Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Febrero, 2013

Libros de autoayuda, libros fantasmas

Me ha ocurrido algo extraño, o le ha ocurrido al mundo que me rodea, a mis pensamientos y a los libros de mi biblioteca (El cosmos de Borges).

De pronto han empezado a aparecer -detrás de otra hilera, como en segunda fila- textos que no recordaba que tenía, algunos de los cuales eran completamente extraños a mis preferencias. Otros que ni siquiera había escuchado nombrar (Olvido).

Los libros de autoayuda (La princesa que creía en los cuentos de hadas-Informe Académico) -seguro que por soberbia, por autocomplacencia, por considerar que yo aprecio de otro modo las cosas, o al menos que las percibo de otro modo que el modo que pretenden enseñarme en cualquiera de esos manuales- siempre me parecieron de inferior calidad.

Sin embargo, tengo un alto aprecio por toda la literatura religiosa, y a menudo, en especial tratándose de religiones orientales, ésta le da la mano, o un envión, o recoge en sí misma, prácticas de autoayuda (Amar y sufrir en grande).

Las religiones, con sus ritos y dogmas, con sus reglas y purificaciones, convierten de vez en cuando a un neurótico en un sabio, o al menos en alguien que va por ese camino (Religiones). Con repetir una hora un mantra se suavizan los rasgos de la cara y los rasgos del alma, lo que no sé es cuanto dura tal suavidad.

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La historia de la libertad de prensa

Antes que nada, no esperen de mí -bajo este título, era posible que esperaran- toda una historia de la libertad de prensa (La prensa escrita como fuente de reconstrucción de la historia) -por otra parte, la libertad no debería tener predicados, ni de prensa ni de opinión (La libertad).

A lo sumo me animo a contarles una anécdota que puede valer como una reflexión (Haikus y reflexiones).

La otra cosa que debo aclarar ya es más bien una broma: no tomen el título de esta nota como algo así que la libertad de prensa ya es historia… (El fin: ¿de la historia, la historicidad o el historicismo).

La mañana del domingo, llena de sol, se mezcla con un agradable aroma a tostadas y café recién hecho.

Bueno, no todas las mañanas de domingo de mi adolescencia son soleadas -¡déjenme idealizar esos paisajes!- pero sí son “artísticas”, “periodísticas”, “deportivas” (Las sombras del mañana. La dimensión subjetiva de la política…).

Mi padre reparte el diario del domingo como el cura parte la hostia en nuestra iglesia -al mediodía iremos a misa (El Cura de Ars).

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Un asesino está por confesar

Hay palas que se mueven sin hacer mucho ruido, y eso me llega en la noche, en secreto; son los que entierran como yo (Secretos del Vaticano).

Soy vidente de otros asesinatos que los míos (Desdoblamiento y visión en vigilia), tengo sentidos como antenas colocadas en mi cuerpo y quizás en mi alma, pero ése no es el tema de este relato, sólo lo mencioné para nombrar de paso esa gran soledad y esa oscuridad de cuando me acuesto y trato de dormir aunque haya muchas horas, tantas y tantas que me invaden el sueño (Vida retirada, soliloquios y complejos).

Antes de dormirme por fin, quiero hablar con quien está a mi lado en la cama, pero mi voz se arrastra, repta, no alcanza a escucharse, yo no logro escucharme inclusive. Y ni siquiera sé con seguridad si hay alguien a mi lado en la cama cada noche (El Pozo y La Metamorfosis). Sospecho, pero no quiero tocar, que en la oscuridad pone bultos que simulan su cuerpo y cree engañarme; bueno, me engaña porque no quiero tocar (Sigmund Freud, un profeta de la sospecha).

Misterio es todo, pero yo quiero ser misterio, especialmente para usted, Detective. Y quiero armar y desarmar el misterio, es decir revelarle algunas cosas, o tal vez todo aunque no linealmente, usted armará su juguete, sabrá quién soy o creerá que el asesino es -o que yo soy- alguno de mis vecinos o vecinas (Nuevas sendas en las montañas).

Mi mano está escribiendo sin tormento, sin amargura; vacilo de repente como una bailarina comiendo de sus pies; recojo la manzana prohibida (Lolita).

Éste es mi corazón que voy a darle, usted va a saber de él, de su carne podrida; voy a confesar de algún modo…

Una advertencia: en los espejos hay niñas que me miran pero yo no soy esas niñas ni tampoco el ladrón que las roba, Comisario (Relatos X).

