Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Mi autorretrato, tu retrato

Elsa se fue de viaje (El viaje); la acompañé hasta la tranquera y la vi perderse con su bolso y su valija, subiendo, subiendo, hasta llegar a la estación de micros.

Me asombró pensar que subir una cuesta en el medio del campo, en las sierras, conduce no a la nada ni a una aventura peligrosa (Historias y anécdotas de Venatore, el cazador), sino sencillamente a una estación, desde donde se puede partir a ciudades tan grandes como Buenos Aires, en directo, sin escalas, y estar allí en unas horas (Guía de Buenos Aires).

La ociosa reflexión me condujo de pronto a verme a mí misma allí parada, cerrando la tranquera.

Yo no tenía puesta una falda larga hasta los pies ni llevaba el mate entre las manos, y mucho menos era “la morocha argentina” que despide a su gaucho, al pie del caballo (La historia del tango).

No, nada de eso; sin embargo me vi como nunca me había visto: tal vez mis ropas eran un jean y una remera pero me vestido era infinito, la eternidad en el segundo de una despedida; yo allí, como cualquier mujer u hombre en cualquier tiempo y lugar; yo allí ni más ni menos que como un símbolo de todo lo humano en el correr de los tiempos y en el girar de los planetas (La articulación entre vacío, materia y tiempo en el De Rerum Natura).

Esperé un momento antes de entrar en casa.

Se trataba de una de esas tardes en las cuales, como se dice en el campo, “los pájaros se caen”, por el calor.

El abrazo del calor también era metafísico; creaba una proximidad extrañísima entre el aire, el mundo y uno -o una- mismo/a (El objeto de la metafísica).

De repente -como en cualquier cuento de terror- brilló un relámpago (El cuento de terror). Y luego lo acompañó el trueno, aunque mi reflexión esta vez pecó un poco de ingenua: “Cuán cierto es que la luz es mucho más veloz que el sonido”, me encontré pensando.

Pero no había tiempo de hacer una autocrítica: ya estaba lloviendo, ya cántaros, a fuentes, a cascabeles que sonaban.

Entré, estaba refrescando mucho. En la casa se golpeaban todas las puertas y celosías y el color que iluminaba los ambientes desde las ventanas abiertas se había vuelto de un gris muy especial, como si yo y los muebles estuviéramos metidos en una radiografía.

Cerré todo, encendí la luz y me dije: “Tengo que hacer mi autorretrato, para mis amigos del blog, ya mismo”.

Autorretrato con bigotes

Ensayé todas las técnicas, hasta muy tarde en esa noche.

A lápiz y papel; a pluma, tinta y cartulina; a computadora con arial número 12; con color, sin color; al óleo, a la témpera, al acrílico; debajo de una lámpara impiadosa; con un velo que todo lo velaba.

Nada resultó.

Mi retrato no me salía como el de Machado, que canta Serrat: “Converso con el hombre que siempre va conmigo…”, ni como los de Durero, que luce tan espléndido en sus autorretratos.

Parecía esos carteles que se ven por las calles de una ciudad cuando hay elecciones y el adversario toma la fotografía de un político y la transforma a su antojo; he visto a mujeres que se postulaban hasta para presidente con largos y ondulados mostachos.

Por fin dejé. La lluvia que caminaba por los techos me alentó a que caminara hasta mi cama y encendiera el televisor, para pasar la noche en compañía.

El televisor es una caja venenosa; adentro hay una niñera malvada, “La mano que mece la cuna”.

Autorretrato sin bigotes ni velos

Sí, estaban dando esa película, La mano que mece la cuna.

No por terror, sino porque la había visto demasiadas veces, cambié de canal.

Había desfiles de modelos, asesinatos, bandas de rock, sexólogos, perros que desobedecían a sus amos, serpientes y culebras, enfermedades extrañas, la verdad sobre los discípulos de Jesús, la Biblia del Diablo, los primeros emperadores romanos, la historia de los iluministas, Malta, accidentes de trenes, naufragios históricos.

Todo yo ya lo había visto o leído en alguna parte, nada me despertaba curiosidad, moría por distraerme de la tormenta y nada me distraía.

