Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Septiembre, 2013

La poesía de las costureritas

Hay un cursi y precioso verso de Evaristo Carriego (Borges y el tango) –ambos adjetivos no tienen por qué contradecirse (La contradicción en Nietzsche)- que yo leía en mi infancia con cierta picardía (La guaracha del Macho Camacho):

La costurerita que dio aquel mal paso
-y lo peor de todo, sin necesidad-
con el sinvergüenza que no le hizo caso
después… -según dicen en la vecindad-

se fue hace dos días. Ya no era posible
fingir por más tiempo. Daba compasión
verla aguantar esa maldad insufrible
de las compañeras ¡tan sin corazón!

Aunque a nada llevan las conversaciones,
en el barrio corren mil suposiciones
y hasta en algo grave se llega a creer.

¡Qué cara tenía la costurerita
qué ojos más extraños, esa tardecita
que dejó la casa para no volver!

No sé muy bien por qué (Las dudas)  pero siempre me interesaron las modistas, las costureras, esas mujeres que pasan su vida ante una tela como si fuera un bloque de mármol, y que con admirable paciencia clavan suave y eficazmente la aguja y crean arte. Arte no tan efímero (Trazos de Sastrería).

He leído a Virginia Woolf  (Género e historia del trabajo…) describiendo una sesión de costura de la Sra. Dalloway: cómo enhebra, su mirada, cómo se pierde entre recuerdos mientras cose. He contemplado muchas veces reproducciones del cuadro La Bordadora, de Vermeer (Historia del arte), con indescifrable emoción. Y hasta me han agradado esas clases de ensayo para mimos y actores en los que se enhebra una aguja invisible con un hilo invisible (Teatro fuera de los teatros).

Por eso me parece que escribí este cuento, ya hace bastantes años: por el puro gusto de encerrar a una costurera en mi jaula de letras y papel.

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Meditaciones de una perdedora

Tal vez se pregunten por qué muchos de mis relatos le suceden en primera persona a una mujer muy parecida a mí (Defendiendo la identidad), y también por qué en muchos de ellos esta mujer está aquejada de ludopatía (Ludopatía: La adicción al juego es otra enfermedad).

Yo también me lo pregunto. Me interrogo sobre por qué siento tanto cariño por este personaje adicto y perdedor (La empatía y su entendimiento neural).

Tal vez yo ame a los perdedores, tal vez yo misma lo sea en todos los recovecos de mi persona, pero sí considero la adicción al juego como una enfermedad gravísima (Enfermedades emocionales. La epidemia del siglo).

Tal vez quiera que alguien que me lee intente curarse al reconocerse en esta ingrata figura (Autovaloración, autoestima y salud).

Tal vez intente también que alguien la ame a pesar de todo a esta mujer (Filosofía del amor).

La misteriosa señora me habita muchas veces cuando escribo, mas sólo cuando escribo; nunca me persigue en el mundo real (Doctrinas pitagóricas y del propio Pitágoras).

Aunque sus meditaciones a veces se parezcan a las mías, cuando estoy muy triste (El corazón herido. Truman Capote y la invención de la tristeza).

He escrito en primera persona sobre otros sujetos; he escrito en primera persona sobre asesinos y violadores y sobre enfermos de soledad y sobre gente que busca compañía estrafalaria.  A menudo mi personaje es un hombre, pero cuando hablo de juego, siempre es una mujer, y que se me parece.

Las cartas están echadas… -no sé qué estoy diciendo, francamente.

He tenido también adicciones que quizá disfrace con una que no tengo.

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Sentido común

Después de que escribí lo que ustedes van a leer hoy, los incendios empezaron a brotar (Incendios Forestales), a todo lo largo de las sierras de Córdoba (Naturaleza humanizada, humanidad naturalizada. La construcción de un paisaje).

Es el viento (La voz del viento) y alguna mano de esas que no parecen haber sido creadas por Dios. Sea porque prende intencionalmente un fósforo o porque deja caer sin cuidado un cigarrillo.

Los bomberos trabajan día y noche (El afronte de la muerte). En mi pueblito hay un refugio para la gente que ha sido rescatada. Algunas casas se perdieron y no dan muchos detalles más, pero alguien habló de heridos, de quemados.

Si sumamos estas circunstancias -que en el orden mundial no tienen ningún peso- a las de las decisiones que puede o no tomar Obama (Jaque mate al establishment) -en ese caso sí con consecuencias universalmente gravísimas- no puede extrañar a nadie que esa noche de viento haya sido también una noche de pesadillas, de fantasmas y de premoniciones (Credos y sabiduría: Lo que nos hace sentir que somos seres señalados).

Gracias a mi perra Topita (Manifestaciones de Crueldad en la sociedad) -su silenciosa compañía, su cariño- logré superarla y vivir entre los días nada luminosos que siguieron, llenos de nubes de humo que viene de la montaña.

En casa estamos todos bien, y en esa frase implico todo el “sentido común” que tenemos (La filosofía y la experiencia cotidiana). Nadie recuerda que también es otro, el que se está quemando, el que muere de hambre, o, más gloriosamente, el bombero que arriesga su vida por muchas vidas más, no se sabe si tan valiosas como la suya, pero todas las vidas son valiosas y están aquí por una razón, misteriosa.

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Negocios raros

Cuando vivía en Buenos Aires todo era curioso (Guía de Buenos Aires). Siempre había algo de lo cual sorprenderme (Análisis del cuento “La metamorfosis” de Franz Kafka).

Eso tal vez extraño un poco entre mis sierras y mi río (Poesía chilena), pero después comprendo que las sorpresas que los paisajes serenos provocan en el alma son más efectivas. O eternas. O espirituales (Inteligencia Espiritual y Educación Holista).

Me levanto y a veces miro picos nevados de montañas, o sólo montañas azules y es como si el corazón bebiera algún tónico beneficioso.

El mediodía se pone tibio y las montañas doradas, almuerzo en un halo dorado.

Y hasta duermo la siesta (Paseo entre los olmos de la poesía española).

Ya no espera nadie, ya nada me espera, pero sí el crepúsculo del día, otro misterio (Apuntes sobre Juan Martini y los no lugares).

Y la noche que puede tener luna. Y la luna que puede darme en la cara mientras duermo (Claves de luna).

En Buenos Aires todo sucede y pocas cosas quedan en pie, nada es montaña (Y el sentido de la vida). Pero yo solía registrar esos hechos en cuadernos que lentamente se convierten en cenizas. Copio un registro:

Negocios raros: la verdulería

El negocio de la esquina de mi casa solía ser uno de los lugares donde hallaba a menudo curiosidades, porque se había transformado en centro de reunión de personajes atractivos. Antes era una esquina en ochava donde se levantaba un edificio lánguido, pero no melancólico; vetusto, pero no antiguo, y algo patético pero nada trágico se respiraba al pasar por allí. Lo demolieron, vi una tarde que traía el alpiste fresco. También vi construir día a día, y a veces iba a ver sin tener que hacer ninguna diligencia, un local de diseño caprichoso, de vidrio las paredes que daban a la calle; vi cubrir con una alfombra que imitaba el césped recién cortado toda su superficie.

Estaba ansiosa por saber en qué se convertiría al fin esa estructura, hasta que un cartel luminoso, con marcas de agencia de publicidad, me permitió leer desde lejos: “El frenesí de las frutas”.

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