Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El día de la iluminación

He sido una rareza para todos; una sorpresa adversa, adjetivo que tal vez no tenga ninguna importancia (Embarazo Facticio).

He ardido con la luz de un demonio. Fue ayer (La Anatomía del Miedo).

Nunca tantas personas posaron sus ojos en mí, desde la entrada de la tarde hasta la noche.

¿Quién era yo, qué papel representaba en ese instante? -digo instante porque no fue más que un momento de gloria, los conocidos cinco minutos de fama que tienen los personajes secundarios de la televisión; en el noticiero, por ejemplo, el vecino que declara sobre un asesinato en el barrio. ¡Y qué feliz es esta gente ante la cámara, cómo sus rasgos y sus dientes brillan! (La televisión y su rol psicosocial).

¿Quién era yo aparte de quien soy ahora mismo? (Muerte a mí mismo).

Trato de verme desde lejos, como me miraría cualquiera de los que estaban a mi lado ayer; y, como miope que soy, tan lejos casi no puedo ver –la miopía que tengo es bastante rara, porque se extiende de mis ojos a mi apreciación de las cosas (Error de percepción de la realidad por la psicología).

Me veo como veo a menudo los paisajes, como si fuera un paisaje de Monet; un cuadro impresionista cuyos contornos se diluyen (Impresionismo).

Me miro allí paseando entre las tragamonedas; pondero mi sobretodo a rayas, cierta arrogancia de toda mi persona que de ningún modo busco me persigue, me busca ella (Delirios).

El elegante sobretodo es viejo, está algo gastado y perteneció a un pariente de mi cuñada que murió, y mi cuñada se hizo cargo de su exclusiva ropa de estanciero y la repartió por toda la familia. A algunas mujeres les tocaron chaquetas príncipe de Gales bien masculinas, pero impecablemente cortadas. No conocí a mi benefactor (Las sociedades iniciáticas y su herencia).

A los costados del sobretodo, después de las mangas, pueden verse mis manos –digo, pueden verse desde aquí; han pasado varias horas y, como dije, también soy miope para el tiempo.

Mis manos no son tan refinadas como yo.

Aunque la mano izquierda no tiene una sola mancha y su piel es perfecta, en la mano derecha, en cambio, hay dos manchas redondas como pequeños ojos castaños que bien podrían mirarme a la cara: uno al lado del otro, uno igual al otro. Mis dedos son cortos y nudosos, y eso no es lo peor.

Debido a la costumbre de fumar, mis uñas están irremediablemente manchadas, por lo que debo pintármelas para que nadie llegue a sospechar que puedo ser una persona sucia.

Me las pinto de un color morado casi negro. Quedan teatrales -como las usaba antes de reformarse el músico Charly García-, en especial en unas manos viejas. Y eso tampoco es lo peor.

Quedan cómicas, quedan trágicas, porque a menudo me olvido de arreglarlas y la pintura se descascara. En los dedos que uso para fumar, mis uñas son una mezcla de ese color morado-negro y amarillo tabaco. Las uso bien cuadradas, cosa que está de moda y que me es muy útil, porque no tengo lima y me las corto con los otros dedos cuando se ponen largas, o con los dientes, cuando no me ven mis compañeras del hogar.

Y aún me estoy preguntando quién era yo ayer, o qué parecía ser, y todavía no llegué a mi cara.

Lo que puede llegar a darme ese aire tan fino, tan destacado, tan noble, es el cuello delgado. Eso hace contrapeso con algunas tosquedades de mi figura.

Desde atrás, lo que asciende por mi cuello sí que es patético. No lo veo a menudo más que con dos espejos, y pocas veces tengo acceso a dos espejos, pero sé.

Es mi pelo, mi casi pelo, mi cabello de bebé incrustado con toda economía en una cabeza pequeñita.

No se puede peinar, ni tocar; va por allí o por allá, como crezca este día; va sin pedir permiso, rebelde pero débil. No hace falta peinarlo nunca porque queda exactamente igual peinado y despeinado: negligé, negligé, dicen las lenguas perdonadoras, en francés. Y de un color arratonado, lo que no es malo –porque hay ratones de excelente color- sino significativo.

