Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2014

¿Maquiavelo era maquiavélico?

Maquiavelo viene volando con los vientos

Los días de este verano, en Argentina, fueron por lo menos curiosos (Eje Terrestre). En diciembre y enero las temperaturas treparon hasta las aves que andaban alto por el cielo, y las derribaron, o, más sencillamente, como solían decir las dulces matronas de antes, “hizo un calor que hacía caer los pájaros” (Asambleas de pájaros).

En febrero empezó a llover sin parar, aquí en las sierras, y también en casi todo el país. Pero desde mi cuarto aparecían las montañas veladas por las lluvias y la niebla, y lucecitas de los hogares de los montañeses debajo de esos velos; el mundo estaba hecho de harapos de tormentas (Fenómenos atmosféricos).

Entonces sobrevenían los rayos y las veloces ráfagas, y me atacaban con recuerdos (Parajes de olvido).

El mundo era un teatro listo para representar toda la historia de la tierra, siglo tras siglo (El cuerpo, el mundo y la historia).

Pero los recuerdos no estaban hilvanados como una línea recta. Aparecían personajes de mil años atrás y otros que habían muerto hacia diez, o que todavía vivían, y compartían entre sí una tertulia en mi imaginación (Mitología y cine. Las fuentes de la imaginación).

Se me ocurrió cazar los personajes y objetos de mis recuerdos con una red que no discriminara por época, ni por importancia, sino sólo por esa pequeña cosa misteriosa con que toda persona –héroe, poeta, criminal, ama de casa- nace y sólo olvida al costado de la tumba, que le hará de novísima cuna para su muerte (Viktor Frankl y la fragilidad del sentido de la vida).

Por eso el orden de aparición de los extravagantes –considerar que aquí se busca el matiz excéntrico de hasta formales empleados de ministerios- no cuenta, es mi pluma la que decide según mi “inspiración”, o la que los elige por algo que trajo el día; por ejemplo, el perfume de una mandrágora (Nicolás Maquiavelo)

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El arte de envenenar

El veneno es una sustancia muy antigua y con muchas variantes, desde el que en pequeñas dosis cura en lugar de matar, hasta el que es fatal apenas la piel toca mucho menos que una gota (Cronología de la utilización de los venenos).

El veneno, por cierto, ha cambiado el curso de la humanidad (La piel de la humanidad) más que la guerra, y que la paz (Comprensión del Mundo entre Guerras), pero ese no es el tema de hoy.

Extraigo párrafos de una hermosa novela cuyo escenario es el siglo X, el XI a lo sumo, no recuerdo bien (El feudalismo):

“A primera vista, a la luz de nuestra lámpara, sólo vimos la superficie calma del líquido. Pero cuando la iluminamos desde arriba vislumbramos en el fondo, exámine, un cuerpo humano desnudo. Lentamente, lo sacamos del agua: era Berengario. Como dijo Guillermo, su rostro sí era el de un ahogado. Las facciones estaban hinchadas. El cuerpo, blanco y fofo, sin pelos, parecía el de una mujer, salvo por el espectáculo obsceno de las fláccidas partes pudendas. Me ruboricé y después tuve un estremecimiento. Me persigné mientras Guillermo bendecía el cadáver.

(…)

“-Esto sí que es curioso… -dijo (Severino, el monje herbolario, dirigiéndose a Guillermo).

“-¿Qué?

“-El otro día observé las manos de Venancio, una vez que su cuerpo estuvo libre de manchas de sangre, y vi un detalle al que no atribuí demasiada importancia. Las yemas de los dedos de la mano derecha estaban oscuras, como manchadas por una sustancia de color negro. Igual que las yemas de estos dos dedos de Berengario, ¿ves? En este caso aparecen también algunas huellas en el tercer dedo. En aquella ocasión pensé que Venancio había tocado tinta en el scriptorium…”.

La novela es de Umberto Eco (Semiología) y se llama, con notable acierto, El nombre de la rosa (Lenguaje, lengua y habla en El nombre de la rosa…), título que no es ninguna concesión poética sino que Eco pensó en el verso de Borges (El doble como transgresión del límite en la obra de Borges), “En las letras de rosa está la rosa / y todo el Nilo en la palabra Nilo”. Quien haya leído la novela, o en todo caso, visto la película, sabe bien por qué menciono la exactitud del nombre elegido.

