Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El día de la iluminación (2ª parte)

Di pasos más seguros todavía (Ejercicios Físicos en la Tercera Edad), y me acerqué a los que estaban jugando.

Temía a los moralistas, los ejemplares que más abundan en lugares como ésos (Los cuatro gigantes del alma revisitados).

He oído a algunos que responden: “Yo sé medirme. ¿Cómo no guardó para el pasaje?”, y dan vuelta la cara y se encaminan apresurados a donde los lleve el diablo (La Sangre del Diablo). Pero un diablo que nunca soy yo.

Siempre reflexiono al escucharlos que, si se supieran medir, no se encontrarían allí en ese momento. Pero en este caso era yo la que estaba a punto de pedir, y la turbación me impedía hacer consideraciones sobre mis compañeros de adicción (El miedo a amarnos).

Rogaba que nadie me respondiera una cosa semejante; que no me sermonearan al menos, que en última instancia presentaran excusas no creíbles pero amables.

Tengo mala suerte (El azar). La primera persona con quien hice mi bautismo de fuego era una señora que se estacionó, de pie, junto a mí: “Las máquinas están arregladas para que no den, hoy más que nunca”, protestó. “Me mudo a otra, pero seguro que es lo mismo. ¿Quiere acompañarme?”, me arrió de alguna parte de mi brazo. “Vamos a las de un centavo. En poco tiempo le tragan cien pesos, ¡pero en más tiempo que las de cinco centavos!”, exclamó.

La acompañé con resignación, o bien mi brazo tenía dificultades para soltarse. No la veía como una buena candidata: se quejaba demasiado (Cesión en sesión).

Con generosidad me indicó la máquina que había dado “millones” hacía algunos días, me obligo a sentarme allí, ella ocupó la que estaba al lado.

-Tiene que poner algún billete –susurró, sin dejar de estar atenta a su tragamonedas-. Mejor cien que doscientos pesos, ponga –continuó-. Se los traga enseguida. Justamente se llama por eso tragamonedas y no tiramonedas, no tenga muchas esperanzas”, dijo creyéndose extraordinariamente ingeniosa.

Yo observaba un no sé qué de melancólica culpabilidad en su discurso.

-¿Pero no pone nada? –insistió.

Y en ese momento fue cuando –como en descarga eléctrica- le revelé mi corazón aterido. No podría volver, y todo eso…

-¿Diez pesos le faltan? Perdió su jubilación y no supo guardar diez pesos?

La palabra supo me lo aclaró todo. Si hubiera dicho pudo todavía hubiera tenido esperanzas. La palabra me hablaba de su sabiduría.

Pero hice el pedido.

La señora endureció sus rasgos y, abiertamente, me despreció: se quedó en silencio frente a la máquina que, ahora mismo, le estaba dando 10.000 créditos con bombos y platillos, es decir, con luces y con gritos.

La miré varias veces de reojo. Tenía un perfil innoble, la piel enrojecida, edad indefinida -es una descripción, ninguna crítica, ¡pero cómo la odié!

Yo acababa de romper el espejismo. El espejismo de que pedir es malo.

No demostré mi enojo ni me triunfo filosófico-moral; la dejé sola sin despedirme, que era lo que ella esperaba para seguir amonestándome.

Vale la pena repetirlo para que se fije: yo acababa de hacer añicos la creencia de que pedir dinero en una sala de juegos es lamentable, degradante y está muy cerca de llamarse “delito”.

Acababa de romper el hechizo de esas palabras filosas y estridentes. E inclusive, “¿qué es un delito, qué es delinquir, aún tratándose de otro crimen?”, me dije, me pregunté sin respuesta. Ya estaba avanzando a paso amplio en el camino de mi liberación. O iluminación, como reza el título que elegí para este cuento.

Mi paso adquirió aún más elasticidad cuando volví a reunirme con los que estaban fumando o mirando las evoluciones de la luna, afuera, o considerando las de su fortuna -luna y fortuna ¡qué linda rima para algún poeta!. Pero ¿acaso no existía ya aquel “Cuando en Ginebra o Zurich la fortuna/ quiso que yo también fuera poeta/ me impuse como todos la secreta/ obligación de definir la luna”? Sí, ya existía, y era de Borges, por supuesto.

