Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Abril, 2013

El traje nuevo del emperador

Recuerdo a mi abuela contándome otra vez (Cuentos de Hadas — Magia, Fe y Encanto?).

Se sentaba en un sillón de hamaca. Había una lamparita encendida (Luz del primer día)

La delicia era que yo escuchaba aquellos cuentos mientras comprendía que el lugar, la hora, la voz de la abuela, la lamparita y los pájaros de cerámica colgados como si volaran por la pared era lo que hacía más precioso el relato (Diez Relatos).

Todo lo que me rodeaba tenía por dentro malabaristas que cambiaban por una luz o una sombra, por apagar la lámpara o prender otra luz (El Malabarismo).

Y las sombras eran tan buenas para mí en esos días, arrancadas casi literalmente de los libros de cuentos ilustrados, y de la blusa de la que estaba en el sillón, los puños de la manga con encaje de la abuela sobre los brazos de madera.

Y cuando se hamacaba el sillón venía hacia mí y traía más cerca su cara que me sonreía con esa sonrisa (La risa como terapia).

Castillos de papel

A veces me contaba cosas espantosas, pero con oro filtrado en esas cosas, residuos de fiestas que a mí me parecían macabras. Y lujosas (Literatura infantil).

Eran cuentos de hadas también, y lo que yo más quería era que ella continuara.

De pronto me decía que un rey había ido al entierro de Andersen (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen).

Pero no estábamos hablando de nadie que se llamara así, sino de un cuento que se llamaba La Sirenita, y era uno de los que más me gustaban.

Todavía no había aprendido a leer, pero la abuela me lo había contado, y además estaba en el libro de cuentos que me había regalado, lo sabía por los dibujos.

¡Ese libro de cuentos! Me gustaría tener ahora ese libro de cuentos más que ningún otro objeto en el mundo.

Lo abrías y se abrían palacios de paredes de papel más bellas que cualquier sueño, lo abrías y el mar aparecía con sus olas de tiza azul.

Aparecía la sufrida Sirenita.

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Especulaciones alrededor de la palabra lujuria

Este post debió aparecer el miércoles pasado, como secuela del anterior “Sueño lujurioso”, que tantas expectativas despertó en ustedes y terminó provocando frustraciones innumerables.

Que no suceda lo mismo con estas “Especulaciones”, y si sucede, pues envíen las suyas propias, que estoy esperando con agradecimiento anticipado:

La vida es hermosa con ustedes, mis amigos (Amistad civil en Aristóteles).

Ahora me acuerdo que hace mucho -en los tiempos en que se escribían cartas, ¡oh maravilla!- había buzones rojos en casi todas las esquinas (Inmigración a la Argentina: cartas).

Ya en sí un buzón rojo era un objeto que me agradaba mucho. Me hubiera gustado vivir al menos por un día adentro de un buzón (Las etapas de la personalidad).

Pero lo importante eran las voces que salían de adentro de ese objeto: declaraciones urgentísimas de amor, confesiones privadas, alegrías que trepaban al cielo azul, más documentos oficiales que hablaban con voz de policía (Voces propias para una red de todos).

A mí me parecía oír todo eso al pasar, y con sólo ver un buzón de vez en cuando, me alcanzaba para fantasear algunas semanas (Saborea tu existencia).

Lo mismo me pasa con las voces de ustedes que, sin embargo, llegan mucho mejor pronunciadas, llegan claras y me llenan de chocolates y confites (Valores y antivalores).

No importa si les gusta o no mi escrito, para mí todo viene con vuestras mieles.

Y en las respuestas a estos últimos posts he gozado con ganas (Antígona entre dos muros).

Las discusiones más fructíferas son las que, desde lejos, pueden mirarse como banales.

¿Discutir que si un título se ajusta o no a lo escrito? ¿Que lujuria es esto y no aquello?

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El inventor de los silencios

Creo que nadie se dio cuenta antes que yo, ahora, y me siento orgullosa esta noche, aunque pensándolo mejor, me da un poco de miedo (La Anatomía del Miedo).

