Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Las afinidades del espíritu

Uno reniega de las palabras, las acosa, quiere sacarles hasta la última gota de su jugo dulcísimo.

Pero cuando no puede usarlas, ¡cuánto faltan!

Las más simples, las que se creería que no tienen ningún valor, las prosaicas, vulgares y comunes palabras.

Esas que están para decirle a un amigo lejano: te acompaño.

Y están para enjugarle las lágrimas.

Y esas son las que pueden dañar, y por eso no pueden usarse.

Pasemos a mi palabrerío:

Las afinidades del espíritu

Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega (Félix Lope de Vega y Carpio), aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo, pero sin mencionar casi algún tema (Tema de psiquiatría).

Yo he leído muy poco, muy salteado (Comprensión lectora). Por eso pido perdón ante algunas bravuconadas que, después de escribirlas, resultan altamente eruditas, ilustradas –es horrible la palabra bravuconadas, pero fue lo único que encontré para reemplazar la peor palabra fanfarronadas, y luego busqué un sinónimo de “cultas”, referido a mis bravuconadas, y, apenas copié ese “eruditas, ilustradas” que puse al final de la frase, cerré el Nuevo Gran Diccionario de Sinónimos y lo extravié entre los papeles y libros que rodean lo que escribo. En este momento no tengo a nadie más humano y brillante que un diccionario que me alcance un sinónimo, y mi cabeza se estancó.

Esas bravuconadas suceden porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas. Y vanas (En camino a Heráclito).

Las oraciones eran éstas, Dios me perdone:

Plutarco habla de vidas paralelas (El indio y el gaucho: los marginados de la política liberal), Goethe de afinidades electivas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena), Proust de consanguinidad espiritual (La novela), Borges de precursores de grandes escritores como Kafka (La figura del artista en tres cuentos de Kafka), es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Rosset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado; hojeé un día el Fausto de Goethe y me aburrió -sé que es pecado lo que confieso -, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso.

Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?
Y son juegos muy serios, si es que no tuviera muchas objeciones contra ese último adjetivo.

Hago un aparte: eso de los adjetivos y sustantivos que gustan o no, que se saborean o se dejan a un costado del plato, se ve que es genético, me viene de familia y lo he dado en herencia. La última anécdota familiar al respecto es de mi nieta Lola, que aún no tiene tres años: se niega a comer “compota” porque no le gusta el nombre de ese postre. Pensándolo bien, a mí tampoco. Y no sé si podré volver a probarlo.

La ley de gravedad

Me deleita encontrar a escritores o pensadores o filósofos que apenas si conozco de nombre –bueno, hay excepciones y gradaciones de ese conocimiento-, parecidos en detalles sutiles.

Pero sucede con aquellos que conozco de nombre que los conozco porque están en la memoria de la humanidad, es decir en mi memoria de lectora –aunque sea de lectora de contratapas-, cuando leo algo siendo yo parte del mundo y no yo misma empecinadamente; perdida como individuo, olvidada casi de muerte, y sólo pongo a funcionar mis capacidades de miembro de la especie, relaciono los grandes recuerdos que hay en mi memoria colectiva –y aquí también fanfarroneo, menciono a Jung.

Me gusta el juego, dije.

Y es el juego de escribir sobre ideas, aunque no se sepa.
Todo contribuye, todos contribuimos.

Puedo justificar estos juegos delirantes con algo que leí alguna vez y que de verdad recuerdo vivamente. Que todo es polvo, todo vanidad, vanidad de vanidades y sólo vanidad -y ni siquiera necesito poner comillas ni cursivas, quién va a creer que me lo quiero atribuir.
La mesura, la sobriedad y en especial la pomposa “seriedad intelectual” pueden quemarse juntas en esa hoguera –y de mesura, sobriedad o seriedad intelectual no me considero culpable en absoluto, este “libelo” no es contra mí misma como suelen serlo mis libelos. En esos procesos debo ser absuelta, aun cuando otros fuegos me estén aguardando ansiosamente en el cielo o la tierra.

