayor misterio (Las imágenes de la Muerte):

-Amar es hacer pacto con el dolor -dijo, y la empujó un poco más hacia la ventana, para que viera bien. Ella observó que los rostros de las figuras eran los mismos, alegres como antes, pero vio en ellos un nuevo resplandor, algo que los sacaba de lo abstracto.

En cuanto consiguió experimentar lo mismo que cada una de las figuras, lo supo. El barro del pantano era el abrazo más sensual y, junto con la muerte, aquellos personajes recibían su primera caricia. Sintió el barro, el pantano, lo suave, entre las piernas, hasta que la mujer hizo otro gesto con su brazo, un gesto que retumbó en el desierto y lo apagó, y el pantano con las cabezas que se hundían se hizo un mar tormentoso, con pájaros que lo sobrevolaban que eran albatros y gaviotas y, en el horizonte, un velero que quzás era Luna.

-Acá o lejos de acá, en la tormenta, tendrás siempre mi alma -declaró la mujer y levantó su brazo en un movimiento tan preciso que con el mismo ademán ordenó la tormenta y transformó el mar nuevamente en el piso de la carpa, e hizo polvo el biombo y estrechó finalmente a Luna en un abrazo de verdad, en un abrazo en que Luna sentía su perfume en el vientre, por adentro, y empezaba a vibrar sin tocarse, sin que ella la tocara, sintiendo el piso tibio de la carpa, hasta que al fin llegó -y la otra orilla del placer era la calma más ingenua- y se quedó tendida con la cabeza de la mujer entre sus manos, hasta que notó que la cabeza desaparecía, que la mujer se deshacía completamente, y que sólo se quedaba con algo de sus cabellos entre los dedos.

Percibió lo caliente de las baldosas de su patio en la espalda, y se miró las manos y no tenían entrelazado ni un cabello, no había traído la rosa que probaba que había atravesado el paraíso, o el infierno. El calor se lanzó otra vez sobre ella en aquel patio hirviente.

Nada había cambiado, ni las estrellas ni las sombras ni la luz que venía de adentro de la casa, y parecía ser la misma hora de antes de abandonar el patio.

Entró y encontró sobre la mesa el álbum de las viejas postales, abierto en la última hoja que había estado mirando.

Su compañera del desierto amenazaba salirse de la estampa mientras decía:

-Toma mi pensamiento de este ramo -y extendía un manojo de alverjillas.

Luna terminó de hojear el álbum hasta el final; había algunas postales escritas en francés, y otra era simplemente un mar en calma que mandaba “recuerdos de tu amiga Gertrudis”.

Envío

Una flor amarilla para Gabo, que murió el jueves santo, el mismo día que Úrsula Iguarán.

Una respuesta para alguien: somos, en verdad, maniquíes, en cuerpo y alma.

Muchos abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “Cuento erótico III”
  1. fabi risso dice:

    Mora
    Las figuras que cuelgan y se entre mezclan, así como las describís, las ví en tres dimensiones, me las imaginé así cuando las leía.
    La verdad, que es un placer leer tu Cuento, porque me sugiere y me vuela con todos los sentidos elevados, idos hasta más allá del Cielo, y no exajero.
    Es una Obra Preciosa, Mora

  2. Jose Itriago dice:

    Me hablo a mí mismo para espantar la soledad y de esa tertulia inacabable surgen las imágenes de mis deseos, felices de poder ser como son, sin necesidad de explicaciones que los pulverizarían. Las ruinas de mis castillos me ven con curiosidad mientras uso mi máquina fotográfica para atesorar instantes que después, en la más absoluta soledad, me permitirán descubrir las sombras del paisaje donde he reposado oyendo el canto de las chicharras; las grietas de las piedras entre cuyos resquicios buscaré fragmentos de la luz incidiendo en un blanquísimo pecho, prometiendo algo más, quizás más tarde; las sombras sobre la tierra contrastando mis ya débiles huellas detrás de los imposibles.

    Abro las grandes puertas que me esconden y encuentro un patio interior amable, seguro, lleno de un desorden de flores y monte que al combinarse, hacen una belleza irrepetible, al menos para mí. Al fondo, muy discreta, hay una pequeña puerta verde, desgastada, con varios cerrojos. Lentamente me acerco a ella, rozando con mis dedos las flores y el monte, absorbiendo el olor de la pequeña naturaleza que me reservo para consumo propio.

    Extrañamente, los cerrojos no están oxidados. Recapacito y concluyo que me invitan a salir. Quizás a escaparme, más bien. Podría evitar esa experiencia que intuyo dañina. Varias veces, me digo, debo haber llegado hasta aquí y la cordura me ha devuelto a mi patio interior. Pero esta vez (y ahora no estoy seguro si siempre) por fin me atrevo. No será fácil.

