Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Mayo, 2013

El día de la iluminación (2ª parte)

Di pasos más seguros todavía (Ejercicios Físicos en la Tercera Edad), y me acerqué a los que estaban jugando.

Temía a los moralistas, los ejemplares que más abundan en lugares como ésos (Los cuatro gigantes del alma revisitados).

He oído a algunos que responden: “Yo sé medirme. ¿Cómo no guardó para el pasaje?”, y dan vuelta la cara y se encaminan apresurados a donde los lleve el diablo (La Sangre del Diablo). Pero un diablo que nunca soy yo.

Siempre reflexiono al escucharlos que, si se supieran medir, no se encontrarían allí en ese momento. Pero en este caso era yo la que estaba a punto de pedir, y la turbación me impedía hacer consideraciones sobre mis compañeros de adicción (El miedo a amarnos).

Rogaba que nadie me respondiera una cosa semejante; que no me sermonearan al menos, que en última instancia presentaran excusas no creíbles pero amables.

Tengo mala suerte (El azar). La primera persona con quien hice mi bautismo de fuego era una señora que se estacionó, de pie, junto a mí: “Las máquinas están arregladas para que no den, hoy más que nunca”, protestó. “Me mudo a otra, pero seguro que es lo mismo. ¿Quiere acompañarme?”, me arrió de alguna parte de mi brazo. “Vamos a las de un centavo. En poco tiempo le tragan cien pesos, ¡pero en más tiempo que las de cinco centavos!”, exclamó.

La acompañé con resignación, o bien mi brazo tenía dificultades para soltarse. No la veía como una buena candidata: se quejaba demasiado (Cesión en sesión).

Con generosidad me indicó la máquina que había dado “millones” hacía algunos días, me obligo a sentarme allí, ella ocupó la que estaba al lado.

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El día de la iluminación

He sido una rareza para todos; una sorpresa adversa, adjetivo que tal vez no tenga ninguna importancia (Embarazo Facticio).

He ardido con la luz de un demonio. Fue ayer (La Anatomía del Miedo).

Nunca tantas personas posaron sus ojos en mí, desde la entrada de la tarde hasta la noche.

¿Quién era yo, qué papel representaba en ese instante? -digo instante porque no fue más que un momento de gloria, los conocidos cinco minutos de fama que tienen los personajes secundarios de la televisión; en el noticiero, por ejemplo, el vecino que declara sobre un asesinato en el barrio. ¡Y qué feliz es esta gente ante la cámara, cómo sus rasgos y sus dientes brillan! (La televisión y su rol psicosocial).

¿Quién era yo aparte de quien soy ahora mismo? (Muerte a mí mismo).

Trato de verme desde lejos, como me miraría cualquiera de los que estaban a mi lado ayer; y, como miope que soy, tan lejos casi no puedo ver –la miopía que tengo es bastante rara, porque se extiende de mis ojos a mi apreciación de las cosas (Error de percepción de la realidad por la psicología).

Me veo como veo a menudo los paisajes, como si fuera un paisaje de Monet; un cuadro impresionista cuyos contornos se diluyen (Impresionismo).

Me miro allí paseando entre las tragamonedas; pondero mi sobretodo a rayas, cierta arrogancia de toda mi persona que de ningún modo busco me persigue, me busca ella (Delirios).

El elegante sobretodo es viejo, está algo gastado y perteneció a un pariente de mi cuñada que murió, y mi cuñada se hizo cargo de su exclusiva ropa de estanciero y la repartió por toda la familia. A algunas mujeres les tocaron chaquetas príncipe de Gales bien masculinas, pero impecablemente cortadas. No conocí a mi benefactor (Las sociedades iniciáticas y su herencia).

A los costados del sobretodo, después de las mangas, pueden verse mis manos –digo, pueden verse desde aquí; han pasado varias horas y, como dije, también soy miope para el tiempo.

Mis manos no son tan refinadas como yo.

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Licor de mandarinas y fantasmas

Yo me digo que sin palabras -en especial sin las palabras escritas (El diccionario)- la gente se empobrecería de una manera trágica (Cultura).

No existirían los universos paralelos -que son un sueño literario o un hecho científico (Los no mundos)- ni casas como la de Cumbres Borrascosas para ir a refugiarse cuando nos vencen tanto el tedio y la costumbre que esas arquitecturas tenebrosas devienen en paraísos (Literatura).

No existiría el agujero de Alicia para caer (Reflexiones. ¿Sabes hacia donde vas y como llegar?).

