Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Una blusa blanca con bordados

Corto una tela blanca, uno sus partes, formo con las costuras -coso a mano (La moda del Delfín de Francia…)- una blusa, una blusa de buen tamaño, donde entren un niño por nacer y su madre (La maternidad y el nuevo ser). Después le bordo muchísimos colores; parece un bordado azteca, o maya, no sé bien, he visto estos colores en alguna parte de México, aunque nunca fui a ese lugar maravilloso (Aztecas: cultura mexicana). Cuando termine de bordarla se la enviaré a Mane, que espera su segundo hijo, un tal Manuel.

María Antonieta tenía un huerto donde plantaba sus flores preferidas y unas vacas que ordeñaba. Jugaba a ser una campesina (La Rebelión de Rumi Maqui) pero sus flores eran como de oro (El oro maldito y la teoría del sapo) y sus vacas como de abrigos de visón. El mantenimiento de esa granja le costó la cabeza, para resumir un poco, porque a Luis XVI le cobraron otras deudas, no la de vestidos de campesina: gastos de relojería, por ejemplo.

Y, con todo, no estoy hablando de la Revolución Francesa (La Revolución Francesa). Mi tema es más modesto; es la simplicidad.

Sea como fuere, en algún momento hasta los reyes quieren ser sencillos, experimentarla. Desde lejos atrae, pero más atrae a los que empezaron buscándola desde el comienzo, a los que se enamoraron de esta Dulcinea.

¿Cómo encontrarla?

Pienso en los días del presente (¿Se puede Historiar el presente?); sólo con hacer una enumeración de humildes artilugios “imprescindibles” bastaría: teléfonos celulares, batidoras, computadoras, televisión, máquinas de correr, de sentarse, de pararse, controles remotos remotísimos. Y es una lista acotada.

Sin embargo, para que esos instrumentos se nos hayan vuelto de verdad imprescindibles la vida -y nuestras neuronas (Neurona espejo: neurociencia aplicada)- debe de haber variado mucho -lo de “nuestras neuronas” no es una ocurrencia sin gracia: ellas están atentas y se esfuerzan valientemente en lo que nosotros les pedimos; si las utilizamos para alcanzar con el auto 180 km por hora en una avenida concurrida, tratando de no causar un accidente, se especializarán en ese tipo de tareas.

Programar el reloj, el microondas, el lavarropas, el televisor con nuestras series favoritas, la máquina de fotografías instantáneas, mandar a menudo mensajes de amor de negocios de bronca autoritarios dulces, todo eso es el mundo de nuestra mente, hoy.

¿Y lo demás?

No soy moralista, no soy esteta, no soy mística, pero seguro hay algo más que eso, algo que vieron con más intensidad los ojos inocentes de personas de siglos anteriores. Inocentes de tecnología, digo; esos ojos vieron más magia que cualquiera de nosotros.

Al terminar la Primera Guerra -1918-, Paul Valéry, un exquisito intelectual francés -lo considero más un pensador que un poeta, pero es una cuestión muy personal- escribió entre sus gloriosos párrafos este párrafo -puede sonar bastante extraño:

“Las grandes virtudes de los pueblos… han engendrado más males que cuantos vicios haya podido crear la ociosidad. Hemos visto con nuestros propios ojos el trabajo escrupuloso, la instrucción más sólida, la disciplina y la aplicación más serias, adaptadas a espantosos designios. Tantos horrores no hubieran sido posibles sin tantas virtudes. Ha sido necesaria, sin duda, mucha ciencia para matar tantos hombres, disipar tantos bienes, aniquilar tantas ciudades en tan poco tiempo; pero han sido necesarias no menos cualidades morales. Saber y Deber, ¿sois, pues, sospechosos?”.

Sé que el uso perfectamente ético de la tecnología no sólo engendra guerras -o la posibilidad de que ellas existan- sino que salva vidas y promueve saberes, conocimientos a los que hasta hace unos días no se podía acceder -tal como la partícula de Dios, que estoy tratando de entender y que algunos bien sabrán explicarme.

Una casual tomografía rescató a Cristina Fernández, la presidente de Argentina, de un problema de salud que podría haber sido fatal sin tratamiento.