De nuevo, tomé frenéticamente el control remoto y dediqué a hacer otro zapping, decidí buscar canales de números muy altos, canales que yo sabía que no existían, como el 10.001, por las dudas apareciera algo.

En uno se oyó una voz en la pantalla oscura.

Me sorprendió, me asustó.

Como en cualquier cuento de terror, cayó un rayo.

La voz calló y en la pantalla apareció una imagen inmóvil.

Se prolongó por mucho tiempo, inmóvil.

Era una cara, era una fotografía en blanco y negro, con los colores de una radiografía, como había visto esa tarde en la casa.

La imagen se aclaró un poco más.

No era una cara, era de verdad una radiografía, una radiografía de cabeza y cuello.

Con eso me bastó para que el más salvaje estremecimiento me invadiera.

¿Qué eran Cementerio de animales, Los muertos vivos o La casa del horror comparado con eso?

Eran un cuento de hadas.

Esta era la realidad: podía ser mi propio cráneo, mi autorretrato.

Nada de velos que ocultaran las concavidades de los ojos, nada de bigotes que deformaran la imagen: mi retrato, tu retrato, el de ella, el de él, el de “la morocha argentina”, el de Elsa.

Envío

Me gustaría haberlos asustado, pero sé que aunque a mí me lo parezca, con su inocencia y su torpeza, no es el cuento más terrorífico del mundo.

Lo escribí para ustedes, para sentirme una con ustedes, como cuando el calor abrasa. Y abraza.

Besos,

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “Mi autorretrato, tu retrato”
  1. CARLOS ALBERTO GOMEZ CAMACHO dice:

    LA FABULA DE LAS CINCO ESPOSAS de Carlos Gómez

    Allá en una pequeña aldea armenia llamada kara-su, próxima a la gran ciudad de Bagdad, hace cerca de medio siglo tuvo sus dominios un antiguo Jeque que dirigía una pequeña comunidad de pastores cuyo sustento dependía de la fina lana de sus rebaños y demás productos obtenidos de su leche y carnes que por arte de magia se reproducían copiosamente., el Jeque que era un hombre muy justo y generoso mantenía su comunidad dentro de un orden estricto y bajo el imperio de la ley musulmana el respeto por el derecho ajeno y la paz eran el pan cotidiano., todas las mañanas, al despuntar el alba aquel Jeque siguiendo la más antigua tradición familiar se posternaba al frente de su casa y dirigiendo su mirada hacia La Meca recitaba la primera Surah del Corán para luego hacer la visita de rigor a cada uno de los miembros de su comunidad a fin de probar el cumplimiento del mandamiento islámico; mas he ahí que aquel Jeque sintiose un día extremadamente solo y halló una compañera proveniente de una tribu cercana a quien hizo su esposa luego de enseñarle todas las practicas y costumbres de su pequeña comunidad., el curso de la vida prosiguió sin mayores contratiempos y más bajo una sospechosa calma un día de verano la esposa de aquel Jeque cuando participaba en una partida de caza cayó de un elefante en que se desplazaba por los cotos., de aquel accidente a pesar de no haber perdido la vida la mujer nunca se repuso habiendo quedado ella en estado de postración permanente y el Jeque, sin dejar de reconocer las virtudes de su compañera, especialmente sus laboriosas manos, resolvió alejarse de élla y para lograrlo hallaba pretexto en diversas empresas que emprendía en las comarcas vecinas., en una de esas fugaces partidas el Jeque conoció a una mujer que vestida con el hijab de las mujeres islámicas cabalgaba en un pequeño asno y quien sería alguien que marcaría su vida de manera muy singular., delante de ella el Jeque jamás mentó su anterior relación mostrándose siempre como un hombre libre y ajeno a cualquier compromiso, mentira que fácilmente fue descubierta por la mujer quien reaccionando en su fé musulmana le repudió y condenó el supuesto olvido., el Jeque, ya con dos cargas de fracasos amatorios a sus espaldas, siguió por los caminos de la vida y en medio de la desazón producida por su nueva soledad escuchó el rumor de la voz de una nueva mujer que estaba enterada de sus infortunios y de quien fue presa fácil para caer atrapado en el redil de un tercer propósito, pues aquella mujer escondía tras de su efímera simpatía las armas letales de la discordia y bien pronto el Jeque volvió a quedar solo y sin rumbo, alcanzándole apenas la mirada para atisbar en el pasado a la segunda mujer cubierta con el hijab y de quien nunca supo de cuál era su encanto, hoy le veía como una nueva vela en su frágil barcaza, mañana como el último leño de un nuevo naufragio, pero siempre dando tumbos erráticos en un viaje sin destino ni puerto., pasaron muchos meses y años hasta que el Jeque, hallándose otra vez muy solo y triste, creyendo hallar de una vez por todas el amor tantas veces perdido y buscado encontró otra mujer que paradójicamente también participaba en una partida de caza y quien también caería del elefante en que se desplazaba, solo que el Jeque luego de haber mantenido alguna relación con aquella mujer pudo comprender de ella que el accidente de su caída había sido motivado por su misma culpa y las consecuencias sufridas le habían mutilado la virtud de la verdad., otra vez el Jeque quedó inmensamente solo con tres cargas a sus espaldas pero siempre acompañado extrañamente con la mirada de la segunda mujer, la de los encantos desconocidos y misteriosos quien proseguía por el sendero de la vida cabalgando en el mismo asno y cubierta siempre del hijab., y en el seguir de su andar el Jeque quiso por fin hallar la paz del amor y en el camino descubrió en un silencio sospechoso refundida y camuflada la cuarta mujer, quien con un caparazón de humildad y abnegación escondió siempre cuidadosamente su verdadero espíritu perverso lleno de ignominia y pobreza y nuevamente el Jeque fue otra vez un navegante errático y traicionado hasta por su propia tripulación, pero también como si fuese la rosa de los vientos la segunda mujer de los encantos misteriosos emergió cubierta con el hijab y cabalgando en su asno otra vez junto a los rebaños de cabras que aún pastaban en la antigua comarca del Jeque quien al volverla a encontrar, exhausto y casi perdido, atinó tan solo a mitigarla con el temblor de sus palabras y con el calor de los rayos de un sol moribundo., de aquel encuentro por enésima vez al Jeque le llegó la idea de que finalmente con aquella mujer allí si estaría el amor tantas veces perseguido y tras algunos preparativos decidieron los dos unirse hasta el final de sus días, lo que fue anunciado en la comarca por medio de bandos y edictos., llegó el día esperado de la feliz y tantas veces truncada unión y una vez que el Jeque condujo a su amada de la mezquita a la morada en que sellarían su felicidad, luego de atravesar sus pesadas puertas, la recién desposada misteriosamente desapareció, sin dejar el menor rastro y todo ante el asombro y la fatal desesperación del Jeque que le buscaba de mil maneras sin lograr a partir de ese momento hallar la calma, intentando en su búsqueda muchas veces terminar con su vida.

    Una tarde cualquiera, estando el Jeque atribulado en el dolor de su infortunio, cansado y agobiado por el peso de los años, con la mirada perdida hacia la nada vio a la extraviada amada, venía vestida con finas ropas transparentes, el rostro cubierto con el hijab y toda su silueta flotando sobre un asno de cristal ricamente engalanado, mas fue tal la emoción de aquella hermosa visión que al gastado corazón del Jeque no le alcanzaron las fuerzas para soportarlo y los oficios de la muerte hicieron de su cuerpo una rápida rigidez, excepto en su rostro, el que mantuvo el Jeque con sus ojos húmedos de alegría, sus labios con una sonrisa y su cara radiante de felicidad, pues aún después de la muerte había hallado a su amada de verdad. Ahora, el Jeque es el Muerto más feliz del mundo….

    Enero 26 de 2013

  2. Jose Itriago dice:

    El primer trazo salió malo, torcido. Para enmendar el error empecé a rellenarlo y quedó con tal carácter que, a pesar de lo falso, no tuve valor de rectificar. Pensé entonces que el autorretrato se enrumbaba más hacia lo que hubiese querido ser que a lo que era. Pero no es del todo verdad: al principio quise reflejar cómo el tiempo venció al gesto agresivo con que abrí mi camino.

    Quizás no lo he andado del todo, me dije, quizás lo que avizoro como un final es solo una curva que hay que transitar. Otra decisión, seguramente polémica, siempre entre lo correcto y lo innecesario.