Dejé de divagar. Tenía una misión, la de pedir por mí. Mi Yo me iluminaba más y más, ponía luz en mi boca -de donde el pedido iba a salir-, en los hoyuelos que forma la sonrisa, que siguen haciéndome adorable a pesar de la edad.

Me acerqué a dos mujeres que estaban llegando; venían con dineros flamantes; éstas, seguro, al menos todavía, no habían perdido nada.

Les expliqué mi situación, sólo pedía para el pasaje, sólo pedía diez pesos.

La mujer mayor frunció apenas los labios, la muchacha me entregó el billete diciéndome: “No se sienta mal, a todos puede pasarnos, y además, ¿qué son diez pesos?”.

Le agradecí, ellas entraron y se perdieron por la sala, yo las observé entrar.

Me quedé con diez pesos en la mano, los miré fijamente. Manuel Belgrano no sonreía allí -ni en ninguna parte, no hay ninguna pintura de Belgrano sonriente- pero tampoco me juzgaba; hasta tenía una especie de mayor indulgencia.

Empecé a caminar hacia el bosque, hacia la salida que llevaba a la ruta donde tomaría el ómnibus para Córdoba. Tenía el billete todavía en la mano, como para entregarlo al conductor.

Y repentinamente me volví; con esos diez pesos yo seguro hacía veinte; con veinte pesos ya podría empezar a jugar de a poco en las máquinas, arriesgando poco, hasta que me dieran más, y luego recuperara todo lo perdido, y quizá con ganancia.

Volví; aunque el comienzo de la iluminación que me había sobrevenido incluía como parte esencial el comprender que no importaba lo que la gente pensara de mí -de esa figura borrosa que se movía que era yo y nada más para la gente del lugar- entré mirando con cuidado que la señora y la jovencita a quienes había pedido para el pasaje no me vieran.

Fui hacia esa máquina de a centavo frente a la cual había estado sentada hacía un rato sin jugar; aún se encontraba a mi lado la dama hostil, aún ganaba de a muchos créditos.

Creí que, tan atenta a su juego, ella no sabía que yo estaba allí otra vez; lo creí por un rato bastante largo.

Con un peso las máquinas de un centavo dan mil créditos; con mil créditos uno se hace la ilusión de que está jugando en serio, por mucho dinero. Aunque ganar quinientos créditos, por ejemplo, signifique ganar cinco pesos.

(Fuera de cuento: no sé si mis amigos de otros países entenderán bien estos cálculos, porque en cada lugar el peso tiene diferentes valores. Tal vez tenga que “dolarizar” para explicar: el dólar oficial está a cinco pesos argentinos; el llamado dólar blue, o negro, a 8.50, aproximadamente. Este último es el que tiene valor real. Calculen ustedes lo que vale nuestro moneda.)

Empecé a apostar. Al poco rato tenía treinta pesos.

Sentí que la máquina de al lado musitaba, con la voz de la antipática señora: “Me imagino que ahora pensará devolver los diez pesos que pidió prestados”.

Disparé de esa voz como alma que lleva el diablo, es decir, como alma que lleva mi alma -ya dije que yo, allí, era el diablo.

Me acerqué a Los Lobos, una serie de lobos y coyotes que aúllan ¡a la luna, precisamente!

Puse los 30 pesos en esa tragamonedas y en cinco o seis tiros los perdí. Se trataba de una máquina cuya alimentación era más exigente: cinco centavos por crédito, no uno solo.

Dejé con celeridad el asiento, tenía otra misión, otro pedido en nombre de mi esplendoroso yo. Ya se veía que mi Yo ahora no se desinflaba ante los infortunios, había cobrado vida; se estaba haciendo preguntas a sí mismo; comprendía que lo patético no era él mismo porque hubiera perdido. o porque tuviera que convertirse en mendigo. Lo patético era, entre otras cosas, que la gente de ese sitio hablara en nombre de una alta moral.

