Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Julio, 2013

Sueños del otro mundo

Los sueños no son de este mundo (Variaciones de un desvarío). O al menos el misterio de los sueños no lo es (El poder en el mundo).

Al pensar en los sueños y también en quienes trataron de develar sus secretos, pienso en la memoria de la humanidad -Jung por poner un caso de recopilador de esa memoria (Implicaciones éticas de la memoria histórica)-, toda junta, que se ofrece cada noche hasta al más humilde de los seres humanos.

Un poco de eternidad para cada uno en cada sueño (Dios y el azar), algo que se le revela al individuo y que, si lo puede aprehender, como a veces ocurre, contribuye a la Gran Revelación (La Revelación de la Luna).

No sé si hay Dios detrás de nuestra carne perfecta, detrás de nuestro organismo puntual como un reloj suizo (Nada y Dios).

Pero al examinar los sueños percibo, como un flash, una ráfaga, la sombra de Alguien que nos piensa, que nos deja morir todas las noches para llenarnos de gloriosas creaciones, para que despertemos sabios un día de estos (Antígona y Sócrates o el precio de la sabiduría).

Los niños de ahora saben lo que es soñar y despertar; yo recuerdo mi infancia y la de mis hermanos y la de mis amigos como una vigilia muy larga o un sueño muy extenso. Todo tenía ese color y esa poesía que ya no encuentro cotidianamente, pero que sí encuentro en mi almohada.

También existía la pesadilla, que resultaba de una exasperación de los problemas diarios -una mala nota en el cuaderno-, y, a veces, de los monstruosos y maravillosos cuentos de hadas que devorábamos.

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Otra vez Borges

Por motivos personales no puedo continuar copiando el cuento de mi hija Mane (La imagen de la madre en “Amor de madre”, de Almudena Grande).

De cualquier modo, bien puede reemplazarse con Borges, ya que me siguen llegando comentarios de la última vez que lo mencioné (El cosmos de Borges).

Hay una frase de JLB que seguiré recordando, aunque, en apariencia, no irradie gran sabiduría. Parece estar ahí sólo porque viene al caso, pero bien sé que eso no ocurre jamás con mi escritor.

Es ésta, que ahora sé, o creo saber, por qué no la olvidé (La escalera):

“…podríamos inferir que todas las formas tienen su virtud en sí mismas, y no en un contenido conjetural”.

Esta frase me desveló por mucho tiempo, casi sin darme cuenta, porque cuatro líneas más abajo de la misma su autor cierra el escrito con esta otra donde reluce toda su joyería, diamante por diamante:

“La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es, quizá, el hecho estético”.

Tanto nos deslumbró esta definición, a Mane y a mí, en tiempos en que pasábamos los días en un caserón antiguo y roto sobre la avenida Santa Fe de Buenos Aires (Buenos Aires, una ciudad que enamora), con nuestra gata Octavia, que terminamos cambiándole temporalmente el nombre a ese negro felino de ojos amarillos y la llamamos “El hecho estético”, y después, nos pareció más adecuado nombrarla “Helecho estético”, que suena igual (Los gatos).

Octavia respondía a nuestros caprichos, pero en mi almohada había quedado revoloteando aquello de las virtudes de las formas sin necesidad de encontrar, “de conjeturar”, sus contenidos (La forma en consideración).

Hoy abro Otras inquisiciones y me encuentro apenas lo abro con “La muralla y los libros”, el pequeño ensayo donde figuran mis dos queridos párrafos.

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Un ojo

Algunas escrituras corrigen los desbordes del alma, su gritar (La escritura), dulces escrituras dormidas entre pensamientos que no son flores incendiadas sino especies de cultivo extrañas por la alquimia de la botánica y el verbo (Literatura y alquimia) contradicen y traban con suaves ojos la labor; pero ocurre que esa suavidad a veces hiere y las astillas despiertan los sentidos (El género lírico: la poesía), desentierran el cuerpo alegre todavía y el alma de los malos augurios se ve libre (Libertad).

Hablando de escrituras que corrigen los desbordes del alma, cuando me pongo a leer mis papeles sucede algunas veces que, entre ellos, se ha sumergido un cuerpo extraño (Valores-Un acercamiento conceptual), algo que no reconozco como parte de mi “obra” (Espejo de paciencia, nuestra primera obra literaria). Pero, ¿por qué está allí?

Lo leo e intento recordar en qué momento de incandescente e inconsciente creación lo escribí; siempre es bueno, siempre es mejor que el mejor de mis escritos, ya se trate de un cuento o un poema.

