Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El día de la iluminación (última parte)

Escribí dos finales para “El día de la iluminación”, no sé bien por qué (Triste final para una historia de Romance, Encuentro y Muerte).

No acertaba a darme cuenta cuál era el que correspondía más adecuadamente a mi cuento, aunque tenía mi preferencia (Gustos y preferencias recreativas físicas en las personas adultas femeninas).

El momento de la iluminación parecía estar en ambos, de modos diferentes (Inteligencia espiritual, la felicidad interior).

Y tuve que elegir (Predeterminación divina y libertad humana).
Ahora, por supuesto, dudo de mi elección.

Tal vez falten palabras en la descripción de ese momento y sobren en otras descripciones (La descripción).

O tal vez eso esté correcto: a la vida común le sobran siempre (Falacias y razonamientos en inteligencia estratégica), a la “iluminación” no es que le falten, no las precisa (Buddha: El amigo del hombre).

Insisto en que el personaje no soy yo excepto en aspectos muy externos (El personaje de “El Aleph” cuenta la historia que ocultó Borges).

Es más, terminé en cierto modo enamorándome del personaje (Del amor y otras yerbas -Parte 2).

Si fuera yo se trataría de un narcisismo mucho más peligroso del que me suelen atribuir en este espacio –ver, por ejemplo, Joise, para hablar de gente a quien amo mucho y a quien le acepto esas reflexiones sobre mi persona, que sí ayudan-; de una enfermedad gravísima, de autismo mortal.

Y tampoco es que ame al personaje que creé porque considere que el cuento está muy bien –no creo ni siquiera que esté medianamente bien este cuento.

Lo amo, amo a esa mujer, porque logró zafar de mí, escapárseme de las manos.

El día de la iluminación
,
…no paraban nunca de girar…
El mundo iba y venía, el tiempo sólo se iba con él, nunca volvía.
El tiempo de un solo tiro, ¿cómo podía durar tanto?
¿Se había estirado así porque estaba gastando hasta mi ánimo de pedir otra vez para el pasaje, y ahora sabía que cuando perdiera ya no tendría esperanzas de volver a ninguna parte, ni siquiera al asilo?
Pude pensar en todo mientras giraban las figuras, desde aquello de que ningún golpe de dados anulará el azar hasta aquello de que el azar es una flor inconcebible.
¿O era el azahar la flor, y lo de los dados una de las frases más bellas y menos oscuras de Mallarmé?
Pude pensar también en que no toda es vigilia la de los ojos abiertos, de verdad. Estaba dormida.
Y dentro de todo lo que tuve tiempo de pensar, pensaba en qué hacía yo recordando a Mallarmé y a Macedonio frente a una máquina de jugar.
Una máquina de jugar que se había transformado en un aleph –y ahora estaba pensando otra vez en Borges-, desde donde si bien no se podían ver todas las cosas, sí se podían ver o recorrer todos los pensamientos y recuerdos.
¡Y el González Tuñón
de cuando yo creía en la revolución!
hasta rimaba yo.
Hasta rimaba yo mientras pasaban las figuras y recordaba a González Tuñón:
“Y no se aflija amigo,
la vida es dura,
con la filosofía poco se goza,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura”.
Y había echado exactamente veinte centavos por ficha en la ranura sólo para que ninguna filosofía tal como la proximidad de la vejez o la ineluctabilidad de la muerte me afligiera, González.
Pero no podía ser que el tiempo siguiera pasando y las figuras siguieran moviéndose. ¿Era que son segundos el infinito?
Ya estaba otra vez filosofando a pesar de Tuñón, y mal, así que hice un esfuerzo y miré con mayor detenimiento.
Mientras pensaba, mi bolsa había crecido, la máquina daba golpes con ruido de metal oxidado; los números crecían cada vez más en el marcador, a la derecha, y mi fortuna era en cada giro más incalculable, menos legible por extensa.
Vi que muchas personas rodeaban mi silla y hacían comentarios en susurros. Una de esas personas, un joven, se dirigió directamente a mí y me dio unas palmadas en los hombros. Estaba vestido como un empleado del casino.
De pronto todos mis pensamientos dejaron de estar en mí. Y entonces supe lo que era aquello llamado nirvana, iluminación o simplemente “cese”: un mar de alegría donde no importa nada, ni ahogarse. Ni que el empleado del casino diga muy alto: “La máquina está rota”, ni que los susurros que me rodean se transformen en lamentos o en angustia, en una sola voz en la que se escucha solamente “está rota”, “está rota”, ni que mis ojos alcancen, con una vista agudizada por la iluminación, un cartelito donde en letras minúsculas reza sobre la tragamonedas: “Todo mal funcionamiento de la máquina anulará la jugada”, o algo así.
Mis ojos como dije todavía agudizados por la iluminación, inmersa en el mar de la alegría toda yo, vieron cuando pasé la puerta de salida, después de haber pedido mi sobretodo en el guardarropas, que había amanecido detrás del bosque que rodeaba al hotel-casino. Y en la explanada vieron el camión con el muchacho que descargaba botellas de gaseosas y las entraba por la puerta de servicio del bar.
El muchacho me prometió que no demoraría más de media hora y estaría listo para llevarme a Córdoba; hasta aseguró que el lugar adonde regresaba quedaba a pocas cuadras de mi casa.
Creo que en veinte minutos estuvimos sentados juntos y el camión arrancó.