Sé, con todo respeto y salvando distancias con la frase que escribí anteriormente, que sin tecnología, sin Internet, no podría comunicarme con ustedes.

Tal vez cada uno de nosotros debería elegir de la tecnología sólo uno o dos instrumentos, los más adecuados para su vida.

Envío

En el caso de que sigan mis instrucciones, les ruego elegir la computadora de entre todas las posibilidades. Barran con escoba, laven con una tabla. No quiero quedarme sin ustedes…

Un beso muy especial para José I.

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “Una blusa blanca con bordados”
  1. Jose Itriago dice:

    No creas. Las escobas han cambiado. Fue en el siglo XIX que se empezó a usar la que conocemos, llamada plana, en contraste con las redondas, usadas hasta que un tal Shakers realizó tan trascendental invento. Pero perdimos uno de los más importantes artilugios: la escoba voladora.

    En efecto, ninguna bruja (jamás se vio un brujo en esas malas artes) volaría en un escoba plana, amarrada de mala manera, quizás por una máquina hace-escobas.

    Si pudiéramos volar sin tanto trámite, sin ser vistos como terroristas en impotencia o narco barrenderos, hoy llegaría hasta donde estás y nos tomaríamos algo caliente, apropiado para el viaje de regreso (porque las escobas voladoras no tienen acondicionamiento de aire) Pero si permiten, con mucha ventaja respecto a los mamotretos de acero, pararse en cualquier lugar, tomar un mango u otra fruta y hasta incorporarse a una peregrinación de calvas, previamente escogidas desde las alturas. O cosas similares.

    Además, he visto con harta frecuencia fotografías de escobas con dos pasajeros y como no hay motores, me imagino que se podrá ir hablando en el trayecto sobre el paisaje o sobre temas relacionados con la evolución de la escoba. Quizás no sea conveniente desviarse hacia la política, por el riesgo a decomiso inmediato.

    Así que por mi parte escojo la escoba. Solo que debo encontrar la redonda y después enseñarla a ser escoba voladora y más difícil, aprender a pilotearla.

  2. delia civalero dice:

    Acertadas reflexiones Mora, las comparto en facebook, gracias y un abrazo.

  3. luis b martinez dice:

    Mi querida Mora, ese escribir absolutamente desinhibido me gusta y en cierta forma, una forma sana, lo envidio. Lo siento como un dejar que sean los dedos o los labios los que escriban dejando la mente a un lado. Lo que sí es seguro es que prefiero las escobas, sobre todo la del Aprendiz de Brujo de Dukas, a las aspiradoras eléctricas, a las que nadie les ha dedicado ninguna música quizá por ser tan feas y desapacibles. Un beso que vuele hasta ti en mi querida Argentina. luis

  4. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Comienza el día

    Tras el escarpado macizo milenario
    asomas y despliegas tus rayos. Lentamente.
    Y encenderás las cumbres más lejanas
    tan sólo en un momento. Omnipotente.
    Después será el júbilo y la fiesta.
    Invadirás los valles y los ríos
    derramándote en faldeos siempre verdes.
    Brillarás serpenteando en las pendientes
    de arroyos, de cascadas y vertientes.
    Abrazarás cabañas somnolientas
    y al escurrir el agua de sus techos
    en cándidos dibujos esfumados
    vapor y humo ascenderán al cielo.
    Escucharemos la canción de los cencerros
    y el escándalo de teros y bandurrias.
    Todo nos llama a disponer del día.
    Elijo el sol:
    calentará mi cuerpo,
    alegrará mi rostro,
    animará mi corazón
    y me abrigará el alma.
    Si con la interminable lluvia del invierno
    agonizamos,
    la vida es eterna en primavera.

    Ésto no es una poesía, es la justificación de porqué en este día sólo necesito una azada, estas manos y un sombrero.
    Espero que a nadie se le ocurra cortarme la cabeza como le pasó a María Antonieta ni terminar como Nicolás II, que ese sí, pobre, se había empeñado en cosechar sus propios zapallitos.
    Más tarde usaré la computadora para enviar lo escrito y mis cariños.
    Perla

  5. Viviana Grey Boloy Fuentes dice:

    Hola Mora comparto todas tus ideas , tengo solamente 18 años y estoy totalmente de acuerdo dontigo , cuidate ,gracias y un beso.



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