Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

El traje nuevo del emperador

Recuerdo a mi abuela contándome otra vez (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Se sentaba en un sillón de hamaca. Había una lamparita encendida (Luz del primer día)

La delicia era que yo escuchaba aquellos cuentos mientras comprendía que el lugar, la hora, la voz de la abuela, la lamparita y los pájaros de cerámica colgados como si volaran por la pared era lo que hacía más precioso el relato (Diez Relatos).

Todo lo que me rodeaba tenía por dentro malabaristas que cambiaban por una luz o una sombra, por apagar la lámpara o prender otra luz (El Malabarismo).

Y las sombras eran tan buenas para mí en esos días, arrancadas casi literalmente de los libros de cuentos ilustrados, y de la blusa de la que estaba en el sillón, los puños de la manga con encaje de la abuela sobre los brazos de madera.

Y cuando se hamacaba el sillón venía hacia mí y traía más cerca su cara que me sonreía con esa sonrisa (La risa como terapia).

Castillos de papel

A veces me contaba cosas espantosas, pero con oro filtrado en esas cosas, residuos de fiestas que a mí me parecían macabras. Y lujosas (Literatura infantil).

Eran cuentos de hadas también, y lo que yo más quería era que ella continuara.

De pronto me decía que un rey había ido al entierro de Andersen (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen).

Pero no estábamos hablando de nadie que se llamara así, sino de un cuento que se llamaba La Sirenita, y era uno de los que más me gustaban.

Todavía no había aprendido a leer, pero la abuela me lo había contado, y además estaba en el libro de cuentos que me había regalado, lo sabía por los dibujos.

¡Ese libro de cuentos! Me gustaría tener ahora ese libro de cuentos más que ningún otro objeto en el mundo.

Lo abrías y se abrían palacios de paredes de papel más bellas que cualquier sueño, lo abrías y el mar aparecía con sus olas de tiza azul.

Aparecía la sufrida Sirenita.

Y un rey desnudo, claro que entre las sombras.

Era por eso que mi abuela me decía: “El mismo rey fue al entierro de Andersen”.

Hans Christian Andersen era el autor de esos cuentos que yo no sabía leer aún.

Y ella me contaba además sobre la vida de Andersen.

Era un niño pobre que se había convertido en una estrella. Era como su pequeña vendedora de fósforos, como su patito feo: todo había empezado muy mal en esa vida, y todo había terminado muy bien, con rey y todo.

Y eso que los reyes de sus cuentos eran bastante estúpidos y vanos.

¿Cómo todos los reyes? No lo sé bien, pero sí como todos los emperadores. Para mí hay una diferencia. Los emperadores me suenan a tiranos, a más corruptos que los reyes antiguos.

Y hay emperadores no de papel, sino de plástico, que surgen de la misma multitud, como ese de ese pueblo que miraba al rey del cuento que ya paso a contarles y lo veía o lo imaginaba vestido con el más bello de los trajes de seda. Emperadores, emperatrices, reyes y gente del pueblo de todas las clases sociales, que siempre se parecen a sí mismos en cualquier historia y hasta en la Historia misma.

El juego de palabras es algo torpe, pero no la idea. Perdón por las palabras que, a veces, se atascan.

El traje nuevo del emperador

Tuve que refrescarme la memoria en Wikipedia, pero lo recordaba bien en líneas generales.

Pensándolo mejor –y estaba a punto de ponerme a pensar en cómo contarles ese cuento- ¿para qué tanto esfuerzo, si puedo recortarlo de Wikipedia y traerlo para aquí?:

Hace muchos años vivía un rey que era comedido en todo excepto en una cosa: se preocupaba mucho por su vestuario. Un día escuchó a dos charlatanes llamados Guido y Luigi Farabutto decir que podían fabricar la tela más suave y delicada que pudiera imaginar. Esta prenda, añadieron, tenía la especial capacidad de ser invisible para cualquier estúpido o incapaz para su cargo. Por supuesto, no había prenda alguna sino que los pícaros hacían lucir que trabajaban en la ropa, pero estos se quedaban con los ricos materiales que solicitaban para tal fin.

Sintiéndose algo nervioso acerca de si él mismo sería capaz de ver la prenda o no, el emperador envió primero a dos de sus hombres de confianza a verlo. Evidentemente, ninguno de los dos admitieron que eran incapaces de ver la prenda y comenzaron a alabar a la misma. Toda la ciudad había oído hablar del fabuloso traje y estaba deseando comprobar cuán estúpido era su vecino.

Los estafadores hicieron como que le ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el emperador salió con ella en un desfile sin admitir que era demasiado inepto o estúpido como para poder verla.

Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje temerosos de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo, hasta que un niño dijo:

«¡Pero si va desnudo!»

La gente empezó a cuchichear la frase hasta que toda la multitud gritó que el emperador iba desnudo. El emperador lo escuchó y supo que tenían razón, pero levantó la cabeza y terminó el desfile.

Tal vez mi abuela me lo contaba con más encanto.

Tal vez yo ya no me siento encantada tan a menudo.