Envío

Dice Diana Bellessi que “El mundo se achata cuando no lo amás”. Ese puede ser el final de mi cuento.
Lo dice en El jardín secreto, documental sobre la poeta Diana Bellessi, que se estrena el jueves 6 de junio, a las 19.30, en el Centro Cultural de la Cooperación, Av. Corrientes 1543, Ciudad de Buenos Aires.

Aclaro que nadie me pidió que hiciera esta recomendación. Sencillamente recibí una invitación personal que quiero transmitir. Yo iría si estuviera en Buenos Aires.

Gracias a todos los que leyeron las “etapas” anteriores de mi cuento, y a todos los que me escribieron, muchas más. José, mi agradecimiento no necesita nombrarte, siempre está. Gracias a quien me llamó por teléfono para decirme que había vivido cosas parecidas a las que yo relataba, pero peores, y que recibió esta respuesta: “Eso porque no leíste la última parte”. Y tuvo el buen gusto de reírse con alegría.
María José: el tema de las adicciones es, además de cruel, apasionante. Me has dado a pensar que podríamos escribir algo serio al respecto, en especial sobre la cantidad de mujeres -adultas y más que adultas- que en los últimos años ha entrado en la ludopatía.

Mis consabidos abrazos y besos, además, para todos

Mora

Monografias

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Comentarios

9 respuestas a “El día de la iluminación (última parte)”
  1. Alexander Mejia dice:

    esta muy lindo su tema señora Mora

  2. Jose Itriago dice:

    Las migraciones son interminables. Somos emigrantes. En nuestro propio país ya estamos fuera de él. Emigramos por falta de todo: de amor, de trabajo, de futuro. Y vamos a buscar y a buscar. No importa que no encontremos, igual emigramos, a veces hacia nosotros mismos, adentro, para buscar los mapas que nos marquen dónde ir. Emigramos nosotros y emigran todos, menos los verdugos: esos no emigran jamás. Es un tema difícil que no quiero que se me politice, porque he venido a hablar de la emigración interminable de los ángeles de la guarda. Son tantos que uno empieza a entender su transparencia como resultado de la sabiduría creadora. Hoy taparían el sol los millones de millones de ángeles de la guarda que tuvieron que emigrar.

    No los más viejos, que emigraron en las invasiones europeas y las menos documentadas, las nuestras, aunque no estoy seguro si antes de que nos descubrieran ya teníamos ángeles guardianes. Tampoco los que huyeron espantados de tantas masacres a nombre de su jefe y creador, despistados, confundidos, emigrantes del cielo mismo a otros cielos quizás más pacíficos y de ese a otro y a otro. Ya no los dejan entrar en ningún cielo: los consideran peligrosos, unos resentidos y amargados ángeles viejos.

    Tampoco me refiero, por las indignidades que se asocian a sus tristes circunstancias, a los que quedaron desocupados después de las grandes persecuciones, limpiezas étnicas, experimentos humanos. Miles emigrando desde todos los tiempos sin saber a dónde ir. El genocidio de los armenios, el holocausto de los judíos, Sarajevo, Serbia, Afganistán, el genocidio de Ruanda y el Congo. Ángeles políglotas de todo el mundo. Ángeles multirraciales que ya no encuentran un hueco donde esconderse, cubriendo sus ojos transparentes con sus alas transparentes. Siempre la sangre del inocente salpicándoles sus límpidas alas. Sangre, desolación, tristeza y los ángeles viendo lo inútil de sus esfuerzos para proteger a tantos perseguidos. Demasiados.