Antes que nada, iba a escribir (Escribir en el Siglo XXI):

que tu mano no se vea interrumpida por la idea (Figuras retóricas), que la idea no se vea interrumpida por la grieta del corazón, que tu corazón se calle que no tiene ninguna palabra que decir.

Estos son los consejos que me daba hace tiempo. Ahora mi mano se interrumpe menos todavía, pero cargada de una electricidad, de una fiebre, de tantas grietas del corazón y de tantas palabras que él guarda, que no me escucho en mis consejos (Climaterio y sus efectos psicológicos).

Por eso puedo escribir sin censuras ni autocensuras de la inteligencia lo que acabo de descubrir (Censura: Entre el horror y la globalización mediática), que parece mejor dicho de golpe: los libros cambian en la biblioteca, se visten de otra manera, se achican o se agrandan (Mutaciones).

Sí, busqué durante horas un volumen de Valéry en un espacio de una sola tabla. Busqué Política del espíritu, y no lo reconocí (La incertidumbre del poeta).

Tomé con curiosidad un libro pequeño, encanecido, pálido, y ¡era él! (El sentido realizador de la jubilación).

Salimos tanto juntos, participamos de tantas fiestas de poesía y de arte y hasta de política, cuando éramos jóvenes. Y ahora no lo reconocí porque, seguro, él tampoco me reconocía a mí.

¡Qué triste tango fue este reencuentro! -no creo que Valéry bailara tangos con Victoria Ocampo ni con nadie, pero el reencuentro fue una letra de aquellos tangos melancólicos y lluviosos que tanto detestaba. Parecidos a mí, esos tangos (Tango Balada para un loco).

En el libro de Valéry buscaba uno de sus ensayos, y aunque no voy a revelarles que no lo encontré, sí debo decir que ya no me dieron ganas de leerlo. El ensayo era más que un ensayo, era un homenaje. Y como era un homenaje a Stephane Mallarmé, pretendía, tal vez, robarle citas al inolvidable “Yo le decía a veces a Stephane Mallarmé”, ensayo que a Paul Valéry no le costó nada escribir, casi seguro, y a mí me llevó muchos días de llanto emocionado. Por la belleza, digo, no por los sentimientos.

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Sueño lujurioso

Como para conjurar el escrito anterior (Ver o no ver: un abordaje a la obra de arte), llamado “La inteligencia y el placer” (Inteligencia artificial: su filosofía), tan gris y desolado, me propongo contar otra vez algún suceso de mis días, pero más placentero (El placer, el cerebro y las nuevas drogas).

Me resultó ingenioso uno de los comentarios, que se refería sencillamente a lo inadecuado del título de ese post. Decía que, al ser poco agradable la lectura de mi escrito, y al ser el mismo vulgar e incongruente, no se podía entender su nombre… Reconozco mi derrota ante esta apostilla tan feliz (El ingenio de Teut).

Agradezco a los que escribieron para decir que les gustaba, y más aún a los que lo hicieron para decir que no (La Autoestima).

Refuto la comparación inadmisible de unos de los lectores: “Me gustó más lo de José Itriago” (De Sartori a Simone pasando por el BigBrother).

José Itriago es un grande, grande narrador (La memoria de los olvidos: Manuel Scorza), y a eso lo sé sólo porque desde hace muchos años “actúa” en mi blog: envía generosamente sus escritos, de los que se desprende que yo jamás podría llegar a parecerme a él, aunque hiciera siglos de seminarios dictados por Cervantes o por Borges (Cervantes y la lengua española).

Lo que les envío se los envío con el mayor de los afectos, y no entra en competencia con ninguno de ustedes. Ustedes, en realidad, hacen el espacio con amor y críticas que lo construyen. Mi única virtud es la constancia.

No encontrarán en mi “sueño lujurioso” mayor congruencia que en mis anteriores narraciones. Lo que puede confundirlos es, quizá, que las redacto con un aire de inocencia, como si en verdad hubieran sucedido, siguiendo apasionadamente la consigna de aquel surrealista que, creo, se llamaba Georges Scheadé, pero no estoy demasiado segura de haber escrito bien ese apellido:

“El que sueña se mezcla con el aire”.

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