Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Carta de Jack, un caballero del siglo XIX

Carta de Jack a quien quiera leerla (a Jack le gustaría que la leyera especialmente el señor Jorge Néstor Mangeri)

La miseria y el orgullo conjugados enjaulan (Lecciones contra la miseria del mundo…). El que algo eche luz sobre la propia insignificancia impulsa a actuar.

El estudiante Rodion Raskólnikov robó un hacha y se encaminó a cumplir su obra (Clásico de Clásicos). Hacía mucho tiempo una voz –pero no era una voz como las voces que le hablaban a Juana de Arco (Historia de Juana de Arco…), sino su propia voz más grave, afectada por un problema bronquial (Sueños, visiones y presentimientos)- le encarecía que matara a la vieja usurera, a la liendre, al piojo inmundo que era Alena Ivanovna.

Otra voz, también su propia voz, más ronca todavía, más infernal, más varonil, le aseguraba que no existía daño en ese asesinato, que el mal estaría vencido en el momento en que acabara la vida de la vieja (El doble como transgresión del límite…): toda ley podía ser transgredida por Rodion, toda ley puede ser transgredida por un héroe (La Tarea del Héroe…), en especial cuando la muerte de un individuo significa algo así como una liberación para los que lo soportan.

Este héroe vivía en una miserable pensión y la humildad de su destino lo había ofendido, lo había herido con golpes demasiado fuertes –“Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé/ golpes como del odio de Dios…”, escribiría después César Vallejo (La madre en César Vallejo)- y la amargura congénita de su corazón le daba órdenes implacables.

Es verdad que Rodion mató a la vieja usurera, pero el personaje más popular de Dostoievsky debería haber parado allí. Desde el punto de vista moral, hasta allí soportaría la historia cualquier moralista, aunque la novela Crimen y castigo no hubiera tenido tanto público lector, ni pasado a través de generaciones, si Dostoievsky… perdón, Raskólnikov, no hubiera matado también a la angelical hermana de la vieja, un críminis causa, como dicen  -hasta llegar a mí…

Pero no son los moralistas sino los filósofos y los poetas los que trabajan con el alma humana, gracias a Dios. Y yo soy un poeta.

Sólo yo sé quién fui, quién soy, pero mi fama es inmortal. Nadie conoce mi nombre verdadero y aun así me recuerdan más que a una fecha patria o a un héroe de cualquier país en cualquier patria, en cualquier país. El mundo es mi cuna.

No pasé por ningún tribunal de la tierra, del infierno o del cielo, me encerraron en una sorprendente cárcel de eternidad.

No maldigo la hora de mis crímenes; por mis crímenes no moriré nunca. Escribieron mil libros sobre mí, sin mencionarme, tal vez eso es la gloria.

Era carnicero, polaco, peluquero, antisemita, conde inglés o mujer en esos libros; médico o hijo de reyes o dueño de plantaciones de algodón en América.

Por mis crímenes no me olvidaron, pero yo ya olvidé mis crímenes.

Vivo retirado en el inmenso espacio de los muertos, con pocos recuerdos. Los asesinatos que rememoro, a los que junto como oro en un lugar de la memoria, pueden no ser los míos.

Unas mujeres naufragando en una calle de Londres con su sexo cortado no sé si hablan de mí. Unas cartas firmadas con un nombre simbólico, que recibió la policía, tampoco.

No recuerdo si yo mismo firmé “Jack”. Tampoco Shakespeare recuerda completamente acá, entre nosotros, si fue él aquel a quien nombran así -”él aquel a quien” es una barbaridad; disculpen, soy tal vez inglés- aunque algo recuerda, y reconoce mi preminencia. Me ha entregado un ramo de flores del paraíso como dándose por vencido. Él sí me recuerda y me coloca entre los más antiguos poetas, aunque yo soy del triste final del siglo diecinueve…

cuando los espíritus en Londres sofocaban las mesas de tres patas y se reunían las señoras a llamar a los muertos como si ellas mismas ya no fueran fantasmas, o llamadas a ser fantasmas en el futuro, futuro que es ahora, aunque ya pasó.

Yo pensaba mejor que esa gente; no disfrutaba a los muertos, disfrutaba las agonías. De eso me acuerdo y a medida que escribo me acuerdo más y más.

