Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

La casa subterránea

Sé que alguien piensa que es pura egolatría (Amores altamente peligrosos) esta costumbre de llevarlos a mis lugares familiares, a mis lugares más amados (Lugares Abandonados), a los lugares donde una persona que soy yo empieza a formarse en corazón y espíritu (El espíritu y el alma, la mente y el cuerpo).

Pero no es mi defensa: no pienso igual. Es lo único que tengo para ofrecerles: mi propia vida (La Vida)

Enciendo -mientras esto escribo- un cigarrillo (No fumar frente al espejo). En la etiqueta hay fotografías de gente enferma por el tabaco y radiografías de pulmones destruidos (Tabaco).

Sigo escribiendo y frente a mí lo que más veo es el cartel que casi abarca todo el reverso de la caja de cigarrillos: FUMAR CAUSA CÁNCER (Emociones).

No, lo que voy a escribir no se refiere a los daños del cigarrillo ni a la necesidad de dejar de fumar, sólo estoy describiendo mi entorno y, tal vez, ese poco de miedo o de angustia que me rodea, que merodea, mientras escribo (Angustia y miedo).

Una vez soñé con cigarrillos, cuando había dejado de fumar:

Iba por un cementerio prendiendo cigarrillos, convidando a los muertos y, por supuesto, soñando; pero la hierba era más verde que la hierba y el cielo más azul y más blanco el blanco de las tumbas, hasta que el mármol se incendió y vi las llamas por detrás de un vidrio, cada ceniza fue ceniza otra vez -como detrás de un vidrio veo, al despertar, menos radiante el cielo.

Pero enciendo otro cigarrillo y ya me alejo de sus consecuencias, saboreo el humo y pienso que de lo que voy a hablarles es de mi “casa subterránea”, esa que se construyó dentro de mí, en la oscuridad, durante tantos años. Esa que nunca va a caerse porque también se está construyendo dentro de ustedes, mis amigos.

Comencemos con el espejo que hay a la entrada de esa casa

En el espejo la mujer me mira y no comprende. Tiene mis ojos, mi pañuelo; sonríe y juega pensativa con sus cabellos rotos.

Yo tampoco comprendo, ni sé del manto de eternidad de su frío, de su alma de azogue. Pero sospecho que, más allá del espejo, en un túnel que tiene otra dirección que la vida, ella sigue mirándome.

Una casa que tuve interiormente

En esta casa hay una habitación sin techo y en el piso de tierra sembré amapolas amarillas.

Hay un momento en que la luna permanece sobre esta habitación y caen sus rayos y se mezclan amapolas y luna en perfecta quietud -este momento me hiere con palabras que no sé repetir:

es posible que sea una campana que repica en el alma por difuntos.

Pero no, es mucho más, es mi drama casi al final del libro, cuando todo está en calma porque todo ya ha sido revelado, cuando el libro se cierra y empieza a arder en el corazón del que leía.

Después le relaté a alguien mi descenso al sótano de la casa:

Si desciendes al sótano hallarás estatuas que sobreviven -cuidadoras de esqueletos-; pequeños animales disecados también con sus ojos eternos -¿son ojos, sin embargo, los que no te miraron?-; partituras para descomponer el silencio y el rayo, y una carta, más real, escrita en letras pequeñísimas.

Encenderás una linterna cuya luz sea mayor y tomarás prestada una lupa del caos para leer lo menos importante: el mensaje de tu infancia no significa nada, sólo que estás ausente y envejeces.

Fue cuando descubrí que había cabellos blancos en esa mansión de mi cabeza

Hay un pétalo blanco en tus cabellos que vino de otra parte, de un jardín de extrañas rosas apagadas donde sonríe el viento del otoño -profundamente desconoces ese jardín fantasma.

Aunque hay un jardín en el espejo de pétalos blancos en tu pelo, de rosas herrumbradas en tu frente, de rocío en la mano que levantas -esto es mañana, pero el espejo permanece allí.

Y en otra casa de la mente, cuando odié escribí una plegaria

Si pájaros -que te repelen-, si serpientes, si mares -a los que temes- quisieran devorarte, o una rosa de brasas, esa que enciende tus papeles, se irguiera de las letras y fuera el fuego que por fin te consume; si todas las espumas fueran tu funeral y si el amor de dos estatuas te salpicara con veneno de sílice, de mármol…

No sé sinceramente qué ocurriría si en el condicional eterno de estos suplicios te envolvieran como en la manta que tejías y destejías para hacer el infierno; no sé sinceramente si yo lamentaría el final de tu manta,

sólo sé que quizás escribo una plegaria, y que quizá deseo que no la escuche nadie sino mi gran silencio.

Y en otra casa deliberé con el Amor

Bien mirado el amor se viste alto, delgado, veneciano, con máscara y con traje de un lado de un color, del otro espejos

tiene sombrero de alto pico, telas de oro, es brujo, es malo, es singular trasegador, se lleva niños.