Entre las vanidades de las que sí soy culpable, elijo: los juegos de palabras y los juegos de la memoria, las curiosidades científicas y filosóficas. Todo muy “liviano y alado” y poco serio; todo liviano como que desafía la ley de gravedad –oh, Newton-. Una lluvia de “ideas” y sólo eso sobre la página.

Con ayuda de todos ustedes, unos más y otros un poco menos, algunos parecidos a mí de tan menos y otros parecidos a Plutarco, Goethe, Proust, Freud, de tan más.

Todos iguales sin embargo, todos y todas, digo, ya que vamos a terminar siendo cenizas todos y todas, cenizas “precursoras” de nada.

Referido a las cenizas, recuerdo con ternura y un poco de pena un poemita de mis quince años, ingenuo y bello como era yo, como son todos los adolescentes:

Hay algo que no destruirás: es la ceniza.
Trabajas
Para que tu ceniza sea bella
Y cuando todo se cierre se abrirá
Una flor de cenizas cuyos pétalos
Caerán suavemente
Sobre lo que has sido.

¡Qué terminantemente digo mi verdad! No pido perdón ni permiso, como hago a menudo en este blog: estoy segura, afirmo, creo. A esa edad está bien tener las creencias bien aseguradas, atadas con nudos dobles. Ahora pasaron más de cuarenta años, pasaron casi cincuenta, y tengo toda certidumbre anudada con cabello de ángel, o con tela de araña, o con algo más frágil todavía.

No sé cómo se me ocurrió esa idea de que las cenizas podían ser algo hermoso, aun como metáfora, o en especial como metáfora.

Ni hermosas, ni horribles, las cenizas no son –y acá me estoy poniendo otra vez, después de tantos años de mi humilde versito, “terminante”.

Las afinidades del espíritu

Vuelvo a escribir el título de esta nota y siento que me estoy probando un traje varios talles más grandes que el mío, que me cuelga por distintas partes. Pero es un juego, dije, y, como todo juego, también es un juego de disfraces, una especie de listado de gente célebre que tiene rasgos parecidos o a las que el azar acercó.

Como ya estoy algo cansada para andar abriendo y cerrando enciclopedias, la primera propuesta es la lectura de Vidas paralelas de Plutarco. Allí encontrarán ejemplos auténticos y todo un tratado de lo que yo no supe darles.

La afinidad espiritual –Rosset la llama intelectual- entre Freud y Schopenhauer parece que es una cosa seria. Investiguen. Clément Rosset, como les anuncié, la da por hecha.

Es el caso de Bioy Casares y Borges.

Por último, un descubrimiento que sí hice yo misma, aunque quizá lo hayan hecho otros miles, pero no lo escribieron: San Martín y Balzac. Y he aquí la sorpresa, ¿cuál es la afinidad? Y he aquí cómo yo sigo siendo, al menos sigo siendo algo, extravagante. Ellos murieron el 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, en Francia. Y alguna afinidad debe de haber entre dos seres que mueren el mismo día, a la misma hora y en el mismo país, en especial si uno de ellos no pertenece a ese país.

Envío


Como ven, terminé la nota sin haber pergeñado –para este último vocablo-engendro no encontré sinónimos, aunque sí encontré el diccionario perdido- más que comienzos de ideas, es decir que gané mi propia apuesta.

Aunque el soneto de Lope que mencioné al principio verán que me lleva ventaja. No sólo ventaja literaria, que está, ya antes de ser leído por ustedes, tácita, sino que es vencedor en esa “falta de densidad argumentativa” que maldicen los nuevos intelectuales.

