Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Cuento erótico

En el post pasado -una gran locura donde la mano escribe sin inhibiciones y los oídos escuchan (Wilhelm Reich)- tuve el apoyo de tres de mis mejores amigos (Amistad civil en Aristóteles)

José Itriago -digo y escribo y sueño su nombre con el apellido, no como si el apellido fuera un segundo nombre-, a quien no he visto nunca en persona, pero cuya presencia, si es que hay un modo de decirlo, está conmigo siempre. No sólo por su fuerza de escritor (Mi complejo de escritor).

Joise, a quien sí tuve el gusto de conocer en inolvidable reunión que realizamos en bar de Buenos Aires. Aparte de todo lo que es, de estudioso y filósofo, Joise se ha ganado hace mucho el título de “mi caballero andante” (Don Quijote de la Mancha).

Y Fabiana, que también estuvo en esa reunión, como con Joise suelen recordarlo. Fabiana es una dotada del dibujo y la pintura, una original del alma, una artista verdadera. Alguna vez veré si puedo rescatar de mis disfuncionales máquinas computadoras algunos dibujos que me ha enviado y mostrárselos a todos (Realismo: formas y expresiones).

Para todos aquellos que estén leyendo este post, pero muy en especial para mis tres amigos mencionados, transcribo uno de mis cuentos eróticos más ingenuos -de mi “época rosa” (Época rosa de Pablo Picasso…).

Tiene la propiedad de hacer pensar en cuestiones livianas y ágiles como cabellos de ángel. Ojalá sea una medicina para el que la necesite (Fenómenos psíquicos).

Advertencia: es un poco largo y quizá la última parte deba enviarla por separado, no estoy jugando a si quieren o no leerlo, es así.

Un pedido: el que tenga ganas, póngale título. Solía llamarse “Luna en el cielo”, pero no me termina de gustarme.

Cuento erótico

Luna había estado mirando postales viejas, que no eran postales vírgenes sino escritas por gente que había muerto hacía tiempo, postales de amor bañadas por un suave erotismo: “La lluvia azul y bienvenida moje el cáliz hermoso de tus flores”; o inocentemente crueles: “No la belleza, oh mujer, sino las virtudes, son las que cautivan el corazón del esposo”; postales de amistad surcadas por una pasión oculta: “Eres la estrella que brilla en el claro firmamento, el amor que yo alimento en mi pecho abrasador”, esta última firmada por “tu prima Matilde” para Amalia.

Había tarjetas misteriosas de la misma Matilde: “Una buena conciencia vale por diez espadas”, y abajo un lago transparente hecho con las espadas de la baraja, o “La pluma es la que escribe, el alma es la que dicta, la que te quiere es tu palacio”; o “Piensa en mí, pienso en ti” y un nomeolvides de cien años pegado en el cartón -que ahora cuando Luna lo tomaba cumplía los cien años, quiero decir…

Las frases más apasionadas eran las que cruzaban las mujeres; tenían un reborde rojo de desesperación, eran como llamada de auxilio al terrible ángel del sexo. Parecía que en aquella época era más perdonable confiarle a otra mujer: “Adoro el perfume dulce de los duraznos en flor, el tierno arrullo del ave y los suspiros de amor”, que confiárselo a un hombre, o decirle que “Nada en el mundo es comparable a la dicha de dos corazones que atravesándose se aman”.

Pero Luna dejó el álbum sobre la mesa, abierto, por el calor que le impedía concentrarse.

El calor intensísimo y la humedad, cuando una llegaba a comprenderlos, eran puro deleite.

Primero Luna sufría de una manera inexpresable, y rebuscaba bálsamos.

Se bañaba en una gran tina en el patio, bajo el resplandor picante de la noche, y en todo el tiempo que duraba el baño se sentía indefinida y desapareciendo, como si se hubiera alejado del espacio que le correspondía ocupar, que era el del verano.

Y además, acunada por sí misma, sus manos trabajaban entre las piernas sin conseguir más que el deseo, ni una brizna de éxtasis.

Esto también la hacía sufrir, así que pronto salía del agua y, en tanto el rocío que había quedado en su cuerpo se entibiaba con la luz caliente de las estrellas, recuperaba su desesperación.

Y cuando recobraba totalmente el calor, ya se entregaba.

Se sumergía en los rituales del verano, en la fruición del pequeño gemido que venía de todas partes y de adentro de ella, en el zumbido de la queja de todo un mundo frágil y desprotegido ante la atmósfera violenta, que era una tela difícil de romper y que tenía que traspasar para encontrarse de nuevo a sí misma, pero de otro modo, en otra longitud.

Era una tela formada por millares de respiraciones anónimas y exhaustas, por miles de sudores de diversa procedencia y olor que se materializaban en flores perversas y pesadas, como de carne, o en moluscos inquietos y ávidos, o en abejas cargadas con un perfume de polen y de siestas, que no era el de esa hora nocturna donde Luna se encontraba.

Sin embargo podía, siempre podía, trasponer la tela y, haciéndolo, se encontró inmediatamente en aquel territorio de personas envueltas en túnicas que le daban la espalda, caminando por desierto quemante y claro, entre las que perpetuamente alguien se daba vuelta y la miraba. Vio la multitud que marchaba y sintió el ominoso calor del desierto, pero la opresión se le fue rápidamente apenas recordó que ella no estaba allí, o que sí estaba allí y además en el patio de su casa, como quien dentro de un sueño se dice ante el fantasma: “no debo asustarme, es sólo un sueño”.

Aunque Luna sabía que no estaba soñando sino que había rasgado la tela, como tantas veces, para procurarse un placer que todavía no se sabía cuál iba a ser, si de la clase de los espirituales y turísticos, o de la clase de los sensuales, a los que se sentía más inclinada esa noche.