La primera mujer fue una muchacha en una calle de piedras grises entre relámpagos de noche, y lo que escribió después Bataille fue como si yo lo hubiera escrito: “Véndame los ojos/ amo la noche/ mi corazón es negro.// Empújame a la noche/ todo es falso/ sufro”.

Siempre la noche es amigable.

Trato de recordarme y veo el sombrero de copa con que estoy dibujado en un afiche, ¿seré yo, ése habré sido yo, un señorito de guantes suaves y olor a colonia para caballeros?

La primera mujer me miró, me guiñó un ojo cuando pregunté, gritó “¡aquí está mi sueldo de esta noche!” dentro de su corazón. Gritó dentro de su corazón pero nadie oyó nada, ni yo mismo.

No quería probar la sangre al principio, sólo iniciar mi inmortalidad, yo sabía… Las cosas se acomodan en mi memoria, hago la autopsia de mi memoria reseca y ella habla como los cuerpos.

Paré el carruaje, descendí. Llevaba una valijita, como ya saben todos; ella venía entre las sombras, se acercaba a mi primera decisión implacable.

Había jurado sobre mi pasado brillante que iba a asesinar, sobre las aguas transparentes de mi vida pasada. Yo no bebía ni tomaba arsénico como se lee en algunos tratados. Era un señor aplomado y bondadoso y tomaba té negro. Alguna vez, dos gotas de crema sobre el té.

Parecía un abanico de la sombra, el ruido de su traje de seda desgarrado. Venía hacia mí con el vestido roto, estaba a dos pasos de mí y vi las señales de sus ojos. Ella había visto o al menos escuchado mi bajar del carruaje con la valijita.

Yo no sólo maté por la gloria. ¿Cómo explicarlo? Hay algo más placentero que el futuro en el momento de matar, más placentero que matar, más placentero que el dolor. Llámese la sorpresa de la víctima, quizá. Sí, creo que encontré el modo de decirlo con humildad, con sencillez: la sorpresa de la víctima. Pero, ¿cómo podré transmitirlo?

A ellas las hacen hermosas esos gestos de asombro. Levantan el labio superior, la nariz se les frunce, la boca exhala sensualidad. Hay que ver lentamente, tratar de detener los instantes; cada cara que ponen; un instante antes o después.

Uno se imagina que es fotógrafo de bellezas victorianas: empolvarse y estar quieta muy quieta con aquel gesto de asombro. Después de ese relámpago que me permite ver a la señorita como es, como era, ¿cómo no matarla, donársela a la eternidad, digamos?

Después viene el caos de ultratumba. Yo lo llamaba así emocionado, y ahora es tan poca cosa.

Ahora desde mí muerto, desde mi muerte, todo es tan poca cosa. Esas mujeres con joyas de lata y párpados violeta muriéndose en mis brazos no significan nada.

Como una víscera, o comí una víscera, con todo respeto. Para celebrar la vida que se va en cualquier momento, que corre como el agua de las cañerías o del Támesis.

Envío

No se asusten, no soy Jack el Destripador, soy yo, Mora.

Los quiero tanto que jamás los asesinaría.

Todos mis besos

Mora

Monografias

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Comentarios

7 respuestas a “Carta de Jack, un caballero del siglo XIX”
  1. Jose Itriago dice:


    Desde mi muerte, todo será tan poca cosa.
    Tanto afán perdido; tantos sueños ya nunca más posibles; los logros, hoy efímeros, que llenaron de tanto gozo durante minutos, horas o mucho más mi vida, estarán condenados reducidos a la memoria de alguien, cada vez más difusa, y eso, cuando había un alguien. O desaparecidos del todo, cuando no fueron compartidos.

    Desde mi muerte, lo mío será bien poca cosa.
    Pero quedó la vida que dejé, que cree que superará sus tiempos, que no piensa en muertes, sino en mañanas. No las podré seguir, pero seguirán igual. No me necesitarán.
    Ayer mi nieta de tres años me llamó para hacerme cinco preguntas. Un número exacto que se redujo a dos preguntas y algunas informaciones de ella que simplemente quería que oyera, incluyendo un larga canción, que, naturalmente, hablaba de felicidad o de cosas felices. No la veré mujer con verdaderas dudas, pero desde hoy sé que tendrá respuestas mejores que las que le podría haber dado.