Aunque, pensándolo otra vez, no es precisamente argumento lo que le falta a Lope en su soneto. No le falta nada: es poesía pura. Es como toda la poesía: nada. Es como toda la nada: poesía. Es como todo el mundo y la gente, nada y poesía:

“Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tanto aprieto;
catorce versos dicen que es soneto,
burla burlando van los tres delante.
“Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto,
mas si me veo en el primer terceto,
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
“Por el primer terceto voy entrando,
y parece que entré con pie derecho
pues fin con este verso le voy dando.
“Ya estoy en el segundo y aun sospecho
que voy los trece versos acabando:
contad si son catorce y está hecho.”

Pueden mandarme por escrito, mis queridos, todo lo que se les ocurra, en especial lo que no saben. También un cuento o un poema que no hayan sido escritos. Ya me conocen, tenemos afinidad espiritual como para resistir cualquier despropósito. O desmesura. O ditirambo, como encuentro que reza el diccionario Ditirambo: oda para Dioniso, elogio exagerado… Mando una oda en blanco, sin letra alguna, para José y para Joise; también para mi libélula preciosa.

Con muchos abrazos recibiré cualquier desmesura de cualquier lector o lectora, o despropósito, insensatez, la poesía es eso y mucho más, y con muchos ojos los leeré.

Mora

Monografias

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Comentarios

9 respuestas a “Las afinidades del espíritu”
  1. Jose Itriago dice:

    Rodaban hacia un sumidero, quizás un viejo cráter, ya manso, pensativo y muy receptivo. Rodaban y se perdían en su profundidad. O al menos así supongo, porque es del todo imposible correr los riesgos de asomarse en su borde, con esa apariencia tan cortante – a pesar de que reconozco que toda feroz apariencia es un engaño para mantener pobres y deleznables secretos impregnados de leyendas. Si lo vieras con un traductor vulcanólogo te asombraría descubrir la simpleza de sus patrañas – y creo que hago bien en desechar el análisis de hacía dónde van, más bien debía concentrarme en el por qué las pierdo.

    Pasaban como rocas sólidas las que fueron el esfuerzo de alcanzar metas prodigiosas. Las oía imponiéndose en el deslave que estoy viviendo o, quizás mejor, que vivimos, siempre un plural salvador, como una muleta que permite dar un paso más, a pesar de todo. Las veía fantásticas, como grandes esferas torneadas por tantas veces que las recordábamos, pero del mejor cuarzo. Más de una vez dentro de las fases ilusorias, frágiles pero omnipresentes, pensé que en su centro, inaccesible a mi menguada capacidad, debe haber una piedra preciosa. Pero en las fases racionales sé que no. Que su centro está vacío, son huecas, a pesar de la fortaleza que aparentan. Las metas prodigiosas hoy son risibles y nuestras esferas de cuarzo desaparecen para no dejar huellas, para mantener la apariencia. La apariencia es muy importante. Si no te llega a satisfacer la tuya, empezaste a irte.

    Pasaban como pequeños pedruscos de todos los tamaños, hasta llegar a imperceptibles guijarros, los esfuerzos de sobrevivencia en una sociedad que esperaba sonrisas oportunas (un pequeño guijarro rosado) comentarios correctos – donde la corrección es el mero acuerdo a nivel de grupo (guijarros negros brillantes) – frases hermosas (más bien fluidos como de sabia de árboles recién talados) ingresos importantes (lajas medianas de color rojizo) y así, indefinidamente, desde vehículos hasta lavadoras automáticas. Pasaban y se hundían en el sumidero de nuestro deslave.

    Poco a poco, el arriba, el allá donde estuvieron, se va depilando. Triste depilación que deja a la intemperie este mi cuerpo o mejor, estos nuestros cuerpos, con la esperanza remota y sin fundamento alguno de que se trata de una poda, que semejante proceso dará lugar a retoños de vida. Y es verdad, pero no de la nuestra. Pero seguimos esperando los retoños, ya libres del peso de la memoria, tan obstinada, como un juez implacable que amanece cada día enumerando los delitos, pero sin dictar sentencia jamás. Y uno defendiendo cada resbalón, cada error con uno que otro acierto, el cual, de inmediato, es desechado por el juez que no acepta méritos, sino que vino a juzgar delitos, pecados, errores que ni sabíamos que eran pecado y menos delitos.