Después descubro la procedencia: está allí porque es parte de la obra de mi hija, Mane Rodríguez, y se ha traspapelado, o yo se lo he pedido para leer y lo guardé inconscientemente allí.

Soy ladrona del fuego sagrado, pero también la tesorera.

Hace poco me sucedió encontrar un cuento de cuando Mane tenía cerca de veinte años. En este caso enseguida descubrí a la autora, porque lo recordaba. Pero del mismo modo me conmovió.

Desde mis montañitas, desde mi río de oro, la llamé a Mane. Y yo estaba llorando de emoción.

Lamento tener que entregárselos en cuotas, porque es bastante largo.

¡Ah!, y no por ladrona ni por tesorera no pondré comillas ni cursivas en la copia, basta con el título y el nombre de la autora en negritas -¡molestan tanto las comillas y diferentes signos cuando uno lee al correr!

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La ancianidad de Borges y de Bioy

Los escritores nacen y se hacen (Perfiles de escritores).

Nacen geniales, como Borges (Algunos Borges de Jorge Luis Borges), o se hacen extraordinarios, como Bioy Casares (La invención de Morel).

Adolfo Bioy Casares, ABC, vino con una lapicera bajo el brazo -la familia, de ganaderos, no necesitaba que naciera con ningún pan-, con una lapicera que escribía con muchas ganas y poquísimo fruto.

Cuando ya había publicado algunos libros, redactados con esa misma lapicera, conoció a Borges, JLB, y se hicieron amigos, amigos cotidianos que trabajaban juntos unas cuantas horas diarias (José Martí y la amistad).

Borges no le dio a ABC el don de la escritura; escribió junto a él y, en especial, le dio lecturas y nuevas miradas (La lectura, caudal inimitable de sabiduría).

ABC publicó entonces, primero, La invención de Morel. Luego, entre otros de los “buenos”, recuerdo El sueño de los héroes y Diario de la guerra del cerdo.

La invención de Morel es la joya de la novela moderna. No conviene contarla porque, palabra por palabra, Bioy erige un mundo que, como antiguamente decían las modistas, es de tul de ilusión (Ilusión y desilusión estéticas).

El mundo no es así, como el de Morel, pero es igual. Y más no puedo decir, hay que leerla.

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El secreto

Hay tantos días en la vida de una persona para levantarse temprano, mirar el cielo y el lucero del alba, y preguntarse por qué están allí (La Vida).

Hay tantas preguntas para hacerse sobre todo lo que está a la vista: las hormigas, los árboles, el viento (Ensayo sobre el libro “¿Y tú qué sabes?”).

Mi perra me mira con una mirada que parece contener respuestas; ¿cómo sé que ella no sabe más que yo de estos misterios? (¿En qué creen los que no creen?).

El misterio de las manos que dejaron su silueta en las cavernas es tan parecido al de los niños que hoy aprenden -desde su supuesta página en blanco de nacer- el significado de las palabras; aprenden a hablar y, poco después, a dibujar en un cuaderno esos símbolos que construirán en silencio palabras, palotes en progreso hacia unas frases que pueden desnudar el mundo (¿Por qué a las palabras se las lleva el viento?).

Yo no sé, pero cada día está envuelto en una niebla que es sagrada y que cada uno de nosotros quiere atravesar, quiere descifrar (La verdad que surge entre enigmas y paradojas).

A lo largo de la historia del mundo hemos fabricado instrumentos para medir, pesar, mirar más lejos o más cerca, para fotografiar el inicio del universo (La Ciencia).

Pero nada alcanza, cada descubrimiento trae preguntas más arduas que las que nos llevaron a descubrir alguna cosa (Experimento: El Caldo Primordial).

Y también entender las aparentes contradicciones de cada cosa descubierta resulta difícil: luces que nos apagan, leyes de gravedad que nos sostienen, espacios ocupados y al mismo tiempo desocupados por cuerpos.

De las cosas más sencillas y evidentes sobre las que uno pueda preguntarse provienen las respuestas más abstrusas. ¿Cómo nací, por qué nací, por qué estoy aquí?

Con facilidad, cuando lo que nos preocupa son estos temas, nos mandan al filósofo -al psicólogo nos han mandado anteriormente, y él se ha dado por vencido.

Mas lo que necesitamos es un científico-filósofo-técnico que nos revele la verdad que nunca tiene.

O caeremos en un sacerdote -de cualquier religión-, o en un poeta -de cualquier delirio- que nos dé explicaciones consagradas, convincentes: la convicción es transmisible (Juego, conocimiento y cultura).

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