Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Diciembre, 2013

Horóscopo infalible

Horóscopo infalible; también horóscopo trasnochado (El nombre divino del amor). Hecho en la Noche de luz de Navidad (Origen y procedencia de la Navidad). Tal vez acierte (Dios y el azar). Abro la Biblia (La caída de los muros de Jericó) para todos los signos (Teoría Dialéctica de la Unicidad), señalo con el dedo ese fragmento y lo copio. Abro un viejo libro de poemas míos llamado Como quien entra en una fiesta y agrego el párrafo que encuentro, que tal vez aclare lo que dice la Biblia para ustedes.

Quise hacerles un regalo de Navidad (¿Qué fue la estrella de Navidad?), tal vez acierte, tal vez sea infalible, como su nombre lo indica, o falible, como todas las cosas humanas. Pero estoy segura de que mi voluntad, mis dedos y los libros abiertos en un lugar impredecible dirán algo (El canto del Juglar).

Aparte, fue abriendo para este juego las páginas de la Biblia que encontré algo inesperado, algo que hermana a la Biblia con las enseñanzas de los Vedas y con Buda (Filosofía oriental en la concepción de hombre).

Fue en el Ecclesiatés- cap. 3  19-21:

“… porque el suceso de los hijos de los hombres, y el suceso del animal, el mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia: porque todo es vanidad. Todo va a un lugar, todo es hecho de polvo y todo se tornará en el mismo polvo. ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres suba arriba, y que el espíritu del animal descienda debajo de la tierra?”.

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Noche oscura del alma

Ojalá a alguien le sirva lo que voy a escribir (El ingenio de Teut). Lo hago fundamentalmente por eso, por jóvenes y no tan jóvenes que perdieron su libertad (La aventura de la libertad: Huckleberry Finn)   y cuyas cadenas no son materiales. Pueden llamarse droga, sus cadenas (Las Drogas), o shopping -adicción a comprar-, o comida o bebida (Adicciones no convencionales), o la terrible palabra ludopatía, que parece encubrir a un lobo feroz (La historia de los casinos).

Soy adicta, y meditando sobre la falta de libertad que conlleva serlo descubro que la libertad, esa sí, no es un don. La libertad se conquista (La contemplación, el pensamiento espiritual y la libertad).

Me levanto en la noche, es muy tarde, o muy temprano, llueve sobre las sierras, un cerro que parece blanco se ilumina de pronto. Me digo que olvidé mi amor a la belleza y a las metáforas profundas sobre una mesa de juego, que es como explicar que aposté mi vida y la perdí (La forma del conocimiento del amor en Sócrates).

Y me lo digo como si el destino y las estrellas me hubieran llevado a la rastra por los abismos, pero no es así. Hay algo de destino, pero puedo vencerlo. Las malas estrellas se extinguieron en mí junto con las buenas; ya no tienen poder (El destino del hombre).

Sueño con la libertad como quien sueña una utopía, y de pronto en mitad de mi sueño -de mi meditación, porque estoy en vigilia permanente, como los locos, y soy uno más- me paro y me pregunto si, en efecto, esta, no será la verdad; reafirmo que es una utopía, vuelvo a la cama y mis ojos no se cerrarán hasta mañana, hasta nunca, hasta que me los cierren compasivamente. ¡Oh, dormir y dejar de soñar pesadillas despierta! Que la nada queme mis pesadillas y me exonere.

Me pregunto si las leyes -toda ley, hasta la ley de gravedad- no nos muestran claramente desde el primer día que nacemos que la libertad es una quimera. Me contesto que las leyes existen por la imperfección humana. ¿La imperfección es entonces lo que nos impide ser libres? Puede ser, pero no hay camino más limitado que el de la búsqueda de perfección…

Como si tuviera recuerdos de cuando los humanos acabábamos de nacer, en los tiempos más antiguos del mundo, añoro la libertad de las cavernas, de la falta de luz y del caos. Aquellos que luchaban alegremente contra todo, mujeres y hombres a quienes lo primero que hería era la naturaleza, no la metafísica, no la hipnosis de la droga o el juego. ¿Eso era libertad, entonces? Ninguna hoguera de vanidades por arder, ningún shopping; la libertad era sobrevivir.