Lo peor es que la gente se volvería un poco más opaca, porque la gente, aun la que nunca ha leído nada, sabe perfectamente dónde están esas construcciones y lo importantes, y peligrosas, que son (Las palabras ocultas en la inteligencia). Sabe evitarlas y también sabe sumergirse en ellas, caer de pie. Repito: aunque nunca las haya oído nombrar, leído.

Quedan en el paraíso blanco y en el paraíso rojo incendiado -es decir negro- de nuestros paseos por el alma o la mente (La esencia humana).

Y así no es vana ninguna construcción, ningún juego -o jueguito- de palabras (Juegos de lenguaje y mundo de la vida).

Se extiende, el mundo, hasta el infinito que calcularon los científicos y los teólogos..

Cada aporte es una casa o un castillo.

Cada palabra escrita con el deseo de seguir armando el mundo es semilla.

Nadie es mal escritor, ni cursi, ni anodino.

Escribo, yo, con regia inmodestia,  ya que la computadora no funciona, en un cuaderno viejo donde hay unas recetas de cocina que no recuerdo haber copiado pero que están escritas en mi letra.

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Una ocasión extraordinaria

No es que sea blanco y negro absolutamente, es la belleza de lo penumbroso (Belleza y Mística en Platón) lo que me lleva a caer en el crepúsculo, el del día o el de la noche, como le gustaba decir a Borges por el alba y por el atardecer, pero ya antes le había gustado decirlo de ese modo a Chesterton, en inglés (La novela policial).

Me gustan más bien las penumbras con rebordes de luz (Antes que amanezca), cuando la hierba hace caer ese silencio que es el día blanco, cuando la noche tiene su parto de madre primeriza (A partir de la metáfora - Jacques Lacan), cuando aún no se sabe si de lo gris lo que se quiere ver es negro, si de lo gris lo que se quiere ver es la blancura (El gran viaje hacia la silueta tan distante).

Por eso, sobre todos los pintores del mundo amo a Rembrandt (Renacimiento).

Pero hay algo además que no me explico que no tiene que ver con la luz (Vampiros). Me perdería entre su gente de la Ronda Nocturna y tal vez no aparecería más en este siglo, vestida de la hija de Rembrandt, la pequeña (Panorama de la herencia del mundo antiguo).

Diría que me llamo Sombra, que para verme prendan un fósforo, enciendan la linterna, hagan un fuego pequeñito.

Rembrandt rompió su espejo en mil cuadrados de luz y sombra, de alegría y tragedia.

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Misterios de dos niñas, o de tres

Nos sentábamos en el umbral de la casa con una muñeca en cada mano, mi amiga Lila y yo (La Socialización fuera de la Familia).

Éramos tan chicas que las muñecas debían tener poco peso, eran de trapo (Historia de las muñecas de trapo).

No las amábamos demasiado, eran un juguete más que nos habían dado para salir a la puerta (Los juguetes de los niños), mirar pasar los autos sin cruzar nunca la calle, y observar -eran los tiempos en que las niñas y los niños, por más pequeños que fueran, salían tranquilamente a la calle, con la única advertencia de no cruzarla (La neomicrohistoria).

Cuando crecimos otro poco las muñecas crecieron con nosotras, se hicieron más bonitas, con cuerpos y caritas que no eran de trapo sino de cerámica -o porcelana, tal vez, un día de delirio de nuestros padres.

Las otras chicas del barrio se acercaban a elogiárnoslas, como las madres de unos niños elogian a los niños de otras madres.

Llegó un tiempo en que el amor por nuestras nenas de mentirillas nos hizo pedir a cada abuela un regalo grandioso: un vestido para nosotras y otro para nuestra muñeca, iguales (¿Se enamoran o se identifican los adolescentes con el otro?).

Laurita y yo teníamos un vestido a rayas azules y blancas con canesú marinero. Lila y su muñeca vestían de suaves florecitas rosadas (Características y principios de la creatividad).

Como dos pares de mellizas asimétricas, nos instalábamos en el umbral (Madurez e inmadurez).

Nos parecía que la gente que pasaba nos observaba con admiración (Autoestima en estudiantes).

A mí me parecía que la Marilín de Lila era más bonita que Lila misma. No sé qué pensaba ella de Laurita y de mí.

El amor maternal que fingíamos o practicábamos todas esas tardes se fue rarificando.

Terminó convertido en verdadero amor.

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