Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2014

Alguien que tiene cabellos de araña aparece ante mí

El ocultismo y la alquimia, alguna vez englobados en una sola palabra, magia, no son exclusivos de ninguna época (La puerta del alquimista); en todas las épocas hay un nacer y un morir que pertenecen a esa otra realidad, que poco o nada tienen de “naturales” y mucho, sí, de misteriosos -el nacer y el morir, digo.

Actualmente esa “otra realidad” ha adquirido matices más universales, y quizás alarmantes (La Nueva Era).

Se dice que vivimos en la Era de Acuario y que ésta empezó con los Beatles, los hippies, el musical de rock Hair (La década de los ‘60).

Significaría el reverdecer de tendencias de amor y de fraternidad (Una nueva expresión juvenil: Tribus urbanas).

Comprende, además, disciplinas que abarcan desde la vida extraterrestre (¿Estamos solos en el universo?) hasta la vida antes de la vida (Manipulación genética), hasta la vida después de la vida sin intervención de dioses sino de científicos, como la crioconservación de los cuerpos hasta que despertemos en quién sabe qué siglo inimaginablemente futuro; la ecología, la medicina holística. Algunos psicólogos han optado ahora por un aggiornamiento de Carl Jung, e incorporan terapias astrológicas o de vidas pasadas, y muchos médicos incluyen la oración entre sus prescripciones más conspicuas. ¡Bendita confusión, santísimo caos! (Los dos registros de la memoria).

Es que, como lo anticiparon Einstein y una gran variedad de poetas anteriores a él, la realidad es absolutamente relativa. Sería, según Octavio Paz, como una mariposa de alas dobles. Un para de alas abarcaría la realidad que vemos; el otro par,  aquella que, también invisible, se extiende a años y kilómetros de nuestros desafinados sentidos (Identidades: “Mundos Paralelos).

Todo lo que escribí al principio de esta nota, más el hecho de haber permanecido durante varios días junto a un bebé recién o casi recién nacido que me miraba con ojos indudablemente pensantes, me hizo buscar entre mis papeles un viejo manuscrito que escribí poniéndome en el lugar de mí cuando nacía, que me pareció auténticamente dictado por esa niña que acababa de nacer hacía años.

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Francisco e Inocencio III

Llegué en viaje rapidísimo a Buenos Aires (Viaje hacia los libros), conocí a Manuel, mi nuevo nieto, con sus cuarenta días y su mirada de pensador; encontré alta, bella y alegre a Lola, de casi cuatro años (Abuelos y nietos). Mane y Claudio me ofrecieron su pan y su amor, y descubrí -entre tantos y tantos libros que ellos tienen más los cuentos de hadas y sirenas- una nueva traducción de La cruzada de los niños (La croisade des enfants) de Marcel Schwob, en edición bilingüe  (En el principio es la relación). La traducción es de Leticia Hernando, para la editorial la mariposa y la iguana, de Dafne Pidemunt y Leticia Hernando. Y ya verán lo que se me ocurrió hacer con el capítulo llamado “Relato del papa Inocencio III” -¡Dios y las editoras me perdonen!

Relato de Francisco

Un libro de poemas dedicado a “la inmensa minoría”, como el de Juan Ramón Jiménez, es nuestra fe (El proyecto metafísico de Juan Ramón Jiménez). La fe de los poetas no es igual a la mía, ni la fe de los constructores de edificios. Lo bueno es que estas diversas formas de la creencia estén, coexistan. Que las palabras y los ladrillos oren modestamente (La resiliencia de la fe).

Yo, que vengo de lejos, del fin del mundo, ¿en qué mundo estoy? (Apocalipsis. El mundo y su cuenta regresiva). Si girara el tiempo con mis dedos, como un globo terráqueo, me encontraría en la misma celda sin oro de Gregorio III, esa celda que es mi cuerpo y que fue la de él.