    Dejé entonces que el pincel siguiera deslizándose sobre un lienzo que fue blanco impoluto y ahora se ve forzado a reflejar angustias que no puede entender, que perdió la oportunidad de permanecer como una esperanza. Hay un dicho (no sé si chino o japonés o lo mejor de lo más criollo) que pide solo interrumpir el silencio con algo más bello que él. También se aplicará a los lienzos, todo esperanza antes de que el pincel se pose sobre ellos. No digo que algunos o muchos ganan con esa imposición divina de los grandes pintores. Pero es que ahora se trata de un autorretrato y todo aquél que sea sincero pierde su hermosura.

    Ustedes me dirán que los muchos autorretratos de Vincent Van Gogh, de Rembrandt o de Rubens, para nombrar unos pocos, son hermosos. Ciertamente pueden ser obras de arte y también, desde nuestra perspectiva de observadores de paso, también bellos. Pero cada uno reflejaba los horrores que vivían, era un testimonio del dolor absurdo que les tocó vivir. Quizás, por exceso de ignorancia, no pueda decir lo mismo de Velázquez, presente en muchas de sus obras. Pero me atrevo a decir que casi siempre resaltaba que él no era el principal, sino uno de los artesanos del retrato, sin más aspiraciones que arrancar una sonrisa a Felipe IV, cosa triste para un maestro de su talla.

    El segundo trazo ya fue más seguro. Lo hice en azul de prusia, uno de mis colores preferidos y reflejaba algún período, no sé precisamente cuál, en que realmente escalé dentro de mi, en mi valoración. Un período de autoconfianza. Me emocioné y la próxima línea salió en ocre, un color que trato de evitar: es como la parte insulsa, la rutinaria, la repetida y yo la que quería dibuijar era en rosa vieja para después salpicarla con blancos y varias tierras. Pero no podía dejar el autorretrato así y con más vigor, recurriendo a los trucos que he aprendido de este arte, tomé la espátula cargada de rojo bermellón y apelmacé el conjunto que fue tomando varios colores a lo largo de su trayectoria.

    Entendí que mi yo quedaba de esta manera encubierto, como siempre ha sido. Si uno observa los detalles de los ojos de Rembrandt, debajo de la máscara de tierra de siena y amarillo de rembrandt, ve el agotamiento de la esperanza. ¿Para que Geertje o Hendrickje después de muerta Saskia? ¿Una culpa cada noche, cada tarde? Esos son los ojos que tratan de mirar a tu corazón para ver qué opinas tú de todo eso, de esa vida, de ese deterioro fenomenal. Hay que mirar uno de sus primeros autorretratos (“Autorretrato con capa y ojos muy abiertos”) cómo miraba a los ojos y no al corazón, no al alma. Y si observamos los ojos de los autorretratos de Van Gogh ¿qué descubrimos, qué hay detrás de las capas de pintura? ¿Ese es Vincent, el genio o es el pobre loco, aturdido por insomnios protocelestes?

    Aun así me negaba a dejar tan inconclusa la obra. Pensaba que debía añadir algo bueno, algo que me trascendiera, aunque solo estuviera armado con un mecano de ilusiones que no llegaron a ser, pero que estuvieron cerca de serlo. Algo así como un “yo merezco” maquinado con trazos enérgicos y concesiones generosas. Tomé el pincel fino y empecé a escribir sobre la figura que supuestamente debía representarme el poema de Rabindranath Tagore que dice así:

    Cuando nuestros ojos se encontraron a través del seto,
    pensé que iba a decirle alguna cosa; pero ella se fue.
    Y la palabra que yo tenía que decirle se mece día y noche,
    como una barca, sobre la ola de cada hora.
    Parece que navega en las nubes de otoño, en un ansia sin fin;
    que florece en flores de anochecer,
    y busca en la puesta del sol su momento perdido.
    Chispeaba la palabra, como las luciérnagas, por mi corazón,
    buscando su sentido en el crepúsculo de la desesperanza;
    la palabra que yo tenía que decirle.