Voy a hablarle de un crimen y voy a hacerlo de un modo especial; haré para usted una novela en la que pueda descifrar ese crimen y quién soy o fui yo que asesinó (El arte del asesinato político, una novela policial).

En el silencio se siente miedo de verdad, cuando me están hablando esos recuerdos, mis manos que acarician el cuello de alguien y algo de dolor y de placer, esos recuerdos constituyen mi propia novela policial que releo: yo no habré escrito mucho pero he hecho mi propia novela con hechos tan reales, con puntadas de tanta realidad.

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La historia del viejo caballero

Entre mi murmullo y el deseo se abren los suaves ojos de la muerte (La maravillosa y dulce muerte de mi amigo), suenan campanas en las que el resplandor de Dios se vuelve eco (Nada y Dios), la imagen es sonidos  de cobre, Mi deseo (El deseo de la seducción).

Está en los ojos dorados de la lejanía que miran hacia mí, Mi deseo; en los caballos detenidos al borde de la página que hacen fuego en el agua; ahora mi corazón está invertido en ideas difusas y algo converge de golpe en mi canto (Ensayo: “El canto de las Sirenas”).

Sombra que es todo y es la noche, que es todo y es la nada, ¿qué sino una herida podría detener el río de la oscuridad de la sangre a borbotones?

Pido como Rilke a los ángeles que me escuchen cantar (¿Inspiración o retórica? Una mirada al sesgo de la creación literaria), que les estoy diciendo que nada existe, ni siquiera los ángeles, ni siquiera ellos a la altura de mi mano que escribe (Los humanos, los Ángeles, lo desconocido y lo que falta por conocer).

Pido a los ángeles sin embargo que me detengan la mano, los huesos, los anillos. Que todo aquello que existe en esta mancha solemne que es el mundo con sus constelaciones detenga la mala fe de mi escritura.

¿Y los días pasados entre sueños; y la inauguración de una Odisea en el espíritu en tiempos del amor?, (La Odisea).

ser Ulises tanto ella como él, ellas o ellos también, ser los ulises de una ciudad universal en un instante único, en breve comunicación de intensidades (Proyecto para la construcción de un instrumento).

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Mi autorretrato, tu retrato

Elsa se fue de viaje (El viaje); la acompañé hasta la tranquera y la vi perderse con su bolso y su valija, subiendo, subiendo, hasta llegar a la estación de micros.

Me asombró pensar que subir una cuesta en el medio del campo, en las sierras, conduce no a la nada ni a una aventura peligrosa (Historias y anécdotas de Venatore, el cazador), sino sencillamente a una estación, desde donde se puede partir a ciudades tan grandes como Buenos Aires, en directo, sin escalas, y estar allí en unas horas (Guía de Buenos Aires).

La ociosa reflexión me condujo de pronto a verme a mí misma allí parada, cerrando la tranquera.

Yo no tenía puesta una falda larga hasta los pies ni llevaba el mate entre las manos, y mucho menos era “la morocha argentina” que despide a su gaucho, al pie del caballo (La historia del tango).

No, nada de eso; sin embargo me vi como nunca me había visto: tal vez mis ropas eran un jean y una remera pero me vestido era infinito, la eternidad en el segundo de una despedida; yo allí, como cualquier mujer u hombre en cualquier tiempo y lugar; yo allí ni más ni menos que como un símbolo de todo lo humano en el correr de los tiempos y en el girar de los planetas (La articulación entre vacío, materia y tiempo en el De Rerum Natura).

Esperé un momento antes de entrar en casa.

Se trataba de una de esas tardes en las cuales, como se dice en el campo, “los pájaros se caen”, por el calor.

El abrazo del calor también era metafísico; creaba una proximidad extrañísima entre el aire, el mundo y uno -o una- mismo/a (El objeto de la metafísica).

De repente -como en cualquier cuento de terror- brilló un relámpago (El cuento de terror). Y luego lo acompañó el trueno, aunque mi reflexión esta vez pecó un poco de ingenua: “Cuán cierto es que la luz es mucho más veloz que el sonido”, me encontré pensando.

Pero no había tiempo de hacer una autocrítica: ya estaba lloviendo, ya cántaros, a fuentes, a cascabeles que sonaban.

Entré, estaba refrescando mucho. En la casa se golpeaban todas las puertas y celosías y el color que iluminaba los ambientes desde las ventanas abiertas se había vuelto de un gris muy especial, como si yo y los muebles estuviéramos metidos en una radiografía.

Cerré todo, encendí la luz y me dije: “Tengo que hacer mi autorretrato, para mis amigos del blog, ya mismo”.

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