Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Pero no lo soñé

Despierta, anoche, toda la noche me acechaba el viento (El Pintor de estrellas). Sus susurros asustan más que sus rugidos, vienen de las sierras, son voces de viejos niños que están en mi sangre y en el viento y entre las montañas (Nuevas sendas en las montañas).

Abro mucho los ojos para que el esfuerzo de mantenerlos abiertos me provoque sueño (Trastornos del sueño). Cierro los ojos y me canto, y nada (Los Villancicos).

El sueño es una nube que se aleja, cada vez estoy más despierta.

Bebo un sorbo de agua y, de golpe, como si hubiera bebido un demonio o un hada, como si tuviera puesto un camisón muy largo, muy blanco, muy cerrado y quizás hasta un gorro; es decir, como si fuera una mujer de hace mucho tiempo embalsamada en una alcoba, escucho voces, veo imágenes, reconozco perfumes y sabores (El bosque. La imaginación y el miedo). Salgo de la alcoba, voy hacia las imágenes.

Estoy en un palacio muy antiguo, pero no sueño, no estoy dormida; veo, aunque tal vez yo misma sea invisible.

Voy escuchando por los corredores: es un día -o una noche- de fiesta en el Palacio. Me alegro porque es de fiesta y no de muerte y sigo caminando, cruzando habitaciones, atando cabos sobre de qué se trata.

Nadie me mira ni se sorprende, ahora estoy segura de que soy invisible para ellos y eso me pone bien, me da poder.

Llego a la cocina. Es tan grande con sus cien cocineros, sus inmensos calderos encendidos y el gato que se escurre entre cientos de piernas.

El aroma hasta puede reconocerse. En algún lado estuve en este mundo donde la piel rosada tostada por el fuego de los cochinillos adobados con vino y con manzanas esparcía ese perfume que, aunque, como ya expliqué, yo de cuerpo tan invisible, deseo probar en cuerpo y alma, pero apenas si puedo probar un poco con el alma.

Sobre una mesa hay postres de crema blanca y frutos rojos, y complicadas arquitecturas de puentes de golosinas tejidos con hilos de azúcar; mi dedo invisible no los puede tocar ni desbaratar.

Salgo de la cocina porque escucho que una música empieza.

Camino como si recorriera una ciudad hasta llegar adonde escucho música. Es de un orquesta gigantesca.

Está lleno de gente disfrazada de reyes, de duques poderosos, de princesas frágiles y hadas buenas excepto una, la más vieja, que es mala. Se le nota en la expresión de la cara cuando mira a una niña que cumple quince años, según oí. A mí no me mira porque se supone que no existo, pero si tuviera todo mi cuerpo me intimidaría esa mirada.

Empiezan a bailar príncipes con princesas, reyes con reinas; el armiño del abrigo de una reina me roza la mano invisible, y es muy suave.

La niña que cumple quince años es tan bella como si yo estuviera soñando. Se parece a Antonia, mi nieta mayor, que en febrero también cumple los quince.

La lleva un joven, un delfín, de la mano, y no sé adónde la conduce, ya no la veo.

Pero de pronto sucede algo que nadie pudo predecir, algo que nunca oí que sucediera ni en sueños, algo que quien lo imaginó tuvo que ser un genio: las figuras que bailan se quedan quietas en su último paso, algunas reinas por debajo del brazo de su rey.

La música ya no está pero la gente de la orquesta parece que siguiera tocándola sin moverse.

Nadie, nadie se mueve, excepto yo.

En ese momento agradezco a Dios no ser humano de ese tiempo, ni princesa, ni nada.

Acá llegó el fin del mundo menos para mí. Sigo analizando de qué se trata esta entrada en un mundo tan lejano en el tiempo. Voy a preguntarles a los cocineros, recorro de nuevo casi una ciudad para ir a la cocina.

Y me asusto, ya en la cocina. Tal vez ahora sí ustedes puedan seguir imaginando que un cocinero tenía en su mano una sartén que la extendía inmóvil sobre un fuego quietísimo, y que otro cocinero pateaba para siempre,  como estatua, al pobre gato que se había transformado en el pobre adorno de un gato como una porcelana o pintado en un cuadro.

Busqué por las habitaciones a la quinceañera y no la encontré, y agradecí también que, aunque se pareciera a Antonia, no fuera ella -mi nieta no es princesa, es más.

Y después no me fui, me llevaron otros relatos, una vez que adiviné -¡qué inteligente soy!- que me había colado en el cuento de la Bella Durmiente, y que debería esperar cien años para saludarla, pero no la esperé. Aparte -¿lo repetí demasiado?- yo era invisible.

Envío

El bien y el mal pasearon por los cuentos de hadas y los niños aprendieron en ellos como en un libro de oraciones la bondad y la maldad.

La penitencia de cien años tan parecida al purgatorio, el foso lleno de sapos y serpientes que empezó a rodear el castillo.

Pero el deseo de salvación es eterno y para eso existen príncipes que llegan con un beso a despertarnos para la vida eterna.

Esta mañana a mí me despertó un beso en la mejilla: era de Elsa, mi compañera, que me llevaba el desayuno. Después Topita, mi perra, lamió mi otra mejilla.