    Hablo apenas de los ángeles infelices que emigran hoy. Quizás desde la Siria donde ocho naciones pugnan por imponer su minuto de voz, porque el de los silencios es imposible con tanta bomba y metralla cayendo por todas partes y el ruido de las cajas fuertes moviendo dólares de bando en bando. Hablo también de los ángeles desocupados por nuestros pobres y cotidianos muertos, fruto de esa violencia que nos atormenta y nos va reduciendo a guiñapos escarmentados, pobres espectadores de la muerte del vecino, del amigo, del familiar tan cercano. Todo por un calibre 9 mm. o una ráfaga de 7.62.

    Y salen esos ángeles ya desempleados y avergonzados de su triste papel a emigrar al desierto del Sahara, quizás, donde el silencio les regale olvido, no sé, es posible. A pesar de que el silencio para los ángeles debería ser imposible, para ellos, los guardianes de cada alma, acostumbrados a la vigilia veinticuatro horas al día siete días a la semana. Pero sí, se van al Sahara, al centro del Amazonas, a las profundidades del océano, corriendo el riesgo de que las grandes ballenas los confundan con vulgares medusas. Quizás emigren para ser guardianes de algunos peces indefensos, como nuestros hermanos que se van lejos a hacer de limpia carros o porteros, un poco muertos pero con esperanzas de revivir. Ellos también, porque emigrar es descender de algo, es bajar a donde no se quería llegar y reconocer que su propia tierra no le es fértil, que se les hizo imposible, que ya se ve mal una queja más. No sé, no he emigrado, pero si lo tuviera que hacer me sentiría así.

    Y los coros infantiles cantando “Ángel de mi guarda, no me desampares ni de noche ni de día” y los ángeles desesperados viendo la horrible cara de la realidad que es la hambruna de la sequía africana, mientras otros, al revés, la de los ahogados por las inacabables inundaciones deslizamientos y siempre tiros y más tiros. ¿Cómo soportar tanto, tanta impotencia? Se escapan, no emigran, es que se escapan. Quizás por eso hay tantos millones de millones volando como satélites, ala con ala, qué se puede hacer, son muchos y el espacio sideral les queda chico.

    Los pobres, desde el que le asignaron a Abel, hasta hoy tratando de ser lo que los niños cantaron, tratando de convencer a que son útiles, que no son un error celestial, sino producto de una crisis pasajera que apenas lleva algunas decenas de miles de años. No es mucho comparado con la eternidad, una pelusita apenas, como esas que se forman en los ombligos de los bebes. Otros ya ni vuelan. Se hacen cataratas de ángeles, inmensas, silenciosas, tanto que impresionan más que las que se exhiben con el fragor del agua cayendo. Ellos no, silenciosos, caen y caen inacabablemente, eternamente, apresados en su absurda pretensión de pertenencia a sus orígenes y ni siquiera pueden pensar en emigrar, en escaparse de su destino de ángeles desocupados e inútiles, unos encima de los otros, siempre cayendo.

    Los que emigran no son de aquí ni de allá. Ni siquiera están en el medio. Nadie los considera. No hay poemas que hablen de su dolor, de su desencanto, nada. Menos puede haber pinturas, al menos no tan fáciles de adivinar. Quizás el “Blanco sobre blanco” de Malévich fue inspirado en sueños por su ángel guardián. Quizás algún músico en su soledad pudo escuchar el melódico sonido del batir de sus alas y lo confundió con una tristeza latente, siempre a punto de florecer, que se aturdía en su alma. Quizás son la brisa que mueve las olas y las revienta una y otra tozudamente contra la indiferencia de las rocas, componiendo imágenes de blancura y fuerza sobrehumana que se desvanecen en segundos, solo instantáneas de la fuerza para que se graben en las pupilas como repetitiva alerta tardía, póstuma cada vez. Pero ya uno no ve. Todo es un recordar forense.

    Los que emigran llevan la soledad con ellos. La soledad y el olvido. Nunca volverán a oír el coro de los niños que les cantan “ángel de mi guarda, no me desampares ni de noche ni de día”. Nadie los recuerda, casi ni los mencionan, como si fueran culpables de algo, como si hubieran podido cumplir con el trabajo que les asignaron y no lo hicieron por desidia o incompetencia.