Eso que trae, esa maleta, es mala; lleva las almas de los niños estúpidos hacia el borde del borde hasta el final; balancea y se caen almas cual mariposas.

Hasta que supe que el Amor y el Silencio son hermanos

Amor es un silencio, es un hoyo en mitad de nosotros que nos hace negros, blancos y grises; un fuego verde, un cascabel, un lúgubre presagio, una campana y una cuna y su tumba, un trébol, una raíz, y una rosa que tiene dos miradas y la última nos mira.

Un día muy triste pensé en el suicidio en la casa más tétrica:

En la quietud con que se apagan los días, considero mi sangre con una sed de alivio.

Sobreviví a mi propia mano

Sí, sobreviví a mi propia mano asesina. Primero le pasé un poema de Pessoa a una amiga que también quería suicidarse, a quien el verso la hizo desistir, y después escribí sobre eso:

A quien en este mundo decidió, por la palabra de un poeta, estar, denle los vientos o los árboles morada, préndanle el fuego de los días en pleno corazón, y los ladrones de esmeraldas a sus cortes secretas llévenla como gema, pluma, pétalo de la luna, que es diosa blanca de la poesía.

Después creí en Dios cuando leí a ciertos poetas

Hay Dios en el poema, todo lleno el lugar está de Dios. Sobre la página que escrita con dolor vivo fuera, la gran sombra es posible.

Envío

En esa casa de mis pensamientos situada en dos lugares, uno alto, otro bajo, volví una y otra vez a soñar que somos inmortales, y, amigos, ahora descanso -viva- en paz. Hay días que parecen un enjambre de avispas, pero hay días en que el sol dora todas las cosas, incluidos los bordes de mi cuerpo y mi alma.

Y hay noches cuando la luna canta para mí y para ustedes.

Mil besos

Mora

Monografias

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Comentarios

6 respuestas a “La casa subterránea”
  1. Jose Itriago dice:


    Flotando en el espacio, en absoluto silencio ,descubro parajes nunca antes imaginados. Son confusos, todos surgidos de sueños remecidos por el roce de cortinas con finos encajes de Brujas, superpuestas de tal manera que tamizan cinéticamente el brusco contraste entre las sombras profundas - hechas de noches de insomnios tratando de evadir la autenticidad de la parte mía insatisfecha conmigo mismo- y el centelleante azul puro, azul de notas en el aire, azul de pianos y violines. Son confusos mis paisajes de olvidos y perdones.

    La brisa me mueve en diagonal, como un papagayo lanzado al aire por mis manos de niño, tratando de seguir el curso de un camino color tierra de Siena , contra el resto adusto del paisaje. Un camino que debe ser cálido porque así lo imaginé, para cortar las moles monumentales de los grandes cuarzos, dejando a su paso aristas que refractan un sol invisible a mis ojos. Se hacen prismas cortados a plomo, verticales perfectas desde la luz a la sombra.

    Salvo mi propio vuelo y el movimiento ondulante de las cortinas que ya no veo, pero que sé que siguen haciendo mi perspectiva y mi propio vuelo, todo el resto permanece quieto. Pareciera que algún sol se mantuviera inmóvil y los atardeceres resultaran por extinción progresiva de la luz. Es posible que la sima sea tan profunda que resulte imposible ver al pie de estas moles el movimientos de las sombras. Cuando atardece, pasamos por sucesivas franjas del azul al rosado, del rosado al rojo, del rojo al granate y después a una llama que se extingue, mientras veo como oscila y va perdiendo fuerza, hasta desaparecer.

    La brisa amaina y yo desciendo. Supongo que estoy sobre el camino, mi camino. Ahora predomina el movimiento de la oscuridad que parece rozarme para reconocerme. Sus manos son gélidas, pero tiene un aroma de jazmines que compensa los temores que esta ceguera del contorno (uno se amarra a las dimensiones, a lo cercano y a lo lejano), temores que empiezan a florecer y dominar mi espíritu. No me atrevo a caminar. No sé en que dirección podría dirigirme. Toco mi cuerpo para constatar que existo, que quizás siga en el sueño o más bien, de alguna manera, fui transportado a mi propia sequía, pero que no estoy muerto. Me impongo poder ver, romper las ataduras de mi noche particular, noche dentro de una noche, sueño dentro de un sueño y al fin distingo una estrella, quizás Venus -digo- lucero de luceros, guía de la vida, cuando es amor. Descubro que no hay eco, que la voz parece apagarse en cuanto brota, perdida en la oscuridad tangible, capaz hasta de asfixiar mis pensamientos. Al bajar la vista, descubro el lucero del amor otra vez y entiendo que estoy frente a un lago. Decido permanecer observándolo y al cabo, aterido y calado por la negrura, aprecio la perfección de esta soledad, de esta calma introspectiva y entiendo que me estoy reconstruyendo, rearmando, para un tránsito que no alcanzo a descifrar, a otro espacio, a otro sueño, casi como si me deslizara o más bien, como si el suelo se deslizara mientras yo permanezco estático. Sólo en los sueños se vive, digo en voz alta. Así paso horas o quizás vidas.