¡Y mi cara, ayer!

Casi todos los días es una buena cara, de rasgos normales. Pálida, antigua. Hasta han dicho a veces que es muy linda.

Lo que no saben es cómo se transforma. Elástica como un contorsionista, toma la forma de lo que estoy pensando, de lo que estoy sufriendo, o amando, u odiando.

La boca es una de sus partes más llamativas.

En tiempos normales es serena, en tiempos como el día de ayer enloquece. Su piel se pone blanda, cada vez más roja y quebradiza, se llena de millones de arrugas, se seca y tiembla.

Tiembla en el costado derecho, nunca en el izquierdo; al lado derecho de mi cara le sobrevienen ataques de pánico, pero la otra parte no se interesa en eso. La otra mejilla, el otro ojo y en especial la otra comisura están haciendo como que no se enteran, o no se enteran de verdad, siguen con lo que tenían que hacer y no se ocupan.

En el caso de ayer esa parte sana de mi boca –antes, como dije, de mis minutos de gloria- festejaba con alegría algún triunfo obtenido por un azar favorable, por una caída musical de las fichas, una lluvia de sonidos e imágenes parecida a remotos orgasmos.

Y me atrevo a pensar que mi lector ha hecho una mueca de disgusto: ¡tanta descripción del personaje para que se trate de una vulgar señora sentada ante un slot!

Sin embargo, ¿dije yo que era una señora?

Ahora revisaré lo que llevo escrito; creo recordar que ni siquiera me describí en femenino. Mi lector cayó por la pendiente de las uñas pintadas, el pelo y algún otro prejuicio, y eso que respecto a las uñas le nombré a Charly García, que no tiene nada de mujer.

Pero sí, yo ayer al mediodía era una vulgar señora sentada frente a una máquina tragamonedas, para qué mentir. Para qué disfrazarme si ya estaba disfrazada, aunque vista de perfil no parecía una simple señora sino un personaje muy extraño.

Cuando de pronto, en un lugar, irrumpe un personaje muy extraño –adversamente extraño o no- inmediatamente se piensa en el Diablo, y yo lo era, o lo era a medias, y ese Diablo, tal vez por complicaciones psicosomáticas que tenemos los humanos, empezaba a formarse en la parte derecha de mi boca, donde se retorcía la expresión.

Por un rato todo estuvo tranquilo. Había puesto cada billete, billete a billete que junté durante varios días en mi caja –no muchos- en una sola máquina, y ésta se portaba normalmente: comía de a ratos mi dinero, de a ratos convidaba.

Tal como viene una tormenta inesperada, tal como viene sin aviso, la máquina empezó a devorar con rapidez. Uno tras otro tiro tragaba sin masticar; yo, como autómata, no tuve tiempo de pensar en pararla. Las figuras pasaban sin moverse –inmovilidad de cuando no se deciden a dar premios.

Ni el mago que destapa galeras con conejos negros y blancos, algunos de mucho valor, apareció. Sólo la escoba que barría solitaria, abstracta, no el dinero de nadie, porque ella a mí no me veía, sino el dinero abstracto, frío, el verdadero.

Cuando mi cuenta quedó en cero podía oír el silencio de la tragamonedas que yo había elegido entre los ruidos de las otras, y me quedé sentada mirando los dibujos vacíos como yo, por un rato, mientras pensaba qué debería hacer ahora. Yo era una señora en apariencia distinguida aunque jugara juegos tan vulgares. O lo parecía, que es lo mismo. Ese día, ayer, era una señora distinguida que quizá había dejado sus libros de consulta, psicóloga o médica, jubilada tal vez, para ir a relajarse un rato con el juego, y eso reflejaban las actitudes de la gente con quien me cruzaba: eran muy respetuosos y también indiferentes conmigo.

Estaba en un casino de las sierras, en un lugar desconocido. Córdoba, la ciudad donde está el hogar de ancianos donde vivo hace un tiempo, queda a tres pueblos de ese lugar; para tomar el ómnibus que me lleva debo caminar unas cuantas cuadras por la ruta, y primero atravesar el parque que está frente al hotel-casino, lleno de árboles y oscuro, lleno de perros y de gatos salvajes, o monteses, como se les dice allí.

