Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Archivo de Octubre, 2012

Borradores

En el post anterior, José Itriago saluda a nuestro un poco perdido, un poco lejano Vancho -Iván Salazar Urrutia, chileno (Revolución de Chile)- y le agradece que haya llegado otra vez con su palabra poética a nosotros (Historia de la poesía).

José I. lo hace siempre de ese modo también, y sus relatos, si bien no son “prosa poética” (Escritores y poetas venezolanos), vuelan alto, muy alto, hacia las esferas celestiales -las esferas celestiales no sólo pertenecen a los místicos (El viaje del héroe) y a los músicos sublimes (Wolfgang Amadeus Mozart) sino también a los poetas -55 es la música en los números de los sueños; 56 es la caída./ ¿Pero hacia donde caigo si siempre caí?/¿Es que el año pasado me detuvo la música?/ Nací en el año 49 de “la carne”/fui la niña bonita y la desgracia./ Si fueras un círculo, vida, y otra vez fuera aquello/pediría a los dioses/de todas las loterías y de todos los sueños/algún número que no figure en la tabla/el del espíritu que sin ojos ve/y canta sin boca ni palabras.

Pero estoy en un momento detenido (La depresión).

La primavera vino con todas las mariposas y las flores y no me despertó (Eugenio Montejo: Viaje a lo sagrado)

Pido colaboración: traigan poemas a esta fiesta.

Yo sólo puedo darles hoy el recorte de una novela, el comienzo de hace unos años de una novela que se sitúa en el siglo pasado, y en el anterior…

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Halloween o la atracción de lo desconocido

Cuando una mira, ve, percibe en profundidad un objeto, no puede dejar de desearlo (Sensación y percepción). En realidad todos los hechos humanos pueden ser tomados por un juego o por una tragedia: muertes, asesinatos, nacimientos, aniversarios, amores, y comer y soñar (Sentido del humor). Y las tragedias, más frecuentemente desde lejos, también pueden desearse. Me he dicho muchas veces ¡quién tuviera un Halloween en este país! (Agujeros negros de la mente, claves de salud psíquica).

Último párrafo del libro Albucius, de Pascal Quignard

Horacio estaba muerto. Mecenas estaba muerto. Sólo Augusto sobrevive en su desconfianza, en su genio y en su temor. Caius Albucius Silus odiaba menos la crueldad de Augusto que el hábito que había adquirido de hablar en lengua griega. Según Arruntius, ordenó que alejaran a su hija, que la sentaran sobre una silla plegable y que llamaran a la nodriza. Le pidió que agregara un poco de leche a la preparación. Ella desató la parte superior de su túnica. Él bebió. La sala en donde yacía estaba repleta. En primera fila, sobre una silla plegable, estaba su hija Polia. Todos sus alumnos estaban presentes. En segunda fila, estaban los esclavos más pequeños. Pidió a la nodriza que se acercara otra vez y le suplicó que lo dejara tomar su mano. Se escuchaban sollozos. Se dio vuelta y dijo:

-Quid fletis, pueri? (¿Por qué lloran, hijos míos?)

Murió sosteniendo apretada entre las suyas la mano de la nodriza cuya leche pagaba. Cada mañana ella ordeñaba su seno sobre una vasija. Él bebía tibio.

México y los muertos

Sé que los mexicanos tienen una mirada alegre hacia la muerte -alegremente resignada (Día de los Muertos)-, aun cuando sus celebraciones sean diferentes que las de los norteamericanos. Tienen un Día de Todos los Muertos de alegría exultante, donde en el cementerio se venden calaveritas de azúcar, y se organizan concursos de poemas breves que se llaman a su vez “Calaveritas” (La lírica tradicional). Con grandes premios en dinero -¡anímese!, están abiertos a todo el mundo.

Una vez, pensando quizá en escribir sobre la muerte y sus encantos, hice una lista de títulos en un cuaderno.

Tu boca me come -sin sentido sexual- una especie de “Silencio de los inocentes”.

La Fiesta del Asesinato.

Bombones con absintio.

La lectora que se involucra con los personajes de una novela policial y hasta termina matando al propio asesino.

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La perritud

Me sorprendió encontrar el jardín resplandeciente después de la lluvia (Cómo hacer un jardín Zen en 10 pasos), y me fui escondiendo entre sus glicinas y jazmines, jazmines azules y blancos entremezclados, con perfume fatal (Las joyas de la hornera). Dicen que este jazmín azul y blanco es la más venenosa de las flores.

Yo tenía dos miedos (Miedos existenciales).

El miedo de quedarme atrapada en el pasado, que es un castillo tan hermoso y feliz (Relación entre el pasado y el presente). Allí vagan amores míos como Dante (Cronología de la vida de Dante Alighieri), como Proust, como Borges, como Olga Orozco con sus sombríos ojos verdes, como Alejandra con sus pájaros húmedos…

A ese miedo se agregó, al venir a Agua de Oro, otro muy novedoso.