    Aun hecho noche, presiento un amanecer. Ya todo está en calma porque todo ha sido revelado, cuando el sueño se acaba y empieza a arder en el corazón del que leía. Es una secuencia tan internalizada que parece seguir un horario acomodaticio, elástico. No importa que las noches de horas pasen a días, meses o años . Tardará en llegar a donde estoy. Pero solo con suponerlo te percibo. Detecto la vibración que emites al pensar y añoro tu piel y tu calor. Aun cuando ya yo esté en otro sueño, tú sigues estando en él. Estás en todos y en todos me cobijas con tu piel, que hoy deseo tanto como la luz o quizás la luz sea estar en ella.

    Una gota de esperanza cayó al lago y su color naranja fosforescente se expande hasta cubrirlo del todo, en círculos concéntricos, unidos inextricablemente a una ilusión de resplandor tan realista que ya creo ver algunos perfiles de las montañas que antes imaginé tan sólidas, tan inhóspitas, ahora montañas madres, cubiertas de árboles y monte. En algún lado amanece. Sigo esperando.

  2. Joise Morillo dice:

    Ese silencio que “mora” en mi

    Naci, y he crecido incrédula, desubicada
    Confusa
    Me pienso y no me conozco
    Parca de lo que menos aprecio merece
    Pues, mi espíritu “mora” en mi.

    Pase desapercibida de mi misma
    Mas, loca de alguna forma
    No creí en mi misma
    Sin embargo el desprecio no llego a mis pies,
    nitocó mi alma
    Pues, mi espíritu “mora” en mi.

    Casi que me llegue a odiar
    Me miraba y no me veía
    Pensé que no me quería
    Todo a mi derredor olía a tumba
    Descubrí, ese espíritu que “mora” en mi.

    Luego, esa luz que como aurora en la mañana,
    Cubre las almas
    Me muestra la creación en lo mas profundo de mi ser
    ¡O Dios, he vuelto a nacer!
    Siento que amo, si amo,
    ese silencioso espíritu que “mora” en mi.

    Os ama
    Joise

  3. ANTONIO MARIA RODRIGUEZ ESPITIA dice:

    Esa casa subterránea que albergamos en nuestra mente es un almacén de fantasmas, ilusiones, fantasías; hijas del amor, categoria que para mi no tiene aun, desde los siglos de los grandes filósofos griegos, una definición que satisfaga el apetito conceptual de la especie humana. Esa casa subterránea que en un tiempo se le ubico en el corazón y hoy en nuestro cerebro, órgano que encierra todas las incógnitas del cosmos y del hombre y aun no ha podido poner en orden esa casa que guarda todos los secretos y archivos de nuestra realidad.

  4. Vanessa Tawer dice:

    “La casa subterránea” de Mora Torres. Una aproximación con intención de prosa, pero de corazón y entrañas profundamente poéticos.

  5. José Albeiro Duque Cedeño dice:

    Preparé por mucho tiempo…
    con anhelo y entusiasmo
    mi regreso, mi retorno.
    Fueron más de treinta años
    que abrigué esa esperanza,
    ese sueño, esa ilusión;
    quería en verdad reencontrarme
    con mis raices, con mi región,
    y aunque logré realizar mi sueño,
    me sobrevino una gran decepción.
    Me, sentí, un, extraño en mi propia tierra
    y la indiferencia me sorprendió.
    Toqué y me serraron las puertas
    parientes y amigos en los que creí…
    sentí que rodaba al abismo,
    que viví engañado por un falso idealísmo,
    tan cruel y mezquino, ingrato y dañino.
    Sufrí…el rechazo, el desprecio,
    de gentes queridas con las que crecí.
    Esa terrible experiencia, me obligó
    a aterrizar (madurar)
    y endureció mi carácter.
    ¡Morita! Como vez sigo adelante
    convencido que en la vida
    siempre existe una razón:
    luchar por lo que nos gusta,
    con fortaleza y con decisión,
    y si algo o alguien te “decepciona”,
    sigue adelante con mucho Amor,
    ánimo amiga. Yo te lo digo,
    confia en si misma y ve con Dios.

    Mi “casa subterránea” es el balcón desde donde tan sólo miro. Gracias Mora. Tú, me inspiraste…

  6. isabel salcedo dice:

    Todo en ti es falso,,,como esas esculturas hechas de polimero y
    de yeso
    Todo en ti es falso como tu aliento que es funesto
    Ni el brillo de tus ojos, ni tu sonrisa con mueca
    Ni el lugúbre pesar de tu mirada de reojo y perversa,,,
    Nada me dice nada, ni poesia ni color de ningún tono ni espectro,,,
    pero aqui estan tus genes raidos y decaidos,,,tu alegria claro que me molesta.
    (poema a Satanas)
    Disculpen la inspiración…



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