¿Y qué será realmente la libertad?

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Mandela, el príncipe que nos enseñó a perdonar

Para pensar en Mandela busqué a escritores que alabaran la Grandeza (La grandeza de ser débiles), en abstracto, no la grandeza particular de nuestro Madiba (Nelson Mandela).

Y el primer libro que abrí -el único que yo buscaba para inspirarme, en realidad (Conferencia de inspiración y riqueza espiritual)- fue como siempre Ensayos, de Montaigne, y empecé a leerlo otra vez, lo que a menudo hago sin ningún motivo (El ensayo como búsqueda y creación).

Encontré el capítulo VII, “De la incomodidad de la grandeza” (Modelos de acercamiento al trabajo), y me puse a reír, porque salvando las distancias, ¡Montaigne es tan similar a mí en su pereza! (Despojos de la casa presidencial). No viene al caso y hasta sobra, pero encontré mi pensamiento, o más bien mi sentir, sabiamente expresado (Sobre la sabiduría, el nuevo paradigma y el agujero del mate):

“Puesto que no podemos alcanzarla, venguémonos murmurando de ella. En general, la grandeza tiene esta evidente ventaja, que cuando le place se rebaja, y que sobre poco más o menos tiene a la mano una u otra condición, pues no siempre caemos desde las alturas: es frecuente que se descienda sin caer (…) Yo aguzo mi ánimo hacia la paciencia… Cuando en crecer pongo mi pensamiento, es bajamente, con un crecimiento lleno de sujeción y cobardía. (…) No quiero yo debatir con un ujier custodiador de puertas, como un miserable desconocido, ni hender, siendo adorado, las multitudes por donde paso. Así por mi suerte como por mi inclinación estoy habituado a las regiones medias… Mi alma es de tal suerte poltrona que no mido la buena estrella según su elevación, sino según su comodidad. (…) Dionisio, por no poder igualar a Filóxeno en la poesía ni a Platón en el razonar, condenó al uno a las canteras y mandó vender al otro como esclavo a la isla de Egina”.

Pues todo lo contrario es Mandela, Monsieur Montaigne, a pesar de ser usted uno de mis escritores de cabecera y parecerse a mí en ciertos rasgos. Mandela trabajó en las canteras como el más culpable de los reos, y, como los esclavos, en la categoría más baja: prisionero político condenado a perpetua -mucho peor que delincuente común- y negro -en Sudáfrica, donde predomina la negritud, este era sin embargo el estigma más grave para aquellas épocas en que nuestro líder luchaba y se fortalecía.

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Pero no lo soñé

Despierta, anoche, toda la noche me acechaba el viento (El Pintor de estrellas). Sus susurros asustan más que sus rugidos, vienen de las sierras, son voces de viejos niños que están en mi sangre y en el viento y entre las montañas (Nuevas sendas en las montañas).

Abro mucho los ojos para que el esfuerzo de mantenerlos abiertos me provoque sueño (Trastornos del sueño). Cierro los ojos y me canto, y nada (Los Villancicos).

El sueño es una nube que se aleja, cada vez estoy más despierta.

Bebo un sorbo de agua y, de golpe, como si hubiera bebido un demonio o un hada, como si tuviera puesto un camisón muy largo, muy blanco, muy cerrado y quizás hasta un gorro; es decir, como si fuera una mujer de hace mucho tiempo embalsamada en una alcoba, escucho voces, veo imágenes, reconozco perfumes y sabores (El bosque. La imaginación y el miedo). Salgo de la alcoba, voy hacia las imágenes.

Estoy en un palacio muy antiguo, pero no sueño, no estoy dormida; veo, aunque tal vez yo misma sea invisible.

Voy escuchando por los corredores: es un día -o una noche- de fiesta en el Palacio. Me alegro porque es de fiesta y no de muerte y sigo caminando, cruzando habitaciones, atando cabos sobre de qué se trata.

Nadie me mira ni se sorprende, ahora estoy segura de que soy invisible para ellos y eso me pone bien, me da poder.

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