    Después, cada vez con un pincel y un color diferente, fui tachando cada frase, ocultándola a la vista de los demás, pero sabiendo que estaba allí, que solo era cosa de desvelarla para encontrarla y saber que con mi autorretrato quise decir, pero no pude. No obstante, estuve cerca de estar satisfecho. La palabra chispeaba como un cocuyo en mi corazón y el dibujo es palabras y las palabras dibujo.

  3. isabel salcedo dice:

    Vi a Mora en la estación…Rodeada del viento que arremolinaba su falda de vuelos, chasconeaba el cabello sobre su cara y con la brisa que brillaba en sus ojos oscuros como canicas.Un beso parecia tener sobre su boca, o tal vez el efluvio de alguna copa anterior.
    Miró el cielo, buscando esa nube oscura que aproximaba la lluvia, miro el vagón del tren que tenia enfrente, queriendo encontrar a alguién talvez?, buscando un rostro conocido que “reconocer”.
    Pero no habia dudas ni preguntas en verdad, este era el viaje de todos los años, el famoso “Tren del Recuerdo” que hacía cada año su ruta hacia las playas del litoral central tal como lo habian hecho en el siglo pasado aquellos poetas…Vicente Huidobro, Pablo de Rokha, Volodia Teitelbom -el de los sueños locos- , Pablo Neruda cuándo buscaba un pedacito de tierra para construir su playa de los poetas y amigos todos de las Caracolas…Y aquí estaba Mora con toda la ilusión de viajar sobre esa vía rahida y vieja pero de escultural figura ferrera. Mora apretó con fuerza aquella pamela veraniega en su mano y la montó de una vez sobre su cabeza , aquel sombrero en paja de ala ancha con ese montón de flores moradas encima -como ella- y que sin duda le pertenecia del todo.
    Ahí en ese objeto simple -como todo objeto- y bello -en su forma sobretodo- parecian habitar todos los sueños “Morados”: Los colores vivídos de la infancia , las voces angelicales que susurraban al oído, los sonidos de las Campanas -dulces y no estruendosos-, la brisa, la brisa y la brisa…Algo del silencio -roto por el otoño-, las pisadas del heróe (que vive en la añoranza) y al cuál se le temé sin “razón conocida”, al fooondo la Libertad…Como al final de una arboleda y la niña que vive siempre en Mora corre tratando de llegar al fondo de Todo…Preguntas sin responder ? es una pregunta que me hago, sin la ambición de recorrer este Universo Morado busco un pedacito de quietud y me siento sobre una piedra. No quiero eso si mirar el charquito de agua que se encuentra a mis pies -podria encontrarme con el mar que esta en todas partes- y al cuál evito siempre hasta que me hundó de improviso en el. Sigo aqui como “el pensador”, me digo -en Mora habita una niña, sera esa niña que habita en todas nosotras?
    De todos modos quisiera tener algo de ella, algo como esa delicadeza que se encuentra en la brisa que es solo de “ella”, esa brisa que mueve con elegancia los trapos, las gasas,y hasta las cortinas de la casa antigua …algo de esa piel que ella habita, esa piel clara y perfumada, sensible y muy femenina…algo de esa pequeña risa coqueta y sonora que se escucha en su interior, pero sobretodas las cosas, quisiera un rato tener esa llave…Si! esa llave!!! …no me atrevo ni a decirlo siquiera…lo diré despacio entonces para que se escuche como yo no me escuchó jaja, por un rato prestada quisiera tener la llave que conducé al pasadizo que lleva al lugar donde se encuentran…tataaan!.
    : L o s C u e n t o s d e H a d a s.

    Mi reverencia a todos ustedes lectores y leídos en el dia póstumo a mi aniversario.

  4. Joise Morillo dice:

    ¡Hola!

    Conoceos a vosotros mismos, sentencia que pide ejecutar o conseguir con didáctica intención, ¡si se quiere! La mas pura de las condiciones para conseguir -pristinamente- la libertad individual, y con ello poder concebir una idea clara de lo que son los otros. Concebirse “ser”, como ser en si involucrado en la cotidianidad social.

    ¡Amor platónico!

    Detestar y tratar de destruir a otros por concebir ideas y pensamientos inexplicables, ej.: creer en la omnipotencia de Dios. Es, y esta en contra de la naturaleza humana. Antropofóbia.