  3. Tere Labastida dice:

    El mundo es un escenario, y el público ha visto la representación de los viejos miles de veces, sin embargo el papel que esperan que se represente no es halagador. Los viejos que han pasado por las tablas han sido tacaños, pelmas, exigentes, arrogantes y jactanciosos porque no toman nunca la resolución de: “…no hablar nunca como viejo chocho ni un tonto, ni jactarse bajo el privilegio de la edad de lo que hice de joven, o lo que haría si no fuera viejo” (Shakespiare, Mucho ruido por nada) Se han quejado de sus dolencias y muchas otras cosas más. Quizá les sorprenda lo fácil que es representar el papel de ese modo. El público espera semejante interpretación y, como un niño escucha un cuento antes de dormir, no tolerará muchos cambios. De la misma manera que el público se reirá de todo lo que dice un gran comediante, así interpretará su gesto más ligero como el hábil retrato de un personaje familiar y normalmente desagradable. Sería erróneo llegar a la conclusión de que el papel que le toca al viejo debe representarle tal y como es. Los jóvenes muestran los mismos rasgos que los viejos cuando se ve expuestos a idénticas circunstancias, y si ciertos rasgos parecen caracterizar principalmente a los viejos, eso se debe a que, para los viejos, las circunstancias que los hacen aparecer son más frecuentes y apremiantes. Si el viejo no exhibe su carácter, sino se limita a ser un buen actor, puede representar un papel diferente de un modo igualmente convincente bajo circunstancias distintas Cometer errores es una de las prerrogativas de la vejez, y la usaré para resumir: No es demasiado tarde para convertir la vejez en una tierra… Donde la gente se haga vieja pero no pía y sombría,/ Donde la gente se haga vieja pero no artera y resabida,/ Donde la gente se haga vieja pero no agria de lengua. (William Butler Yeats, La tierra del deseo del corazón). Hemos contemplado este mundo no para defender a los viejos contra la crítica, sino para ver cómo puede cambiarse para hacer la crítica innecesaria. “El defecto, querido Bruto, no está en nuestras estrellas, ni en nosotros mismos, que somos subordinados. Está en el mundo en que vivimos” (Shakespeare) Y para concluir, ¿acaso no son los viejos angeles en la tierra, al menos aquellos que tienen la dicha de convivir con sus nietos? Felicidades Mora por este cuento que nos regalaste. Los amo.

  4. Celestino Gaitan dice:

    Magistral!!
    Amada Mora…
    …Las mas de las veces, me resisto a dejar mi Comentario,
    porque termino por aparecer, cursi y adulador.
    Ahora mismo no lo consigo,
    y te confiso…no le entendi ,
    Pero para mi es parte de la Quimica
    que me anima y por lo cual me mantienes cautivo,
    Siempre dejas abiertas las puertas a la imaginacion y
    a la realidad, que a veces supera las extremas fantasias.
    Aqui vivimos muy cerca del Kikapoo Eagle Casino
    y aunque no soy adicto, si he tenido la oportunidad
    de observar ancianas acariciando, hablando o
    conectadas al cilindro de oxigeno,
    otras operando dos maquinas simultaneamente,
    y a dos manos…
    Como siempre es un placer leerte y una de mis debilidades
    dejar un comentario…Tu dominas.

    Besos para Ti y

    para Tod@s un Afectuoso Saludo y Fraternal Abrazo.

    Celestino.

  5. Joise Morillo dice:

    Hola, Cara Mora. Parabienes

    Murphy lo concibe tácito:

    “siempre sucede lo que uno menos espera”

    ¡Empero siendo esta sentencia la miseria del jugador vicioso, el ludo es lo que menos procura, aunque ganar es su anhelo!

    Queridos, principalmente Mora, la crítica tiene valor cuando procura corregir la voluntad de los defectos, la mía no se dirige sino a aquellos que indefensos por adolecer de espíritu fuerte que los guíe por las sendas del bien y la belleza, no podrán lograr minimizar su angustia. La idea es ayudar.
    José, siento lagrimas en vuestros ojos, y no es para menos, creo padecer vuestra misma impotencia ante los vejámenes de esos ángeles perversos, en contra de otros guardianes en otrora procurando seguridad y bienestar a la otredad que ama y le ama. La lucha es asimétrica actualmente, pero, no hay mal que dure cien años, con esto no quiero dar espacio a la resignación sino mas bien a la tenacidad respecto a consolidar la paz mediante la armonía, el buen juicio y la solidaridad.

    Por otro lado, mi María ilustre, deberías considerar envejecer, en la medida que el individuo humano presente una clara voluntad de no producir beneficio para si mismo y para otros, no basta el espíritu joven, ni la poca edad, pero si la voluntad de ser útil, tanto física como intelectualmente, conozco casos de longevos (sexagenarios) jóvenes, y adolescentes decrépitos. Einstein, sexagenario desarrolló sus teorías mas emblemáticas, para la historia su imagen longeva es sinónimo de juventud y utilidad.

