Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Marzo, 2013

La inteligencia y el placer

Suena el despertador; es una tortura tan refinada ese sonido del despertador cuando a uno le parece que recién ha conseguido atrapar el sueño (La tortura: poder y saber resistencial).

Automáticamente, lo programa para dentro de cinco minutos.

Y sí, se duerme (Dormir no es un placer, sino una necesidad).

Suena otra vez, y así va programando y encendiendo el reloj hasta que pasa la media hora que se dio de adelanto para dormir en cuotas pequeñísimas (Lecciones contra la miseria del mundo…).

Está todavía demasiado dormido para percibir, bajo la ducha, que el tiempo se acelera como un maquinista loco (¿Qué es el tiempo?).

Al salir, ya no puede llegar puntualmente al trabajo: es la hora.

Corre entre los bultos grises parecidos a él que corren para alcanzar el colectivo (Mar de Fondo. “Mar de cambios”).

Está esperándolo en una cola de una cuadra.

Pasan veinte minutos y extiende la mano para parar un taxi, mientras calcula que el precio que deberá pagar le impedirá, una vez más, ir al cine el domingo (Historia del Cine).

El coche no puede avanzar, porque hay un embotellamiento debido a un accidente, y la avenida Corrientes parece el infierno (Buenos Aires, malos aires).

Le pide al taxista que lo deje allí, paga y sigue caminando.

Llega media hora tarde a la oficina, y como esto ocurre a menudo ya no puede dar explicaciones.

Durante todo el día, en medio de tareas automáticas, entrevé la pesadilla de su regreso a casa (Sueño, dolor y pesadilla). No es clarividente, sino que todos sus regresos son iguales.

Al fin se cumplen sus predicciones, pero al volver está tan cansado que no llama por teléfono a ningún amigo, amiga o novia, se pone a mirar televisión.

Los libros con los que pensaba disfrutar siguen estacionados en la mesa de noche.

Se duerme. Y suena el despertador. Automáticamente lo programa para dentro de cinco minutos.

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Los amores de Francisco

Me siento feliz; son las nueve de la noche del final de un día en el que no he visto a nadie y sin embargo me he sentido acompañada y plena (La felicidad moral desde la pura razón).

Estoy en la alfombra de la sala rodeada de almohadones bajo la lámpara de pie. Sobre la mesa pequeña, de vidrio, hay dos velas encendidas. Una comienza y otra se está por apagar. Reposan en copas transparentes como la mesa, lo que hace un juego doble de espejos y de fuegos (La fatalidad del fuego prometeico).

La que se apaga se agita como una ola en el silencio de su diminuto mar de fuego.

La otra, esbelta, serena, imperturbable, fue encendida para pedir algo magnífico (Eugenio Montejo: Viaje a lo sagrado).

He pedido amor, enamorarme de todo lo que existe, sentir que el amor me está quemando (Su Excelencia El amor).

La voz de Rilke (Embalaje para enseres standard), el poeta que está en mi corazón y cuyo escritos he memorizado desde niña, dice:

“Es necesario que no nos acontezca nada extraño, sino sólo aquello que nos pertenece desde largo tiempo. Repetidas veces fue preciso rever las nociones sobre el movimiento; también se aprenderá, poco a poco, que lo que llamamos destino sale de los hombres, no que entra en ellos desde fuera. Sólo porque no asimilaron su destino ni lo transformaron en sí mismos mientras estaba en ellos, es porque tantos hombres no reconocieron lo que de ellos salía: les era tan extraño y en su ciego espanto pensaban que acababa de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes, en sí, nada parecido. Así como se mantuvo mucho tiempo en engaño sobre el movimiento del sol, se engaña uno todavía sobre el movimiento del porvenir. Lo futuro está fijo, pero nosotros nos movemos en el espacio infinito”.

Lo futuro está fijo, pero nosotros nos movemos

¿Habrá intuido esto mismo Jorge Bergoglio, antes de ser elegido como el primer papa latinoamericano? (La vida de Ignacio de Loyola).