    Hay algo liberador. Una esperanza de que el pasado y juez, después de todo, también empiece a deslavarse, a exponer sus debilidades, su placer en mostrar las ajenas y su temor a que descubramos las de él. Es un buen punto.

    Mientras tanto, mi querida prima Luisana Itriago, escribe:

    ¿puedes hacer con las palabras
    la magia que no puedes lograr
    con la vida?

    ¿…vivir de la memoria
    sustituir el paisaje y el amor
    por su recuerdo?

    ¿…lograr que la voz poética
    con su carga de asombro
    pueda prolongar en el tiempo
    el resplandor de los instantes del amor?

  2. Joise Morillo dice:

    Saludos Mora
    Demos merito a la especulación y al fundamento del argumento, con propiedad, su aval no es por suerte de azar, sino por la gloria del conocimiento, genita de la voluntad, del desempolvar libelos, y manipular la folia mas la pluma ágil de trazo sin trémulo en pos de otorgar, sin egoísmo la epístola y , así, enriquecer y preservar, afines espíritus.
    No hay escritor sin musa viva o muerta, para el “Gran Teatro Del Mundo” de Calderón de La Barca tenemos a Francisco de Quevedo con “Epícteto y Phocilides”
    No olvides que es comedia nuestra vida
    y teatro de farsa el mundo todo
    que muda el aparato por instantes
    y que todos en él somos farsantes;
    acuérdate que Dios, de esta comedia
    de argumento tan grande y tan difuso,
    es autor que la hizo y la compuso.
    al que dio papel breve,
    solo le tocó hacerle como debe;
    y al que se le dio largo,
    solo el hacerle bien dejó a su cargo.
    Si te mandó que hicieses
    la persona de un pobre o un esclavo,
    de un rey o de un tullido,
    haz el papel que Dios te ha repartido;
    pues solo está a tu cuenta
    hacer con perfección el personaje,
    en obras, en acciones, en lenguaje;
    que al repartir los dichos y papeles,
    la representación o mucha o poca
    solo al autor de la comedia toca.

    De mi.

    El cielo y la gloria

    Que valga la pena haberos padecido
    Que valga la pena haberos amado
    Que valga la pena haberos tenido
    Que valga la pena haberos quedado.

    Admiro el esfuerzo de haberme querido
    Igual la voluntad de no haberme odiado
    La verdes y maduras de avatares inciertos
    Lúgubres, brillantes, deseos pasados.

    Vuestra maniobra de amor me agobia
    Más disfruto con ello ningún desconsuelo
    Mientras mi alma por vos lame el suelo
    Vuestra complaciente mirada me otorga la gloria

    Soy vuestra miseria, del molino la noria
    ¡Vos para mi! de las almas,
    El cielo.

    Freud, en El yo y el ello, asume Del Fausto, refiriéndose a Margarita, de Goethe:

    ¡Procúrame un pañuelo que halla ceñido su seno, algo con que alimentar mi amor!

    Para definir conexiones asociativas o supervaloración del objeto sexual:

    “es regularmente propio del amor normal cierto grado de tal fetichismo sobre todo en aquellos estadios de enamoramiento en los que el fin sexual normal es inasequible o en los que su realización aparece aplazada.”

    Pues bien ante todo.

    Os ama
    Joise

  3. Patricio Córdov dice:

    Me he quedado pensando en las afinidades del espíritu. Pensaba en Cervantes y en Shakespeare. Pero más en las afinidades que busco a mi propio espíritu que creo descubrir de tanto en tanto, pero las más de las veces, al parecer, son sólo ilusiones de un buscador de algo. De algo que no sé qué es.