    Os ama
    Joise

  6. maria jose lopez dice:

    Querida Mora,
    siento como si en mi comentario anterior,me hubiese equivocado de tema,si es así pido
    disculpas.
    La vida no es como un juego de azar , no se debe permanecer sentado y esperar un golpe
    de suerte,ni mendigar unas monedas para seguir viviendo.
    La longevidad casi siempre es aquello temido,una etapa en la vida en el cual el sonido
    de las campanas no suena con la misma intensidad ni tan alegre como en la juventud,
    siempre hay un momento,sin lugar determido, acude un pensamiento……hoy……
    mañana…….doblaran las campanas.
    No temo el mañana,si he vivido el dia de hoy….con trabajo,con descanso,con aciertos ( que
    alegran ), con errores ( aprendi ), el dia de mañana es simplemente una continuación del
    dia de hoy, con una mochila de anecdotas, y frases vividas.
    Mi padre pronto cumplira los 86 , tiene azheimer ( una enfermedad cruel ), es muy triste el dia
    o los momentos que los recuerdos se borran de su mente, y cuando recuerda lejanamente…
    vagamente… cada segundo escucho una anecdota o una frase vivida, aunque me las haya
    contado infinidad de veces, las escucho…..me gusta escucharle contarlas.
    A veces me enfado…..pero no es con él, es con la enfermedad, es el reflejo en el espejo de
    la cara más dura de la vida.

    La emigración……el planeta…..nuestra tierra, tierra de todos y de nadie. La tierra que nos ve
    nacer, que cuidamos y amamos forma parte de nosotros y nosotros de ella, y pertenece a
    aquellos que la aman al igual que ellos pertenecen a la tierra. Nadie deberia abandonar
    su tierra por motivos que no fueran voluntarios, y mucho menos sentirse obligados.
    Nadie deberia sentirse extranjero al pisar una tierra que no le vio nacer, solo hay un planeta que
    se llama……..Tierra, al igual que solo hay un sol que nos alumbra y una luna que ilumina las
    penumbras,y es……de todos.

    Naci con el pensamiento arcaico de las raices de los árboles ya centenarios, y con su pequeña
    semilla que debe crecer y adquirir conocimientos. La vida es un continuo cambio.

    Os quiero

    Maria Jose

  7. maria jose lopez dice:

    Mi querido Joise,
    totalmente de acuerdo contigo , la edad no hace a la persona,
    La persona se forma con la edad.
    Hay jóvenes decrépitos y longevos jóvenes.

    Os quiero

    Maria Jose

  8. Mirta Beatriz Gariglio dice:

    Mora: la lectura de tu cuento me impulsó a buscar y rescatar a aquel jugador de Dostoiewski que durmió olvidado entre mis libros por más de cuarenta años.
    Decidí revivir aquella aventura.
    Del brazo de Alexis Ivanovich volví a entrar por las puertas del casino de Roulettenburg sintiendo nuevamente que formaba parte de aquel cuadro vivo donde extravagantes damas y caballeros: croupiers, espectadores y apostadores se apiñaban alrededor de las mesas de tapete verde.
    La bola echaba a rodar.
    En mi papel de participante obligada no podía menos que seguir las secuencias por las que atravesaba mi compañero, inmerso en el trance febril del juego y ajeno por completo al estado emocional que me embargaba: mis nervios, mi angustia, mi presentimiento de un próximo final trágico, mi esperanza de que súbitamente embolsara lo que había ganado y se alejara…
    En su obsesión arriesgaba todo; ganaba y perdía. Su audacia le hacía olvidar el fracaso anterior, saltar al vacío y tocar el cielo con las manos al ganarle a la banca.
    Inexorable, la ruleta seguía girando.
    Mi corazón espectante y temeroso, a punto de estallar con tanta zozobra imploraba:- ¡basta! ¡basta!
    pero mi viejo amigo ya tenía su destino marcado.
    …………………………………………………..
    Aludiendo al “envío” de tu primera entrega, digamos que El Jugador es de alguna manera un retazo de la vida de Dostoiewski. Él, finalmente, pudo liberarse de esa pesadilla la que por otra parte, le permitió escribir esta novela.
    De aquellos casinos clásicos, un tanto inaccesibles ya que sólo unos pocos podían concurrir a ellos pasamos a los actuales que están a la vuelta de la esquina y donde cualquier persona, a cualquier hora puede dejar sus monedas. El juego se incrementa para beneficio de pocos y a costa de muchos.
    Comparto que la ludopatía es un tema cruel, apasionante y complicado. Más allá de juzgar a la persona sabemos que su pasión lo encadena, lo devora y hace añicos su vida y la de quienes lo rodean.
    Mis cariños
    Perla

  9. charmante charmante dice:

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