    Del otro lado aparece un bosque cerrado, casi como una muralla de árboles. Lo he soñado más de una vez, me parece, porque sé, además, que apenas dé unos cuantos pasos me perderé de nuevo, sin referencias, sin siquiera la posibilidad de orientarme: solo los troncos de las grandes secuoyas de mis temores. Imposible abarcarlos.

    Es difícil transitar por ese extraño tramado, pero sé a fe cierta que a hay algún riachuelo cercano y sé que me conducirá a algún claro. Me descalzo y voy tanteando el terreno con mis pies, buscando humedades tiernas que me abracen, que mitiguen las soledades abrumadoras de los grandes árboles. Procuro no desesperar repitiéndome que el suelo está húmedo, que estoy dejando las huellas que descubriré después, cuando desde mis ruinas, me vea retratando lo poco que de ellas queda en el terreno descampado.

    Por fin encuentro un hilo de agua y trato de seguirlo. Me parece recordar algo que intuyo de manera confusa. Es clave, pienso, mientras sigo caminando y percibo que el hilo de agua ya es una pequeña corriente, casi un riachuelo.

    Pero de pronto me detengo. Temo seguir. Al instante cesa la confusión y recuerdo el deslumbrante claro que encontraré, que visto desde la inmensidad, será como colocarme debajo de un lente inquisidor, que muestra las más mínimas fisuras de mi ser, lente en manos de alguien de más adelante, quizás yo mismo, para retratarme y hacer unos instantes que demuestran mis debilidades.

    Al final, empiezo a hablarme a mí mismo y me aferro al recuerdo de la luz que recorre aquellos pechos entre las grietas de mis piedras.

  3. CARLOS LOOR dice:

    Me encantó me dejo dentro, esperando que más veía luna y seguiré enganchado con el cuento por un buen rato.

  4. Joise Morillo dice:

    Mora cordialidad y salud os deseo, no me sorprende vuestra literatura, pues, la virtud del poeta es desentrañar la miseria, el éxito y los avatares que ellos producen en el individuo “humano”; con estética. La vuestra es fuerte y encantadora con firme carácter, confirma la impronta, la potencia de lo que el hijo de Afrodita no habría producido con tanta pasión de no ser por la comunión con Penía; amor. Sin embargo, el mundo “” le intenta.

    Luna es la autonomía erótica, todos le aman y no le alcanzan, ella tiene el control de sí misma se hace su propio clímax y orgasmo, observa alrededores y mas allá de lo inalcanzable del ocular del hombre, tiene debajo de sus carpas innumerables entes eróticos, deseándole, con humores de bocas jadeantes ansiosos de lujuria y pasión, desbordable en cuerpos hermosos aunque no tan impolutos y menos vírgenes, ¡sean o no! ¿Qué le importa a Luna? Ama su soledad aunque no tanta, tiene toda las estrellas en inmensos espacios y momentos, les observa -ninfas y sátiros- impávida y morbosa queriendo mas sexo, lujuria, frenesí erótico, todo lo que sea el vinculo que supuestamente sea producto de las inquietudes de Eros.

    Su único desencajo o decepción es la tramoya, el circo de la hipocresía que embate las más profundas esperanzas que quien noble y enamorado sufre por desamor. Así es Luna, templada, bella, elegante, tenaz, atrevida, soñadora, autónoma, y no tan sola, pero si, muy erótica. Empero, sabiendo que lo sublime del amor es darle producto al mundo humano ¡no descansa en promoverle! especialmente entre aquellos que de una u otra forma le han logrado aprehender, otros por simple naturaleza, concupiscencia ¿será eso amor en sí? , ¡Veremos!

    Os ama
    Joise

  5. Francisco Munguia dice:

    Hacia la parte II, esto se sentía como una evocación surrealista. Ahora, después de la parte III, la impresión cambia un poco: se habla de una armadura de carácter representativo de toda la “especie femenina” (”especie” por las implicantes) con una protagonista que lo es a título propio y a título de toda la femineidad desencontrada de nuestro tiempo, tiempo de cambio pero más todavía, de redimensión de la condición femenina, de la actitud femenina y de los propios valores de su Ser en el entorno de un roll no nuevo pero sí distinto al tradicional en el que “Luna” no puede aprehender: por eso parece divagar, con su sola energía como patrimonio personalísimo y no dable… Un universo acotado pero mucho más amplio en realidad… La transformación implícita de los personajes… Para entender un mensaje así, hay que recurrir al desglose de arquetipos… Y no es sencillo, caray!
    Un saludo a Mora Torres!

  6. Sophy Jean dice:

    A menudo me detengo en su sitio se lo agradezco mucho me permite escapar y pensar en otras cosas …. ¡Qué felicidad ! Gracias .

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