    La diferencia entre el postulado de los coacervados de Oparín, donde se juzga la idea de las combinaciones de sustancias contentivas del Universo entre si (considerar ADN) para luego desarrollarse la vida a consecuencia de condiciones precisas en un ambiente que el científico llamó Caldo Primigenio y la concepción de la creación en Génesis, donde la combinación del agua y arcillas para formar una masa en forma de figuras humanas y recibir el halo divino, estriba; única y exclusivamente en: quien explica y quienes necesitan de la explicación.
    S. Freud formula una teoría donde se plantea el sexo como el motor de las diferentes conductas del individuo –en todas las especies- en su desarrollo hasta que llega hasta la “madures” tanto espiritual como fisiológica en el caso humano, de modo que, con su sicoanálisis, hace moción de características intrínsecas a la sexualidad natural del individuo.
    Platón en el Banquete, se regodea explicando porque la atracción sexual entre los humanos, invocando al Oráculo de Mantinea, donde se plantea la disgregación (partido en dos) de un único espécimen de individuo Humano –andrógino - que intentando parecerse a Dios, es castigado y expulsado de los predios celestiales, mandado a sufrir los avatares terrenales trata de conseguir consuelo tratándose de juntar de nuevo sin conseguirlo pero creando nuevos seres de la misma especie pero Hombre o Mujer.

    Ahora bien, consideremos el tubo o túnel de Higing y su (Particula de Dios) ¿Cuantos kilómetros de materiales sofisticados debe utilizar el hombre para crear lo que se estima sea el principio de la creación de la vida? Sin embargo mediante centímetros de vaginas y penes, se crea vida, la fecundación del óvulo podría llamarse el Big Bang de la vida humana. La pregunta es: ¿hay combinación de elementos?

    Platón concibe el amor como el producto de saber que es lo bello en función de lo bueno y lo justo. Sin distinción ni exclusión de ninguna especie, para Eros (amor) no existe discriminación ni de raza, ni color, ni sexo, menos, de estatus sociales. Platón corona el triunfo de su moción planteando que la mejor virtud de los amantes es “ser amado” considerando que, antes que amor propio, es lo que se merece por efecto y a consecuencia de sus virtudes y conducta.

    Aristóteles discípulo de Platón dice: que el ser humano es un ser social.

    En nuestros maracuchos tiempos; Barboza De la Torre, define: Sociedad, es el producto de juntarse para vivir mejor. Yo le agrego, con amor la gente crea vida y condiciones para vivir en armonía.
    Joise MORILLO

  5. Júdith Mora V dice:

    ‘El televisor es una caja venenosa; adentro hay una niñera malvada, “La mano que mece la cuna”.’… jajajajajajaja cómo me hace falta leerte, definitivamente…

    Otro beso
    <3

  6. José María Gil dice:

    Tu escrito, Mora, me recordó por momentos el inquietante relato que Romualdo Sauce escribió a principios de los 60 (“El televisor de los programas inexistentes”), donde el lector, frente a un televisor desvencijado, va despertando y sacudiendo a la vez su imaginación a cada toque de un mando a distancia (cualquiera que fuese el botón oprimido), hasta sumirse de manera inexorable en un estado de insana confusión por lo inconexo y surrealista de los programas emitidos.
    Miguel Ripollés me lo advirtió en cuanto le hice saber que había llegado, tras muchas dificultades, a la visión “lechosa” en la bola de cristal. “No es bueno correr”, me dijo y “mucho peor impacientarse en estas prácticas. La contemplación exige tranquilidad. Mejor dejarlo por hoy…”
    Naturalmente no le hice caso y proseguí con la mirada fija en aquella superficie que poco a poco había ido perdiendo brillo y transparencia hasta convertirse en una pantalla redonda con un fondo blanco mate. Ni siquiera presté atención al hecho de que Miguel me hubiera dejado solo, pero la verdad es que en aquel momento tampoco le hubiera preguntado nada. Había llegado por fin a la “visión lechosa” (preámbulo necesario antes de toda visualización contemplativa) y nadie me arrancaría de allí hasta haber podido contemplar mi primera imagen, mi primer logro como neófito, aún ante el peligro de contemplar mi propia muerte….
    Aquél iba a ser mi estreno como vidente…



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