Dios les otorgue los sueños más felices del mundo, mis amigos.

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Pero no lo soñé”
  1. Jose Itriago dice:

    Una ráfaga de viento helado cortó la visión del paisaje, de arriba hacia abajo. La sentí en los huesos cuando me tocó: un dedo premonitorio, un mensaje que mejor es no entender.

    … hoy vuelvo a sentir el frío de tu ausencia
    y la lloro escondido, fragmento de un algo
    que se ha roto una vez más y que debo empatar.
    Después de todo, nos iremos todos,
    gota a gota haremos río destino
    y tú,
    cauce que eras y serás,
    verás crecer magnolias nuevas en tu orilla.

    Minutos antes absorbía el vacío que se hace cuando la mente gira de una a otra idea, tejiendo y destejiendo pasados y futuros, lejos de cualquier presente. Era cálido o al menos así me parecía. Las nubes grises manchadas con suaves violetas, las montañas azuladas. La transparencia dominaba el espacio y yo estaba en ella, le pertenecía.

    tú, sabana de sol que eras
    como el recuerdo de todas las navidades,
    como canciones de niño, viejas y amadas,
    como los jardines de las casas en que vivimos,
    una ventana para ver la luz con el abrigo de tu sombra
    para transitar la sombra desde tu luz…
    tú, tú fuiste la luz

    Con el viento me deje ir. Traspasé los silencios que me han dejado y flotando me vi abajo, allá donde estaba, contemplando los violetas, aun soñando o recordando. Decidí seguir en lo alto y empecé a buscar un nuevo paisaje, más sereno. Permanente.

    … a pesar de tu silencio,
    un silencio grande, como de sequía,
    nos dejaste el retoño de tu primavera
    que floreará mil veces en nuestros días
    y seguirá floreando siempre.

  2. Joise Morillo dice:

    Andrómeda, Quimeras.

    Andrómeda, sublime grandiosa
    sois mi sueño de telescopio no poseso
    nuevo andar luces y rotaciones
    cima e infierno
    ¿quien os ama?, ¿yo?
    ¿Quien mas?, ¿os amaría mi padre?
    ¡que ni siquiera supo de vos!
    Oh cielos, ¡que feliz he sido!
    Al menos sabiendo que sois:
    tan alta, tan allá en espacio infinito
    querida, si yo soy quien os ama
    mas el lumen de vuestro fulgor
    anuncia la decadencia de momentos inéditos
    pasados y futuros
    mientras yo
    viviendo un averno
    quimeras desbordadas
    devenir miserable
    pueblo triste,

    Os ama
    Joise

  3. isabel salcedo dice:

    Pero Dios!!!como me llegan CERTERO SIEMPRE LOS RELATOS Y SUS POEMAS…Eres tu o SOY YO!???

    Un Abrazo Infinito********

    Isa

  4. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    El día había sido agotador y la noche era una promesa de reparación y alivio.
    Con que duerma hasta las seis- se dijo mientras programaba el despertador para que sonara a las siete, por las dudas. Normalmente, Teresa no necesitaba cumplir con las horas convencionales de descanso para recuperar su natural energía.
    Dejó caer la revista que tenía en sus manos, quitó una de las tres almohadas, besó a su durmiente pareja y apagó la luz.
    Un suave soplo otoñal hacía bailar las últimas hojas secas en la vereda, arrastrándolas de aquí para allá hasta que se transformó en un viento fuerte y desacompasado que originó furiosos remolinos. Teresa que se acercaba a las puertas del sueño sintió como se cerraron ante ella y la dejaron afuera.
    ¡Paciencia!- pensó respirando profundamente. Notó que recostada sobre el lado izquierdo se le tapaba la nariz y que tendida sobre el costado derecho el corazón latía más rápido. Sintió frío en el abdomen y decidió ponerse boca abajo. Sacó otra almohada. Comenzó a relajase cuando pudo resolver hacia donde colocar la punta de los pies.
    A poco de dormirse la sorprendió un sonido entrecortado que provenía de su propia tráquea comprimida. Se incorporó y al frotar bruscamente la oreja que había quedado doblada se dio cuenta que rondaba el malhumor. Se abrazó dándose ánimo. Trató de pensar en proyectos, en cosas agradables o graciosas. Su marido al lado roncaba con fervor, lo que no sólo incrementó la irritación sino que hasta asomaron ciertas ideas agresivas. La calma iba camino a perderse irremediablemente. Sacó la última almohada. Aún la distrajo un brutal calambre en una pierna. Cuando amainó el dolor restituyó una almohada y volvió a la posición inicial.
    Esta vez cuando la brisa devino en vendaval Teresa ya había cruzado el umbral del sueño. El ventarrón abrió ventanas, sacudió cortinas, asaltó la habitación.
    Teresa no sufría su humanidad: ni la nariz, ni el corazón,ni los pies, ni la tráquea, ni la oreja. Ni el frío, ni los ronquidos, ni los calambres.
    No se sabe cuanto duró la paz y el descanso. Lo que sí se sabe es que cuando sonó el despertador a las siete, Teresa, sonriente golpeaba la puerta de su casa: en camisón, descalza y con tres almohadas bajo el brazo.
    Mis cariños.
    Perla



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