    Desde mi muerte yo seré bien poca cosa.
    Duraré aun medio vivo hasta la memoria de mis nietos. Con ellos me iré extinguiendo hasta desaparecer del todo. Es una suerte. No soy un Jack que recordarán por siglos y tampoco un genio que cambió el mundo: un Einsten, un Beethoven, un Botticelli. Nadie perderá su tiempo analizando mis obras, ni siquiera los edificios que construyo para que se llene de vida. Quizás los residenciales de encuentros amorosos y bellos, o por el contrario, de encuentros horribles, fríos de los que esperan que todo acabe o acabándolos de una vez. Quizás los comerciales, que son los más, oyendo negocios truculentos o plenos de solidaridad. Pero nadie querrá saber quien los construyó y para qué. Y eso si de verdad llegué a tener alguna vez el sueño de que serían para bien. Cuando estuve más cerca de sentir algo semejante a esa ilusión, fue cauado construí un gran teatro que terminó siendo escenario de las peores diatribas políticas.

    Hace años fui visitar la casa donde había nacido, que era grande y hermosa, con una especie de plaza entre las galerías delanteras, con un magnolio en el centro. Aun recuerdo sus árboles: una enredadera de Parcha Granadina, rosas de todo tipo, árboles frutales (cada mata bajo el cuidado de uno de los 8 hijos: a mi me toco la de toronja). Había poesía en los olores y en las sombras. Pero cuando fui a esa vista tardía (regresaba del interior del país) la habían convertido en un burdel y me alegré porque al menos había vida, aunque sea instantáneas en blanco y negro de alegrías en las vidas. Toda la casa, incluyendo los jardines, la había cubicado con cartones y techos de láminas. No había privacidad de ningún tipo. Los estertores de unos servían para apurar los de los restantes. Mi casa tan cuidada, sobre todo en cuanto al prestigio de nosotros, sus ocupantes, rebozaba de un gran tráfico alegre de borrachos, viciosos, putas amarradas con fajas fieras y alguna que otra persona que no tenía que fingir, que vivía su verdadera vida. Siempre respetaron el magnolio, que salía del techo de uno de los cubículos, como pidiendo aire, quizás socorro o quizás como estatua de la libertad cantándole a la vida.

    Años después, volví. Todo había desaparecido. La vieja casa la convirtieron en un gran taller mecánico. El magnolio desapareció. Nadie estaba de buen humor, todos llenos de grasa, debajo de los carros, pasando su calor y el de los escapes de los vehículos.
    Desde ese momento nuestra vieja casa, en uno de cuyos cuartos nací, había muerto y ahora puedo decir que desde su muerte fue poca cosa: paredes, techos, pisos e instalaciones, todas silentes. No cuentan nada, no recuerdan nada. Ni siquiera llevaría mi carro a reparar en ese sitio.

  2. Tony Herranz dice:

    !Oh, Jack!: !Qué te diría. Desde donde te contemplo, sabiendo que nunca podré escapar de mi castigo, me das más que pena, indiferencia!. Ni siquiera eres el “DESTRIPADOR”, tan sólo eres un deseo fallido. !Patético, querido!. Yo, sin embargo soy el auténtico. Penando siempre porque no quería matar a la hermana de la vieja, pero en la cima de la fama precisamente por ello. Fui Raskolnikov antes de que Dostoiesvki me intuyera. Es más, mi espíritu atormentado lo eligió para que el mundo supiera de mí. Fuí criminal, fui culpable, descubierto y atormentado por toda la eternidad, pero .. soy AUTÉNTICO: Espíritu si quieres, pero verdadero espíritu de Raskolnikov:No como tú, que, al final de todo no dejas de ser una ensoñación

  3. Rosy Dominguez dice:

    Hola! primero gracias a Mora por este blog, ya no se durante cuanto tiempo lo he seguido encantada y aprendiendo siempre; luego un comentario a Jose Itriago que nos agasajo con su escrito, mi comentario es: “asi es la vida” el ciclo se cierra y se vuelve a abrir, todo continua renovándose, gracias por compartirnos tus pensamientos!!

