Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Octubre, 2013

¿Y Dios?

Antes los seres humanos festejábamos (Inmigración y literatura: Festejos). Desde las Saturnales (Saturnales, Fe y Terror: De cómo los antifaces no nos protegen) hasta la Pascua de Navidad, el Año Nuevo y la Pascua de Resurrección, las fiestas de primavera, las fiestas de otoño (La simbiosis del paganismo al catolicismo).

En las fiestas de otoño se celebraba que la vida hubiera llegado a su punto más alto en el verano, y que empezara a declinar (Hojas de Otoño).

Y aunque todo sigue siendo símbolo todavía, ya no podemos festejar con alegría verdadera aquello en lo que no creemos más (Del símbolo, el mandil salpicado y la mano desnuda). Porque de verdad es asombroso que en los últimos años hayamos dejado de lado toda duda o especulación respecto a Dios o a los dioses: definitivamente, casi en masa, no creemos, nadie cree en lo invisible, como si los ojos no pudieran ver más allá de sus líquidos cristales. Y los que creen tienen que hacer extrañas magias para rebautizar a sus dioses: energía primera, etc.

Esas costumbres de fiestas y conmemoraciones encubrían un corazón agradecido hasta por la muerte.

Hace unos días estuve con un amigo jugando al ajedrez. El ajedrez es un juego que hace pensar no sólo en qué pieza -o trebejo- se debería mover para ganar, sino también en “Cuando los jugadores se hayan ido/ cuando el tiempo los haya consumido…”.

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Volverán las oscuras golondrinas

No sé que encadenamiento de sucesos, qué magos que manejan hilos oscuros (El asesinato del alma), hace que en este momento en Argentina cada día haya un crimen espantoso, pero también extraño, lleno de misterio (Nuevas sendas en las montañas), lo que me lleva a leer esas noticias (El rumor como sustituto de la noticia).

Cuando yo era muy joven descubrí un cuento de Katherine Mansfield que trataba -¿lo recuerdo bien?- del caso de alguien juzgado por el envenenamiento de su mujer, seguido por los diarios ingleses, que había despertado la pasión del público lector.

En el cuento uno de los personajes servía elegantemente el té bajo una glorieta, mientras leía el periódico que narraba el juicio, y hacía algunos comentarios agudos, pero no más allá del dulce de naranja y las tostadas.

Sin embargo, pronto empezó a discurrir sobre el tema yendo un poco más lejos, se dejó llevar y tal vez expresó algunas incoherencias.

Estoy segura de que ese personaje, esa mujer, era la misma autora, Katherine Mandfield, que le decía inolvidablemente a su pareja -el crítico Middleton Murry- en el atardecer de aquel cuento, palabras inolvidables.

No tengo a mano el cuento, sólo recuerdo sin precisión algunas frases. Ella sentía que aunque todas las pruebas estuvieran en contra de aquel marido, no se debía anticipar un veredicto como si se tratara de un juego de azar; que uno debía tomar la realidad lo más en serio posible y sin apuestas.

Pero la mujer que había servido el té bajo una glorieta decía además que no ignoraba quiénes eran los verdaderos asesinos: todos aquellos, miles, que seguían apasionadamente las instancias del juicio.

Con lo que concuerdo plenamente, ¡oh bella Katherine!, pero agrego que son esos miles, y vos misma, y yo.

Ahora quiero aventar esos males con antiguos poemas de amor. Fumo en penumbras, no soy nadie, no aspiro a nada, la brasa del cigarrillo es el ojo de algo que me mira desde mí misma con mirada crítica, diciéndome que quien fuma en penumbras no es nada, ni ojo, ni fuego, ni mirar.

Llena de miedo, me siento frente al cuaderno para escribirles a ustedes alguna cosa que nos distraiga del horror. Pienso en mis primeros amores poéticos, Bécquer y Neruda. Sé que nada puede alentar desde esta página, sólo el recuerdo del amor.

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Chesterton, la santidad y los pastos secos

Duermo en un cuarto que da al jardín. Llamarlo así es una licencia poética (Por la reivindicación del cuerpo y la palabra). Se trata de algunos metros de pastos secos por la falta de lluvia (Impactos de las Sequías), pero esos pastos secos a veces traen sorpresas inefables. Ayer me desperté, abrí los ojos lentamente, miré por el vidrio de la puerta-ventana hacia el jardín, me restregué los ojos. Yo había sentido algo así como cascos transcurrir a lo largo de la galería, mientras dormía. Pero cuando mis ojos se abrieron de verdad, sorprendí “su mirada en la mía”: era un caballo overo, bello como una pintura (El Caballo). Le sonreí porque no sabía cómo explicarle que no me molestaba que comiera las matas de mi patio: tranquilamente bajó la cabeza y continuó. Más atrás había dos congéneres suyos y uno de ellos era un potrillo color visón que tenía puesto un cencerro; cuando se agachaba para comer, el cencerro se lo hacía difícil: estiraba su cuello con un esfuerzo sobreequino.

Tal vez eran Padre, Madre e Hijo.

Fue por el hambre y la sed de los caballos que comprendí lo necesario de la lluvia (Jesús y la Samaritana); hacía meses que no llovía en Agua de Oro; en realidad, desde que me mudé a la casa que mira a las montañas -o más modestamente, a las sierras (Trabajo práctico de ecología)- nunca llovió. Vimos caer nieve pero no lluvia, todo lo verde desapareció. Me sonó aquel “Todo verdor perecerá”, ayer, como un augurio de los peores. Me puse sombría y predicadora de infortunios (La Biblia).

De pronto recordé: era miércoles y tenía que escribirles a ustedes.

