Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Diciembre, 2012

Meditación de fin de año

Trato de repasar sucesos de este año (El calendario), del que se va, digamos, y los encuentro de tal importancia, variedad y espesura que la mano se detiene y mi memoria ya no sabe recordarlos (Mapas mentales). Es un muro escrito con palabras de cal, con la lluvia, con la mirada del que pasa.

Contemplo sucederes de otros años pasados y es lo mismo, otro muro, otros espejos donde quedó el último aliento de los que se fueron.

Me propongo ser inmortal (¿Para qué esconderse de la muerte?), y para eso debo desnudarme hasta de la vestidura de mi alma, ser un signo de lo oscuro, como los incendios de Dalí (Breve reseña sobre el onírico pintor surrealista), o cuadros de Brueghel o de El Bosco, esos severos castigadores de pasiones (Renacimiento).

Este año cada habitante del planeta fue un signo de intemperie, fue ráfagas en una casa azotada por los rayos (Fenómenos atmosféricos).

Quiero ser inmortal (El bumerán de los deseos en la época de la satisfacción inmediata).

Y seguir escribiendo hasta el cansancio de las letras, una por una que se apaguen como se apagaron todos los colores de las vocales de Rimbaud, para que, en la inmortalidad, me donen el silencio del cielo.

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La sinfonía de diciembre

Un poeta que ha escrito “sinfonías” (Cantos del atardecer), cuya vida prometo narrar en breve -una vida sorprendente y fantasmal para el más grande de los líricos (La poesía lírica)- es Oscar W. de Lubisz Milosz. Es el Poeta Nacional de Lituania.
La Navidad (Origen y procedencia de la Navidad), los conocimientos herméticos, la magia blanca, las misas de gallo, el judaísmo y su profunda teología, todo mezclado con la infancia en la casa del príncipe de Grodno, tienen que ver con Milosz (Principales corrientes hermenéuticas).

Copio apenas un verso:

_”Es el tercer día”_. Y yo me estremecí, porque la voz
venía de mi corazón. Era la voz de mi vida.

El fabuloso país de la infancia de Milosz tiene que ver con todas las infancias (La felicidad), por eso me permito anoticiarlos, una vez más, de un bello suceso de la mía:

El pesebre viviente desde lo alto

Yo era una gordita de trenzas claras y mejillas rosadas, tímida como un bambi (Cuentos y fábulas infantiles).

Trajeron una escalera de bomberos para que pudiera trepar a ese árbol inmenso llamado paraíso (Manifiesto del árbol que sueña ser poema).

Las tablas de la escalera estaban demasiado separadas para mí.

Puse un pie, y me pisaba el traje blanco. Me pesaban las alas enormes que habían atado a mi espalda (Los humanos, los Ángeles, lo desconocido y lo que falta por conocer).

No entiendo cómo no me caí; llegué hasta la copa, hasta lo más alto de lo alto con una voluntad que hoy todavía me envidio. Me tomé de las ramas, me acomodé las alas, puse mi cara más adorable entre las hojas. Sentía que era un ángel, un poco vacilante entre el pie izquierdo y el derecho, que además calzaban botas nuevas.

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La señora distinta

Para una u otra cosa todos somos discapacitados, o “con habilidades diferentes” (Discapacidades temporales -reposos- y permanentes -residuales).

En mi caso sé que soy “diferente” de la mayoría de las personas en cosas que también tienen que ver con la inteligencia (Habilidades sociales). No es que exclame vanidosamente: ¡Ay, las tareas domésticas, o las manuales (Artesanos vs. Academias), o los deportes (Salud y deportes), no son para mí!

Lo digo con mucha sensación de fracaso (¡Del Fracaso a la Grandeza!); admiro la poética de las mujeres bordadoras, por ejemplo. Y he intentado bordar sobre cualquier tela hasta el Taj Mahal, pero sin éxito (Las Siete Maravillas del Mundo Antiguo y Moderno).

Y dejándome un problema cardíaco instalado para toda la vida, quise a los 15 años y con un esfuerzo imposible de explicar “rendir” los mil metros nadando en agua de río, para hacerme nadadora (Las habilidades abiertas y cerradas). Me hice nadadora, título que obtuve sin poder ejercerlo después. Me hice nadadora y, con sinceridad, yo no alcanzaba a nadar 50 metros sin cansarme, es decir que debe calcularse para cuando rendí los mil: 50 metros más o menos bien, 950 metros nadando como sólo lo haría alguien que quisiera alcanzar la orilla para salvar su vida de un naufragio -náufraga quedé para siempre, en fin.

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De cómo me convertí en bruja

Vi aves comer aves sobrantes de la cena de humanos, vi el pasto dorado adonde los polluelos picoteaban la carne de su madre… (El miedo en la infancia). Convertirme en bruja fue una opción natural (Brujería: un aprendizaje ancestral).

En algún tiempo preferí la escritura (Historia de la escritura).  Mientras yo escribía, alguien dormía (Historia del sueño y su estudio), y no era el más hermoso de los hombres ni la mujer más fascinante: sólo era mi amor amado por su cabello de ceniza; por su pálida alma que estaba siempre junto a mí, y amada por lo que no sabía de su dormir, en ese momento en que extraviaba la llave de su voz y el corazón de su mirada (Romeo y Julieta).

Pero ella todavía está conmigo y sus ojos dorados se ponen verdes los días de tormenta (La eternidad o el cambio).

De cómo me convertí en bruja (cuento, señores, es sólo un cuentito)

La máquina producía imágenes, ríos de diamantes, de tótems, de máscaras africanas, animales extraños, elefantes adornados para festivales hinduistas, el Ganges y sus creyentes y sus cenizas; la máquina producía también al conde Drácula y su corte de bellas paliduchas, y cosas comunes y corrientes como comidas en el parque, como vientos que soplaban y se llevaban cosechas, como lluvias que volvían y devolvían la cosecha.

En el caso de las máquinas egipcias, acertar significaba que las cuatro estatuas de Nefertiti se convertían en fuegos artificiales, después en polvo, después desaparecían, y si el lugar donde esas imágenes habían estado era ocupado por otras que coincidían con el cuadro general en cierto orden predeterminado -por ejemplo si salían desde la izquierda dos serpientes y había quedado una del cuadro original en el centro, se marcaba otro puntaje, mucho más alto, que se iba sumando al anterior. Pero a la vez, como de nuevo habías acertado, una a una las tres serpientes se hacían otra vez fuegos artificiales y luego polvo y luego nada, y quedaban los cuadrados vacíos que se iban rellenando con otras imágenes. Aunque ahora quizá no salía nada que respondiera a la exigencia del juego; y así fue: salió una máscara acá, lejos, una momia, mucho más lejos, un unicornio; es decir nada.

Y tenías que volver a tirar y empezar una rueda larguísima en la que esa palabra nada se había impuesto y nunca coincidía nada, y cuando coincidía parecía milagro y te hechizaba de modo que te volvía el aliento para apostar de nuevo y que todo volviera a suceder, casi siempre navegando hacia esa nada infinita.

Muchas veces ella había sentido al Diablo mirándola desde atrás cuando jugaba, pero esta vez lo sentía pesar mucho sobre su hombro derecho, fuerte, como si la estuvieran apretando. Se tocó con la mano izquierda y no había nada ni nadie, o quizá el Maligno se había hecho fuegos artificiales, luego polvo, después nada…

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