Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Una ocasión extraordinaria

No es que sea blanco y negro absolutamente, es la belleza de lo penumbroso (Belleza y Mística en Platón) lo que me lleva a caer en el crepúsculo, el del día o el de la noche, como le gustaba decir a Borges por el alba y por el atardecer, pero ya antes le había gustado decirlo de ese modo a Chesterton, en inglés (La novela policial).

Me gustan más bien las penumbras con rebordes de luz (Antes que amanezca), cuando la hierba hace caer ese silencio que es el día blanco, cuando la noche tiene su parto de madre primeriza (A partir de la metáfora - Jacques Lacan), cuando aún no se sabe si de lo gris lo que se quiere ver es negro, si de lo gris lo que se quiere ver es la blancura (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Por eso, sobre todos los pintores del mundo amo a Rembrandt (Renacimiento).

Pero hay algo además que no me explico que no tiene que ver con la luz (Vampiros). Me perdería entre su gente de la Ronda Nocturna y tal vez no aparecería más en este siglo, vestida de la hija de Rembrandt, la pequeña (Panorama de la herencia del mundo antiguo).

Diría que me llamo Sombra, que para verme prendan un fósforo, enciendan la linterna, hagan un fuego pequeñito.

Rembrandt rompió su espejo en mil cuadrados de luz y sombra, de alegría y tragedia.

Una ocasión extraordinaria

Marina dormía como un gato extraviado en sueños de zarpazos y colores, y la música llegaba montada en el humo del cigarrillo de Ariel, que la despertaba.

Largo y cansado sueño, las telarañas se rompían al despertar entre sus ojos. Las telarañas de sus ojos volvían a la tela de araña del velador. La telaraña del velador convocaba otra vez a las arañas venenosas. Las arañas venenosas habían sido su destino, y también unos globos rojizos que no alcanzaba a distinguir: “lo que sucede”, se dijo, “es que todavía no estoy del todo despierta”.

No sabía lo que estaban diciéndole.

Ariel hablaba de un cuadro, no, de dos, descubiertos en un negocio donde vendían muebles viejos.

-Vamos y los ves -dijo Ariel-. Estoy seguro de que son de Rembrandt, los ves y los compramos, los revendemos y nos hacemos ricos.

Ella se vistió lentamente, se pintó componiéndose un rostro acorde para la hora de la tarde y para el cuadro que iban a comprar, o, acaso, para los cuadros que iban a comprar, de Rembrandt.

La mueblería estaba lejos. Caminaron por la extraviada luz de ese barrio llamado La Boca, en Buenos Aires, luz que parecía desprenderse del sueño reciente de Marina, o del cuadro que estaba por descubrir. Casas levemente acuáticas, como si se fugaran, veredas ocres y colores hasta en los bultos grises, todos los colores de La Boca, el verde, el negro y el azul, el rojo, el amarillo.

La señora que atendía el negocio era alta y con vestidos grises también, pero debido más a cierta vetustez que al barrio de La Boca; los colores, allí, están primero que la gente.

Les mostró aparadores, mesas y mesitas, juegos de comedor, secretaires sin ningún secreto, sillas solitarias, camas de bronce, arañas llenas de telas, como le gustaban a Marina.

Ariel le había dicho a Marina que lo importante era hacerse el distraído hasta llegar a los dos cuadros, y no demostrar ningún asombro ni avidez.

Marina vio uno detrás de un mueble y preguntó sin ningún alboroto -¿o alborozo?- quién lo había pintado.

La vendedora explicó que lo había traído una viejita que afirmaba que era de un gran pintor llamado Rembrandt, un holandés. Que en realidad había traído dos cuadros de ese gran pintor, pero que a uno ya lo había vendido.

La viejita pretendía vender bastante caros los cuadros de ese desconocido, pero ella había fijado la suma de 100 dólares para cada uno, y a ese precio lo había vendido al anterior cliente. Le daría la mitad, ella se quedaría con un cincuenta por ciento de comisión.

-Un poco caro para no tener marco -intervino Ariel, indiferentemente-. Pero fijate que se te parece -se dirigió a Marina.