Yo ya sabía que cuando uno concurre a esos lugares debe dejar a un lado algunas cosas, algunas tan simples, tan pequeñitas, como la alta -o baja- moralidad.

Y me acerqué a otros que recién llegaban, y volvió a ser fácil: diez pesos no se niegan a otro jugador cuando uno tiene diez mil en el bolsillo.

Debía emplear esos diez pesos de la mejor manera posible.

Decidí tomar la primera ganancia que me diera la máquina, aunque se tratara de un solo peso, y correrme a otra, seguro peso a peso me recuperaría -para lo que necesitaba más de mil cambios de máquina, caramba; un imposible.

Entré otra vez con mis diez pesos, pero anduve rondando las mejores posibilidades antes de sentarme.

En el casino, me atrevería a decir que en casi todos los del país, Cleopatra es la tragamonedas más popular, la San Cayetano del slot, la que da a los pobres, la venerada por el vulgo.

En eso también se ve lo fina que soy; esa máquina a mí no me quiere.

Las máquinas intuyen quiénes las manejamos y simpatizan o no. Por eso la dejé pasar aunque estaba desocupada y seguí buscando, mientras trataba de que no me vieran cuatro personas: la adusta mujer de las maquinitas de a centavo, la joven y la señora mayor a quienes les había pedido la primera vez; la pareja de novios a quienes les había pedido la segunda.

Como la sala no es muy grande, decidí cambiar un poco.

Llevé el sobretodo al guardarropa, quedé vestida con falda, blusa y botas altas.

Fui otra vez al baño y me arreglé el cabello: saqué una hebilla de la cartera y me hice un peinado bastante alto; seguramente al ajustar así mis cabellos se me verían atrás algunas peladuras, pero el espejo era plano y yo no las veía. Además, me lavé la cara y desapareció todo rastro de maquillaje.

Esa era la mejor -y la peor- transformación. Soy una artista para conseguirme una buena cara con pintura, pero para la ocasión eso era lo más aconsejable, valía la pena el sacrificio de mi obra de arte. Disfrazarme con una asombrosa falta de disfraz: yo era yo repugnantemente.

Anduve y anduve buscando por la sala; tenía hambre y sed porque ya llevaba demasiadas horas allí dentro y ni en mis momentos favorables me había acordado de comer.

Me acerqué al bar y pedí un vaso con agua, como antes; esta vez no me miraron bien -ahí comprendí que mucha gente estaba observándome y señalándome, ¡y cómo no! -entonces expliqué que debía tomar un medicamento.

La moza se dio vuelta de mala gana para servir agua en un vaso descartable tan pequeño que en menos de dos sorbos me la bebería, y ahí vi la fuente de masas para acompañar el café que se servía, que estaba sobre el mostrador.

Mi gesto y mi habilidad fueron instantáneos: robé una masa mientras la moza se daba vuelta, la escondí en mi mano izquierda y tomé con la derecha el vaso diminuto que me ofrecía.

Fui a comer y a tomar afuera.

Estaba otra vez afuera y las caras habían cambiado, no sólo porque se habían renovado -eran otras de otras personas, es claro- sino porque me miraban fijamente a mí y parecían compartir un secreto que no compartían conmigo.

Tomé agua, comí apresuradamente la masa para prevenir que no me bajara la glucosa y me dispuse a entrar a ganar.

Me acomodé en la primera máquina desocupada que encontré.

Una intuición dejó de lado mis anteriores planes de ir ganándoles a las máquinas poco a poco.

En lugar de eso, en la primera jugada hice la apuesta mayor.

Las figuras giraron y yo las miraba con inusitada confianza; me parecía que no paraban nunca de girar.

(Continuará.)