  4. noelia noemi soria dice:

    Hola,soy muy nueva en esto y estoy muy agradecida de poder participar leyendo sus escritos,me parece una manera muy interesante de poder aprender sobre la literatura,sea quien sea Jack,me parece interesante su historia…

  5. noelia noemi soria dice:

    En la vida de cada ser hay momentos difíciles, los cuales uno se da cuenta de que entregar todo por nada,es sentir la muerte misma; no se encuentra mas remedio que el dolor mismo y aprender a vivir con eso, aunque aveces decides dejar de lado esos sentimientos para poder seguir viviendo te das cuenta de que todo es una vil mentira y no hay solución alguna,para ello.
    Te conviertes en un ser el cual ya no le quedan ilusión alguna, tienes sin querer,sin a verlo pedido un corazón marchito, oscuro y negro.
    Donde ,en que lugar del mundo se han marchado aquellas alegrías,no las encuentras solo sabes que tu vida asido una gran mentira y eres victima de un ser despiadado que se cruzo en tu vida y todo te arrebato dejándote vació y sin nada,y ya sin ganas,sin fuerzas de luchar, ni una sola lagrima nada solo sientes vació.

  6. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Pasó por la historia cual vendaval fugaz y devastador. Hoy es una leyenda confundida con la niebla londinense. Y sigue siendo fuente de inspiración para pensadores y artistas.
    Pregonó sus crímenes. Exhibió las atrocidades cometidas ante su público victoriano. ¿No captaron su mensaje? ¿No lo reconocieron? ¡Quién lo sabe! Aunque sostenían que un inglés jamás podría haber perpetrado algo tan cruel y por lo tanto perseguían a los extranjeros, hubo una versión que señalaba con el índice a un heredero de la corona.
    Odiaba vaya a saber porque motivo a las prostitutas y acabó por lo menos con cinco de las cientos que pululaban por la ciudad.
    Destapó una caja de Pandora, todos vieron los horrores que brotaban de ella: pobreza extrema, violencia, ignorancia, prejuicios, persecuciones raciales, abandono. Las víctimas eran producto de esos horrores: seres sin hogar, alcohólicas, hambreadas, enfermas. Excepto la última todas tenían más de cuarenta años y aparentaban muchos más. Después de acabar con la joven bonita detuvo bruscamente su carrera asesina.
    Más allá del terror que sembró y del misterio de su identidad, su tenebrosa acción sacudió la flema inglesa, activando algún punto de la sensibilidad social y condujo a una serie de mejoras, especialmente habitacionales. Claro que no debe haber sido éste el propósito de Jack. Supongo.
    Si bien el destripador no es Mersault, ni Raskolnikov, ni Clyde Griffiths ni nuestro humilde portero creo que todos fueron ajenos al alcance moral de sus actos pero todos cumplieron con sus destinos en la realidad o en la ficción.
    A propósito de Mangeri (no creo que haya leído la carta), cuando toda una corte de especialistas anduvo dando cátedra por cuanto canal de televisión existe escuché varias veces los nombres de Rascolnikov y de Dostoievski ¡Qué notable! Una obra literaria utilizada por abogados y psiquiatras como fuente de conocimientos científicos. Y, es que detrás de Crimen y castigo está Dostoievski con su propia experiencia, con sus propios tormentos físicos, psicológicos y sociales. En cierta medida Raskolnikov es Dostoievski Como Clyde Griffiths es Dreiser. Sólo a través de los autores podemos comprenderlos y comprendernos porque también son todos y cada uno de nosotros.
    Ya epilogando Memorias del subsuelo Dostoievski habla a través de su personaje, un antihéroe que ve la vida real como un trabajo penoso y conviene en que es mucho mejor como se la presenta en la literatura: ” Pero si hoy ni siquiera sabemos donde está la verdadera vida… si nos quedamos sin literatura, nos enredamos y nos sentimos perdidos…Hasta nos molesta ser hombres de verdad, con nuestro propio cuerpo; nos avergonzamos de él, y deseamos convertirnos en algo hipotético denominado el hombre corriente…Pronto inventaremos una forma de ser engendrado del todo por las ideas”
    Así es. La vida en la literatura y la literatura en la vida de todos nosotros, simples mortales. ¿Es la vida una ficción?
    Mis cariños.
    Perla

  7. Viviana Grey Boloy Fuentes dice:

    Hola Caballero del siglo XIX ,soy muy nueva en esto y no tengo las experiencias que usted tiene, me a gustado mucho este articulo ,solo le pido que me envíe siempre artículos de su preferencia .sin más… Viviana



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