Existe otro tipo de tóxicos que entrevera la vida, y que no tiene efecto fulminante más que en casos excepcionales y contados: las palabras (Las palabras ocultas en la inteligencia).

De cualquier modo, esta vez hablo de venenos materiales, o casi. La inocente de la semana pasada se esfumó. Era tan bella esa mujer de párpados caídos escribiéndole a Dios, que ya no pude soportarla, me la saqué como un vestido viejo.

Hoy no soy ella; aunque mi veneno sea más bien inmaterial -provocar un infarto-, mis métodos son los de una envenenadora hecha y derecha, como Lucrecia Borgia, la italiana; como Yiya Murano, la argentina.

Pero alguien que termina de leer este cuento me ha dicho: “Nadie queda invicto si acaba de morir”:

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Esta ingenua soy, esta loca soy…

Creo que a mis amigos de este sitio sólo les falta conocer mis virtudes (Las virtudes y el acto voluntario); conocen de memoria mis defectos, adicciones y “perversiones”, y hasta tal vez estén un poco aburridos de ellos (Universo consciente).

Lo difícil es encontrar esas virtudes, por eso me tomo la libertad, palabra que usé mucho la semana pasada, de escribirle a Dios (Nada y Dios). Al escribirle a Dios más que buscar mi corazón estoy buscándolo a Él. También hay un poco de literatura (La caverna - José Saramago). Soy sólo una parte de la inocente que escribe estas cartas; ni siquiera es verdad que esté sentada en el huerto, y físicamente no me parezco a ella, más allá de que en el texto no existe ninguna descripción de la escritora de cartas a Dios. Pero aun así la veo: está más modestamente vestida que yo, que parezco a veces un arbolito iluminado para las fiestas; tiene la cara mucho más fresca. Sus gestos son suaves y su piel es morena. Los párpados, lo único de sus ojos que distingo cuando está inclinada rezando o escribiendo, tienen una bella pesadez.

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¿Es la libertad “presencia” de algo?

José Itriago opina que “las grandes piedras no necesitan caminos” (El camino de las palabras…).No obstante, yo soy una gran piedra que mira buscando y buscando algo parecido al techo de un laberinto, por donde se podría salir (Los laberintos de Borges).

La ansiedad me devora, cuando debería estar quietísima como la piedra que soy, como cualquier piedra que no puede volar (Trastornos de la ansiedad).

Sólo los libros me hablan en esta casa (Saber leer).

Llevo y traigo libros de la mesa de luz al escritorio, del diván que está en el piso de arriba al sofá que está en el piso de abajo.

No todos los textos que extraigo con rara urgencia de mi biblioteca tienen nombre o renombre.

Hoy mi capricho me condujo a escuchar hablar a los libros sobre la libertad.

Escogí tres: Ensayos, de Emerson (El filósofo y la construcción democrática de la sociedad); El miedo a la libertad, de Erich Fromm (El concepto de libertad en Erich Fromm), y Manual para estudiantes de primer año, de la Fundación Hastinapura -la Fundación Hastinapura tiene entre sus principios cultivar el estudio de las religiones, ciencias, artes y filosofías que lleven a “la elevación espiritual del hombre”. Yo iba allí a clases de hatha yoga, cuando vivía en Buenos Aires.

Los Ensayos de Emerson, en los que siempre encuentro alguna cosa que me responde claro, esta vez no me entregaron nada. Seguro busqué mal.

Abrí El miedo a la libertad, yo que había abandonado a Fromm hacía demasiados años.

Pensé en la persona que me había regalado ese libro, ¿dónde estará? ¿Estará? En algún lugar del cielo o de la tierra anda Miguel (Breve ensayo sobre el afecto, amor y amistad), seguro, perorando sobre:

El miedo a la libertad

Por ahora, apenas si leí el primer capítulo, “La libertad como problema psicológico”. Y tal vez por mis apuros para ponerle etiquetas a mi desazón, me pareció comprender que eso bastaba para abrirme la puerta. Al pensamiento de la libertad; a una definición de libertad que todavía no he aprehendido.

Por supuesto, no resultó así, al menos no resultó del todo así.

Tengo a mi lado el libro. Unas líneas finales de ese primer capítulo lo resumen y son tal vez la causa de que persista la ambigüedad de mi postura frente a la palabra, o a la idea, de libertad:

“…el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en ‘individuo’, tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual”.

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