Queridos, los envíos los dejo para la próxima tercera y última parte. Les pido perdón si es un golpe bajo cortar aquí…

Mora

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Comentarios

9 respuestas a “El día de la iluminación (2ª parte)”
  1. ernesto walter white dice:

    Aunque saca fuerzas de donde no tiene para recuperarse, pero en el fondo sabe que es perdedora, a pesar de que quiere seguir arriesgando en el fondo sabe que esa posibilidad es remota y sigue arriesgando, claro el que no arriesga no gana, pero aquí debio de retirarse definitivamente, aunque la espina dentro de ella la incitaba a que vuelva a intentar aunque pierda. De los arrepentidos solo se apiada Dios. Si hubiese tenido presente este precepto se hubiese salvado de la tortura.

  2. Joise Morillo dice:

    Pulcra expectantica, querida Mora. Saludos.

    El juego de azar tiene como espíritu, un dominio totalmente incierto, donde la tenacidad no es el antónimo y meno sinónimo del concepto -de no ser el vicio - que prevalece. Pero si la necedad, el perdedor enviciado es tan mediocre o vil, que no acierta su problema y da más importancia a sus deseos viscerales que a su propia incapacidad de ubicarse en lo que más le hace falta (autoestima).

    Seguiremos con el suspenso.

    Os ama

    Joise

  3. María Gatti dice:

    Señora Mora
    nos has dejado con ganas de saber en que terminaría la ansiedad de la heroína de ganar, aumentada por el hambre que evidentemente no sació la masa que engulló del bar y menos el pequeño vaso de agua.
    Esa angustia es tremenda en las personas viciosas debe ser porque no tienen resuelto algo en sus vidas,es como el cigarrillo o el alcohol.
    Esperemos el próximo número expectantes.
    Cordiales saludos
    magela

  4. Jose Itriago dice:

    Y parecía que las figuras jamás dejarían de girar.
    Un gran tema, desarrollado magistralmente. Existe un gran contraste entre la fuerza, la audacia que produce la adicción y el daño que causa. Las personas se aceran, parecen invulnerables a las humillaciones y todo tipo de privación, hasta que de pronto se quiebran en mil pedazos. El rompecabezas que dejan no se puede rearmar.
    Es el juego de la vida o la vida en juego.
    Esperemos la continuación de Mora: es el día de la iluminación.

  5. Tere Labastida dice:

    Gracias querida Mora, me tienes en suspenso, me gusta tu cuento y quedo a la espera de la entrega final.

  6. Gustavo Mendoza dice:

    Interesante relato el que realiza la escritora en relación a la faceta psicológica de la condición humana
    en este personaje, ya que nos permite comprender un poco la parte lúdica mezclada con el ánimo de lucro pero inmersa en una copa rebosante de incertidumbre y especulación. Un poco en este sentido me identifico con el personaje, en relación al querer saber que ocurrirá en la siguiente “jugada” (entrega literaria) que tan gratamente me ha resultado leer. Enhorabuena.

  7. maria jose lopez dice:

    Mi querida Mora,
    muy interesante tu cuento.
    La ludopatia ¿ como podriamos definirla ?, como patologia o como vicio.
    ¿ Quién puede juzgar a un ludopata ?
    Pueden juzgar todos, no deberia nadie.
    ¿ Quién no tiene una patologia ?
    ¿ Quién no tiene un vicio ?
    ¿ Quién tiene derecho a mirar mal ?
    nadie,
    entre millones de ojos…….
    siempre habra unos que miren…….con Amor.
    Mi vicio……inhalar humo y formar con él figuras en el aire.
    Mi patologia………….Amor.

    Espero impaciente el desenlace,con la esperanza de un final feliz ( como en la mayoria de los
    cuentos que de pequeña lei )
    Querido Joise creo al igual que tú, la autoestima es fundamental y se necesitan grandes dosis
    diarias para superarse y superar.

    Os amo

    Maria Jose.

  8. Carmen Huaroc dice:

    Hola, Mora: hace tiempo que leo tus cuentos que los encuentro tan interesantes, que me anime a decirte que me he quedado a la expectativa con El día de la Iluminación.
    Carmen

  9. charmante charmante dice:

    Felicitaciones al sitio es muy bonito, además de ser más interactivo y originale.De tiene un gran contenido y enlaces.
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