Envío

Me interné en la vasta selva de Internet –hoy estoy con los juegos de palabras tontos- y conseguí el poema que les mencioné hace unos días, “Especulaciones alrededor de la palabra hombre”, de Carlos Drummond de Andrade. Yo de este verso tenía un gran recuerdo.

Pero esta vez sí que me volví a hechizar, y tanto que lamento no enviárselos completo, aunque ustedes seguro que lo van a encontrar:

“¿Qué cosa es el hombre,

qué hay bajo el nombre:

una geografía?

“¿un ser metafísico?

¿una fábula sin

señal que la aclare?

(…)

“¿Cómo anda el hombre

junto a otro hombre

sin perder el nombre?

“¿Y no pierde el nombre

y la sal que come

nada le acrecienta

nada le sustrae

del don paternal?

¿Cómo se hace un hombre?

“¿Acostarse, apenas,

Copular, en espera

de que del abdomen

brote la flor del hombre?

¿Cómo habrá que hacerse

a sí mismo,

antes

de hacer el hombre?

“¿Fabricar el padre

y el padre y otro

y un padre remoto

como el primer hombre?

¿Cuánto vale el hombre?

“¿Menos, más que el peso?

¿Hoy más que ayer?

¿Vale menos, viejo?

(…)

“¿Cuando duerme, muere?

¿Cuando muere, muere?

¿La muerte del hombre

parece la goma

que masca, el vino

que sorbe, el sueño

que juega, incierto

de estar cerca, lejos?

¿Muere, sueña el hombre?

(…)

“¿De qué sirve el hombre?

¿para aplastar flores,

para tejer cuentos?

(…)

“¿Es milagro el hombre?

¿Es sueño, es sombra?

¿Pero existe el hombre?”

Con mis ojos llenos de lágrimas por Drummond, me despido con besos

Mora

Monografias

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Comentarios

5 respuestas a “El traje nuevo del emperador”
  1. Mariaolga Lima dice:

    Muchas gracias, como siempre, alimento para el espíritu…

  2. adulto mayor dice:

    Dicen que recordar es volver a vivir, cuando tenia seis años estudiaba en una escuela fiscal (mantenida por el estado) y en esa escuela habia una biblioteca con una enorme cantida de cuentos para niños, todos los dias leia cuentos que aun recuerdo. Gracias por hacer que mi memoria recuerde esos hermosos dias de la niñez

  3. Belkys del Valle Gonzalez dice:

    Es una buena reflexión y educativa!gracias por texto, es sumamente importante para no caer en tentaciones perjudiciales de los demás! muy bueno…….

  4. Joise Morillo dice:

    Encantadora anfitriona, amo vuestra voluntad narrativa y creadora + vuestra metafisica

    Ahi os dejo esta exhortacion.

    Esta vida preciosa

    ¡No habéis despestañado un capullo
    tampoco lo suficiente despetalado las rosas
    caminado todo el mundo
    conferido todas las cosas!
    Y, aun pretendéis
    conocer Al hombre
    como al verso y la prosa
    pasareis trovador, todas las miserias
    las tempestades furiosas
    te acecharan las brujas
    salvareis aguas profundas
    desmembrareis conspiraciones
    cultivareis mazorcas
    empero jamás, a ciencia cierta
    descubriréis que es el hombre
    como mas allá de una cosa
    que siente, creada
    para esta vida preciosa.

    Os ama
    Joise

  5. Tere Labastida dice:

    Querida mora: Mucho me gustó que abordaras el tema del cuento, ya que para mi siempre ha representado un valioso recurso didáctico para cautivar la atención y llevar a la reflexión a los que me escuchan narrarlos, primero como maestra de niños y años más tarde como cuentacuentos. Entre los cuentos de Andersen, el de La Sirenita es tal vez, el que contiene las más hermosas descripciones, y, muy especialmente por el manejo de los colores, lo que le permite mostrársenos como un verdadero artista. La Nota predominante en los cuentos de Andersen es quizá la melanconía, que es, a la postre, la suave condescendencia con que el dolorido corazón de un hombre se aviene a mirar la tierra. Y lo hace, creyendo siempre en la existencia de un mundo mejor, imaginario o real, no importa, pero accesible para quienes como él, y como los niños, buscan en el cuento de hadas caminos de evasión. El sentido de sus relatos escapará sin duda a quienes olviden que muchos de sus protágonistas son el mismo Andersen: Andersen niño, con una infancia hecha de privaciones y de sueños, donde la realidad de su pueblo natal -Odense- se le imponía dislocada entre la pobreza de sus padres y la locura de su abuelo paterno; Andersen de joven, todavía adolescente, golpéandose contra el mundo de Copenhague en trance de bailarín, cantor o actor, instruyéndose, mientras sufría la penuria de su fealdad, merced a la ayuda de sus protectores, luchando, en fin, por encontrarse a sí mismo, y por hallar en la miseria de la vida que lo rodeaba, algo de la amorosa comprensión que el sentía por seres y cosas. A 208 años de nacimiento sus relatos trascienden lo puramente literario para alcanzar también lo que toda lectura tiene de proyección espiritual.



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