Me puse a buscar en Google, en Wikipedia, en lo que fuera de Internet, y por supuesto que en Monografias.com, a Chesterton (Los orígenes de la novela policial francesa). Quería informarme de su biografía para empezar a hablar de él.

Desde hace mucho que me atrae Chesterton como ensayista y como autor de novelas policiales; sé que era católico y obeso y uno de esos ingleses excepcionales que no son nada sobrios, ni lánguidos, ni fríos, como Shakespeare o Dickens o Johnson y hasta llego al impúdico Chaucer de los comienzos.

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Una blusa blanca con bordados

Corto una tela blanca, uno sus partes, formo con las costuras -coso a mano (La moda del Delfín de Francia…)- una blusa, una blusa de buen tamaño, donde entren un niño por nacer y su madre (La maternidad y el nuevo ser). Después le bordo muchísimos colores; parece un bordado azteca, o maya, no sé bien, he visto estos colores en alguna parte de México, aunque nunca fui a ese lugar maravilloso (Aztecas: cultura mexicana). Cuando termine de bordarla se la enviaré a Mane, que espera su segundo hijo, un tal Manuel.

María Antonieta tenía un huerto donde plantaba sus flores preferidas y unas vacas que ordeñaba. Jugaba a ser una campesina (La Rebelión de Rumi Maqui) pero sus flores eran como de oro (El oro maldito y la teoría del sapo) y sus vacas como de abrigos de visón. El mantenimiento de esa granja le costó la cabeza, para resumir un poco, porque a Luis XVI le cobraron otras deudas, no la de vestidos de campesina: gastos de relojería, por ejemplo.

Y, con todo, no estoy hablando de la Revolución Francesa (La Revolución Francesa). Mi tema es más modesto; es la simplicidad.

Sea como fuere, en algún momento hasta los reyes quieren ser sencillos, experimentarla. Desde lejos atrae, pero más atrae a los que empezaron buscándola desde el comienzo, a los que se enamoraron de esta Dulcinea.

¿Cómo encontrarla?

Pienso en los días del presente (¿Se puede Historiar el presente?); sólo con hacer una enumeración de humildes artilugios “imprescindibles” bastaría: teléfonos celulares, batidoras, computadoras, televisión, máquinas de correr, de sentarse, de pararse, controles remotos remotísimos. Y es una lista acotada.

Sin embargo, para que esos instrumentos se nos hayan vuelto de verdad imprescindibles la vida -y nuestras neuronas (Neurona espejo: neurociencia aplicada)- debe de haber variado mucho -lo de “nuestras neuronas” no es una ocurrencia sin gracia: ellas están atentas y se esfuerzan valientemente en lo que nosotros les pedimos; si las utilizamos para alcanzar con el auto 180 km por hora en una avenida concurrida, tratando de no causar un accidente, se especializarán en ese tipo de tareas.

Programar el reloj, el microondas, el lavarropas, el televisor con nuestras series favoritas, la máquina de fotografías instantáneas, mandar a menudo mensajes de amor de negocios de bronca autoritarios dulces, todo eso es el mundo de nuestra mente, hoy.

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Carta de Jack, un caballero del siglo XIX

Carta de Jack a quien quiera leerla (a Jack le gustaría que la leyera especialmente el señor Jorge Néstor Mangeri)

La miseria y el orgullo conjugados enjaulan (Lecciones contra la miseria del mundo…). El que algo eche luz sobre la propia insignificancia impulsa a actuar.

El estudiante Rodion Raskólnikov robó un hacha y se encaminó a cumplir su obra (Clásico de Clásicos). Hacía mucho tiempo una voz –pero no era una voz como las voces que le hablaban a Juana de Arco (Historia de Juana de Arco…), sino su propia voz más grave, afectada por un problema bronquial (Sueños, visiones y presentimientos)- le encarecía que matara a la vieja usurera, a la liendre, al piojo inmundo que era Alena Ivanovna.

Otra voz, también su propia voz, más ronca todavía, más infernal, más varonil, le aseguraba que no existía daño en ese asesinato, que el mal estaría vencido en el momento en que acabara la vida de la vieja (El doble como transgresión del límite…): toda ley podía ser transgredida por Rodion, toda ley puede ser transgredida por un héroe (La Tarea del Héroe…), en especial cuando la muerte de un individuo significa algo así como una liberación para los que lo soportan.

Este héroe vivía en una miserable pensión y la humildad de su destino lo había ofendido, lo había herido con golpes demasiado fuertes –“Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé/ golpes como del odio de Dios…”, escribiría después César Vallejo (La madre en César Vallejo)- y la amargura congénita de su corazón le daba órdenes implacables.

Es verdad que Rodion mató a la vieja usurera, pero el personaje más popular de Dostoievsky debería haber parado allí. Desde el punto de vista moral, hasta allí soportaría la historia cualquier moralista, aunque la novela Crimen y castigo no hubiera tenido tanto público lector, ni pasado a través de generaciones, si Dostoievsky… perdón, Raskólnikov, no hubiera matado también a la angelical hermana de la vieja, un críminis causa, como dicen  -hasta llegar a mí…

Pero no son los moralistas sino los filósofos y los poetas los que trabajan con el alma humana, gracias a Dios. Y yo soy un poeta.

Sólo yo sé quién fui, quién soy, pero mi fama es inmortal. Nadie conoce mi nombre verdadero y aun así me recuerdan más que a una fecha patria o a un héroe de cualquier país en cualquier patria, en cualquier país. El mundo es mi cuna.

No pasé por ningún tribunal de la tierra, del infierno o del cielo, me encerraron en una sorprendente cárcel de eternidad.

No maldigo la hora de mis crímenes; por mis crímenes no moriré nunca. Escribieron mil libros sobre mí, sin mencionarme, tal vez eso es la gloria.

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