Mirando hacia la tina, tocó su sexo y lo sintió tenso, con vibraciones mínimas como pequeños látigos, como si una delicada lengua resbalara por él, y a la lengua la sintió rosada, como la pulpa de una fruta exótica cuyo color pudiera conocerse pasándole la punta de los dedos, y pensó que esta vez, probablemente, el goce no sería contemplativo.

Mirando hacia el desierto, vio que la última figura de la gran procesión se volvía a llamarla. Era una mujer, lo que la sorprendió, porque si bien nunca había despreciado el amor de las mujeres, ahora propendía con más vehemencia al de los hombres, necesitaba casi con urgencia un torso masculino, la efigie de un jinete sobre ella que era un hermoso corcel aquella noche.

Pero la mujer era de una rarísima, antigua y bella sensualidad, y quizá no quería sino traerle un mensaje, o llevarla a otra parte adonde hubiera miembros, muchos miembros elásticos y culebreantes.

La mujer se le aproximaba, y Luna vio su cara que le resultó vagamente conocida, cuando le habló:

-Sea usted tan cariñosa como yo soy indiscreta- dijo, y se puso a caminar en dirección opuesta a la de la procesión.

Luna entendió que ser cariñosa significaba seguir a la mujer, y que la indiscreción consistía en pedírselo, pero no pudo dejar de pensar adónde había visto antes esa cara, y escuchado esa voz.

Luna se atrevió a seguirla solamente porque en medio del desierto y tanta arena entrevió una baldosa de su patio. (Continuará.)

Envío

El cuento continuará, mientras tanto les envío a todos un abrazo de luna llena,

Mora

Monografias

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Comentarios

9 respuestas a “Cuento erótico”
  1. Román Sánchez Morata dice:

    Me ha sabido corto, pero es prometedor. Esperaré impaciente la continuación.

  2. Jose Itriago dice:


    Me asombro que ahora no tengas miedo. Concluyo que llegaste a un extremo, sin posibilidad de retorno. Al borde del camino que se va haciendo con tu andar, hay espectros que te observan, admirados de ver, por primera vez, tu desnudez de de diosa.

    Tenía rato mirándote en el agua y no quise interrumpir el momento tan puro, tan tuyo. Es pura la propia caricia, libre de participaciones extrañas que no entienden lo que sientes. Tú contigo te haces más hermosa. No necesitas las trivialidades de nadie. Por eso, escondido, te observaba y absorbía cada ligero suspiro, cada movimiento involuntario de la caricia.

    Pero ahora perdiste el temor de mostrarte y te hiciste otra. Te toca ver que no hay diferencias entre la bestia y el mundo. Tus delicadas partes hechas más de sueños que de contactos, serán vulneradas no para ti, sino para alegría trivial de otros, quizás de muchos y tratarás de encontrar en todos ellos, hombres y mujeres, lo que dejaste un día en tu sueño. Llegarás a estar muy cerca, casi lo encontrarás, pero son señuelos que te deja la vida para que sigas avanzando hacia lo que no se dice. El placer vale por lo que calla. Es la presencia intuida de una ausencia real, quizás indefinible mientras vivamos.

    Te veo seguir un rumbo desconocido hacia el no retorno en estado de duermevela. No puedo observar el amado brillo de tus ojos que hoy se debaten en la incertidumbre de lo que es felicidad. Llegas al punto de pensar que más bien la estás abandonado. Que la tuviste dentro de tus velos, que eran todo cuanto deseabas tener, esa tenue cobertura, ese roce casi imperceptible de protección.

    Hace rato las estrellas se apagaron y en la oscuridad tu desierto es igual que tu cielo. Hace rato que estás sola. Mientras te alejas añoro tus sonoras risas y percibo como nunca el silencio que te abruma y me entristece que hayas perdido los miedos que te mantenían cerca de mi.

  3. NERI MORENO CAMPOS dice:

    Interesante historia, donde deja ver el misterio y la continuación a lo nuevo y lo desconocido, pero prometedor futuro, esperare la continuaciòn…

  4. Marcelo Mauricio Aguilar Cedeño dice:

    Me parece interesante, palabras intensas, y deja en ascuas al lector, estaré a la espera de lo q seguirá

  5. CARMEN MENDOZA dice:

    ME PARECE INTERESANTE PUES SOY AMANTE DE LO DESCONOCIDO DE LO MISTICO

  6. Roberto Sartoro dice:

    Bueno… despues de leer DULCES OTOÑALES de Jorge Asis aqui entramos en las “mil y una noches” apacibles….

  7. Joise Morillo dice:

    ¡Comulgar con vos!

    Ósculos a la luz de astros
    almibarados susurros, espasmo
    obvio, sin lumen de balastros
    término de fricción, orgasmo.

    Basta oler vuestro garbo
    viriles señuelos prodigo
    haceros de placer es mi cargo
    y morir en miniatura contigo.

    he aquí mi flauta
    para vos, deseada ninfa
    entonando notas tal que nauta
    vuestra trompa amada triunfa

    Mientras, yo, extasiado
    libando vuestro humor en el cielo
    sueño morir a vuestro lado
    comulgar con vos ¡mi único anhelo!

    Os ama
    Joise

  8. Francisco Munguia dice:

    Interesante historia, casi mística… Una propuesta inesperada! Hay que esperar la continuación…!

  9. fabi risso dice:

    Mora
    Voy por más, y no me supongo nada… Está Linda la Luna, hasta se puso colorada ésta vez, gracias por tanto Amiga.
    Abrazo Cuore con Cuore



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