Yo perdida, ésa era Yo pero perdida.

No es que me pierda muy seguido, aunque no tenga reloj, ni automóvil, ni teléfono celular, y ni siquiera llevo mapas en la memoria o el bolsillo.

Sabía que a los empleados del casino les está prohibido prestar, aunque se trate de un centavo, y aunque sí puedan darles propinas milenarias –y milenarias, usado así, es un neologismo que acabo de inventar, o que inventé ayer mismo mientras pensaba; no parece que haya diferencia cualitativa entre milenario y millonario.

Los empleados quedaron entonces eliminados como posibles prestamistas.

Salí a fumar afuera, junto con otros jugadores que estaban tomándose un descanso. Entre ellos debía considerar que se encontraba mi candidato al préstamo, pero todavía era temprano, un poco más de mediodía. El sol estaba fuerte a pesar de la gran ola de frío y el parque bellísimo. En el bosque –no es adorno ni cuento- cantaban los pájaros.

Miré las caras que miraban el parque una por una; no recogí sonrisas. No me animé a pedir nada. Calculé que podía quedarme otro rato examinando caras hasta dar con la más apropiada.

Animarse a pedir, y yo parecía tan distante de alguien que mendiga. ¿Qué voz pondría, qué matiz de la voz iba a emplear? ¿El que arrulla a los niños, el que los duerme sin necesidad de canciones de cuna? ¿El tono seguro, inteligente, el que, al pedir, está insinuando que no pide, o que lo hace como si fuera una convención formal pedir, y otra responder afirmativamente?

Como ensayo preliminar para esta última actitud, me acerqué al bar y solicité un poco de agua. Me dio alegría que me la otorgaran en copa de cristal, con simpatía y facilidad; que respondieran un “por nada” a mis “gracias”, como si estuvieran anticipándome que tendría el mismo éxito al pedir el dinero para el pasaje a Córdoba, el que, después de todo, no ascendía a más de veinte pesos.

El optimismo me abandonó cuando sucedió que creí hallar un rostro amable. El señor me sonrió al pasar, esas sonrisas que son como “la sombra de un pájaro en el río”, según el poeta Pedroni.

Una sonrisa de compromiso, porque yo lo miraba, que interpreté mal.

Apenas dije “Señor, quiero pedirle…”, la sonrisa voló sin dejar sombra. Continué felizmente la frase sin embargo: ¡lo que quería pedirle con tanta circunspección era la hora!

Me la dio agradecido –a la hora-, y volvió a ofrecerme una sonrisa efímera.

Me entristeció sentir que yo era cobarde, y fui a mirar en silencio las sierras; ya se venía el atardecer. Ya hacían el dibujo de la luna, con compás, en el cielo celeste.

Reconsideré las únicas dos posibilidades que tenía: animarme finalmente a pedir “prestado”, o llegar hasta la ruta, parar el ómnibus que iba para Córdoba y suplicarle al conductor que me llevara gratis.

La desventaja de pedirle favores al chofer consistía en que si decidía no hacérmelos yo me quedaba parada en la ruta. Para volver al casino, donde había un mayor número de posibles, aunque improbables, personas generosas, debía recorrer, como dije, todo un bosque. En el caso de volver, este bosque iba en subida, no era tan fácil como haberlo bajado.

Me imaginé devastada, ajada, cansada, mustia, hambrienta, tragada por el bosque, regresando.

Me imaginé así porque ya estaba al borde de esos abismos. Me sentía sucia, había transpirado aun en el frío, mis cabellos parecían obedecer a mi estado de ánimo, y hasta el elegante sobretodo había adquirido solidariamente brillos y gastadoras.

Dejé las sierras, el paisaje y la incipiente luna y volví a entrar, me dirigí con urgencia al baño.

Allí me miré en el espejo, y era tal como había imaginado, mi incandescencia había desaparecido. Decidí antes que nada volver a ser la que había entrado esa mañana girando alegremente puertas.

Me lavé la cara y los dientes, volví a pintarme la boca con cuidado, peiné de la mejor manera posible mis cabellos, me incliné hacia delante casi tocando el piso para darles volumen y, a la vez, hacer un poco de gimnasia y poner color en mis mejillas.