El santo de todos los tesoros de la Creación

En algún lugar de Internet cuyas señales no puedo dar por ignorancia, no porque no quiera acordarme, aparece un sitio de Claudia Herrera Hudson llamado “Mi héroe: San Francisco de Asís” que comienza con una cita del mismo: Si tienes hombres que excluirán a cualquiera de las criaturas de Dios del refugio de la compasión y la piedad, tendrás hombres que se comportarán de la misma forma con sus compañeros.

La simplicidad de esta fórmula tiene tanta grandeza que hasta los pájaros podrían entenderla.

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Fumata negra

Antes de todo

¿Qué significa ese temor desconocido (El temor o miedo), ese temblor estremecido, el frío que me sobreviene en estos días después de la renuncia de Benedicto XVI? (Jaque al diablo II).

Nunca antes creí en espantajos; jugué con los fantasmas por jugar, traté de explorar la oscuridad convencida sin embargo de que no era oscuridad sino una interminable blancura llamada vacío (Esoterismo, ciencia y espiritualidad).

Me extasié, en la juventud, con la copa moviéndose empujada por la fuerte confianza de tres niñas adolescentes, y con nombres que la copa formaba en el tablero. Iba de una a otra letra y escribía, de golpe, b a u d e l a i r e, por ejemplo (La incertidumbre del poeta).

No le dábamos ninguna importancia a que las tres niñas estuviéramos leyendo juntas, precisamente, Las flores del mal. Eso era apenas una coincidencia, como lo era que Baudelaire nos hablara con citas de ese libro y con la traducción exacta de ese libro al español, en el ejemplar que teníamos (Reflexiones sobre la lectura. Diversidad de lectores y formas de leer).

¡Hipócrita lector! Sí, éramos hipócritas lectoras de los mensajes del poeta, porque queríamos estremecernos, morir de miedo en plena juventud, levitar. Pero no nos lo creíamos (Don Juan o el convidado de piedra).

Después, íbamos a nadar, volvíamos bronceadas y con olor a cloro, nos bañábamos y pintábamos y salíamos a bailar, frescas y relajadas.

Las terribles tempestades que la copa nos había anticipado se suspendían para otro momento. O se cancelaban ante, por ejemplo, el nacimiento del amor.

Un enamorado de 18 años nos miraba y ya éramos hermosas y dejábamos de hacer profecías. Olvidábamos la escoba, el cetro, las palabras y la poesía cambiándolo todo por la gran lírica del primer amor. Eso tal vez se llamaba felicidad.

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¿Por voluntad de Dios?

Hay tantas predicciones y tantos delirios (Las conexiones ocultas, a una década de distancia), tantas inseguridades y tantos temblores que uno no pensaba registrar, con la renuncia de Benedicto XVI y con las profecías de Nostradamus y de San Malaquías referidas al tema (Profetas y profecías), que, una vez más, me puse a hurgar entre mis libros -aprovecho para pedir perdón; ya deben estar un poco cansados ustedes de mis búsquedas por una vieja biblioteca (La ciencia del perdón).

Encontré algo que no se refiere a las circunstancias actuales de elección de papa, pero sí a una elección de años anteriores, después de la muerte de Paulo VI (El Ecumenismo).

Y lo voy a contar como una historia misteriosa, que lo es (Secretos del Vaticano). Pero con bombos y platillos, a pesar de lo triste:

El papa de la sonrisa

Estaba en una celda aislada y silenciosa, en medio de la Congregación de Cardenales reunidos para elegir papa. Era el final del invierno de 1978; el Vaticano hervía de apuestas y murmullos.

Albino Luciani era uno de esos cardenales, aunque nada, ni remotamente, “papable”. Pero, ¿cómo había llegado hasta aquí?

Recorrió su vida, su nacimiento en las montañas cercanas a Venecia, la pobreza extremada en que había pasado su infancia, y, a pesar de eso, las lecturas que lo habían mimado y protegido gracias a su deseo de aprender, y las manos que le habían alcanzado esas lecturas: Verne, Twain, Chesterton, todo mezclado en traducciones no siempre legibles. Las manos de su primera maestra, por ejemplo.

Después, su ingreso al Seminario, cuando tenía tan pocos años y, quizás, estaba huyendo de la miseria, de los miedos a la vida, del miedo a sí mismo.

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