-Creo que es verdad -dijo Marina-. Si tuviera ese corte de pelo.

-Creo que se le parece completamente -aseguró la vendedora-. Como dos gotas de agua. Puede colgarlo en su sala y decir que un gran artista la pintó a usted.

-No debe ser un gran artista si nadie lo conoce -terció Ariel-. Pero es cierto que se te parece, ¡qué bonito colgarlo en el living!

Él no solía emplear la palabra bonito para nada, aunque en este momento consideró que ameritaba esa palabra.

-¿Lo llevamos? -imploró con cara de muchachita frívola Marina.

-Lo llevamos -concedió Ariel.

Anduvieron como sobre nubes caminando con el cuadro en los brazos, acunándolo.

Fue a dar a una pared de la sala, claro, hasta que se vendiera.

Vino un solo inocente, que no era en realidad tan inocente.

-Es la peor copia que vi en mi vida, ni siquiera es una copia, es un invento. Rembrant no pintó jamás esto -dijo, y se marchó.

La señora de la mueblería seguro que sabía quién era de verdad Rembrandt, pero también sabía con quién trataba.

Marina se fue convirtiendo con los años y la vanidad en la señora que estaba pintada en ese cuadro, inclusive engordó algunos kilos y se hizo hacer una bata del mismo color y con el mismo escote para parecerse más.

¿Quién sería la señora, una holandesa?

Envío

Gracias a todos mis colaboradores, pero un cariño especial para José. José Itriago: te quiero, cuídate, cuídate de las calles y los peligros y los abismos y las flores carnívoras.

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “Una ocasión extraordinaria”
  1. Jose Itriago dice:

    Por alguna extraña razón se empieza a dudar que la persona que reflejaba en el espejo sea uno. Esta cubierta por un halo definitivo de irrealidad, una estrofa más de la parábola diaria. No es cosa para alarmarse, se piensa, después de todo no tenemos ni idea de lo que realmente ven los demás. No sabemos si lo que es rojo para unos -y que todos, hasta los daltónicos, convenimos en llamar rojo- visto a través de los ojos de otros, resultaría con la misma tonalidad, nos causaría la misma impresión. Pero esa duda es insistente, punzante. Se empieza a temer que la irrealidad se haga demasiado evidente, hasta nuestra desaparición.

    Seguramente muchos de los grandes pintores de la antigüedad (y no solo El Greco) fueron desarrollando variaciones de creación forzados por la edad. Quizás algunos verían los colores, las líneas, los volúmenes y hasta la transparencia del aire de una manera diferente que los demás y para colmo, cambiante de año en año. Después, los críticos consideraron el cambio, no como el diagnóstico de un mal, sino una evolución del estilo, parte del proceso del artista, más que del hombre. Creemos que la irrealidad que empieza a envolvernos, tan liviana y agradable, cruzada de pronto con pinceladas de colores iridiscentes, es parte de ese mismo proceso de desvanecimiento, un escapismo de la mente, capaz de crecer y generar ideas propias, ajenas a nuestra voluntad para subsanar el deterioro del alma, matizando los colores bruscos, los hirientes. Un nebulizador de desgracias, dolores, desengaños y amores perdidos.

    Es cuando se trata de entender cómo nos ve el resto, si se percatan de esa irrealidad traslúcida que llevamos como abrigo o si simplemente nos ven como un artefacto circulante, con capacidad de decir cosas y consumir café. Preguntarlo resulta inconveniente. La repuesta siempre viene acompañada de una segunda mirada, apenas a milésimas de segundo después de la primera, suspicaz, un tanto nerviosa, junto a un parpadeo nervioso que demuestra el impulso irresistible de cambiar de tema (uno se hace especialista en leer los parpadeos) La verdad es que nunca sabremos si la imagen que vemos en el espejo es la misma que ven los demás y ni siquiera si es realmente la nuestra. Pero se tarda en entender que la irrealidad nos va desplazando y que no saber a ciencia cierta cómo somos no es tan importante.