Yo soy igual a él, me han dado como a él una corona de espinas. A él le brotaban fuegos artificiales de su corona, para distraer con regocijos al pueblo. De mis espinas nace un birrete simpático y colorido, como de clown. Me lo pongo y me extasío con la gente sonriendo. Toman mi sonrisa y me la devuelven por millones. Ellos entonces tienen mi sonrisa y yo las que no tuvo Gregorio III.

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El Palacio Siniestro

Ya que estamos de recuerdos de lugares extraños, llenos de leyendas y quizá con algún fantasmita corriendo por sus galerías, se me ocurre uno, bien porteño (Leyendas urbanas).

Y cómo no iba ocurrírseme si yo viví veinte años enfrente de esa reliquia. El aspecto exterior es el de un gran palacio implantado en el centro –casi llegando al microcentro- de Buenos Aires (Guía de Buenos Aires).

Cuando mi nieta Antonia tenía cinco o seis años, salíamos al balcón, a verlo por la noche, bajo la luna. Allí vivía el novio secreto de Antonia, un príncipe que llegó cabalgando de los cuentos de hadas (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?). Anto sabía señalarme exactamente la ventana del dormitorio del Imaginado; yo le creía. Y sacábamos fotos oscuras por la nocturnidad, dentro de las cuales cualquier sombra podía ser la del príncipe (Interpretación Hermenéutica de Fotografías).

Cada persona que llegaba a mi casa era conducida primeramente al balcón, el Palacio era un ambiente más de mi departamento del tercer piso; como si dijéramos, los jardines colgantes de Babilonia (Las siete maravillas del mundo).

Todo primero fue así, romántico pero nada tenebroso. Se llamaba, se llama, el Palacio de las Aguas Corrientes; al menos así lo nombraron cuando lo erigieron en 1882, y así lo mencionaba Borges en sus cuentos –ver, por ejemplo, “El Congreso”.

Pero después el romanticismo del edificio tomó un matiz sangriento.

Como yo ya lo tengo relatado hace mucho, en una especie de cuento o de novela que tal vez ya les comuniqué pero que vale para el caso, transcribo el inicio de esas calamidades… Creo que esa especie de novela empieza en el año 2001.

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La casa de la virreina

Cada vez que algo incómodo se va de mí, siento felicidad (La rutina expulsa el pensamiento creador). Una cosa que he aprendido debido a mi sufrimiento psíquico -que fue variado, y que se fue y reapareció y volvió a irse para reaparecer durante el transcurso de toda mi vida, por lo menos hasta ahora- es la felicidad que nos es dada a los sufrientes, quizá la más auténtica (El sufrimiento). Nada puede compararse a lo que se siente cuando, en algunos momentos, el sufrimiento se retira. Y, además, una ya está preparada para percibir el bienestar (Calidad de vida y bienestar humano).

Al principio mi alegría se enturbiaba con la idea de que el dolor iba a reaparecer, que de cualquier modo esos instantes de goce no eran más que instantes, pero después llegué a comprender esos momentos y a disfrutarlos de tal modo que ninguna amenaza de recrudecimiento futuro podía ya empañar mi triunfo; el momento, por su intensidad, era eterno (Sin niebla en los ojos).

Aunque momentos eternos por su intensidad hubo muchos que tenían otro signo (La eternidad o el cambio), muy especialmente un año que trabajé en un estudio jurídico para un abogado que, además, era escritor. Yo trabajaba toda la semana laboral y sábados y domingos y primeros de mayo y año nuevo -lo hacía con resignación, debido a mi voluntad de sobrevivir entre los muertos (El síndrome de Wendy)- y fue en uno de esos días festivos que la mujer del abogado, cuando ya habían pasado varios meses de mi estadía en esa cárcel, emergió hostil y llena de rabia de entre las carpetas de expedientes.

Se paró atrás de mí, que estaba en la computadora, como un general en campaña, o una maestra de escuela sulfurosa, dándome órdenes.

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