Tomé un paso rápido y me decidí a encarar el problema.

(Continúa en la próxima entrega.)

 

Envío

¿Tengo que anticipar que esto es un cuento, que es sólo un cuento, tengo que anticiparme a que algún distraído lo tome por un retazo de mi vida? No lo creo, pero por las dudas… –aunque es sólo la primera parte de un cuento, la segunda viene el miércoles que viene; ya está escrita y resultó demasiado extensa.

Sin embargo, debo reconocer: aquí estoy yo con una máscara, como aquella que puedo ser un día, como aquella que pude haber sido otro día, como si narrara un horrible asesinato, un acto solidario de algún amigo o un milagro de la Madre Teresa.

En ninguno de mis personajes puedo dejar de participar, soy toda una metida.

Borges me confesó en una entrevista: “Yo siempre soy mi personaje”. Y es que salvando las distancias entre Borges y yo, insondables distancias, no hay otro modo de escribir sinceramente.

El personaje puede ser considerado inmoral; el cuento mal leído, o leído con lentes especiales, puede considerarse una apología de la inmoralidad. Y no por lo que han leído hasta ahora, mis queridos amigos, sino por la iluminación que le adviene al personaje.

Pero la sinceridad en literatura no se parece en absoluto a ninguna verdad de la ética. Aunque si no se sabe ser sincero en literatura, o fingir ser sincero, mucho menos se las podrá ver uno con la ética -a quien resuelva esta aparente contradicción que acabo de enunciar, este sofisma mal construido, le otorgo un premio; yo seguro que no me lo gano.

Mora

 

 

Monografias

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Comentarios

10 respuestas a “El día de la iluminación”
  1. Jose Itriago dice:

    La sinceridad de la literatura puede acabar con ella. Más vale la etiqueta.

    ¡Juego 100 al 16 rojo! (aunque sea redundante, me gusta la concordancia entre el número y el color)
    ¡100 pleno al 16 rojo! si señor.

    Poco importa si gano o pierdo. Más vale la etiqueta y mi Smoking de auténtica cachemira, suave al tacto, sedoso, que es, con mucho, la envidia de la mesa. Así de elegante no se puede andar con medias tintas. No puedes salir a apostar 5 o 10. Eso es para paletos, para tipos con bluejean y sandalias, mujeres con lana perfumada de naftalina eterna, naftalinas ellas también.

    No hablo de ética, cuyo significado escasamente intuyo. Después de todo puede ser la esencia y la percepción de la belleza. Pero ya la belleza, sobre todo a mis años, es algo acomodaticio, fácil, fugaz. Son maniquíes en una vitrina de alta costura o el brillo en un Mercedes Benz. Que la literatura pueda captar la esencia y percepción de la belleza es creíble. Pero se requiere de una mente receptora, en sintonía. Nada haces con transmitir en FM 103 si tus vecinos lo que tienen es AM 1040.

    Estuvo cerca.

    Otra vez, ¡100 al rojo! si señor y suéltala bien que vas conmigo.

    Todos van conmigo mientras esté apostando de 100 en 100. Y si gano subo y suben también los que van conmigo. Es así, bien directo. La percepción que debería ser la estética, si gano y subo, se vuelve pura percepción de la etiqueta de mi Smoking de cachemira. Y seré el rey.

    La ciencia es salir como ganador, aun cuando hayas perdido todo. Es más que arte. Nada de caras tristes. Primero se culpa a la mesa y hasta al croupier, en voz baja, guiñando un ojo a alguien. Después se va a buscar un buen whisky y a hablar con alguien que sea importante o, al menos, que cumpla con la etiqueta. No importa que no lo conozcas. Si está ahí tienes tema de que hablar. Por algo él también fue. A lo mejor igual que tú. Para vivir un poco de gloria en estricta etiqueta. Que te vean los de la mesa que dejaste. Que entiendan que tú siempre estás, que son ellos los que pasan como autobuses en una autopista.