Todo empezó cuando conocí a Polka, la perra filósofa, belga, negra y dulcísima que me legó su dueña anterior (Perros para Epilepsia)

Nuestras charlas con Polka ya las he reproducido, cuando conté el día de su muerte.

Después, busqué otra vez un consuelo canino, y conseguí a alguien adorable: Topita -le puse el nombre de una perrita de mi infancia.

Topita, en muchos sentidos, es la cara más oculta de Polka, esa ternura que Polka, tan seria a pesar de su dulzura, sólo dejó entrever en su enfermedad y en su muerte.

Topita es rubia, de ojos dorados que se ponen verdes cuando está nublado -”ojos color del tiempo”-; es parecida a un bambi y corre y camina con exquisita coquetería: es una “chica” algo frívola, extremadamente cariñosa, que bebe mi café por la mañana -unos sorbitos de café…

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Cuento que no es cuento

Sospecho, pero apenas sospecho, por ahora (Sigmund Freud, un profeta de la sospecha), que todos los cuentos -”realistas” o no- y los sueños y los relatos infantiles y los relatos de aventuras (Jerónimo y Sherlock Holmes) suceden en un mismo lugar, en un único tiempo con sus mezclas de pasado, presente y futuro -presente eterno (Géneros literarios).

Como si se tratara del “Uno”, un solo reloj, una única casa, un personaje solitario, un autor sin autores ni autorías (Ontología).

Cada “cuento” (El cuento literario o la concentrada intensidad narrativa) es una forma de relatar las modificaciones de una misma vida, un argumento robado al mismo argumento (El Argumento y Gabriel García Márquez), secretamente enlazado a todo lo que se escribió en el mundo y a lo que está por escribirse, estemos hablando de firmas célebres o de solemnes escondidos (Qué es y qué no es un ensayo). Lo que hace “único”, o singular, a un cuento, tiene que ver con el tono de voz, con el cambio de verbo, con irregularidades del lenguaje y algún otro accidente menor.

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Las manos

Anoche soñé (La Depresión).

Los sueños pueden ser las historias más bellas del mundo, aun cuando incluyan al terror que a muchos deleita (El cuento de terror), o las más melancólicas (Cuentos y fábulas infantiles), o las más venenosas (Las pesadillas y los terrores nocturnos -temas de la niñez-).

Lola, mi nieta de dos años como es bien sabido por todos ustedes -tal como saben de Antonia, mi nieta de catorce-, Lola, digo, me contó una mañana mientras desayunábamos alimento para bebés, café y tostadas, que acababa de soñar con vacas que viajaban en moto por la calle (A través de los ojos de los niños).

¡Vacas adorables que cuidaron la noche de mi niñita!

Esos son los sueños más hermosos del mundo.

Antes de soñar, yo

Antes de dormir, yo tenía entre las manos un libro llamado La escritura y la etimología del mundo, de Riccardo Campa (La escritura).

Cuando el autor habla del primer utensilio, es decir de las manos (Antropología social, cultural y biológica), dice -espérenme, voy a buscar el libro y lo copio, porque su síntesis es irreemplazable:

“Al pasar  a la posición erecta el homínido liberó las manos, usándolas desde entonces en adelante para fabricar algo, y una vez liberadas las manos de toda función locomotriz,  también la cara se vio eximida de sus tareas precedentes, liberada (…) de la pesada y penosa función de procurar el alimento. La cara pudo prolongarse entonces mediante un utensilio inédito, el lenguaje: la mano que libera la palabra es exactamente el hecho a que nos lleva la paleontología.

“He aquí cómo se presenta el cuadro de la humanidad durante algunos milenios: liberada una gracias a la otra, tenemos por un lado la mano -el gesto- y sus funciones artesanales, por el otro la cara -la palabra- y sus funciones fonéticas. ¿Y la escritura? Esta, naturalmente, es un retorno a la mano. Aun cuando su función es transcribir los sonidos de la palabra en los alfabetos (…) pasa nuevamente por la mano: el lenguaje retorna a ese pedacito de cuerpo cuya independencia le había permitido nacer.”

Después avancé en el ensayo de Campa hasta llegar a un hecho que disparó en mí imágenes actuales, aunque ocurrió en el siglo XIII:

“Gerson -supongo yo, Mora, que se trata de un profesor o un académico, que es acaso lo mismo- en 1402, prohíbe a sus alumnos el uso de papel y recomienda el pergamino, la única materia subjetiva que se concilia con la perennidad de los textos”.

Allí dejé el libro y muchas metáforas y comparaciones entrelazadas en donde aparecían computadoras, pergaminos, impresoras, papeles, me llevaron al sueño.

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