  4. José María Gil dice:

    Alguien me hablaba un día de afinidades del espíritu, relacionando a Chopin con Gustavo Adolfo Béquer. Mi actitud expectante y a la vez escéptica sólo mereció como explicación la opinión de que se trataba de dos almas atormentadas. No quedé muy convencido, pero me prometí volver a pensar en ello.
    Muy de tanto en tanto, cuando me invadían el decaimiento o la melancolía en medio de la presión de mi trabajo, acudía a mi mente la idea de tal afinidad. Ambos, cada uno en su campo, fueron poetas del romanticismo tardío, ambos tímidos, tristes, enfermos y desdichados en el amor (bueno, Chopin no tanto, al menos en el amor físico).
    Lo de la timidez tampoco queda muy claro, porque al menos Chopín demostró a lo largo de su vida tener la autoestima muy alta y ser violento en más de una ocasión. En cambio Béquer se limitó tan solo a destilar la violencia del resentimiento de los melancólicos.
    Han pasado muchos años de esto; mucho tiempo sin haber leído nada de Béquer, aunque menos tiempo sin haber oído la música de Chopín (ya que el destino me ha regalado una hija concertista de piano) y la verdad es que hasta hoy no he vuelto a pensar en ello.
    Gracias, Mora, por refrescar y reavivar mis recuerdos!

  5. Mariaolga Lima dice:

    Es afinidad espiritual la que nos mantiene en contacto. ¿Porqué encontré este sitio? ¿Porqué me quedo prendida leyendo artículo y comentarios? ¿Y porqué siento gozo interno cada vez que lo hago?
    Parece que nuestros espíritus se entienden muy bien a través de la tecnología y la distancia…
    Gracias Mora por hacerlo posible.
    Cariños para todos desde Guatemala.

  6. Iván Salazar Urrutia dice:

    Por acá en estos lados
    la afinidad del espíritu
    llega
    aunque tarde, en el bus
    de una comuna a otra cosa.

    Hace ya tiempo que entre Vicente
    Huidobro y Nicanor Parra
    no cabe ni un alfiler.

    Más el espíritu y menos, da más.

    Aunque , claro, con las palabras
    otro gallo cantaría.

  7. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Búsquedas
    ¿En qué tiempo y en qué espacio
    podré desentrañar algún relato?
    ¿Cuáles son las palabras adecuadas
    para iluminar una ingeniosa idea?

    Es quimérico atrapar lo inasible,
    es utópico liberar lo velado
    si en la constante introspección fallida
    se amordaza la expresión y la memoria.

    ¡Ay de mí!
    Me interpelo rigurosa y conjeturo:
    o mi mundo interior quedó desierto
    (para el éxodo seguro hubo motivos)
    o pletórico está de vidas y de historias
    que pugnan por brotar como un incendio.

    Hoy decidí disipar todas mis dudas
    y no proceder más como una intrusa.
    Me encaminé resuelta hacia el enigma
    y con valor me acerqué y golpeé la puerta.

    Implacable respondió el silencio:
    “deberás regresar sobre tus pasos,
    desandar el camino recorrido
    hasta encontrar la llave prodigiosa
    que indiferente extraviaste en el camino”
    ……………….
    La afinidad de espíritu que nos conecta es lo que me ha llevado a esbozar estas líneas que no pretenden justificarme sino envalentonarme.
    Mi admirable compatriota Atahualpa Yupanqui lo decía más sabia y sencillamente
    “Le tengo rabia al silencio
    por lo mucho que perdí.
    Que no se quede callado
    quien quiera vivir feliz”
    Mis cariños
    Perla

  8. charmante charmante dice:

    Enhorabuena por tu trabajo, tu nuevo blog es hermoso. He publicado un comentario que no aparece, así que voy a repetir aquí Felicidades!
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  9. sara zambola dice:

    Te pareces al mono burgos.

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