    Estás duro -dices mirando al 16- y con buena voz repites ¡100 al 16 rojo!. Sabes que ya se acabó. Recuerdas que una vez, hace mucho, ganaste así, repitiendo al 16 rojo y estás recreando, más bien viviendo, aquellos maravillosos momentos. Muchos en la mesa te ven y empiezan a rodear al 16, algunos plenos, otros asegurando. Los miras con aire paternal, un profesional de las pérdidas. Todos, menos tú, están expectantes. Tu miras distraído un mota de algo que ensucia tu preciado Smoking. Lo menos que te interesa es el movimiento de la ruleta, que, otra vez, saca el 14. Y entonces comienzas con tu salida de ganador, tan ensayada.

    Perdiste 300. Serán dos semanas de trabajo, pero volverás triunfante, hablando de Niza, de tus proezas en Monte Carlo, en Foour Queeens (lo pronuncias así), allá en Estraburgo que casi nadie conoce y te da pie para la fantasía. El Casino Montrod. Internet te da nombre, fotos. Los puedes recrear al detalle, como si hubieras estado allí, hasta los dibujos de las alfombras que tus finísimos zapatos de charol han pisado. Quizás entonces ganes algo, quizás. Pero siempre la etiqueta.

  2. Tere Labastida dice:

    Querida Mora: Me quedo esperando de ya, la segunda entrega, mi atención ha quedado cautivada por tu narrativa. Gracias por esa forma de envolverme en la trama de la historia. Hasta la próxima semana, mientras tanto se feliz.

  3. Joise Morillo dice:

    Muah, Muah, Morita.

    Esta dicho, quien juega por necesidad –sea por vicio o económico- pierde por obligación, este proverbio se podría relacionar con la ley de Murphy: ¡Siempre pasa lo que menos se espera! En este marco de apreciación tenemos una especial oportunidad con el cuento interesante narrado ahora por Mora.

    Es cierto, la literatura post moderna es diferente a la de antes, en la prosa, la narrativa –como este cuento- tiene en su haber considerar al narrador parte de la obra, bien sea como protagonista o como quien observa los sucesos in situ, siendo, no necesariamente parte de la verdad vivida por el autor; respecto a lo que se narra. El cuento las más de las veces es ficción pero no se descarta contar la verdad, esto debería ser una narración corta.

    No soy nadie para dar cátedra de literatura menos a Mora, solo quiero parafrasear a la profesora de literatura: Edith de Cortina (argentina).

    “en la narrativa actual ciertos autores estructuran los contenidos de modo tal que es el lector quien debe ir organizando la trama del relato, a través de lo expresado por los personajes en el fluir de sus consciencias. En esta actitud narrativa, el relator no existe como tal, sino que –omnisciente- se instala en el interior de sus personajes y maneja desde adentro sus recuerdos, pensamientos, vivencias”.

    Por otro lado, la ética es necesaria para formar consciencia colectiva en muchas cosas, la ética del tahúr es necesariamente saber ganar o perder, ese es su oficio, cuando sus trucos o artimañas son descubiertos, automáticamente se vuelve truhan, todo radica en la acepción moral de quienes le fiscalizan o comparten la mesa de juego. Los casinos y garitos son truhanes automatizados, y quienes van a tales recintos deben necesariamente enfrentarse a tales elementos con naturalidad lúdica, catártica o de apostador, esa es la ética de quien se acostumbra a los retos y al azar.

    Mientras, en nuestro caso, la belleza del cuento, radica en determinar una estética patética de la narración, en función expectativa, filosófica e instructiva. Con tal lectura se podría aprender lo que en filosofía de la lengua se aplica: de lo que no sabéis es mejor no hablar, el azar es inesperado y oportuno.

    Cuento cortisimo.

    El barbero nunca jugaba, un día llego un cliente, pase adelante –le dijo-, buenos días –dijo el cliente- y siguió, me corta el cabello por medio billete de lotería, UMMMM –pensó el barbero- bueno trato hecho-contesto-. Le corto el cabello y repartieron las dos mitades, al otro día, la fortuna derivada del premio que iba a ser para uno, afortunadamente fue para dos.

