Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Junio, 2013

Página de un momento de vacío

Estoy sin inspiración (¿Inspiración o retórica? Una mirada al sesgo de la creación literaria), sin éxtasis (Dioniso, el Dios del Vino).

¿”Melancolía que a la poesía conduce”? (Poemas de José Ángel Buesa).

Definitivamente, no.

Pero “Todos los caminos conducen”, dice H. A. Murena (Literatura argentina: entrevistas).

Lo dice así, tan sugestivamente. No a Roma (Roma, la huella de un gigante), no al cielo ni al infierno (Mitos mexicanos). Sólo conducen, y es verdad.

Verán como ayer por la tarde algo me condujo…

Verán cómo es productiva la pereza (Ángeles, Demonios y el Cerebro: La neurociencia aplicada).

Lo verán si soportan la página que sigue (Diez virtudes para ser feliz): serán conducidos.

Aquel que lo logre que me cuente hacia dónde.

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Camila O’Gorman o la poesía en acción

Cuando pienso en castillos (Casas Encantadas), en vampiros (Esperanto: Más allá de la voz de los vampiros), fantasmas o en lúgubres historias de amor (Concepción de la tragedia), siento que hay un lugar donde todas esas cosas se amontonan, están desparramadas y tienen vida propia.

Después de todo no es un lugar, es un siglo; pero Einstein, nacido en esos días, podría aclarar mi confusión (El sueño de Einstein).

Amigos: les presento un fragmento, una astilla, del siglo diecinueve, acá, en América latina (Condición de la mujer durante el siglo XIX en México), en Argentina puntualmente (El caudillismo argentino del siglo XIX).

Camila O’Gorman o la poesía en acción

Hacia 1828, en Buenos Aires, nació una niña en la familia que componían Adolfo O’Gorman y Joaquina Ximénez Pinto.

Esa niña, veinte años más tarde, iba a darle al pueblo una lección de amor, a la leyenda una figura nueva, finalmente iba a reunir, aunque en un mismo odio, a unitarios y federales, las dos furias que en ese momento asolaban la patria. La convertían en un canto a la muerte.

Las señales fúnebres estaban claramente en todos lados: huesos sembrados en los campos, cabezas colgadas en los atrios de las iglesias, biblias encuadernadas en cuero humano cuyas hojas pasaban los dedos más devotos.

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Las afinidades del espíritu

Uno reniega de las palabras, las acosa, quiere sacarles hasta la última gota de su jugo dulcísimo.

Pero cuando no puede usarlas, ¡cuánto faltan!

Las más simples, las que se creería que no tienen ningún valor, las prosaicas, vulgares y comunes palabras.

Esas que están para decirle a un amigo lejano: te acompaño.

Y están para enjugarle las lágrimas.

Y esas son las que pueden dañar, y por eso no pueden usarse.

Pasemos a mi palabrerío:

Las afinidades del espíritu

Apuesto a que termino de escribir este artículo sin haberlo escrito. En parte, como el soneto de Lope de Vega (Félix Lope de Vega y Carpio), aquel que le manda hacer Violante. Seguro que lo escribo, pero sin mencionar casi algún tema (Tema de psiquiatría).

Yo he leído muy poco, muy salteado (Comprensión lectora). Por eso pido perdón ante algunas bravuconadas que, después de escribirlas, resultan altamente eruditas, ilustradas –es horrible la palabra bravuconadas, pero fue lo único que encontré para reemplazar la peor palabra fanfarronadas, y luego busqué un sinónimo de “cultas”, referido a mis bravuconadas, y, apenas copié ese “eruditas, ilustradas” que puse al final de la frase, cerré el Nuevo Gran Diccionario de Sinónimos y lo extravié entre los papeles y libros que rodean lo que escribo. En este momento no tengo a nadie más humano y brillante que un diccionario que me alcance un sinónimo, y mi cabeza se estancó.

Esas bravuconadas suceden porque mi memoria tiene metabolismo acelerado, y con lo poco que he leído puedo suscribir oraciones como aquellas con las que iba a empezar esta nota, de las que después me arrepentí, porque me dieron vergüenza por vanidosas. Y vanas (En camino a Heráclito).

Las oraciones eran éstas, Dios me perdone:

Plutarco habla de vidas paralelas (El indio y el gaucho: los marginados de la política liberal), Goethe de afinidades electivas (El mal en Fausto y El Hombre de la Arena), Proust de consanguinidad espiritual (La novela), Borges de precursores de grandes escritores como Kafka (La figura del artista en tres cuentos de Kafka), es decir, afines en tiempos diferentes. En un libro de filosofía que estoy tratando de leer –o sea, de entender-, Clément Rosset afirma que “la afinidad espiritual que vincula a Schopenhauer con Freud ha sido atestiguada por Freud desde el comienzo de su obra”.

¡Iba escribir al empezar el post esta frase! Y yo apenas abrí un día el libro de Plutarco que tengo a mi costado; hojeé un día el Fausto de Goethe y me aburrió -sé que es pecado lo que confieso -, y etcétera etcétera en lo que se refiere a todo eso.

Sin embargo, este juego me gusta. ¿Para qué tantas reverencias si lo más importante para mí, lo que más me gusta, es jugar?
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El día de la iluminación (última parte)

Escribí dos finales para “El día de la iluminación”, no sé bien por qué (Triste final para una historia de Romance, Encuentro y Muerte).

No acertaba a darme cuenta cuál era el que correspondía más adecuadamente a mi cuento, aunque tenía mi preferencia (Gustos y preferencias recreativas físicas en las personas adultas femeninas).

El momento de la iluminación parecía estar en ambos, de modos diferentes (Inteligencia espiritual, la felicidad interior).

Y tuve que elegir (Predeterminación divina y libertad humana).
Ahora, por supuesto, dudo de mi elección.

Tal vez falten palabras en la descripción de ese momento y sobren en otras descripciones (La descripción).

O tal vez eso esté correcto: a la vida común le sobran siempre (Falacias y razonamientos en inteligencia estratégica), a la “iluminación” no es que le falten, no las precisa (Buddha: El amigo del hombre).

Insisto en que el personaje no soy yo excepto en aspectos muy externos (El personaje de “El Aleph” cuenta la historia que ocultó Borges).

Es más, terminé en cierto modo enamorándome del personaje (Del amor y otras yerbas -Parte 2).

Si fuera yo se trataría de un narcisismo mucho más peligroso del que me suelen atribuir en este espacio –ver, por ejemplo, Joise, para hablar de gente a quien amo mucho y a quien le acepto esas reflexiones sobre mi persona, que sí ayudan-; de una enfermedad gravísima, de autismo mortal.

Y tampoco es que ame al personaje que creé porque considere que el cuento está muy bien –no creo ni siquiera que esté medianamente bien este cuento.

Lo amo, amo a esa mujer, porque logró zafar de mí, escapárseme de las manos.

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