    Tiene prioridad entender cómo son las imágenes de los otros, de nuestro entorno. Aceptar su eventual deterioro como una especialización humana del vivir. Aunque cueste, aunque sea muy difícil separar la forma de la memoria.

    Si, como bien dice Mora, hay que tener cuidado con las flores carnívoras. Las llevamos en el ojal, las exhibimos, mientras van devorando imágenes antiguas envueltas con encajes de flores inocentes; mientras van desapareciendo aromas, desojando sus significados para que quedemos paralizados, evocando algo que no sabemos qué es; van vaporizando todo, hasta que nos envuelven en un halo de irrealidad que aceptamos mansamente.

  2. Joise Morillo dice:

    Mora, Saludos.

    Caras se ven corazones no, sin embargo el espíritu del fraude se percibe, aunque no todos tienen la virtud de ver mas allá de lo que expone la apariencia. El timo, es una herramienta de los felones de oficio, su actividad, bruta y perversa es desarrollada sin la más mínima intención de satisfacer el deseo del timado o victima. Rembrandt no acuño condiciones que lindaran con el truco ni la felonía, sin embargo su vanidad de clase media, le ocasionó la suficiente torpeza para enfrentarse a situaciones indignas de un genio de la pintura del siglo XVI. Para Marina quizá la ilusión del dinero, la vanidad o simplemente un narcicismo natural, confunden sus aciertos, o bien, cegada por el amor.

    Ariel, ¿Un truhán, un potencial Landru? La vieja que revende ¿Cómplice de fraude? ¿Porque no?

    No obstante, en vuestro caso, podría prevalecer; la honestidad combinada con la ilusión de riqueza obtenida de fácil y corto empeño, falta de cautela y prudencia. Error de ética

    La bondad comulga con la belleza, la justicia y la sabiduría; es amor. La maldad -perversidad- adolece de belleza, comulga con la ignorancia y la injusticia. Platón.

    Os ama
    Joise

  3. Tere Labastida dice:

    Querida Mora: Tu entrega de esta semana me gustó mucho, tanto por la mención que haces de la pintura de Ronda Nocturna de Rembrandt que en lo particular me fascina, dice Michel Foucault ” En el momento en que coloca al expectador en el campo de su visión, los ojos del pintor lo apresan, lo obligan a entrar en el cuadro, le asignan un lugar a la vez privilegiado y obligatorio, le toman su especie luminosa y visible y la proyectan sobre la superficie inaccesible de la tela”. ¿Qué relación se establece entre el cuadro y el lenguaje del que nos servimos para leerlo y describirlo? dice Roland Barthes ” El cuadro…no existe sino en el relato que se hace de él; es más: es la suma y organización de las lecturas que de él pueden hacerse: un cuadro nunca es otra cosa que su propia descripción plural”. Así mismo me gustó la narración que haces de la situación al rededor de la supuesta autenticidad de un cuadro para cobrar más tarde gujosos dividendos, esto me hizo recordar la novela de la Tabla de Flandes de Arturo Pérez-Reverte, en donde a finales del siglo XV un viejo maestro flamenco introduce en uno de sus cuadros, en forma de partida de ajedréz, la clave de un secreto que pudo cambiar la historia de Europa. Cinco siglos después, una joven restauradora de arte, un anticuario homosexual y un excéntrico jugador de ajedréz unen sus fuerzas para tratar de resolver el enigma. La investigación les conduce a través de una apacionante pesquisa en la que los movimientos del juego irán abriendo las puertas de un misterio que acabará por envolver a todos sus protagonistas. La Tabla de Flandes es a la vez un cuadro, un apacionante juego de trampas e inversiones, pintura, música, literatura, história, lógica matemática; que Arturo Pérez-Reverte encaja con indudable destreza. Gracias Mora fué apasionante.

  4. Tere Labastida dice:

    Fe de erratas.- jugosos por gujosos apasionante por apacionante

  5. charmante charmante dice:

    Felicitaciones por su sitio, es muy amable de tu parte para darnos lecciones, y luego incluso con sus explicaciones
    que son geniales, sigue así

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