    Os ama
    Joise

  4. Leticia Heath dice:

    Mi apreciada Mora no puedo creer que nos haya dejado en la sozobra, estoy ansiando que salga la siguiente parte.
    Felicidades por sus escritos me encantan

  5. adulto mayor dice:

    todos somos imperfectos, pero algunos se distinguen por sus virtudes, los mas imperfectos no podemos juzgar, pero si decidit: te caiste

  6. Mora Torres dice:

    Señor Adulto Mayor: tenía pensado escribir un cuento policial, y yo difícilmente escribo en tercera persona. Seguro que lo iba a encarar desde la primera, la asesina serial.
    He decidido no hacerlo; ya siento que usted lo está leyendo y me elimina de sus amistades.
    ¿Sabe, Señor Adulto Mayor, que creo que usted es un amigo cercano, de esos cuya cara conozco?
    Por moralista empecinado, por dogmático. Dejemos vivir como quieran a nuestros personajes, Raskolnikof y Dostoievsky nos lo agradecerán…

  7. Jose Itriago dice:


    A mi querida prima, Luisana Itriago, le hicieron una entrevista con motivo de la Feria de Bogotá, donde presentó un nuevo poemario. Son obras que, según sus palabras, reflejan a la nueva Luisana (”ya yo no estudio tanto y lo que estudié se me está olvidando”).

    Para no abusar del espacio de Mora, solo copio retazos de esa entrevista:

    “La poesía me permite un encuentro con lo que ha sido esencial en el mundo que he vivido, en los seres que he amado. Es como si yo pudiese prolongar esos instantes esenciales a través de la palabra poética. Hacerlos perdurar con la palabra que nombra. Nos permite aproximarnos a lo esencial y detenernos y mirarlo, como si estuviésemos hechizados…”

    Ella trata de captar las imágenes que permanecen en el recuerdo. Escribe para fijar la memoria. “Yo digo que del pasado sólo poseemos aquello que amamos. Sin embargo, hay un gran dolor al ver que lo que fue vida se diluye y cuando lo recuperamos a través de la palabra ya no es lo mismo…./… Hay la tristeza de que perdemos lo que fue vida, de que la vida desaparece”.

    “Llevo en una libreta las cosas que me tocan, tomo noticas. De las imágenes, de una clase, de una cosa que dijo otra persona, saco poesía. Tengo un poema, Eres lo que amas, que salió de una frase de San Agustín: “Desprendernos de nosotros mismos / para descubrir lo que somos / tocar la puerta del amado / y ante su pregunta / quién es / responderle soy tú”.

    Creo que esta entrada es oportuna debido a los reiteradas intervenciones displicentes y hasta insultantes de un participante (que de todas maneras, igual se publica). Quizás no todos puedan entender el amplio margen de la cultura. En una entrevista publicada hoy en El Pais de España, Umberto Eco dice: “La cultura es una crisis continua. La cultura no está en crisis, es una crisis continua. La crisis es condición necesaria para su desarrollo”.

    Hay que vivir la crisis que comienza con el olvido, contrastado con la violencia nueva, con el lenguaje, con el destape.

    Mora es literatura delicada, narración rica. Es poeta. Y aunque uno no entienda la poesía, como no entiende el chino o el ucraniano, no por eso la poesía deja de ser lo que es. Lo que no se entiende, mejor es no leerlo.

  8. Mariaolga Lima dice:

    El personaje del cuento se lleva el premio mayor, relata detalladamente los elementos internos y externos, haciendo uso del bello lenguaje que conocemos, igual podría tratarse de una velada, una mañana acompañada de niños, el contemplar de un atardecer, la primera visita a un lugar. El vínculo de visión y sentimiento, queda al descubierto y llega a la emoción del lector…
    Gracias Mora!!!

  9. alejandro sanchez dice:

    una pregunta nunca he escrito en la red u otra parte que no sea mi libreta como puedo hacer para desprenderme de mi y ofrecerle alos demas mi sentir lo digo porque lo haces de una forma natural q ni parese que fuera parte de ti soy de mexico df att kevyn gracias

  10. charmante charmante dice:

    Gracias por añadir a sus amigos, si usted me podría ayudar a promover mi sitio web a su alrededor, sería bueno, gracias de antemano
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